Archive for the ‘No-velas’ Category

Fisgas y Matracas. (No-vela). Entrega XXVII, capítulo XXVI.

28 abril 2012

 

 

 

-XXVI-

 

 

 

 

 

 

 

Omnesque Astrologi, Blenni, Barbari

procul sunto.

 

La maga me ponía los cuernos por simple despecho, aunque ella lo denominaba soledad emocional. Me hacía versos, que leíamos juntos en su cama, o, mejor dicho leía yo para complacerla, aunque no eran malos ciertamente. Tenía un cuerpo algo extravagante, y contrario parcialmente a mis modelos estéticos, pese a lo cual yo la trabajaba con deleite. La maga no era un ideal erótico pero estaba llena de pasión y de sorpresas, y también eso me fascinaba. Llegué a apreciarla más que a otras que me gustaban físicamente en mayor grado que ella. Como estaba enamorada de mí y tenía la clase suficiente como para demostrarlo sin rodeos y sin aspavientos, casi sin palabras, yo la consideraba cosa mía, al alcance de la mano, pero cosa de valor, ya que estimaba su elegancia y sobre todo el que no me diese la lata. Es decir, que respetaba mis jaquecas y mis manías, hasta un punto que me hacía añorar su presencia en ocasiones, y, siempre, provocaba en mí las maldiciones rituales porque no tuviera el cuerpo deseado. Por supuesto que la felicidad consiste en desear lo que no se tiene, pero yo quería algo más: transformarlo. Yo quería, pero no siempre deseaba, precisamente porque el objeto del deseo escapaba a mi esfuerzo por desearlo; el deseo de verdad es espontáneo, frágil, inesperado dueño de su propio camino. Trazar, como es habitual, la senda artificial de la excitación y el magreo, conduce al orgasmo, pero no al puerto de la dicha. Yo conozco ese puerto, y sus ataduras, y sus naves, y sus corrientes, y sus prostíbulos marineros, y sus paisajes lunares. Baudelaire dice que la luna es el sol de los muertos. Baudelaire dice la verdad poética, es decir, creadora, y su verso es estremecedor, pero falso de contenido, o, cuando menos parcial: romántico, crispado, turbador. La luna es la antorcha de los amantes, el faro del pecado, el cirio que vela sobre el ara de los sueños. Lo puro no es lo permitido, sino al contrario, aquello que nos prohíben. El blanco es la mezcla de todos los colores, aunque ellos no lo sepan. La maga me excitaba especialmente porque yo veía en ella el blanco: mezcla de todos los colores, es decir, ninguno en concreto. Al no sentir la menor fascinación, ni por algún rasgo especialmente hermoso de su cuerpo, ni por alguna cualidad excepcional de su espíritu -lo que no significaba que no las tuviese- me sentía, digo yo, fascinado por su vulgaridad, y, paradójicamente, esta vez también por su amor, que me ofreció la carne jugosa y completa sin más trabas que las consabidas para guardar unas apariencias de las que sólo se preocupan quienes van a entablar relaciones temporalmente reiteradas, a fin de evitar la ausencia del encanto, o la destrucción del interés. Cosa vana, ya que uno y otro se renuevan cada día, como las hojas de los árboles que decía Homero, o fenecen sin más, al nacer, como flor de un día… Como los sueños, a los que hay que darles interpretación adecuada. Hace unos días, me comentó “el suyo”: lo llama así porque se repite desde hace años. Sueña con una imagen sin rostro, en la que existe un solo movimiento: su mano derecha se alza hacia la cara, y aparecen, una tras otra, infinidad de máscaras, máscaras que ocultan siempre el rostro. La maga dice que eso revela traición de amigos, falsos amores, hipocresía. Ella sueña con una fatigosa carrera hacia ¿ninguna parte?, en la que triunfaba apenas de la inmensa fatiga. Eso por lo visto quiere decir que superará las dificultades, que serán muchas y serias, con fuerza de voluntad y ánimo firme. Yo sueño casi todas las noches, y eso, dicen, es bueno. A veces recuerdo mis sueños, y en ocasiones pregunto con interés su significado. Últimamente parece indicar el comienzo de una racha de suerte, porque todos revelan éxito, vida placentera, fortuna… Por ejemplo, sueño que me deslizo sobre el agua, o que emprendo extraños viajes, o que subo a un edificio. De pequeño soñé que asistía a mi propio entierro; yo iba en un féretro, a hombros de parientes, creo; un ataúd descubierto, que dejaba ver mi rostro sereno, y un clavo enorme en mi nuca. “Ese soy yo”, decía a los del cortejo. “¿Ah, sí?”. Nadie parecía extrañarse, y yo estaba muy satisfecho. Este sueño se interpreta como de buen augurio, vida larga y llena de felicidad. A mí me mosquea realmente tanta coincidente satisfacción, de modo que recelo aunque espero con gratificante paciencia que se cumpla el oráculo. Otro sueño, es decir, su interpretación, me vaticina el nacimiento de hijos -herético oráculo en este momento de celibato- y suerte con el número nueve. Pero seguro que todo pasa, cuando pasa, por casualidad; coincidencias que sólo vale la pena analizar cuando se repiten de un modo significativo, cosa que no sucede nunca a las mujeres, a las que nada ocurre por casualidad, y para quienes el azar es una variable más o menos osada.

Anuncios

Fisgas y Matracas. (No-vela). Entrega XXVI, capítulo XXV.

28 abril 2012

 

 

-XXV-

                                                                       Los asnos prefieren la paja al oro.

 

“Las peores son las propias, no lo olvides; y tanto más cuanto más reciben. Y de entre ellas, aún menos soportables las que presumen de santas y buenas. Putas, lo que se dice putas, lo son todas. Pero algunas, además, tienen una maldita hostia las cabronas… como tu abuela, por ejemplo, que es un ave rapaz, siempre pendiente de la carroña; sí, se alimenta de los despojos. Y en todo caso quiere más, y más, y más… No te aburras ni te irrites, porque durum est contra stimulum calcitrare, ya sabes, y opta por el silencio. O sea, que no le dirijas la palabra. Eso, si alguna vez cometes el error de considerar una relación con mujer tan estable que sea ya inevitable, como algunos matrimonios piensan erróneamente. No, nada de divorcios. Eso son paparruchas y cachondeos de letrados, que buscan argucias mil para apuñalar los bolsillos de los incautos y los ignorantes; mala gente, hijo, como dice el refrán: Que San Roque nos libre de los abogados, de los médicos y los boticarios. Amén. Esas profesiones debió inventarlas -con todo su bagaje de ritos y puñetas- el mismo Satanás para tener clientela segura en sus infiernos: los ejercientes, porque es imposible ser eso y no ser un pillo o un sinvergüenza, y los pacientes porque no hay hombre de bien que, pese a tal condición, no reniegue de semejantes acólitos del diablo. El mejor es el muerto. Te digo que de divorcio nada; a vivir que son dos días, y deja que los demás palidezcan de envidia o deseo. Y no cometas el otro error, el de recluirte a rumiar soledades o decepciones, ni el corolario de meditar sobre el número de veces y las circunstancias que quien sea te pone los cuernos, porque cuanto más lo pienses menos lo sabrás. Vive tu propia vida, sin más condicionantes que la inteligencia, el dinero y el placer. La primera, porque no es sólo incompatible sino inexcusable, incluso con el “vivere periculosamente” de los aventureros, y porque, como demostró Aristóteles, la inteligencia es bella -al menos en igual sentido que la verdad; Keats dijo: “La belleza es la verdad; la verdad es belleza. No hay nada más”.- y amar lo feo, o feamente, complacerá sin duda menos. El segundo, porque, una vez constituida la Ciudad de los Hombres sobre cimientos en los que el brillo del oro refleja la solidez de las estructuras y la capacidad de elevar el edificio muy alto, muy alto, de nada sirve ni siquiera especular -en su sentido de reflexión, y no en el pecuniario; hasta en el inconsciente brota la necesidad y la ubicuidad del dinero- con la autosuficiencia y la fecundidad al margen del mismo. Y el placer, porque ni la inteligencia, ni el dinero, sirven para casi nada si no desemboca en el goce, y éste vendrá, en definitiva, coronado según hayan venido a su vez siendo utilizados aquéllos, hecho éste que determinará, salvo accidentes, una buena salud -evitados los excesos y sorteadas las trampas, de entre las que cabe citar como ejemplos la glotonería, el alcohol y las putas- fundamento asimismo imprescindible para otear, asumir y permanecer en la beatitud de la holganza, la jocosidad y el erotismo”. Así se explicaba, agarrado a la botella de fino cristal de Bohemia, mi abuelito, un ángel. A mí eso no me lo enseñó ningún maestro gurú, ningún santón, ni tampoco algún anciano revestido de digna experiencia. A mí eso me lo han enseñado las mujeres con las que tuve la desgracia de toparme y a las que presté alguna atención, porque las otras, aquellas que significaron, para los dos, una simple relación sexual, no me han producido mayores trastornos que esporádicas pústulas, cosa que en sueños simboliza la prosperidad. Como lector de Balzac, yo creí en principio sus clasificaciones literarias de la mujer, aunque no comprendiera demasiado bien cómo una arpía descocada podía ser un ángel de ingenua bondad… Hasta que me percaté de la esquizofrenia del francés, sublimador e idealizador de lo real en este punto, pese a que mantuviera un criterio rigurosamente razonador en todo lo demás. A Balzac se le empinaba el mochuelo y todo eran beldades rubicundas o deidades morenas, y el Paraíso yacía entre las sábanas y los divanes. Un blando en definitiva, un cerdo de la piara de Epicuro. Fue la maga quien más me enseñó del tema. Yo la llamaba así porque lo de bruja me parecía arriesgado -ya que lo era- y menos cariñoso. La maga era fea, tenía unos rasgos extraños, parecidos a los de un monito, pero sus carnes eran apetitosas; en especial dos nalgas gemelas, exuberantes, que yo machacaba a tous mes mains con auténtica saña, y a la que atravesé el primero, según me dijo. Me enseñó a echar las cartas, para lo cual empleaba dos barajas, el Tarot de Marsella y la Española. Nunca entendí bien el tinglado de Tarot, y algo mejor los símbolos, sensuales y espirituales, de la baraja, sobre todo porque a los pocos minutos de iniciada la sesión privada, comenzaba a meterle mano entre los muslos, cosa que le producía mucha risa y me recriminaba -después- en aras de su dignidad y no sé que más. Creo que la maga estaba deseando mis estrujones más aún que yo estrujarla, y eso es lo  sano de la cuestión, y no tanta puñeta y perifollo que agosta las poco fértiles mentes del personal dedicado a la conquista de lo conquistado. Le contaba mis sueños: cada vez que subía una montaña, me vaticinaba triunfos; si abría una puerta, era la de la fortuna. Si veía un monstruo cercano, se trataba de la felicidad y el éxito. La chica, sin duda me quería bien. Siempre sucede así: cuanto más empeño pones, menos caso te hacen, y viceversa, y es que el sino del hombre y la naturaleza de la mujer van unidos, o desunidos si se quiere, como el agua fría y caliente por el conducto del baño. Por eso los escoceses dicen que a las mujeres hay que aplicarles su ducha particular, en la que agua fría y caliente se alternan. Tal vez. A mí desde luego nunca me fueron útiles ni consejos ni técnicas, y si algo bueno hice copiando a los mentores del paradigma, ello fue por casualidad o por instinto, incluido en éste la porción de aprendizaje que conserva el inconsciente. Como los niños, yo no iba aprendiendo sino olvidando lo que sabía de siempre, desde antes de nacer.

FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). Entrega XXV, capítulo XXIV

28 abril 2012

 

 

 

-XXIV-

                                                                       Non iam illud quaero, contra ut me

diligut illa,

aut, quod non potis est, esse pudica                                                                            velit;

 

Para algunas personas constituye una necesidad vital la observación maliciosa, la crispación y el desencanto; para otros el centro de la vida radica en el odio hacia la libertad ajena, suprema dicha que no pueden soportar sus almas mezquinas y taradas, y el rechazo a cualquier forma de alegría. La envidia es la tristeza hacia el bien ajeno. Pero ésta a que me refiero es aún más que envidia, porque su tristeza es hacia el supuesto bien, ajeno, creado por la imagen del esperpento, y de la deformación. Esas personas dedican con insistencia sus días a machacar a quien le rodea, especialmente si es allegado, ignorando lo bueno e inventando lo malo. Se da mucho en la institución matrimonial, de suerte que algunos consideran este mal originario del matrimonio, como un sarpullido, una urticaria, un sarampión. Yo, libre por mi circunstancia -basada en la sabiduría de siglos de la Iglesia- de tanto atavismo rutinario y agreste, desconocía también algunos corolarios enfermizos de las relaciones llamadas afectivas, como los celos, la angustia, e incluso el amor, cogollo del inmenso pecado. Había por decirlo así, dedicado todos mis esfuerzos intelectuales a otros menesteres igualmente mezquinos y torturantes, pero ajenos al tinglado de lo irracional -porque la especie, cuando interviene en los roles amatorios mentales, se comporta con mucha mayor irracionalidad que incluso en los físicos- como la conspiración, la conjura por el poder, al ambición, la gloria. En ese entorno, la mujer sólo era un elemento exógeno, un accesorio sustituible, sin entidad individualizada: no existía la compenetración… -”Lo mío es grande y lo tuyo es pequeño”-. Y sobre todo una fórmula de cumplir con el rito de la generación. Sí había sentido la complaciente vanidad de ser el primero, aunque en más de una ocasión -a decir verdad en casi todas- creo que la cosa se quedaba en palabritas, y yo era el primero de una serie de afortunados primeros. La hembra sabe cómo apretar los muslos para reducir el huequito, y eso excita aún más, como me sucedió con una moza aldeana de la finca de mi tío Roque. Yo me preguntaba qué encantos misteriosos para apalear virginidad ya de veinte y algún año, sólo a la segunda jornada de encuentro con ella, pero abstrayendo la gaita, a pesar de que tenía pelos en las tetas -largos como cerdas, que cosquilleaban la nariz al pellizcar los pezoncitos- me pegué una buena corrida sin apenas intentar la penetración, en parte obstaculizado por la supuesta -que puede ser real- virginidad, en parte excitado por la posibilidad de que así fuera, ya que quebrantar doncellas me atrajo siempre sobremanera, loado sea Dios, tal vez por contribuir a remediar tal disparate entre muslos recios y nalgas bravas. En algún caso, la prisa también venía por lo bueno del egoísmo en el amor de quien no se ama, donde reposar huelga y demorarse enfría, al contrario de la acción sobre quien se ama o se venera de suerte que cada poro de piel e instante de mirada y caricia de tacto o lengua, es un paso hacia el cielo. ¡Gloriosa muerte la de quien la encuentra en el coito y glorioso destino el suyo! En este orden -o desorden- de cosas, la adscripción posesiva, el engendro de la felicidad emanada del rito social, y no de la voluntad del individuo, carece de todo sentido, que bien podría hallarse en dimensiones o perspectivas diferentes. (No es que existan gustos para todo, sino que las situaciones crean, por ser distintas, puntos de sabor desiguales. E incluso ignorancia de su existir mismo). Por eso me resultó especialmente inesperado aquel sentimiento de celos, como si mi orgullo estuviera en juego y hubiese sido profanado. En primer lugar me sorprendió aquella inusitada develación de lo que se denomina “orgullo”, artificio que hasta entonces había imputado a situaciones -más que a personas- poco evolucionadas o poco satisfactorias, a modo de mecanismo defensivo con que el débil, el torpe o el pobre simulan fuerza, habilidad o riqueza; en segundo término me asombré de mi desconocimiento acerca de la naturaleza del hombre, pues achacaba tal reacción más que a una escasa personalidad a una deficiencia de la especie. Yo no era, simplemente, una excepción en la regla de la vulgaridad. ¡Lástima!. Pero esa distinción -que la naturaleza no hace, sino que es un fruto del artificio- resulta inevitable (tal vez por eso, por masiva y generalizada, se llama vulgar). Y califica, una vez más, la torpeza de la especie, que se busca para yacer y reniega acto seguido de la procreación; que gime en el segundo del goce, y apenas resiste su aliento tras la quietud del desahogo. Una especie que refleja en sus espejos la turbación de sueños imposibles, que persigue tan sólo cuando conoce lo inútil del esfuerzo. Una especie sublime si alguien, uno solo de entre las generaciones de la Tierra, es, ha sido, o será sublime, y cuya dignidad radica en su locura, a pesar de sí misma. Una especie a la que muchos, en ocasiones, dudan si pertenecen, o no, y otros, cada vez más, observan como ajena definitivamente a sí mismos. A esa especie, como insigne paradigma de la contradicción, huída hacia el vacío, complaciente siembra de despropósitos, pertenece, claro es, la hembra que llaman mujer. Y toda esa reflexión, diletante, incluso huera, como son las mías en general -no presumo de aquello que no poseo, y carezco de habilidad dialéctica y de solidez filosófica- viene a cuento de dos descubrimientos que hice casi simultáneamente: uno, el de la innata tendencia de la mujer al revoloteo amoroso; otro, el de su habilidad para manipular al hombre. Educado en el error, que supe matizar en parte  merced a la simple observación de que la mujer obedece y respeta al hombre superior a ella, cerré mi pensamiento y mi razón durante mucho tiempo a lo que era obvio, a saber: que respeto, a veces; obediencia, sólo aparente; sólo en fuerza física, y no siempre. Yo descubrí la fiereza de alma de los gatos y la prestancia íntima de las damas el mismo día, y fue a base de recibir arañazos de ambos. Mi primo Nanno siempre contestaba que a él la cosa le sudaba, porque es de tontos tomar en serio a las mujeres y de idiotas perdidos enamorarse, y de cretinos sin remedio confiar en ellas. Todo el rollo se desvaneció aquella tarde nefasta -lo digo por vanidad, aunque bien me vino, y mucho me enseñó para el futuro- en que pillé a Eva morreándose con un guarrillo del pueblo, vago, gitano, feo y zambón. Yo le conocía tiempo ha, y en una ocasión, tendríamos unos diez años o quizás menos, le había sacudido un buen soplamocos, que le hizo sangrar narices abajo, porque estaba fastidiando con un jueguecito estúpido que ya ni recuerdo, bofetón que mereció un escupitajo, una cruz de pulgares, y un aojamiento contra mí, que me tuvo impresionado un tiempo. Y ahora mi suave conquista, con los pechos florecidos entre aquellas manazas turbias, las uñas crespas, negras de grasa y porquería; los labios jugosos mordidos por aquellos morros rasposos, y el pubis y los muslos atizados a un restriegue rítmico por las patas y los desasosiegos del bellaco… me sacaron el hígado del cuerpo, y dejaron en su lugar una espina que aún pincha. Comprendí que había pasado a engrosar la nutrida falange de los cornudos -gremio que para nada tiene que ver con la condición o cualidad de casado, pues basta y sobra la relación personal de la pareja como tal- y aunque algo me decía que la inclusión en dicha cohorte  venía escrita por el destino desde la cuna en la frente de cada hombre, pendiente sólo del señalamiento concreto, lamenté mucho que me hubiera llegado tan pronto hora semejante, y que fuera precisamente con aquella mujer… y aquel asno.

FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). Entrega XXIV, capítulo XXIII.

27 abril 2012

 

 

-XXIII-

                                                                       Ni ya tengo otro oficio

que ya sólo amar es mi ejercicio.

                                                                       Nadie podrá desvelar la intimidad del corazón, y es precisamente su misterio lo que convierte la fuerza de los sentimientos y la incognoscible naturaleza de los impulsos del espíritu en cualidades divinas. Es lo que nos asemeja a los dioses, más que los sueños de la técnica o los actos mágicos que superan a la misma fantasía. Es inútil explicar o explicarse por qué suceden algunas cosas, o por qué hacemos o dejamos de hacer otras, precisamente cuando el curso normal de los acontecimientos o la voluntad concreta determinarían su contraria… La única explicación es lo inexplicable. Yo lo sé bien. Era ya invierno. Los campos de mi abuelo, donde habíamos paseado hasta el atardecer, comenzaron desde la puesta del sol a cubrirse de un manto escarchado -no nevaba- que una luna casi llena, en la decimotercera noche de su ciclo, hacía fosforecer intensamente. Me había quedado dormido sobre el enorme diván, en el saloncito que había junto a las habitaciones, apenas utilizadas, de los invitados en el segundo piso. Como aquel cuarto estaba situado en un lugar estratégico de la casa, y no tenía acceso desde los pasillos, pues había que penetrar en las habitaciones para, desde un vestíbulo interior, llegar hasta él, lo considerábamos zona segura. Allí conspirábamos a media voz, repartíamos las ganancias de las pequeñas incursiones en los bolsillos de todo incauto que colgaba de los percheros su gabán, y, a veces, refocilábamos juguetones escarceos que terminaban casi siempre como el Rosario de la Aurora. Todo estaba en silencio, cuando llegó ella. Menuda, de ojos inmensos, de tez pálida, y algo tocada de carmín; vestía una camisa de seda azul y una falda, creo que beige, de pliegues, rematada por un cinturón. Ahora, cuando asaltan mi recuerdo estas imágenes, comprendo que yo debía tener algo de pequeño diablo, como sugiere aquel libro que nos hicieron conocer en el exilio. “De l’inconstance des mauvaises anges et demons”. Porque, sí, yo era versátil, quizás un diletante voluble, cualidad que, al contrario de lo que pudiera parecer, eliminaba o disminuía la serenidad -y la profundidad- de mi dedicación al amor. Esas mismas características, en otro orden de cosas, hubieran supuesto una falta de profesionalidad en quien las sufriera… Pero… E sará mia colpa se cosi é? Antes de que llegara mi catarsis y me dedicase tan sólo a Voltaire, en francés naturalmente, y las páginas del Quijote y la Celestina, antonomasia bicéfala del genio literario -que es, con el músico, el que serena a los dioses- había cometido el error de leer autores llamados famosos, con éxito entre las masas guiadas por la propaganda o la rutina. Las ideas que consideraban nuevas, geniales, solían ser pálidos trasuntos de otras antiguas, o desfiguradas imágenes -los espejos convexos de la historia, que es, casi siempre, esperpento- que ratificaban la bondad del ancestral dicho “nihil novum sub sole”; por eso algunos añadían “non nova sed nove”, a fin de simular en parte la catástrofe… Yo, muy al contrario, opté por seguir la certeza de Terencio, y me convencí a mí mismo de que no existía lema mejor: “Sic sum; si placeo, utere”. Soy así; si te gusta, dispón. Por el momento, daba un resultado excelente… en las situaciones más comprometidas. Incluso cuando, llevado de un ascetismo enfermizo -el eterno ridículo de los prudentes y los modélicos, cuyos actos se construyen a imagen y semejanza de lo socialmente bueno- sublimaba los sentimientos, elevándolos sobre la triste carne, para ofrendarlos, como un eunuco su frustración, en los altares de la solemne ceremonia. (El rito es parte inseparable de la religión, que precisa rodearse -y es casi lo mejor que tiene- del misterio; esa aceptación de lo incognoscible que ha abierto, y abrirá, los más fecundos caminos hacia el conocimiento, a pesar de la superstición y el fraude. He oído hablar de un joven filósofo, Sören Kieerkegaard se llama, creo, y lo recuerdo ahora porque a mí sólo se me quedan las frases menos trascendentes -que en ocasiones descubren las más profundas ideas- y éste dice que la felicidad es una puerta que se abre hacia afuera. En todo caso, para dar en las narices a quien husmee en sus proximidades, añado. Pero creo que la habitación de la felicidad no tiene puertas.

FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). Entrega XXIII, capítulo XXII.

27 abril 2012

 

 

 

-XXII-

 

 

 

 

 

 

 

Quanta invidia io ti porto, avara terra

ch’abbacci quella, cui veder m’e tolto.

 

 

(Petrarca, Cancionero, CCC)

 

Me presentaron -es una manera de hablar, porque a mí nunca me presentaron a nadie- a la muda una tarde en que a través de los techados se percibía el rumor del sol, ardiendo el aire y calladas las mismas cigarras. Era una moza impresionante, cuyo cuerpo me abrumó literalmente. -”Demasiado para mí”-, pensé. Rebasaba mi estatura en ocho dedos al menos, y sus medidas eran tan proporcionadas que sólo mirándola podía uno darse cuenta de la enorme dificultad de la naturaleza para haber conservado la más delicada estética en tan amplios volúmenes. Yo no terminaba nunca de observarla, si bien es cierto que no tenía prisa alguna por acabar la inspección ocular. Aún hoy la recuerdo perfectamente tal y como estaba entonces: una especie de camiseta a rayas azul y blanca, con tirantes livianos que dejaban al aire sus brazos espléndidos y sus torneados hombros. Los pechos, erguidos, bravos, punzantes, como masa de pan tostado y reciente, destacaban modelando el suéter, sin sujetador, en un milagroso equilibrio entre el volumen y la gravedad. Como la camisa era corta, dejaba ver parte de la cintura, lisa, con un ombligo perfecto, la piel ambarina, y unos centímetros más allá, una faldita blanca con bolsillos, hasta la rodilla… pero cortada desde arriba y en el costado, de tal suerte que en determinados movimientos revelaba un perfil esculpido por Praxíteles, un muslo rozagante, una nalga privilegiada, y un secreto que gritaba al viento su contenido. Me excité más aún -ya lo estaba sólo con el remiso vistazo- cuando la muda -lo era de nacimiento; su familia había servido tiempo atrás en la casa de mis abuelos- me abrazó, es decir, me estrujó literalmente contra sus pechos, hundiendo en el canal glotón mi nariz, y mi boca cercana, en los vaivenes, a sus pezones, para, sin solución de continuidad, en uso legítimo de sus poderes, restregar mi complacido cuerpo contra el suyo, y todo eso como prueba de cariñoso afecto que aumentaba con sonidos guturales ininteligibles, muy agudos, que me sonaban a gritos de gata en celo. Yo creo que no hubo en aquel momento nada provocador en su actitud, digo de forma voluntaria. Tal vez su condición física la había alejado de la conciencia de sus encantos, si bien ello era harto difícil. Yo me aferraba discretamente a éstos, y, como pude, dejé escapar un chorro que sacudió mi vientre con violencia. Ella debió notar algo, pues cesó un segundo, en su envite, luego llevó con sus manos hacia atrás mi cabeza. Me miró con ojos inmensos negrísimos, vivos, preciosos, sonrió como sólo pueden hacerlo las diosas del amor, luciendo dos hileras de dientes blancos y perfectos -no exagero: era un portento la criatura- y a continuación estampó en cada una de mis mejillas ruborosas una docenita de sonoros ósculos. ¡Qué momento, Señor! Creí que iba a correrme de nuevo, y ya me preparaba para la fiesta, cuando llegó mi abuela, regañó cariñosamente a la muda, quien se separó de mí, pero sin soltarme la mano que había capturado entre las suyas y musitó extrañas frases de contenido sin duda alegre mientras me miraba. Creo que su satisfacción se debía al tiempo que llevaba sin verme, ya que sólo me había conocido al poco de nacer. Debía tener veinte años, quizás más, y yo unos doce. Aquella noche y además de censurar con acritud el pudor cretino de mi abuela, le dije a María, su criada de confianza -quien me había visto nacer, y tenía, aunque no se había casado, una hija de mi edad- que cuando fuera mayor me casaría con la muda. “Me gusta un montón”, añadí. -”Qué guapa es y qué cuerpo tan lindo tiene”-. María, dijo algo así como -”Menuda puta está hecha, cualquier día va a tener un disgusto”-, y yo no comprendí qué significaban sus palabras. Sí entendí lo que añadió. -”Nunca te dejarán casarte con ella. ¿No ves que tus hijos serían mudos? Además los curas no se casan, y tu padre quiere que seas cura”-. -”Pues me da igual, y sí se casan”-. Yo creía que así era en efecto; hasta más adelante no llegué a conocer el formidable grado de inteligente organización del celibato católico, uno de cuyos posibles pilares, si no el más sólido, y el que mayor peso soporta del edificio de su brillantez y prosperidad, es este de alejar de sí como a la peste no a la mujer

-que se lo pregunte al Borgia, sexto de los Papas Alejandros, que se llevaba al Vaticano las fulanas desde Valencia- sino a la corrupta destemplada institución del matrimonio, trampa, no la más sutil pero sí la mejor urdida, de la mujer a su esclavo y supuesto señor, el pobre marido… Pero al fin se plantea la urgencia de la felicidad, aunque se ignoren fórmulas y parezca siempre confundirse el destino -ese collar que cada uno lleva en el gaznate- con el fastidio, es decir, que sólo para unos pocos está alejado el letargo y ausente la convulsión. Cosas de Voltaire. El diablo perdió sus alas a fuerza de bilis crispada, ajena a la serenidad, pero así debe ser: ni siquiera los ángeles con albedrío pueden soportar la perfección del otro, y saberse tan próximos como alejados de ella. Y nadie puede arrojar la piedra de la crítica sobre quien siente en su carne y en su alma la duda y la desesperanza. Como decía, todo eso se olvida en el instante de la magia, de tal suerte, que, cuantos más disfrutes, mejor vivirás, más lento será el curso de los años en lo que afecta al envejecimiento, y más corto, por intenso, en lo relativo a la experiencia. El caso es que para hacerme olvidar a la muda -cosa que nunca consiguieron- urdiendo al tiempo un maquiavélico plan, me echaron entre los brazos el cuerpito de Marga, la hija de la doncella de mi abuela. Fue algo curioso, tal vez chocante, por lo elemental. Yo estaba sentado en el patio interior de la casa grande dormitando en una mecedora de rejilla, solo. El patio, amplísimo, se prestaba, como un jardín árabe, al reposo sensual, pues tenía una pequeña fuente, grandes macetas con plantas, celosías y todo tipo de recovecos y artilugios, amén de cortinas que daban paso, sin descubrirlos, a aposentos y cuartos cuya penumbra se mantenía eterna, merced al contraste con la luminosa claridad del patio, centrado para todos ellos, ya que el techo era de cristal, protegido a cada lado por rejilla metálica. En mi postura de relajación prandial, soñaba con las tiernas huríes, cuando la sentí. Reía, con menos atrevimiento que donaire, y su aliento fresco contrastaba con el calor de su piel. Marga había salido, desnuda, de una de las habitaciones, de la que emergía en el instante en que yo abrí los ojos, su madre, arremangada y con una esponja en la mano. En esta parte de la casa se utilizaba para baños el agua caliente que salía de las tuberías de la tahona y a veces empleábamos unas enormes tinas o barreños para asearnos el cuerpo entero. Era más emocionante y por supuesto más acorde con el espíritu de la casa centenaria. Estábamos, pues, los tres allí: yo aturdido, Marga divertida, y su madre complacida. Ésta en su papel de celestina sin tapujos; la otra adiestrada en el lance; yo, cada segundo, más deseoso de prosperar en la certeza del tacto. Y la toqué. Y era suave y golosa, tenía apenas un velo de lanillas gráciles en el pubis -no toqué la rosa, que se adivinaba entre la sonrisa vertical- y una piel adolescente que me turbó intensamente. Se sentó en mis rodillas, y en ese instante me corrí. No sé si la madre lo percibió; pero yo no comprendía -pues adivinaba su juego- cómo iban a aceptar a la hija de una criada, que, además, ella misma, daba por imposible el amor con la muda. Tal vez María olvidara el sentido de la astucia -aunque no es probable- y se dejara guiar tan solo por su instinto de alcahueta, profesión que se adaptaba singularmente a su naturaleza y cualidades. En cualquier caso respeté a Marga -mal día en que se me ocurrió semejante tontuna- pero disfruté con ella, o con la parte de ella que tuve. Cuando años más tarde quise reparar mi yerro -dejar que la fortuna escapase de entre mis manos- el destino, una vez más, mostró su rigidez, eso que algunos ilusos llaman albedrío y que otros persiguen, ignorando que la fortuna no se acerca a quienes la buscan, aunque sí ayuda a los audaces, pues Marga había perdido su gracia, estaba gorda como una foca, carecía de brillo en la mirada, sus dientes eran de color amarillento, hasta el pelo parecía ralo y turbio, como si la hubieran metamorfoseado en bruja de asustar -hay otras de gozar, claro-, de tal suerte que sólo sentí hacia ella una repulsiva lástima, que la hubiera humillado profundamente. El tiempo no conserva sus dones para quienes lo malgastan, pero tampoco para quienes lo disfrutan. El secreto de la felicidad reside en la convicción de que lo único bueno es lo mejor, al margen de la esperanza y de las promesas. Y lo curioso es que con esa certeza no se desdeña la prudencia -aunque sí la pusilanimidad- ni se olvida el esfuerzo -aunque sí la obsesión- ni se cercena la justicia -aunque sí el dirigismo- ya que esos y otros elementos, característicos de las naturalezas nobles cooperan al encuentro con la dicha… Si está escrito en tu destino que sea así…

FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). entrega XXII, capítulo XXI

27 abril 2012

 

 

-XXI-

                                                                       Prodest bonos esse,

cum sit satis abundeque si non nocet.

                                                                       La miseria de la vida se evidencia cuando nos toca en lo más estimado, y para mí aquella etapa significó el retorno a los orígenes del polvo. Quiero decir, al polvo de donde surgimos, porque el otro brillaba por su ausencia, y mi zib apenas respiraba, aturdido por una lasitud irritante. Yo estaba de un humor endiablado y dedicaba parte de mi tiempo a un concienzudo manipular que, en ocasiones anteriores, había producido espectaculares resultados. Como aquella noche en que, erguido a tope tras un persistente y rítmico abrazo, mi pene corrió por la vereda cálida del huerto persiguiendo las nalgas soberanas de mi prima Pepi. Lástima que, cuando al fin la alcancé, estaba tan próximo a la cúspide que apenas hube hincado no ya en la puerta de la oscura mansión de la misericordia, sino en los asombrados umbrales de sus jardines, mi bandera, de ésta emanó el líquido que un día engendró a los titanes, y pronto llegó la tristeza de la carne. (Aunque al poco se olvida el hastío y torna, con los instintos, el deseo, siempre renovado. Ese es el gran misterio, y la gran razón del sexo). Yo recordaba en estos tristes momentos al magno Ovidio, lloroso porque alguna hechicera de Estigia había envenenado su miembro, victorioso en mil envites, y récord, sólo en una noche de pasas y luciérnagas, con nueve conquistas. ¡Nueve!. Yo tres, y, a veces un tímido forcejeo con el cuarto, ya reseco hasta el alma… Pero, a decir verdad, el segundo, vencido el cansancio que con el primero arriba y sugiere, es el mejor. Más lento, y ordenado, y provechoso. Más completo y generoso. Observa el jadeo de la hembra, o sus gruñidos de coneja o el perceptible latir de sus miembros, o el nuboso iris, o la uña ligera sobre tu piel, o el beso prieto y gustoso, y habrás visto, si además de ello tocas con suavidad la flor erecta, regada ya de savia y abriéndose sin turbación a la noche para ser empapada por el rocío -ese que emana de tu fuente- lo que nunca verás en otro instante de la vida, ni tampoco antes ni después. Consérvalo -ese recuerdo, esa experiencia, esa imagen- en tu corazón y grábalo en tu retina, y acude a su gratificante aroma cuando precises recordar cómo es la mujer en esos momentos, ella que tanto abusa de su capricho y tanto utiliza sus armas para manejarte. Y también cuando estés solo, alejado del tacto y el perfume, ajeno a la crencha y al almizcle, hurtado al goce de la posesión. Porque quien ha tenido una vez, podrá tener ciento; y si hay una mujer virtuosa, habrá mil ligeras, que son, en definitiva, las normales. Y ya que voy de consejas, te advierto y enseño que huyas de la hipócrita que presuma de virtud y aleja tus manos y tu boca, no sólo con gestos, sino con palabras; pues los gestos, si son suaves, nada importan, y sólo destacan la breve lucha de la hembra para justificar la conquista que desea -y goza- más que tú; pero si son palabras las que acompañan a los gestos, ten cautela, pues quizá te encuentres ante un espécimen letal, ya que en la mujer, próxima al amor, la palabra de rechazo es indicio o de que es puta y quiere negociar su precio, o de que es frígida y aborrece tu contacto, o de que es beata, y teme al escrúpulo o al cirio, o de que es pseudo virtuosa, y con ello hemos topado, pues la falsa virtud, como la falsa moneda, corre como buena hasta que a alguno le toca perder por aceptarla. Por eso deja tu inquietud, abandona toda perplejidad, cede a la conciencia de lo inevitable, relájate, y dedica tu atención a otra. Lo que te digo, hazlo; no así lo que yo hago, pues soy mal ejecutor de mis propios principios. Aturdido ante la disparatada hipocresía de esta sociedad que mezcla agua y vino y ofrece su calicatron como puro, engañándose sólo a sí misma y a sus corifeos, me alejo entre el sueño y la fantasía hacia los paraísos desnudos. Y en el centro del lecho te presiento, incitante, con tu brillante desnudez, que es un presagio de tactos inagotables, y ahora te abrazo, siento los roces extensos de la piel turgente, el leve musgo, un calor absorbente que rodea mi cuello, tus brazos suaves y la curva espalda, que mis dedos recorren con lentitud del tiempo detenido, hasta que todo nuestro ser se compenetra e invaden hasta la médula, hasta el espíritu, las claridades sin argumento, la respuesta a los misterios, el sentido único de la vida. En este momento desaparecen las dudas acerca de las disformes naturalezas y los quebrados hálitos que conmueven a los filósofos, y las referencias teóricas a la estructura del intelecto, y todo se sumerge en la plenitud, hasta tal punto que el infinito se asimila durante los alados segundos del coito, al profundo sentir de la carne. Luego, inevitable, llega la tristeza: pero sólo por haberse terminado, aunque lo adorne el complejo sistema del hombre, la urdimbre de la especie, con floridos tafetanes, con solipsismos gloriosos, con versos de oca, con rubores giróvagos, con oasis de seda, con ascesis de aldea. Sólo por no ser, de verdad, eterno.

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XXI. Capítulo XX.

15 septiembre 2011

 

-XX-

 

 

 

 

 

 

 

Nec quae fugit sectare nec miser vive;

sed, obstinata mente, perfer, obdura.

 

                                                                       Hoy he conocido ese aliento inevitable, la soledad. Lástima que mi naturaleza no sea tan generosa como para extraer de esa presencia conclusiones atrayentes, pues todas las he reducido al enfrentamiento con mi vanidad de hombre. Todas menos una, en la porción de verdad que pueda existir en el amor. Si es que se puede hablar de este sentimiento. Yo había reducido mis horizontes al sexo, y siendo éste tan elemental y primario, daba por suficientes los escasos argumentos, que utilizaba -esa es la palabra- para la conquista: arrebato, regalo, verbo, ilusión… Pero al mostrarme silencioso y rutinario, el encanto que pudo existir desapareció, y con ello el atractivo. He sido rechazado. Y me siento herido menos en mi amor propio de hombre que en mi convicción de la propia torpeza; desatino groseramente, pretendiendo ser encantador. Mi fascinación es una sombra de la autocomplacencia o de la ilusión. Aunque tal vez esto forme parte del otro rito, el elegido por ciertas mujeres, que se rodean de barreras para justificarse. No seré yo quien se desnuque para saltarlas, pues no pienso esforzarme más allá de lo habitual: galanteo, farsa, requiebro, y alguna prenda. Es la servidumbre del garañón. Pero me resta la amargura de este pensamiento, e incluso la duda, acerca de la naturaleza residual o trascendente, y es que he vislumbrado el gesto de amor, ante el que no existen trabas. Solo que también este dios ciego y azaroso es parte del destino. Y caprichoso como inmaduro y como feliz. Su mayor encanto es tal vez su inestable y grácil versatilidad, su pasajera sombra. Por eso, no alcanzo a comprender mi tristeza, que además carece de sentido en el ámbito de la asunción del destino en que creo, y que excluye la melancolía, arrojándola en brazos de los insensatos y de los ateos. En suma, carezco de respuestas adecuadas para todas las situaciones, pero ese no es motivo de encono contra mí mismo, ni de repulsa frente a la situación; eso es una consecuencia de la naturaleza del hombre y las cosas, y parte de la vida escrita en las estrellas. Como el dolor, difícil de describir pero necesaria e inevitablemente reconocible. Nada existe tan directamente  en su totalidad como el dolor físico; nada excepto la angustia, que es aún más dolorosa porque anula la fuerza misma del cuerpo, y con ella también sus debilidades, de tal suerte que poco importa

-es secundario al menos- sufrir en la piel, ya que el dolor del alma invade los íntimos recodos de la mismidad, sin resquicio para la conmiseración o la autocompasión. No es que haya nubes grises, ni depresión del ánimo: es que no hay ánimo y todo es gris humedad. De ahí se deduce el error en la perspectiva, pues nada puede justificar la tristeza salvo alcanzar la conciencia de la miseria ajena y la permisión de su estable permanecer, como propio de la vida. Por eso cuando he intentado abrazarte y te has apartado de mí diciendo “no me toques”, he sentido escalofríos, y una íntima sensación de miseria, no por mí, sino por tu pobreza de espíritu, que no alcanza más allá de la estupidez. Apenas durante un segundo me he visto pequeño y avergonzado, por tu hipócrita “posse”, tan artificiosa como un batallón de húsares. Se me ocurre que el mejor tratamiento a semejante artificio será no la ficción de la conquista, sino la indiferencia, el desdén, que surtirá efectos al estilo homeopático, por la simpatía de los afines, y más que por ti, lo digo por la enseñanza, para el futuro, ya que en esto de los juegos de galanura hay que ser avispado y veloz, pues la oportunidad se agosta en el punto de un santiamén, y sólo retorna en trasuntos de nuevos afanes, como los rayos, distintos, aunque tan parecidos, del sol filtrándose a través de los ramajes tendidos en el techo de los bosques. Quiero decir que ya he aprendido, sé qué hacer, y no vale la pena perder ahora tiempo contigo, sólo en mérito a la vanidad -incluida en retozo previsto- así que te folle un pez, que tiene frío y húmedo el miembro, a ver si consigue, también por magia homeopática, acabar con tu frigidez, y por paradoja, con tu sequedad, que pareces la higuera maldita, estéril, maltrecha, huera… Sólo bien provista -y a conciencia, vive Dios- en lomos y caderas, pues tienes un par de nalgas que valen sus curvas en azafrán y platino… Pero la más profunda impresión sobre el lienzo en el que están perfilándose los rasgos de mis paisajes íntimos, ha surgido de lo inesperado. Yo había salido del cuarto caliente -lo llamábamos así por su proximidad a las calderas, que lo mantenían siempre tibio- y después de caminar unos metros, escuché a través de la puerta de un dormitorio, un rumor apagado. Me detuve, escudriñé la penumbra, y os vi allí, frotándoos los sexos, chupándoos con pasión animal -la misma que yo empleaba- hartos de desnudeces y de sobos, ajenos a mi presencia; atónito, a punto de marearme, comprendí que te quería, o, tal vez que el amor total, visto desde fuera, como espectador, es terrible como un ejército en desbandada: al menos en combate cabría esperar una ordenada lucha. Sí, me parecía irreal, lleno de brutalidades, sentí asco y un desgarrón inmenso en mi ser; creía que la metamorfosis se adueñaba de mí cuando miraba aquellos cuerpos enlazados, para quienes yo no existía, e intuí, una vez más, la decadencia de las ideas que se constituyen sobre el convencimiento de la verdad, sobre la firmeza de lo estable… Nada, ni la creencia misma de la duda, permanece sin que pueda alterarlo la vida, y menos aún si lo roza una mujer. Toda la insignia mitológica me asaltó, y ,entendí el por qué de las traiciones, las infidelidades, los quebrantos, las torturas, y sobre todo, la razón de los históricos eslabones que constituyen la cadena de la hembra. Comprendí, sí, que la única segura y fiel es la difunta, y que ni el cinturón de castidad ni el refranero pueden dominar la violenta voluptuosidad de Juno, de Mesalina, de Cleopatra… Lo curioso es que tenía la impresión de estar contándome argumentos que ya conocía, pero me resultaban nuevos porque, ahora, me sucedían a mí; yo era el protagonista, y, quisiera o no aceptarlo, un miembro más de la cofradía de los cornudos. Porque cornudo se es con independencia de la edad, o del estado civil; basta que tu hembra te la pegue, en una u otra forma, y eso es lo que estaba sucediendo. Además de aquella repugnancia -que me provocaba náuseas físicas- sentía un hondo vacío espiritual, como si el horizonte se hubiera esfumado dejando una nota al borde de un charco maloliente: “No volveré”. Y no volvió. Al menos como antes de despertar a la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XX. Capítulo XIX

15 septiembre 2011

 

 

-XIX-

                                                                       O dei, reddite mi hoc pro pietate mea.

 

                                                                       Este hombre me dice que le cuente y yo le cuento. Sucede sin embargo que algo debe ir mal, pues su rostro refleja asombro, y más aún perplejidad y todavía más estupor y escándalo… Está asustado, de tal suerte que el miedo le posee, como si estuviera en presencia del diablo. Pero en este lance, eso a mí no me importaba nada; incluso puedo estar imaginándolo. Debo estar fatal, pues me han ungido los óleos y escucho a las plañideras. Recoño con la costumbrita. Mi anillo… Tal vez me corten el dedo, pues no creo que salga solo. Estoy muy gordo. El rubí debe valer una fortuna. Tal vez ponga esa cara porque yo nunca he sabido contar bien las cosas. Pensarlas, sí, y con detalles, que recuerdo o imagino minuciosamente, pero transcribirlas, no. Parece que cambia todo según voy narrándolo, y que incluso yo me trasmuto y vengo a ser distinto, dejo de ser yo mismo, no sé… Creo que es falta de capacidad expresiva, o desorden en la comunicación, como si la realidad se escapara a su propio albedrío, ingrediente de la perspectiva que ofrece un segundo antes de traducirla en palabras. Además, me duele la cabeza; los ojos exactamente. No sé si veo o imagino, aunque si sé que me molesta la luz. A ver… sí, aún me la noto. Algo fláccida, pero no, responde como siempre, ya está engordando. ¡Qué pillastre de pito! Tendría que hacerle un homenaje, ofrendarle, por ejemplo, una docena de capullos, claro,  asar un par de huevos en loor de Príapo. Ya sé que no es un dios, pero, estaba siempre empalmado, como corresponde, y eso ya basta para justificar el sacrificio. Yo confundía a Príamo, el de Troya, pobre, con Príapo, el de falo antonomástico. Priápico, priapismo… Una vez me aticé con cierto mejunje, y estuve dos horas tieso, acabé escocido hasta el rabo. Ya no me quedaba ni sudor. Cogí tal manía a la elementa de turno, que al verla en días posteriores, me entraban náuseas. Para espantarla -porque, claro es, me tenía ganas- la trataba como a puta rastrojada, pero quiá, ya se sabe, la mujer como la mula recula, y si peor la tratas, mejor te paga; mímala, y te hincará el aguijón, pínchala tú y lo esconderá para otro más suave. Le dije a Raquel que sus pestañas eran como alas de palomo, y se reía moviendo los ojos y formando un dibujito similar al de las tetillas cuando dejan las axilas, pero en las comisuras de los labios. Le brillaban los pómulos como el cristal, o como nieve reciente, como la luz que va surgiendo o cediendo al día -la de la noche, que es de gris plateado, ese gris con más color que el arco iris-. Aunque he follado a lo bestia, tenderse, palpar y arremeter, sólo he podido amar cuando también amaba el rostro. No sé si es espejo del alma, pero para me significa el comienzo de un camino feliz. Raquel gruñía cuando le mordisqueaba la nariz, le chupaba la oreja, le sorbía la barbilla… Y yo disfrutaba aún más estimulado por sus grititos sofocados. Este hombre palidece aún más. Le contaré, pues, algo que revele mi auténtico interior, ya que no debo parecerle bastante sincero. En casa del herrero cuchillo de palo; los clérigos no sabemos confesarnos, un sacramento que es como una lavativa, y el confesionario, receptáculo de la mugre, como el excusado. Ahí se vomita y evacua, para dejar en paz la conciencia. Aunque yo nunca lo he comprendido en su globalidad, sino como simple medida de higiene…

Dos noches después de mi llegada de viaje -había ido a visitar a mi abuela, gravemente enferma; al acercarme a besarla, deslizó en mi mano un papelito, con nada menos que quinientas pesetas, y me miró con cierta picardía. Le hice un soneto que comenzaba: “Manos finas surcadas dulcemente, por mil sendas de otoños apagados, sereno el rostro, los ojos bien alzados, el alma grande y el corazón caliente- nos citamos, con harta temeridad, y yo penetré a las cuatro de la madrugada en su habitación, tras recorrer pasillos y abrir puertas, llevado sin ruido por ángeles del mal. A pocos metros, casi al alcance de la mano, dormían monjas y otras chicas. Yo estaba seguro de que en el universo sólo importaba aquello, y en aquel instante, así que sin negar que tenía el lógico temor a ser descubierto -y a que se acabase el festín para siempre- actuaba con seguridad y aplomo. Me deslicé a su lado; la cama chirriaba como carretón astillado, y era tan pequeña que no cabíamos uno junto al otro. Me coloqué en determinada posición, y comprobé que olía a lavanda y jazmín, y que sus ingles estaban frescas. Me decidí a probar aquello que vi en su momento, y que el aroma rezumón de los papos resudados me había vedado hasta entonces. Mi lengua tropezó con el clítoris, y lo excité con ansia. Raquel dio un respingo, abrió sus muslos, deslizó hasta más arriba de sus pechos su camisón de noche, que era más bien un trapo ligero, sin encajes ni perifollos. No pude evitar el pensamiento de traerle uno de mi casa, ya que ni mi madre ni mis hermanas lo notarían. -”Así lo haré”, me dije-. Aquel gesto suyo me enamoró completamente: la diosa se rendía sin lucha, ofreciéndose en inmolación al sacerdote de Cupido. Y con el nervio se disparó la verga, acertando justo en su boca entreabierta. Y allí fue el delirio. Todo ardía. Mi semen deseaba inundar aquella garganta que le llamaba con fervor, pero mi sensibilidad, o mi intuición, se resistían a dejarlo ir. Los dulces pliegues rosados temblaban, al contacto de mis labios, y el ojal de seda se hizo eréctil y vibrador con mi lengua próxima, succionadora como pico de oso hormiguero en faena. Pronto y a mi pesar, saqué de sus cunas a los niños perversos, y puse el mío en su lugar de natura, ya tan preparado que sobraba espacio y las paredes apenas presionaban el cilindro. Froté pubis con pubis rabioso y ausente ya de ternura, para derramarme al tiempo que las naves de Raquel, cargadas de especias orientales, arribaban al mismo puerto. ¡Y luego dicen que no hay palabras que expresen el agradecimiento! Para descubrir la pasión, para eso, sólo existe el verbo iluminado.

 

 

 

FRisgas y matracas. (No-velas). Entrega XIX. Capítulo XVIII.

15 septiembre 2011

-XVIII-

                                                                       IL y a un peu de folie

dans la manière de voir

de toute cette famille…

 

(Stendhal. Le Rouge et le Noir),

 

                                                                       Cuando mi abuelo organizó aquella partida yo apenas me afeitaba, y eso por presumir de hombre. Se reunían en la parte trasera de su gabinete, que formaba un acogedor saloncito decorado con divanes y cortinajes al estilo árabe. Mi abuelo había construido en el jardín un pequeño monumento al autor de “Las Mil y Una Noches”, y decía que si era un solo hombre, merecía gozar tanto como si fuera mujer, y si eran muchos, se merecían igualmente el monumento por haber narrado sin más cortedades que las impuestas por la ablución oral al Profeta y las invocaciones piadosas -y rituales, como el carraqueo búdico o el paso de las cuentas- hasta Alá, las aventuras de hombres y mujeres en el más noble ejercicio de su naturaleza. Mi abuelo odiaba intensamente la hipocresía, aunque tal vez podía permitirse ese lujo, ya que sólo a los ricos se les permite ser groseros, y sus impertinencias se califican como humoradas e incluso como muestras de vivo ingenio. Se reunían periódicamente a jugar, y lo hacían con tanto ahínco que a veces estaba sobre el tapete verde una finca, una casa e incluso una mujer. Mi abuelo se había jugado -y perdido- media docena de herencias, recibidas a lo largo de cincuenta años. “Hijo -me decía- no lo olvides: un hombre inteligente de verdad, jamás podrá ganar en el juego”. Yo no lo entendía muy bien -aún ahora no sé si me lo comentaba por simple ironía, o tal vez trasladando la clave de que no suele ganar -ni perder- quien no juega, signo de inteligencia-. “No se trata de apalear millones, que bienvenidos sean, sino de apalear azares, y combatir destinos, a ver si nos convencemos de una puñetera vez de que todo está escrito”. Les servían copas, dulces y comida, a veces varias mujeres jóvenes que traían desde los pueblos próximos, o eso decían. Una tarde, sin embargo, cuando bajaban del coche, oí a mi abuela decir, recriminando a las chicas con su mirada: “Ya está aquí el carretón de putas”. Y el tronco estaba formado no por vacas, sino por mulos, así que el calificativo sólo podía dirigirse a las escanciadoras del vino de mi abuelo y sus amigos. Cuando algún miembro de la familia le caía simpático, mi abuelo le invitaba a una partida y luego, si es que terminaba, durante dos horas le contaba historias de miedo, o le censuraba acremente su frialdad con la heráldica. Como mi abuelo tenía un aspecto físico sumamente atractivo, se le achacaban más aventuras amorosas que las reales -lo contrario de lo que sucedía conmigo, merced a mi pinta desastrosa- pero fue un experto en otros juegos, y éstos pasaron casi desapercibidos, porque la gente sólo ve lo que desea, y aplica los juicios según gusta y no conforme es de verdad. De aquella partida saqué yo buenas enseñanzas, es decir, que para el jugador hay un punto débil en el que todo se consigue si se intenta a su costa. Y que jugar es perder. Llevo perdiendo desde entonces -salvo ráfagas inesperadas- y de todo me han sacado en el momento de debilidad al que me he referido. Como Cristo dijo de los levitas, “haced lo que ellos digan, pero no lo que hagan”. Soy un pésimo seguidor de mis propias normas, y de las miradas esquivas, que me producen mareos y picores, como las salas atestadas y las pechugas de las pelirrojas, claveteadas de setas pecosas. Es una de las características de mi personalidad, atenta al detalle y olvidada de las esencias. A aquella partida, con mi abuelo y mi hermano, asistían dos aristócratas amigos de la familia, y algunos residuos sanos de la política -creo que otro par de diputados- además del inevitable ricachón, carnada para los demás, muy a su gusto. Mi hermano mayor puso en el tapete sus rentas, y el abuelo me hizo entrar en el juego. Saqué mejor carta, y así gané, contra nada, el mayorazgo. Ignoro cómo se lo explicó después a mi padre -se encargó el abuelo de ello- pero nadie me dijo una sola palabra al respecto. Noté un cambio, al principio suave y paulatinamente superior, de la conducta de todos hacia mí: yo había pasado a ser el futuro marqués de la Pineda. La primera vez que me di cuenta de la verdad de tal situación tenía en mis brazos a Raquel, o tal vez lo soñaba, pero sus manos me parecían las manos de una paloma cuando acariciaban mis mejillas ardientes, y sentía la fuerza de una estirpe en los miembros. Si llego a creer de verdad en los genes y en las familias, y en los títulos, hubiera satisfecho a cualquier virgen frígida. De ese talante deben sentirse los garañones de saco lleno o espalda cubierta cuando acometen a las busconas simuladas, y las criaditas apetitosas. Yo desde luego, me encontraba en un estado de autocomplacencia inexpresable. Canturreaba en los paseos, respiraba hondo, y hasta adelgacé un poco. Creo incluso, que, estaba más guapo. Un día me descubrí dibujando en las servilletas garabatos parecidos a la corona del título, con mis iniciales a su alrededor. Sólo entonces comprendí, y no lo sentí en absoluto, que mi precio era pequeño, y mis ambiciones escasas. “Soy un cerdo de la piara de Epicuro -me dije-, pero ahora además tengo bellotas propias”. Y me quedé tan satisfecho.

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XVIII. Capítulo XVII.

15 septiembre 2011

 

-XVII-

                                                                       No hay cosa más difícil, bien mirado

que conocer un necio, si es callado.

 

                                                                       Sentir menos, esa era la única cosa que mi adiestramiento mental no había conseguido, y ello a pesar de creer en lo inevitable del destino. No; no la identificación con el cinismo o con la falsedad, sino la semejanza con la roca que permanece inalterable frente a las olas. ¿O también la roca muda su aspecto y sus lugares? Sentir menos incluso las situaciones en las que nada sino el equilibrio, la armonía de lo bien hecho, contaba. Porque en el resto, yo sí asumía el dicho de Cervantes: no te metas en dibu, ni en saber vidas aje, porque en lo que no va ni vie, pasar de largo es cordu. Pero ¡quiá! Yo no pasaba de largo ante casi nada, e incluso, pese a mi sequedad y desdén aparente, deseaba la cálida, o al menos templada compañía. Mas ¿a qué forzarla? Vae soli!, dice la Biblia. Pero el refrán apaña: Más vale solo que mal acompañado. Y todo es verdad, sólo depende del cristal… La perspectiva hace oscilar la realidad y la trasmuta. Más vale equivocarse que transigir con la crispación, y ésta no se busca, llega prendida de las solapas de los seres aturdidos, que aturden al bueno sólo en méritos de su buen deseo, el de mudar los hechos en utopías. Hay cosas sin remedio, sí, y en pocos la claridad llega, como manejo del examen de conciencia, o su trasunto de análisis de uno mismo y sus actos, a fuerza de remover entre los dedos la piedra abandonada por el rayo. Dormir, morir, tal vez soñar… Hamlet remeda al eterno perfeccionista, cuyo único y enorme pecado es pretender esa perfección, inexistente necesariamente. Los árabes han sabido hacerlo mejor, y eligen los alimentos y las bebidas -cuando pueden- dejando a un lado el dolor o la inquietud por no poder elegir su destino. Éste se encuentra en las manos de Dios. Y el destino es cada día. Sufficit diei malitia sua. No lo adornemos con las sabandijas que trae, cogidas con alfileres, el enemigo del descanso. El diablo nació ya viejo y crispado, y se honra en ello. Today is the first day of the rest of my life. Yo, que vivo con la intensidad de los elegidos aquellos momentos en que olvido mi condición de dios, pierdo la fe en el torpe girar de la noria, cuando ya el cansado pollino respira pesaroso, al filo de la tarde. ¿Para qué habrás creado esa mirada de universos, rebosantes de luz, Señor, si me pierdo en un pie de tierra? Sólo el alma conoce los secretos de tanta miseria, adorno vago de tanta excelsitud. Mi oración, pues, no es hoy alabanza. Sino plegaria: hazme, Dios, como aquel fariseo, engreído, fatuo, seguro de sí, orgulloso, despectivo con los inferiores, generoso y potente. Yo quiero ser todo eso. Y no un pobre publicano limosnero, salteado de roña y escrúpulos, escoria de sí mismo. Tampoco ahí reside la armonía. Porque, una vez en la marcha hacia la soberbia, ya se encargará la providencia de situarme in medias res. Es mi destino.