Archive for the ‘Mi psiquiatra y yo’ Category

Mi psiquiatra y yo. (18)

5 abril 2010

He ido a ver a mi psiquiatra, y le he dicho que echaba de menos los viejos años dorados. Me mira con cara de chimpancé sorprendido.

– ¿Qué es eso?.

Ahora comprendo mejor a mi psiquiatra. Es un tarado sin viejos años de gloria, cuando ligar no costaba trabajo. Se lo cuento.

– Las chicas te tiraban de la camiseta para que no pudieras huir. Eso es.

Me dice que nunca le han tirado de la camiseta. A mí tampoco, pero lo vi en un cuaderno, y supuse que era habitual. Me ordena seguir el método regresivo, o sea que salga a la calle y me crea Supermán. No puedo. Salgo a la calle y me mira una rubita lindísima. Se mueve mejor que las olas del bolero, y parece que le gusto. Me acerco tembloroso. Seguro que es miope y el encanto se deshará con la proximidad. Ya me veo convertido en calabaza, y además me siento incapaz de articular palabra. De pronto, la salvación. Llega una amiga, se van juntas. Las sigo, envalentonado. Se detienen. Tierra, trágame, y que hago yo ahora. Demoro mi paso. La otra enciende un pitillo. La mía no fuma, mira de reojo. Creo. Aceleran. Llego al portal del psiquitra, llamo, subo. El peligro ha desaparecido.

– Me siento mal, frustrado y cobarde.

Mi psiquiatra pone un CD de Sinatra. Dice que es para relajarme, pero yo creo que está aprendiendo bailes de salón. Se acerca a mí ondulante, como un swing de pacotilla con gafas. Me dice que debería haberla abordado. Me siento como pirata sin botín. Le digo que me fallan las fuerzas en el instante supremo. Pone más fuerte el sonido.

– También les pasa a los toreros, pero hay que afrontar el peligro, amigo mío.

Le digo que he olvidado la cartera. Apaga el CD, como si la música fuera parte de los honorarios. No es mala práctica esa de cobrar como los taxistas, por carrera. Sólo que yo me encuentro en el mismo sitio. Se lo digo.

– El éxito es un estado mental.

Lo suponía. Por eso hay tanto macarra que se cree un triunfador. Van arrollando con los trajes-uniforme de ECI -hoy con sucursales clónicas por todas partes- y la mirada en sesgo, tal vez sobre sí mismos y sus bondades. Se lo digo.

– Esa es la reacción típica del fracasado. En tu caso, el desastre también es un estado mental.

Me consuelo vagamente, soñando que contrato a una rubita alma gemela. Pero pronto se transforma en un cabo de coraceros que me ordena cosas.

– Tienes miedo a no llevar la iniciativa.

Eso me lo digo yo, y ahorro sesión. Luego también se lo comento a mi psiquiatra, que está leyendo una novela italiana de crímenes.

– El género policíaco nos hace pensar, nos ayuda a resolver problemas, me dice.

– Pues yo sé siempre quién es el asesino. Por intuición.

Me mira con envidia.

He estado pensando, a propósito. Ya sabes, respecto a tu oscilante realidad.

Imagino que mi cárcel se llama Freud, y acuchillo bibliotecas que rezuman cataratas de abecedarios, pero en desorden. Mi psiquiatra es único estimulando mi imaginación.

– Es fácil -cierra ‘la ratonera’ y sale el hocico del inquilino entre las mofas-. Sólo tú ves ese cambio.

– Claro. El enfermo soy yo.

– No, es tu imaginación, como en Molière.

La diferencia es que yo ya se que hablo en prosa. Le dejo hablar, para que se consuele; al fin y al cabo, es su profesión. Cuando termina, le pago, como a los klineros del semáforo, para que te dejen en paz. Salgo a la calle, y miro la luz y el polen, que me hace estornudar. Rinitis alérgica, otra primavera más. La realidad oscila pero vuelve, me digo mientras entro en la farmacia a comprar Polaramine. No hay. La dependienta me ofrece Nariné. Lo acepto encantado. Como si fuera una cita a ciegas. Tiene los ojos rasgados y un hoyuelo en la comisura de los labios. Me demoro en el pago, haciendo la parada nupcial del abejaruco, revolviendo los bolsillos y mascullando a la búsqueda de la frase feliz. Alguien le habla de un recurso para no sé qué licencia de apertura. Arrojo mis monedas.

– Yo me encargo, tengo un despacho aquí mismo.

Anuncios

Mi psiquiatra y yo. (17)

4 abril 2010

En la segunda línea ya hablaba de que A. me dejaba solo, que es peor que dejarte libre. Le digo que uno sufre cuando le dejan solo y no cuando le dejan libre. Me dice que no siga escribiendo. Le regalo el manuscrito, y se lo dedico: ‘Al Dr. A.P., ilustre neurocirujano, de su paciente agradecido, A.G.’. Me indica que hay una errata. Leo la dedicatoria.

– No, está bien.

Se lo guarda, y hace ademán de que ya hemos terminado. Pero yo no me muevo. Siento como si algo me retuviese. De repente, sé de qué se trata.

– No hemos encontrado el pensamiento positivo de hoy.

Mi psiquiatra va a su calendario de Gardfield y lee la tira cómica. Luego arranca una hoja del calendario de Murphy y me la entrega. Salgo a la calle repitiendo su máxima, alguien como un chotillo recién mamado.

Mi psiquiatra y yo. (16)

4 abril 2010

Mi psiquiatra dice que consultará en el ‘Vademécum para Tarados, uso facultativo’ mis dos últimas manías; el agobio por cambiar (creo que cualquier estado o situación no debe permanecer inalterada ni de un par de unidades de tiempo, a saber) y que a otros les sientan mejor los trajes a medida. Observo una mirada extraña, un recelo hasta ahora sólo intuido en sus quebradizas pupilas de gallina. Creo que me tiene miedo, ya ves.

Mi psiquiatra dice que sólo debo pensar en cosas positivas. Ahí está. Pienso en A.. Un rato. Luego me pongo triste. Se lo digo (al psiquiatra). Me ordena contárselo, pormenorizadamente.

– Prefiero escribirlo.

Me da permiso. Esto de la disciplina viene bien, para combatirla. Mi psiquiatra dice que eso son reminiscencias del yo adolescente. Vale. Quiero ser un eterno adolescente.

– ¿Y sufrir tanto como ellos?

Lo recuerdo ; nos consideran seres intermedios: entre la nada y la estupidez de los niños y los jóvenes. Le digo que los adultos han construido un mundo para ellos. Me mira asustado.

– No es necesario que te ‘creas’ adolescente. Al menos no tanto.

Le miro yo, también asustado. Mi psiquiatra no sabe que creer es ver, y yo me veo como me creo. Es otro defecto de los mayores.

– Bueno, escríbelo también -me dice: Parece que puedes llegar a ser político.

La palabra me rechina. No soporto esas paradas del tráfico para que pasen ‘ellos’, entre motos y sirenas. ¿Seré un insociable incurable?. Se lo digo.

– Naturalmente.

Esa respuesta me consuela. Quiere tener ‘algo’ de verdad incurable, como lo de A. Para que se conozcan y hablen entre ellos. Dos manías de la mano, y yo de psiquiatra. Comienzo a escribir la historia del pensamiento positivo. Pero enseguida me asalta la duda.

– Las cosas ecológicas se deterioran antes; al fin y al cabo, los conservantes son buenos.

Mi psiquiatra rebulle en su asiento. Cada día le encuentro más parecido a Pujol. Pienso que la gente lista tiene ‘tics’. Me pregunto qué significa eso.

– Lo de las ideas positivas. Como el alimento natural, ¿no?.

Me explica que la convención es tan natural como la naturaleza. Yo veo que esta vez ha justificado la visita, y el tiempo que le dedico. Se lo digo. Parece sonreír, porque abre los ojos y muestra el lado izquierdo de su dentadura superior. Observo el brillo de un empaste. Deberían mejorar las técnicas de reparación de los dientes.

Mi psiquiatra y yo. (15)

30 marzo 2010

He tenido tres sueños. Mi psiquiatra dice que se los cuente. A veces invento cosas, para comprobar si es fiel a su tesis de que la realidad oscila. Pero cuando me observa con su mirada opaca de besugo a la bilbaína, suelo rectificar y me atengo más o menos a los recuerdos. Por ejemplo, cuido un niño, o … me sucede que recuerdo los tres, pero si anoto uno, olvido el resto, como si mi conciencia fuese la guardiana de un secreto intraducible. Los otros son algo así como un lío o cambio de coches y un cisco con el trabajo o el ocio. Es decir, en esta imprecisión resumo la esencia de mi vida. Cuando he ido a comprar el pan, sólo quería una baguette, pero de ver tanta gente ansiosa esperando, haciendo cola, he comprado seis piezas; confío en fastidiar a algún idiota que llegue a última hora: “Lo siento, pero se nos han terminado”, tipo Mister Bin.

Luego he estado a punto de hacer la buena acción del día, cuando una viejecita vendedora de lotería, llorando en una esquina atrajo mi morbo y le ofrecí comprar todo. “Es que no vendo nada y todo me sale mal” – “Pues le compro todo”. “No, todo no”. O sea, ni siquiera sirvo para hacer gasto. La viejecita me ha conocido: tal vez incluso pensaba que quería engañarla; de un tipo como yo recela hasta el Herpes Zoxter.

Mi psiquiatra y yo. (14)

28 marzo 2010

Mi psiquiatra está repasando la actuación de Jeremy Irons en ‘El caso Ban Balow’. Lo entiendo; yo aprendí en esa película algo más sobre las aspirinas. A. quiere romper nuestra relación, porque ha visto mi correspondencia con Tesa de Isú – No he podido convencerla de que Jan de la Luz y ella son las dos místicas del XVI. Le he ofrecido una pensión, esperando que la rechazara y así lo he hecho. Definitivamente, no mi quiere. Una mujer que ama jamás menosprecia el dinero.

Mi psiquiatra y yo. (13)

27 marzo 2010

Mi psiquiatra ha subido las tarifas, dice que la culpa la tiene el nuevo I.A.E que más parece un grito que un impuesto. Las palabras, son sabias, y llevan más o menos directas a la que verdaderamente lo es. Para tranquilizarme dice que pase aquí la noche. Lo hago. En mi paseo nocturno -la comida reposada y la cena paseada- recorro mil seiscientos cubos de basura, y unos trece mil aromas dulces de residuos urbanos. Tres millones de ratas me observan tranquilas: tienen asegurado el sustento. Me tranquilizo, sobre todo después de lo del sastre. Le digo -al sastre- que me la cosa me tira y estoy como descompuesto. Me pregunta -el sastre- si es que cargo de otro lado -siempre es el lado contrario- y así es, o sea que mi paquete está de inverso. Un día ví que lo anotaba, para el próximo, pero se equivocó, al parecer. Tengo un pantalón perfecto en la ficha, y deberé colocarme las cosas en la izquierda. A lo mejor resulta. La ficha esta bien; quien está mal hecho soy yo. Eso mismo piensa mi psiquiatra. Yo creo que los dos conocen a mi mujer, y les pasa la chuleta. Como no duermo bien, para relajarme paso la tarde mirando a los transeúntes. Algunos se aperciben, y se ruborizan. Otros me sonríen. Poco a poco, con mi lentitud habitual voy comprendiendo. De repente sé dos cosas; la primera que los dioses debieron dejarnos en paz con nuestra normalidad, y no querer hacernos a su imagen, algo que ha desembocado en una inquietante inquietud. La segunda que debiera ser normal cargar a la derecha. O sea, he comprendido que todo es normal si nadie lo perturba con intentos de mejora. Mi psiquiatra dice que soy el arquetipo de la contradicción porque quiero cambiar el arquetipo y dejarlo como estaba antes de que otros quieran hacerlo. No le comprendo. No le pago. Me baño y pongo un mote a las burbujas. Me han salido pequeñas llagas en los dedos. Creo que estaré de baja para el jacobeo. Lo haré en globo. Mi psiquiatra dice que A. me abandona porque yo siempre quiero lo que no tengo y así la querré cuando no la tenga. Es un cretino. No puede quererse lo que no se tiene, eso es otra cosa, la rabia y el vacío, no el hambre o el arte. El arte también es único, individual, anormal y desvergonzado. Lo natural para Dios es ser Dios, para el hombre es no serlo, y para mi sastre hacer los pantalones con la carga siniestra que es como debe tenerla mi psiquiatra.

Mi psiquiatra y yo. (12)

26 marzo 2010

He dicho a mi psiquiatra que tengo la libido excrecente, cuando estoy resfriado. Lo achaca a las fórmulas de los medicamentos, y, sobre todo, a que el sopor fastidioso de la congestión me aleja de otros asuntos más complejos. También me prohíbe utilizar términos como ‘sofisticado’, palabra que no existe en el diccionario. Sofístico es algo fingido, y no delicado, complejo, que es lo que queremos decir. Mi psiquiatra dice que las palabras se nos dan para ocultar el pensamiento, sin saber que eso lo dijo Paul Válery. Paul V. dijo siempre las cosas que citamos, porque es un poeta poliforme. Los niños crean cada instante de su vida. También utilizamos mal lo de ‘avatares de la vida’. En la vida no puede haber más que un avatar, porque eso es cada reencarnación de Vishnú. Mi psiquiatra dice, mientras paseamos al perro en la plaza defecada de palomas, que se ha perdido, desdichadamente, la madrileña tradición de las domésticas, y eso entristece la vida. Deduzco, por las miradas que lanza a los bancos donde retozan las adolescentes inquietas, que se refiere a las chachas; le digo que la modernidad también se ha cargado a las modistelas -ahora trabajan como diseñadoras en el Corte Inglés- y por supuesto a los quintos. La Patria ya no tiene quien la escriba, seguramente porque no existe desde que le salieron las Autonomías, que no sé si son muelas del juicio tardonas, que no caben en el máxilo y dan fiebres. Mi psiquiatra se despide comiendo porque tiene hora para su psicoanálisis. Le pregunto mientras subo al taxi, y me contesta frunciendo el ceño: “ya sabes cómo son esas cosas”; últimamente le encuentro algo deprimido. Aprovecho para escribir un poema acerca de mi nerviosismo erótico imbatible.

Mi psiquiatra y yo. (11)

25 marzo 2010

Luego yo mismo entrego el folio a las olas, en un acto que mi psiquiatra no comprende; lo califica de incivil y antiecológico. Yo le digo que son las cenizas de mi corazón. (No decírselo a la sucedánea es un acto de fidelidad suprema hacia A.). me mira con sorna. Él -dice- si es fiel a A. Tras obtusas discusiones acerca del control mental -practicamos la unión cósmica de nuestros dedos con el fin de atraer la imagen de A.- vamos a cenar a una Churrasquería Brasileira. Ser pobre y estar enamorado debe ser algo insoportable, le indico a mi psiquiatra mientras optamos por un reserva del 85. Vuelve a mirarme, esta vez con menosprecio. Farfulla algo sobre el desprecio al dinero mientras engulle un entrecotte a la Parisienne. Yo cambio tres veces mi solomillo. (Poco hecho, muy hecho, demasiado justo …) Sale el cocinero. Discute con el maitre- Aguardo estoicamente una decisión. Decido probar el pan de ajo. A partir de ese momento todo me sabe a ajo. Aún repito. Subimos a la habitación. La enfermera polaca y el veterinario malayo duermen en nuestras camas. Parecen la pareja de ‘Hiroshima mon amour’. La escena enternece a mi psiquiatra. Le tomo la delantera y me encierro en el baño. Eructo. Me río al evocar la imagen de la enfermera polaca, dormida con jersey y vaqueros. Mi psiquiatra suspira en la terraza. Le acompaño para mirar las estrellas. Pronto se queda frito (se ha tomado dos valium 5, Le arropo con un par de toallas, no demasiado húmedas, y guardo sus gafas en el bolsillo de la chaqueta. (Mi psiquiatra veranea con traje, lo mismo en Oslo que en Madeira). Cuando empiezan a escocerme los ojos, pienso en A. Decido averiguar su número de teléfono, y actuar como en la película ‘una llamada a medianoche’. ¿O era ‘Campanadas a medianoche?.

Mi psiquiatra y yo. (10)

24 marzo 2010

Diario de Guerra. Día …

Faltan dos días para terminar este remedo de vacaciones. En este lugar Atlántico -de agua gélida- se han reunido todos los veraneantes locos del mundo. También hordas turísticas, manadas que todo lo cubren (y a todas horas). En el hotel donde mi agencia gafe nos ha alojado se ensayan prácticas de refinado sadismo. Retoños de una pseudo-familia voceante pasean a mi lado como espectros del Apocalipsis. Lo anuncian con horrorosas trompetas de plástico, que sus padres les regalan para transmitir al mundo sus frustraciones. Mi psiquiatra ha sufrido varios espasmos incontrolados y quiere comérselos crudos. Le contengo, diciéndole que tal vez Z. no estuviera de acuerdo. Me responde algo así como que A. conoce las memorias de Ulises. Aparece la enfermera polaca. Ha ligado al parecer, con un veterinario malayo, que se equivocó de convención. Conversan en una jerga ininteligible. Mi psiquiatra dice que vamos a tener suerte, y la polaca acabará dejándonos en paz. El quiere su soledad y su tiempo para pensar en A. Los del Bar se han percatado ya de nuestros despistes, y nos cobran más o menos el triple de los precios marcados. También nos cobran lo de las mesas contiguas. No decimos nada: nos complace hacer felices a unos picarillos a cambio de tan poco. Bajamos a la enorme playa. Mi psiquiatra dice que en Portugal hay dos feas -coincidieron con él en un Congreso- y que el resto de las mujeres en edad fértil (como dice A.) son guapas o están buenísimas. (Sobre todo las medio mulatas, de ojos extraños y piel brillante). Por algún azar del destino, además, todas han venido a parar aquí. Buscamos a A., como Beckett a Godot, desesperadamente. Mi psiquiatra está fuera de sí. No se conforma, como yo, con soñarla. De repente descubro un maravilloso sucedáneo de A. Le hago un poema:

Aunque no sepas quien soy/ ni cómo me llamo,/aunque no volvamos a vernos/ llévate

estas palabras mías. (Un pobre homenaje/ a

tu belleza / en el recuerdo de quien amo)/.

Me basta por ahora decírtelo/ como si a

ella encontrasen mis palabras:/ te llevas la luz

del Algarve/ en la piel. De tu pelo nace/

un brillo de seda./ Tienes, como ella la expre-

sión dulce y triste/

de una novia reciente/ adivino el amor

entre tus brazos/

Como una permanente melodía/…

Por ahora me basta improvisar malos versos/

pero sé que pensaré en ti como en la noche

de esta luna que crece/.

No conozco tu alma (seguro que

es de azúcar),

pero en tus ojos/

estalla una porción de su ternura/

(tal vez de la distancia innombrable/ que nos

separa).

Mi psiquiatra dice que soy un infiel, y arroja mis versos a la papelera. Yo le digo que se equivoca, y que es un homenaje a A. Recojo el papel, y escribo para terminar:

‘si yo supiera/ que mi camino no entorpece tus pasos/ más te diría/ pero me asusta tu juventud y tu encanto/ de sirena …/.

Mi psiquiatra y yo. (9)

23 marzo 2010

Diario de Guerra. Día …

Hemos despertado al mismo tiempo. Apenas hemos discutido para entrar al cuarto de baño. Mi psiquiatra ha ganado, y mientras realizaba sus abluciones matinales, yo he pensado en A. La enfermera nos ha preparado un desayuno inglés -se llama Cristie, la enfermera, no el desayuno, y es oriunda de Noruega- servido con cierto retintín. Creo que ironiza respecto a nuestras relaciones -la del psiquiatra y su paciente- y eso la define como poco profesional. Veremos. Durante el desayuno analizamos las razones y sinrazones de A. Yo le digo a mi psiquiatra que para A. él es un ente abstracto, y que por tanto hemos de centrar nuestro interés y reflexión en mí mismo. Medita. Lo acepta. Dice: eres demasiado mayor. Tienes muchos achaques. Te huele el aliento, tienes gases y hablas solo. No tengo más remedio que agregar unos cuantos males a la morbosa descripción de mi patólogo. Media hora después, la enfermera retira los folios repletos de nombres y calificativos crueles. Así ejerce su labor terapéutica en silencio. Mi psiquiatra llora en mi hombro; en realidad está consolándome. Dice ‘¿Cómo va alguien a querer un espécimen como tú?’ Hasta a mí me cuesta trabajo’. Le comprendo. Decidimos eliminar el brain storming masoquista, por escrito. Se me ocurren otras cosas. Por ejemplo: A. no me quiere porque soy plebeyo. Una chica como A. que se parece a Isabel Sartorius, es guapa, prefiere a los aristócratas. Hurgo en mi genealogía. Algo habrá, aparte de que mi retatarabuela fue amante segunda del cuñado de Sancho Garcés. Así nacen las órdenes y los títulos, como el de ‘La Jarretiére’, que es el liguero de la cortesana y capricho del monarca: ‘Honny suit que mal y pense’, o algo parecido…. Mi psiquiatra se ha apoderado del cuarto de baño, Si vivimos juntos tendremos que cambiarnos de casa, o hacer un baño nuevo. Desvarío. A. me tiene loquito y trastornado. Claro. Por eso ahora vivo con mi psiquiatra. Mi hermano hacía meditación trascendental en la bañera. ¿Le pasará lo mismo al psiquiatra? Con la meditación se te ocurren a uno cosas interesantes. Probemos. No tengo esperanza: Me decidiré por tanto a crear. Eso debió pensar Dios cuando me hizo tropezar con A. Se me ocurre una estrategia; es peligrosa, pero puedo encontrarlo. Hablaré con su madre- Las madres no se me daban mal: le diré: ‘Querida suegra estoy loco por su hija’. Algo así ¿Cuantos se lo habrán dicho? Quiero a A. Mi psiquiatra sale del baño. Me dice: No te dejes fascinar por una cara bonita’. Tiene razón. Pero no es eso solamente. Me fascina A. , incluida su fascinante cara de diosa. Le digo (a mi psiquiatra no a A.): Hay muchas caras bonitas que no me fascinan. Incluida la de mi ex-mujer. Mi psquiatra me aclara que aún no estoy divorciado. ¿Me he casado alguna vez?.