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Medicinas para corazones heridos.

10 junio 2012

Ayer me acordaba de las celdas para solitarios, y hoy, al contrario, algo me sugiere que salir de la celda es, precisamente, un buen remedio para la nostalgia. El corazón herido -una tópica expresión de los románticos- se va curando si comparte su espacio, y no hay músculo más poderoso -excepto la lengua- para reponer fuerzas tras la batalla. La medicina más eficaz se encuentra siempre en uno mismo, claro que a veces resulta tan complicado buscarla que se precisa ayuda. Por ejemplo, con la re-unión, algo tan contrario a esas estériles reuniones  con orden del día, que  representan el manual del ser ocupado por cosas que le son ajenas. Reunirse con libertad, y en un ambiente sereno, donde una de las compañías sea la relajación. Hablar, intercambiar opiniones, escuchar, pensar, debatir. La trampa más socorrida de los manuales de dirección, con los que están cortados los trajes de medio mundo “desarrollado” es el estrés y la prisa. La tensión genera adrenalina, dicen, y ésta nos hace afrontar con eficacia los peligros. Y hay que ir rápido, no sea que lleguemos tarde a nuestro propio entierro. El corazón tiene células madre, con las que autogenera el remedio de sus heridas, sólo que necesita, a veces, un empujoncito. Saliendo de la celda puedes echar un vistazo al mundo. Aprender del pasado sin sentirse culpable.Preocuparte lo justo, para que esa preocupación no te inmovilice. Aceptar todas tus cosas buenas, incluso las que otros piensan y tú rechazas porque crees que no te lo mereces. Como en homeopatía, la medicina puede encontrarse en las pequeñas dosis: tomarte una vacación, ir al cine, leer, jugar con alguien, contar un chiste, rezar, sentir algo por otro, desear el bien. Tu corazón eres tú, no sólo una parte de ti.

Educar a un niños… ¿No estará mal planteado?. (En la Corte del rey de Castilla. 50).

15 noviembre 2010

Educar a un niño… ¿No estará mal planteado?

Bien, imaginad una casa vacía, y un montón de objetos, muebles, utensilios… para ¿decorarla?. Al final, como los diseñadores “modernos” dejaréis los cuadros recostados en las paredes, sillas en rincones, como semáforos o guardianes, camas aguardando que por los ventanales entre o se vaya la luz para descansar. ¿Hay alguien de acuerdo con vuestro estilo, esa disposición de las lámparas y el chiffonnier –si es que sabemos exactamente qué es eso, y no es una raza de gato- o el tono de la pintura… Pues un  niño es infinitamente más complejo que ese espacio muerto, que vive sólo con tu calor y no por sí mismo, que ni siquiera es una porción de la naturaleza que podría, por si misma, alcanzar significado. Un niño eres también tú.

 

Y ahí comienza el secreto. ¿No lo dijo Jesús? “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. A mí eso siempre me ha sonado a Peter Pan, o sea que lo copiaron para Peter Pan. No es malo copiar, lo bueno, desde luego, como cuando Harry Potter acude a los ancestros y a los mitos, a veces la única verdad. Cuando Anita dice que quiere ser siempre niña. Alejandro aclara:

-Entonces tienes que irte al País de Nunca Jamás.

 

Ser padre mayor tiene sus ventajas. ¿Qué es ser padre mayor? Digamos que no tiene nada que ver con el carácter, o el estado de ánimo, o la energía vital. Sólo con los años tal cual, que imponen un cierto aspecto físico y conllevan una historia, maestro de la vida. Pero ojo: eso no significa que los padres mayores hayan aprovechado bien sus enseñanzas. Los padres mayores a veces no lo saben, no saben que lo son.

 

El caso es que lo de la educación de los niños es una paradoja. Poco a poco vamos alejándoles de su lenguaje, de la forma cristalina en que se entienden con los ángeles.

-Pamplinas –dice la psicóloga- porque ellos son realistas. Necesitan tocar el mundo.

Los padres en general somos malos pedagogos. Los padres mayores han descubierto el amor en la pedagogía. Por eso les llaman, maliciosamente, abuelos.

O sea, que esto tiene mala solución en el tinglado…

 

Cerré el libreto pensando que era más de lo mismo, aun sin saber exactamente qué era eso. Y es que yo pienso sin pensar, me viene a la cabeza algo y sé que van a meter el gol. Me anticipo como los pájaros en las tormentas.

 

Devolví el manuscrito al tío Amadeo, sin comentarios. Tampoc debía esperarlos, porque sacudió la cabeza como si le hubieran robado la música del ‘Romance anónimo’-

 

 

Retazos del Manual para padres mayores. (En la corte del rey de Castilla. 21).

12 noviembre 2010

CÓMO ACTUAR ANTE EL INSOMNIO DE LOS NIÑOS.

La mayoría de los padres se irritan muchísimo cuando los niños no se duermen, o se despiertan por la noche pidiendo agua, o sueñan con algo que les persigue o que les han quitado el osito, que es para lo que sirven las noches. El PM sin embargo lo toma como una oportunidad más de estar con los pequeños, y tiene el sueño ligero, preparado para acoger la petición de ayuda en forma de gemido, ronroneo, grito, súplica, orden o llamada.

LAS SIESTAS DEL BEBÉ Y DE SUS HERMANOS. LAS NO SIESTAS.

El PM organiza mejor que nadie las siestas de los demás. Es casi la única forma de disfrutar la propia. Con los bebés no hay problemas de negociación, y suelen arrastrar a los hermanos pequeños y dividir a los mayores. Un desastre. Por eso el equilibrio que sugieren los PM viene tan al pelo. Quien no duerma la siesta que haga los deberes. Mano de santo. Y sin gritar, claro. Proscrita la tele y los mítines fraternales, la mejor alternativa es una siestita más o menos dormida, con un ojo abierto quizás, pero que permite al PM su relajo hedomadario, que no es poco.

Un corolario o un paréntesis, la reflexión del cansino: si tu mujer no es inteligente -lo que significará ipso facto que tú tampoco lo eres- no se percatará de todo lo que quieres hacer… como si fueses tan joven y te diera tiempo. Tus hijos no te seguirán: vis atractiva feminae…

Lo de la siesta era heredado.

Mi abuelo se las echaba de orinal y pijama y mi padre las disfrutaba incluso de pie. Como aquella tarde en que oímos un ruido en el pasillo, y es que se quedó frito antes de llegar a su habitación. Un patrimonio, sí señor.

Cerré el cuaderno. Ya no tenía más ganas de leer,

y eso que algo me había sonreído pensando en todo lo que encubre el humor. Nunca me han gustado los manuales, pero aquel me sonaba cercano, como si estuvieran contándome la vida de un pariente. Mi padre, por ejemplo, o el tío Amadeo. Yo creo que los padres deben tener valor para parir, o sea, para cuidar y atender a los hijos. Por eso decidí hace mucho tiempo no tenerlos. Y ahora decido no seguir leyendo, ya tengo bastante. No sé si me servirá para algo saber que mi cuñado decía todo eso para convencerse a sí mismo de que el miedo que sentía era por eso de las zonas erróneas, y no porque le acongojaba el futuro, ya ves. Que fluya el presente, decía, mientras le echaba un ojo a mañana. El niño le miraba cada tarde, y preguntaba lo mismo: “¿Mañana hay cole?”. Tenía la esperanza de que algún día cambiase, ya que su padre siempre era el mismo. Un latazo.

Manual para padres mayores. (Retazos). (En la corte del rey Felipe de Castilla. 20).

11 noviembre 2010

MANUAL PARA PADRES MAYORES (Retazos).

 

Soy un padre mayor. Tengo cincuenta años y dos hijos, dos mellizos, que acaban de cumplir su primer año de vida. Les miro, me miro y me pregunto cuántos estarán en mi lugar, qué pensarán de su situación, si les preocupará el futuro, si les incomodará el presente, si serán tan incapaces de aceptar que son las personas más afortunadas de la Tierra. Cuando miro a mis pequeños no me importa el dinero, ni los amigos, ni la esperanza, ni todos los trópicos tópicos de Henry Miller, porque soy el hombre más feliz del mundo.

 

Cada situación es maravillosa. Cada problema, y los míos son dobles, tiene incorporada la solución, y no existe eso de un callejón sin salida, porque mi espacio es tan diáfano como el mismo aire que nos rodea. Por eso he escrito mi experiencia de padre mayor, para que veáis lo bien que lo estoy pasando, y podáis apuntaros a hacer lo mismo.

 

 

Así empezaba, como si tuviera miedo a que alguien le mirase con compasión, y se propusiera dejar bien claro que las apariencias pueden engañar, y que deberían mirarle con envidia.

 

 

 

Viaje con niños

 

El padre mayor es sufridor por naturaleza. Digo por la naturaleza de serlo, que le obliga a intentar hacer lo que otros hacen y hacerlo bien. Es la única razón de que viaje con niños. Con sus niños. El padre mayor deberá leer atentamente lo que sigue y luego hacer lo que le de la gana, pero a sabiendas de lo que se juega y llevándose una caja sin empezar de Lexatin o de passiflora, si es bucólico y naturópata.

 

Todo empieza con la decisión. Tomar la decisión de viajar con niños se hace en momentos de gran soledad emocional o de euforia, que viene a ser lo mismo. Ya lo dijo el poeta:

En este mundo hay tanta soledad

que llenaría todos los huecos

del universo.

 

Y no es una exageración, bien mirado. Pues cuando se está en esos instantes que son igual que la eternidad, todo parece posible, incluso deseable, realizable desde luego y casi necesario.

 

-Por el bien de los niños.

 

La infausta coletilla de los abuelos, que ha pasado al padre mayor. Ahora los abuelos callan y disfrutan, y su papel ha sido usurpado por los padres mayores.

 

Una vez tomada la decisión llegan los preparativos. Hay dos clases fundamentales,  según vayan a ir en coche o en avión u otro medio de transporte ajeno.

 

El viaje en coche tiene el aliciente masoquista de la conducción. La madre no conduce, o conduce poco, o el padre mayor no se fía, o entiende mejor el coche. En fin, que se carga con el estrés añadido del tacómetro. El padre mayor sabe que va a cansarse, que se pondrá de mala uva, y que se arrepentirá, pero le da igual, porque no puede eludir su rol de padre dinámico, doblegador de dificultades y repleto de iniciativas juveniles. Es el primer paso a viajar con fisioterapeuta incorporado.

 

-O con chófer.

 

Ya no se estila el chófer, que es un oficio a extinguir, y parte de culpa la tiene esa tendencia macarra a ejecutar todo por sí mismo excepto la limpieza. Los oficios se han extremado, o sea unos están de capa caída y otros en pleno auge, y nada más claro que este ejemplo. Aquí todo el mundo tiene mucama y sólo los políticos tienen driver.

 

-Y algunas señoras de banquero.

 

-Eso. Aunque de seguir así, hasta ellos estarán de capa caída.

 

Pero seguimos a lo nuestro. Vamos a analizar los dos tipos principales de viaje con niños. Primero el de transporte propio, el coche de papá.

 

El equipaje. Si se escribiera una nueva epopeya en la que los protagonistas, como los buscadores del anillo, anduvieran por tierras y espacios interminables, el autor debería echar un vistazo al equipaje. Para que no les falte de nada.

 

-A Ulises no le faltaron ni las sirenas.

 

-Odiseo, ése es el nombre. Podría ir a la tele, a un programa que se llame ‘tengo una carta para ti’. Conozco una chica muy mona que podría dirigirlo.

 

Cuando el equipaje está colocado  en perfecto orden de batalla junto a la puerta, el papá mayor lo mira, y en su tensa mente analiza la posición espacial que ocuparán los bultos en el maletero del coche. Cuando está convencido de que aquello no cabe, hace la pregunta.

 

-¿Hay que llevarse todo esto?

 

La mitad del equipaje y el doble de dinero. Esa es la consigna inteligente.

 

-Y estas dos bolsitas, pero pueden ir dentro.

 

La mamá coloca las dos bolsitas –así lo dice, con esa tendencia al diminutivo que se da a las cosas grandes, como llamar Pichichi o Ramoncín al pivot de la NBA- junto al paquete principal de bultos, un poco al sesgo, como si fuera impedimenta auxiliar, prácticamente invisible. Luego saca los paquetes-sorpresa. Un tentempié, algo de agua –los niños van  a pedirla enseguida- su bolso –cada día los hacen más voluminosos, y además modulables, casi hinchables- un soporte higiénico de dodotis, kleenex y tiritas, la cámara de fotos, gafas de sol con sus estuches, las medicinas de papá, que van a mano por si acaso, y la bolsa de El Corte Inglés.

 

En todos los viajes hay una bolsa de El Corte Inglés.

 

Papá mueve la cabeza. No se sabe si asiente o tiene  principio de Parkinson. En ese momento los niños se percatan de la situación y empieza su turno. Lo primero es descolocar las cosas, para que el orden mental de ubicación se trastoque.

 

-Queremos ayudarte, papi.

 

Lo dicen muy serios, arrastrando algún maletín o volcando la única bolsa que tiene objetos sueltos. Uno de ellos, de cristal, se rompe.

 

-¡Qué bien huele!

 

Es el perfume que mamá se autoregaló por su cumple, porque papá sólo regala flores. Duran poco y luego se tiran y no ocupan espacio.

 

Papá recuerda entonces que ha olvidado el linimento para las contracturas y las cápsulas de aleta de tiburón.

 

-Han retirado el Osopán. Iba  muy bien para los huesos.

 

Al padre mayor le duelen los huesos, y eso que los huesos no duelen, y piensa que tiene osteoporosis, o sea que se va fragilizando a cuenta de las tensiones y los esfuerzos. Ya no disfruta de la siesta y está a punto de suprimir el vino. El desastre aún no es irreversible pero tiene mala cara.

 

El viaje promete ser movido. Anita se marea y vomita con cierta regularidad. Alejandro golpea ininterrumpidamente el asiento del conductor con sus piececillos, que quedan justo a la altura de las cervicales de papá, una vez realizada la contorsión correspondiente.

 

-Lo mejor es que traigas el coche a la puerta y lo cargamos todo aquí.

 

Esa expresión es una trampa. Nunca saques el coche del garaje, si tienes la fortuna de poseer uno, sobre todo en Madrid, donde ya se cotizan como pisos de soltero, y caigas en la tentación de la aparente facilidad con que te tientan. Será mucho más difícil todo: la segunda fila –porque no pienses que vas a encontrar un hueco en la puerta- con el ataque permanente de los otros vehículos, tus enemigos; el transporte humano, la carga de los niños y depósito en sus asientos, los correajes y cierres diseñados por italianos hartos de Chianti; el traslado del equipaje propia o impropiamente dicho, o sea los bultos, las maletas, las bolsas, los paquetes, en fin…de acoplamiento imposible en un coche de tamaño natural, pensado para un carguero o la bodega del transbordador espacial.

 

Con un poco de suerte no te lesionarás ya de entrada, antes de salir. Con suerte, porque lo normal es que tus lumbares, ahora calentitas, no te avisen de las malas posturas, el sobreesfuerzo y poco a poco vayas sintiendo la necesidad de un relajante muscular de doble hélice. Sucede aproximadamente a la hora y media de viaje, y siempre cuando te bajas del vehículo para una de las paradas de rigor.

 

-¡Pero si estás doblado!

 

Lo dice cariñosamente la mamá.

 

 

 

Me acordé del último viaje, cuando se quejaba de que su coche coreano hacía demasiado ruido -siempre le puso histérico el ruido. Lo aguantaba poco, como los olores fuertes-. Mi hermana le miraba y se rascaba la cabeza, un gesto acordado para ponerle aun más histérico. Cosas del matrimonio. Un pintor puede desahogarse echando botes de Titanlux en un lienzo, pero ensamblar palabras… El misterio de la doble vida. Supongo.

 

 

Manual para padres. (Carta del bebé).

8 mayo 2010

Querido papá:

Como ya sabes que los niños decimos siempre la verdad hasta que los mayores nos enseñáis a mentir para ejercitarnos en el difícil arte de la vida, debes aceptar lo que sigue sin pestañear; si te molesta, te aguantas, y, si te gusta, mejor. Naturalmente, soy aún demasiado joven -dos meses justos- para mentir, así que olvida la reticencia y no desvaríes: lo que digo son verdades de tamaño natural.

En primer lugar, el hecho simple y llano de tener una hermana cuatro años mayor, es signo inequívoco de tu falta de delicadeza para conmigo; pese a mi más potente fiereza de varón, son, querido padre, demasiados años los que mi linda hermanita me lleva de adelanto, de suerte que me va a resultar difícil, o quizás imposible, superar este escollo; ella siempre me dará capones con la barbilla durante nuestras respectivas infancias, y el hecho – en el que piensas al leer estas líneas – de que más tarde, como hombre que soy, creceré y pensaré más que ella, no me consuela. Ese débil argumento quiebra su aparente fuerza ante el hecho inequívoco de que cuando ese momento llegue ya no se producirán las maravillosas situaciones de disputa del chocolate, arrebato de muñecos y fuga subsecuente, tirón de pelos impune, bocadillo más grande, dominio en la elección y desarrollo de actividades lúdicas, lo que vosotros denomináis con esa peculiar autosuficiencia producto de la ignorancia, juegos y cosas de niños … El hecho, sobre el que he meditado, de mear más lejos, gritar más fuerte y comer más deprisa, no creo que sea, no siquiera en conjunto, suficiente para combatir la preeminencia establecida y, sin duda, dispuesta a mantenerse, de mi preciosa hermana pues tiene ésta demasiado carácter incluso para dejarse avasallar por sus iguales en edad, sean o no de sexo opuesto. Créeme si te digo, con más irritación que benevolencia ante la cara de estupor que pones ahora, que cuanto más pienso en ello, mayor es mi cabreo.

Pero no desearía trastocar el orden cronológico de mis reivindicaciones, como decís vosotros para complicaros la vida cuando queréis decir quejas o demandas, o sea, que pedís alguna cosa. No es que desee causarte un problema más, máxime cuando, siquiera en parte, comprendo tu situación rodeado de mujeres en casa, y con la única válvula de escape psicológica que te supone mi presencia. Debes agradecer por ello mi venida al mundo más aún de lo que haces ahora. Especialmente cuando te dedicas a hacer carantoñas y cucamonas a tu hija, mi hermana, que ha tenido cuatro años para ella sola, y a la que encima llamas, incluso en mi presencia, “ mi niña “ y “ mi tesoro “, además de otros calificativos que no me atrevo a reproducir tanto porque me producen santa indignación como por su específica blandenguería y padracismo. (Para que no te quedes con la duda, diré unos pocos, los menos comprometidos: “gatita”, “currucheta”, “barrigas guapas”, “culito lindo”, “chispita”, “lo que yo más quiero” … ).

Has tenido, además, la osadía de asignarle ángeles de la Guarda -Botitas y Redondín- cosa que no has hecho conmigo (sin duda porque no puedes quitarte de en medio tus compromisos nocturnos hacia mí con una referencia a que “ya te acompañan Redondín y Botitas” , como haces con ella ). Y le inventas cuentos como los de “Gordinflón y Tocinillos“, “El valle del algodón”, “El niño que se convirtió en sol”, “Albar, Mu y Galapar” … Mientras que a mí me cuentas de qué capacidad es el biberón, y tu facilidad de comunicación prácticamente se reduce a repetir: “AJO, AJO” y “GUAPO, PAPA”, con la insólita pretensión de que yo, un niño inteligente sin duda, pierda el tiempo repitiendo semejantes chorraditas.

Por ello, no debes extrañarte de que sonría poco, y ría abiertamente menos aún. ¿Cómo voy a sonreír si me llevas al salón después de pedirlo insistentemente a voz en grito durante muchísimo tiempo, justo cuando ponen el telediario ? ¿ Acaso no has caído, querido papi, en que a mí me gustan las cosas buenas y bellas, como los colores, la leche de mejor calidad, la luz, que yo veo como tú no puedes recordar, entre un celaje de fantasía en relieve, la música suave, el murmullo de una rama mecida por el viento, el agua fresca, el baño tibio, la crema en el culito, los pañales suaves, y los programas de dibujos de la tele, caramba, que son los únicos que pueden verse sin preocupación ?.

Comprendo tu buena voluntad, y debo reconocer que algo de lo dicho haces. Pocas cosas, cierto es, y aún éstas bastante mal; reconoce que eres un deficiente manual. Cuando me cambias los dodotis, o los pañales, siempre me dices “¿¡Qué le pasa a este niño?! Y me consuelas porque protesto, estornudando y suelo gritar también oprimiendo sin tasa mis mofletes, cosa que me incordia profundamente. (Tanto que ansío tener una doble hilera de filósofos incisivos para castigar tu impertinencia con semejante conducta; un hábil y rápido movimiento de cara, y te pillaré los dedos con los que machacas mis carrillos entre las tenacitas de mis dientes; y ello impunemente, es la ventaja de ser un bebé en mi casa: que no te pegan nunca). Pues bien … ¿ Qué me pasa ? … Me pasa que me mueves de un lado a otro, arriba y abajo, como si estuvieses haciendo una tortilla, de forma que se me altera todo el cuerpo; además tardas tanto que voy a coger un resfriado permanente, y, a mayor abundamiento, aprietas muchísimo la gasa, la tela, el plástico, lo que sea, oprimiendo la barriga sin tasa. Por favor, acude a la escuela de matronas, o abstente, en lo sucesivo, de cambiarme; al menos, pon más cuidado, y te daré una nueva oportunidad.

Otra cuestión que altera profundamente mi equilibrio psicofísico es la manía ancestral, seguida fielmente por ti, de mantenerme casi indefinidamente en una cuna mínima, prácticamente en la misma posición, en multitud de ocasiones privado del chupete, cubierto por espesísimas telas que impiden el pataleo, o lo dificultan, desterrado en la semipenumbra constante de una habitación, con idéntico paisaje ante mi vista … Es decir, abandonado como una maceta, a la que periódicamente se riega – se alimenta – y se mueve un poquito, o se aderezan sus hojas o sus flores. En semejantes circunstancias, ¿ No te parece justificado plenamente que proteste con energía, sin ambages, habitualmente ? Si, por el contrario, tú me sacaras de la cuna con mucha mayor frecuencia de la necesaria para darme el biberón, y me pasearás por las habitaciones mostrándome libros, cuadros, plantas, objetos, personas y otros animales, yo estaría mucho más satisfecho, tal vez descansaría mejor y asimilaría con mayor plenitud mis alimentos.

No quisiera agotar tu ya menguada paciencia con estas declaraciones, si bien considero que debes aceptar su validez y adoptar las pertinentes medidas de inmediato. Un par de cosas añadiré antes de terminar. Acerca de las comidas, que pretendes reglamentar rígidamente en cuanto a horarios, contenido y cantidad, te sugiero instales junto a mi cuna un fichador, me proveas de las correspondientes fichas y me exijas el cumplimiento estricto de las condiciones impuestas que señalo, deduciéndome tantos centímetros de biberón como minutos me anticipe o atrase respecto al horario impuesto adhesivamente por ti … ¿ Te ríes ? No lo hagas, pues no tiene gracia en absoluto. Debes saber que si te pido la comida antes, es porque tengo hambre; y si no la quiero es porque no tengo ganas … ¿ Que ya lo sabías ? ¡ Ah, gran hombre y gran cerebro ! … En ese caso. ¿por qué actúas como si no lo supieras ? Tal vez porque no te importe un comino … ¿ Sabes qué te digo ? Pues que si quieres disciplinar a alguien, disciplínate tú, que comes exactamente la cantidad que deseas y cuando quieres – supuesto que tengas dinero, claro, que es otra cuestión en la que no entro por razones de solidaridad, o de disciplina a alguien mayor – y no a mí, que soy un enano y no puedo defenderme.

El horario, finalmente, que defines como “la cruz nocturna de este hijo” no es sino la manifestación más fiel de mi concordia; por eso, para estar de acuerdo en todo, te despierto, pues si yo estuviera hambriento, o asustado con las sombras desconocidas del silencio nocturno, o las huellas veladas de los sonidos quedos de la oscuridad, o en suma, sin dormir, ¿qué muestra de afecto y de amor más palpable puedes pedirme que esta manifestación de mi confianza hacia ti, quien, sin duda, conocedor de mis problemas, te aprestarías a resolverlos raudo y veloz ?.

Lástima que, como es habitual, no te enteres de mis intenciones, y te dediques sólo a bambolear mi cuna y a mascullar imprecaciones irrepetibles entre dientes. con lo cual, una vez más, me muestras tu escasa inteligencia, pues los dos permanecemos en vigilia … Pero yo duermo durante el día cuando quiero.

Hasta la próxima, tu idolatrado hijo.

Manual para padres. (Solo en casa con Anita, II).

5 abril 2010

Las madres son inteligentes. Su salvación es el trabajo fuera de casa, y el yoga. Cuando están hartas suspiran y rompen los plazos. Ahora que Anita es mayor puede estar con sus hermanos, con Dani, con Toñi, incluso con las amiguitas. ¿Y el cole? Es cole es una expectativa ponderable y lejana, un desiderátum cósmico, una liberación, el puente sobre el río Kwai, las ruinas del rey Salomón, un desayuno con diamantes. “Anita escaladora”, ese podría ser el lema de esta etapa de su vida. Alfonsito trepaba como un mono por los barrotes. Ana saca los cajones de las mesas y asciende a sus Everest de aparataje por manipular, mete los deditos en el CD, pulsa los botones, asienta sus reales dodotis en el altiplano. Sale de su silla comedero y se arroja al contiguo sofá, coge una estantería y se impulsa hacia arriba mientras pulsa con los dedillos del pie los interruptores de las lámparas. Riega las alfombras y el suelo con sus tacitas de agua y adora las pelis españolas en blanco y negro. Se emociona con la despedida en el tren humeante de Tolita, la sobrinilla de la tía Tula, en la escena final, pero eso condicionado a que las emitan de madrugada. Le encanta tocar el piano con los pies y arrancar las colas de madera de los caballitos de papá, que son naturalmente suyos como todo lo de casa. Laura se ha traído un programa infantil para PC y lo maneja con la destreza de un chimpancé experimental, tipo Charlton Heston en el planeta ad hoc.

Pero esto es muy aburrido; lo mejor es dejar que sea la misma nena quien nos cuente cosas,. Por ejemplo cuando sepa la hora de las comidas…



Manual para padres. (Sólo en casa, con Anita). (I)

4 abril 2010

Solo en casa… ¡Con Anita!

Domingo, 7:15. ha dormido desde las 0.40 del sábado. Se anota como acontecimiento en su cuaderno de Bitácora. Fecha 02/12/00. Intuyo que me aguardan hechos heroicos. Estoy pesado, como la niebla que oculta hoy El Escorial. Aún no humean las calefacciones y los últimos noctámbulos sortean vehículos de insomnes medio ebrios. Un día más ¿un día más Efectúo mis abluciones rituales, ojeo la prensa de ayer, pienso como siempre en mañana. No sé cómo me apaño para ignorar el presente, como si “carpe diem” fuera una prohibición algo así como “cave canem”. Latinajos, claro. En el monográfico de ABC me desaniman los lenguajes del siglo que viene e-commerce, tecno moda, qué se yo. Así que añoraré pronto a los antiguos clásicos semiextintos. ¡Qué será del pobre Virgilio y su Eneida? La niña aprenderá a moverse, a hablar , a precisar, como sus hermanos y más si cabe, porque yo, de magister, poco. La miro, digo a Anita, en su minicuna, me devuelve la mirada, azul como la de Alfonso, en una carita parecida a Laura. Es linda. Toma su primera comida del día, teta a tope. Se queda satisfecha, plácidamente instalada. Ha echado tres aires y dos regüeldos. Se anotan. Después del cólico de gases del otro día, estamos controlando a tope el sistema. Ayer hubo que cambiarle hasta la medalla de neonato. En fin, demos gracias y estemos contentos, mejor es que una obstrucción intestinal. Pero ahora he de prepararme, porque a la madre se le ha ocurrido que tiene que estirar las piernas, Dios mío, qué cosas, y me deja, nos deja solos, claro, yo he puesto la cara de autosuficiencia y aquí estoy, dispuesto a todo, capaz de todo, los últimos de Filipinas, a mi la Legión. Espero que no me pase como con la Bolsa, que por valiente y por seguir a los expertos he perdido hasta la camisa. La niña está tranquila, sonríe a su modo, con los ojos. Me sentaré a su lado, en el sofá, así mi presencia hará que se mantenga confiada. Abro el libro, “El Tunel”, de Sábato. Ya sé que no es la lectura más apropiada, pero me pillaba a mano, no quiero alejarme mucho de la fuente de conflictos. Suena el pí de la alarma: sale la mamá. Me siento. Duerme. Castel, el pintor, está por aquí con su maraña de manías al borde del túnel, me entra la modorrilla postprandial después del Nescafé. Anita me reclama. La saco de la cunita, la coloco sobre mi hombro , eructa. La echo en la cuna. Protesta. Vuelta a empezar. Ahora se me acurruca, bailo con ella al ritmo de Julito Iglesias, el multinacional de Benidorm. Creo que es la única pareja que está a gusto conmigo. Ensayo unos pasos de baile al estilo Gene Kelly -Fred Astaire me queda algo mayor- y tan contentos. Nadie nos critica, eso que hacen los demás sin fijarse en ellos mismos. Nos sentamos en el sofá, a sestear ¡Que felicidad! De repente , sin previo aviso, como es su costumbre, la sirena. Un agudo aviso de emergencia “Espera, que te preparo el biberón”. Imposible. No espera, le urge mi atención inmediata. Cacofónico, reiterativo, la tomo en brazos, un barullo pucheroso que demanda comida. Con ella encima caliento el agua, echo las cinco medidas rasas, suena el teléfono. Suena el móvil. Agito el agua, cierro el biberón, agito de nuevo, no he cerrado bien, se sale, lo enrosco otra vez, sigue saliéndose, suena el teléfono, suena el móvil, llaman a la puerta, llora la niña, grita la niña. El berrinche, llega la sirena de emergencia esta vez en su momento de mayor estridencia. Voy, voy, grito. Se han calmado los timbres, ha huido el visitante, pruebo la temperatura del bibi: leche fría. ¡El calientabiberones está desconectado! Lo enchufo, muevo a tope el mando, introduzco en el agua el recipiente, corro hacia la cuna. ¡Un pequeño ser morado me observa, con las fauces abiertas, la campanilla agitada, los ojos en un mar de lágrimas, el gesto reprobatorio, una explicita acusación de torpeza y descuido en su grito de guerra! A estas alturas los vecinos deben estar alarmados, o alertas, o expectantes. Alfonso habrá llamado al 112, emergencias dígame. Otros comentarán que los del 13ª dejan sola a la niña. En la próxima Junta votaré que no a todo. Saco a la nena, la meneo, le enseño el mundo hostil y nublado por el ventanal del noroeste. Le enseño el Bernabeu. Arrecia en su crítica. ¿Será del Barsa? Como con ella en la cocina. Siento algo húmedo en mi mano, debajo de su espaldita, la saco: sí, empapada, regreso al cuarto, la tumbo. ¡Dios mío! Esto es una declaración de principios: o me atiendes ipso facto o Normandía, Troya, los últimos de Filipinas, el crac del 29… pero tengo que mudarla. La desnudo, y no quiero transcribir el proceso con detalle: se agarra a cada manguita del body como un náufrago al último bote salvavidas, luego me engancha los pelillos del pecho y tira y tira, desconocedora del aprecio que les tengo, cuando se los ha apropiado comienza a introducírselos en la boca, junto con el puñito completo, lo extraigo, voy a por la lupa, saco los pelazos uno a uno, parece que se ha entretenido algo escupiéndolos, o saboreándolos… ¿será caníval? Supongo que la Nidina o el Nutriben leche de lactante no tendrá nada de vaca loca, puaf. Reanuda el llanto, decido envolverla en una toalla, dos toallas, restos de vestidos, la rebozo como una croqueta y me la llevo a la cocina. Saco el biberón de su lecho caliente, prueba: quema. Es demasiado. Mal de ojo, conspiración, vudú, alguien que me odia. Ensayo los métodos tradicionales de enfriado, y decido enchufárselo cuando la niña está al borde de la apnea berrianchil y yo con el colapso. Es un biberón a prueba de gases, Antipo, reflectante, doble airbag y CD. Funciona. Se ha calmado. Instantáneamente. ¿Será un chip? Mueve las piernecillas, recuerdo que la tengo desnudita, aproximado el radiador auxiliar, lo conecto con el pie derecho, acerco la silla con el izquierdo, me siento. ¡Bien! Tras sesenta y tantos siglos de la llamada civilización, heme aquí triunfante. Tal vez deberíamos ser hermafroditas o disponer de mamas concluyentes, y no sólo para hacer pesas. Desvarío. Tengo el ojo derecho con el tic, empieza la migraña. Pero mi nena cierra los suyos, feliz, deglute sin pausa, saborea la insípida leche filo materna con el interés que habrán detectado ya los laboratorios. Sueño, para ser un dios, con un auténtico Jabugo y cosas así. De pronto, los hombres. Otra vez. Recuerdo “la ventana indiscreta”. Alguien debe estar observándome, para fastidiar. Luego miraré concienzudamente, con los prismáticos, los edificios de enfrente. En cuanto pueda levantarme, o sea, cuando termine la niña, la visto, la acuesto después de expulsar los gasecitos, y se duerma, cerraré los visillos para salvaguardar mi intimidad. Detengo mi pensamiento. Vuelve la desesperanza. ¿Sucederá eso alguna vez en el tiempo, en las próximas horas?. Solo en casa con Anita, y ni siquiera es la hora del culebrón.

Manual para padres

7 febrero 2010

Bueno, esto es como los otros, los de la Ley, esos que bajó Moisés cabreado del Sinaí –o se cabreó después, cuando vio lo del becerro- y rompió los manuscritos de Dios. ¿Qué carácter! O los de la llamada Santa madre Iglesia, que recitábamos de niños, y que le daban diezmos y primicias.

AL COLE

-Anita, cepíllate el pelo.

El padre mayor, que sólo se ha levantado cinco veces esa noche, despliega sus legañas como un prestidigitador el mazo de naipes.

Comienza la jornada.

-Anita, no te chupes el recipiente de Actimel, tómalo por el borde o lo echas a un vaso.

-Esto no es un recipiente. Es el bote.

-Cepíllate el pelo.

Manual para padres

5 febrero 2010

LA SIESTA

Al padre mayor le gusta echarse la siesta. La necesita, y sólo le falta su osito para disfrutarla por completo.

¿Disfrutarla?

La siesta se convierte en un combate. Llega la bendita hora, el sábado por la tarde –impensable a diario, por enésimas razones que son las sinrazones de la época- y el padre mayor dice:

-Me voy a echar un rato.

Y añade, para dar un poco de pena y justificar el descanso del guerrero:

-¡Es que duermo tan mal por la noche!

La mamá le mira, radiografiando la próstata del padre mayor, que está adquiriendo dimensiones sobrenaturales.

El papá cierra la puerta se pone el pijama –porque la siesta es sagrada, y no se puede tomar echando una cabezadita en el sofá, que es un invento foráneo y desnaturalizado- y abre las sábanas, acogedoras y frescas o calentitas según el tiempo. Antes de cerrar los ojos se oye una voz cercana.

-Papi, ¿puedo dormir la siesta contigo?

-Sí, anda, ve a ponerte el pijama.

-Ayúdame.

El padre mayor se levanta, y es como si el ejército de Napoleón se pusiera en marcha, porque le parece arrastrar una recua de mulas. Acude a oficiar de ayuda de cámara e inicia el retorno a su habitación.

-Espera, que hago un pipí.

Asiente, sobresaltado. Una meadita vespertina, y en su cama, puede resultar incómodo.

Aproximadamente cada veinte segundos, su acompañante da una vuelta completa en la cama, musita plegarias o invocaciones escolares, y tiene los ojos como platos.

-No me puedo dormir.

Ya lo había notado. Él tampoco.

-Si no quieres echar la siesta te vas.

-Es que no me tapas.

El diálogo sigue el tiempo que podría durar, exactamente, la siesta. Por eso el papá mayor, pensando en la salud de sus neuronas y de sus arterias, hace prórroga. Se ha quedado solo de nuevo y ya comienza a soñar.

En ese momento se hace la luz. ¡El inicio del Génesis! Una bomba nuclear que le aturde acompañado de otra voz infantil

Es el retoño que le busca. Y parece haberle encontrado.

En todo ese lapso de tiempo la mamá está ocupada en graves cosas, naturalmente. Ignora por completo al papá mayor, que debe imponer por sí solo la autoridad que corresponde al paterfamilias.

El padre mayor escribe en su Manual los consejos a la fauna homóloga:

He aquí el pentálogo de la siesta.

Primer mandamiento. No eches tu siesta en vano. Si te acuestas, duérmela.

Segundo mandamiento. Planifica la siesta, no dejes nada al azar.

Tercer mandamiento. Cierra herméticamente la habitación, insonorízala.

Cuarto. Impón tu autoridad a distancia, informando que te vas, sin dar otra opción.

Quinto y último. No te limites al fin de semana; date una siesta cada día.

Manual para padres

2 febrero 2010

Papá mueve la cabeza. No se sabe si asiente o tiene el principio de Parkinson. En ese momento los niños se percatan de la situación y empieza su turno. Lo primero es descolocar las cosas, para que el orden mental de ubicación se trastoque.

-Queremos ayudarte, papi.

Lo dicen muy serios, arrastrando algún maletín o volcando la única bolsa que tiene objetos sueltos. Uno de ellos, de cristal, se rompe.

-¡Qué bien huele!

Es el perfume que mamá se autoregaló por su cumple, porque papá sólo regala flores. Duran poco y luego se tiran y no ocupan espacio.

Papá recuerda entonces que ha olvidado el linimento para las contracturas y las cápsulas de aleta de tiburón.

-Han retirado el Osopán. Iba muy bien para los huesos.

Al padre mayor le duelen los huesos, y eso que los huesos no duelen, y piensa que tiene osteoporosis, o sea que se va fragilizando a cuenta de las tensiones y los esfuerzos. Ya no disfruta de la siesta y está a punto de suprimir el vino. El desastre aún no es irreversible pero tiene mala cara.

El viaje promete ser movido. Anita se marea y vomita con cierta regularidad. Alejandro golpea ininterrumpidamente el asiento del conductor con sus piececillos, que quedan justo a la altura de las cervicales de papá, una vez realizada la contorsión correspondiente.

-Lo mejor es que traigas el coche a la puerta y lo cargamos todo aquí.

Esa expresión es una trampa. Nunca saques el coche del garaje, si tienes la fortuna de poseer uno, sobre todo en Madrid, donde ya se cotizan como pisos de soltero, y caigas en la tentación de la aparente facilidad con que te tientan. Será mucho más difícil todo: la segunda fila –porque no pienses que vas a encontrar un hueco en la puerta- con el ataque permanente de los otros vehículos, tus enemigos; el transporte humano, la carga de los niños y depósito en sus asientos, los correajes y cierres diseñados por italianos hartos de Chianti; el traslado del equipaje propia o impropiamente dicho, o sea los bultos, las maletas, las bolsas, los paquetes, en fin…de acoplamiento imposible en un coche de tamaño natural, pensado para un carguero o la bodega del transbordador espacial.

Con un poco de suerte no te lesionarás ya de entrada, antes de salir. Con suerte, porque lo normal es que tus lumbares, ahora calentitas, no te avisen de las malas posturas, el sobreesfuerzo y poco a poco vayas sintiendo la necesidad de un relajante muscular de doble hélice. Sucede aproximadamente a la hora y media de viaje, y siempre cuando te bajas del vehículo para una de las paradas de rigor.

-¡Pero si estás doblado!

Lo dice cariñosamente la mamá.

………………………………………..continuará……………………………………