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Laura en el país de los asombros (II). 1

18 marzo 2011

EL EJÉRCITO DE LA LUZ

Yovi se decidió al fin. Ya estaba llamando la atención de los agentes de movilidad que patrullaban por la atestada Gran Vía de Madrid, el viernes a las siete de la tarde de aquel mes de mayo. El Hada Consejera le había sugerido la fecha, después de consultar al Consejo del Reino azul. Sonrió al recordar.

-Una cursilería. Deberíais cambiarle el nombrecito.

-¿Por qué?

Alfonso no contestó. Aunque la dialéctica no se le daba mal, era un poco pesado eso de probar lo evidente…aunque a otros les pareciera también evidente lo contrario.

Y ahora estaba allí, solo y un poco triste. La vorágine de la ciudad le deprimía, y eso que algún poeta dejó escrito que la alegría del alma es la acción.

-Pero no esto, ir de un lado a otro como el viento. De vez en cuando hay que pararse, ¿no?

El viaje le había cansado. Desde el País de los Asombros, como llamaba Laura a su mundo, un Awasi, el paso transformador, le condujo a la tierra de los humanos, que ya tenía casi olvidada. Cruzó despacio la calzada, y antes de pisar la acera opuesta escuchó un pitido y algunas expresiones soeces.

-¡Onde vas, atontao, quitaenmedio, gilipollas!.

Yovi pensó que debería reciclar el vocabulario, porque le resultaba extraño. Suponía que era un aviso informativo que le daban, aunque algo le decía que aquel individuo era un huido del frenopático. Los ruidos de la calle le agobiaban tanto que estaba a punto de marearse. ¡Y su misión acababa de empezar!

Se metió en el Starbooks Cofee, junto al Casino, y admiró las esculturas neoclásicas del edificio del BBVA, que parecían colocadas en el tejado por un orfebre del Olimpo. Los aurigas, a punto de lanzarse a la carrera, le recordaban a la caballería del Ejército Blanco, con Alcor y Mizar al frente, los gemelos de Orión.

Tomó el café como le gustaba, muy caliente, muy dulce, muy negro. Y de Colombia, claro. Lo curioso es que aquel café colombiano le sabía al caldo de Arabia, más suave, con el perfume seco del desierto, un toque de canela y…

-¿Yovi?

La voz le sacó de su ensimismamiento, para trasladarle al atontamiento. La voz, sí, o las notas de un arpa, armónica y ligera, cuya poseedora tenía todo, absolutamente todo, lo que un ser vivo de sus características, o sea, humano de la segunda evolución, con poderes y todo eso, necesitaba para perderlos. Y rápidamente. La chica le miraba con ojos de miel, sonrisa fresca y más tópicos en la figura que un diccionario editado por la sección carca de la RAE.

-Sí -balbuceó. Cosa difícil para tratarse de una sílaba.

Ella se sentó a su lado y le tendió el sobre.

-¿Misión imposible?

Rieron, y mezclaron una sonrisa cómplice en la mirada, como el Martini de Bond, sin agitarse ni descolocarse, de momento.

Yovi abrió el sobre. Estaba en blanco. La muchacha se levantó y le hizo un gesto de adiós con la mano.

-Cuando llegue el momento nos veremos, supongo.

-¿Cuándo? -casi gritó Yovi.

Pero ella se perdió en la escalinata del Metro, o quizás en la escalera de la iglesia de las Calatravas. Lo único que sabía Yovi es que sus piernas largas y torneadas y todo eso habían subido o bajado unas escaleras, porque así las recordaba, a saltitos, sobre unos tramos de granito gastado, esa piedra maravillosa que era el regalo de la sierra a la ciudad de Madrid.

Pidió un Arábigo que le supo a Colombia. Tras el primer sorbo puso el vaso en la mesa. Entonces vio el signo, una ‘tau‘ floreada, cuyo óvalo cercaba un punto dorado.

-No sé a qué viene tanto misterio.-

Se habló a sí mismo, y a nadie le extrañó. A su lado, una pareja de gays discutía sobre la recesión en China, un caballero con pinta de profe neurótico daba vueltas a su café mientras leía el AS, y dos o tres snobs despistados hacían tiempo mirando por el ventanón que descubría las caras ausentes de los transeúntes por la Plaza de Canalejas.

Al minuto, Yovi confirmó lo que ya suponía: el primer paso de su viaje debía conducirle a Navarra. Allí, en algún lugar de la montaña, le aguardaba los caballeros de luz del bosque blanco.

La vanguardia de los antiguos Felaym. Antes de la rebelión de Luzbel.

Yovi se iba sin pagar. El encargado le llamó con delicadeza. Se disculpó. Puso en la mano unas monedas. El otro le miró con paciencia de franciscano. Se quedó con todas y palmeó la espalda de Yovi mientras le conducía a la calle.

-¿Sabes dónde vas?

“¡Vaya -pensó Yovi- ya me han cazado! Pero reaccionó enseguida.

-Más o menos. -Señaló el cielo-. Voy hacia arriba. -El camarero miró también al cielo, sobre el reloj del antiguo Banesto-. Al Norte.

-¡Ah!

Buscó a la chica. Era su enlace. Un ángel, seguro. Los súcubos huelen a Chanel, y deberían llamarse diablesas. Los ángeles humanos femeninos son simplemente mujeres. No necesitan más.

Y se puso en marcha.

Cuentos. Laura en el país de los asombros. ¿Final? 137

13 octubre 2010

-Laura

 

-Qué, Anita.

 

-¿Te quedas conmigo?

 

-Anda, ve durmiéndote.

 

-Es que tengo miedo.

 

-¡A estas alturas!

 

-Sí. ¿Y si todo ha sido un sueño?

Los treinta mil. Cuentos. Laura en el país de los asombros. 136

13 octubre 2010

LA TERCERA HISTORIA DE DÉBORA

 

 

Los treinta mil abrieron los ojos. Fue como si saliera de nuevo el sol, reflejado en sus pupilas. Su misión era vigilar y combatir, sin descanso, envueltos en niebla o en humo, al sol o en la oscuridad. Vigilar y combatir las malas acciones.

 

Parecían un solo ser, un solo cuerpo, un inmenso espíritu.

 

Pero aquella mañana una duda se cernió sobre el ejército como la niebla del alba.

 

¿Valdría la pena? ¿Luchaban con alguna esperanza? Con los seres hechos a imagen de los dioses el fracaso era seguro. Así lo mostraba la historia de todos los universos y en todos los tiempos.

 

Miguel, el adalid dorado -porque su carne era del primer fuego, el que llevó Prometeo a los hombres- formuló su oración. La sonrisa interior pedía un minuto de felicidad para todos los niños del mundo.

 

-Es suficiente. Un precio infinito que se nos regala para comprar la inmortalidad.

 

Las luces de los campamentos se iban apagando, y un murmullo como los bostezos del jaguar acolchaba la algarabía de los pájaros. Belial, el caudillo, se acercó.

 

-Bonita mañana para atacar, mi señor. Cuando des la orden. Estamos preparados.

 

-Sólo hay un Señor, y lo sabes -reconvino Miguel. Y lo es de todos nosotros, de todo cuanto existe. Él nos creó.

 

-Me habría gustado surgir de un cataclismo, como el polvo de las supernovas .sonrió el arcángel. Así podría rendirle pleitesía con eso que llaman el albedrío. ¡Algo fastuoso, incomprensible!

 

-No queramos entender, Belial. Y compón las cohortes de tus ángeles novatos, que parecen del cuerpo auxiliar, o cantores del Trono.

 

Gioconda dicta un cuento a Leonardo. La segunda historia de Débora. Cuentos. Laura en el país de los asombros. 135

13 octubre 2010

LA SEGUNDA HISTORIA QUE CONTARON A DÉBORA.

 

En el estudio de Leonardo la luz se filtraba hasta alcanzar las mejillas de GIOCONDA. El artista retocaba con un fino pincel la superficie del lienzo.

 

-¿Sabes cuál es el secreto de la luz? Todos piensan que el misterio del cuadro es la luz, pero no saben que es en la luz donde está el misterio.

 

Gioconda sonrió. Leonardo anotó el cambio de gesto con una suave pincelada.

 

-¿Y tú, conoces el secreto de la sonrisa?

 

Leonardo da Vinci dejó la paleta sobre un velador de enebro, junto al caballete. Tomó una copa de vino y la ofreció a la mujer.

 

-¿Hacemos un trato? Tú me cuentas un secreto y yo te digo el otro.

 

-¡Mentiroso! -Dijo ella- Tú nunca me lo dirás… Pero yo sí. Anda, cierra los ojos.

 

Y La Gioconda dictó a Leonardo un cuento, en el que se guardaban los secretos de sus Códices, porque, de otro modo, nadie podría saberlos.

 

‘Un día de mayo’ -dijo- en la campiña de Siena, la familia Buonarrotti decidió ir de excursión. Había pasado ya la feria del caballo, y gracias a las ventas podían tomarse un merecido descanso. ¡Vamos, niños!, dijo la madre, que como una hermosa oca iba recogiendo a sus pollos dispersos, que esa es la ventaja del campo: puedes correr y jugar sin otro límite que el horizonte y la oscuridad. ¿No vienes?, preguntó Alicia, la hermana pequeña, a su hermanito Froilán. ‘No me apetece’, contestó. ¡Qué raro! Sí, era muy extraño, porque nadie con más ganas de salir y de descubrir nuevos mundos que el niño. Pero es que Froi tenía un secreto: había descubierto en el viejo desván, en aquel desvencijado buró del abuelo, un libro. Más bien un paquete encuadernado de láminas, pliegos con trazos de colores, mapas, signos, imágenes. Y el pequeño sintió que aquellas palabras y aquellos dibujos le hablaban. Lo sintió de tal manera que lo envolvió en una tela fina, colocó cuidadosamente el paquete bajo su almohada, y se dormía sobre él, después de haberlo navegado, después de recorrerlo con la pericia de un explorador, y se dormía tocándolo suavemente, como un enamorado acaricia la nuca de su amada con la mano y así se duerme feliz.

 

‘¿Qué le pasa a este niño que no quiere salir al campo? ¡Vamos a pescar al lago, nos bañaremos, comeremos pizza y canelloni! ¿No estará enfermo? Tampoco Froilán lo sabía. Al menos no sabía por qué. Sí, era el libro, desde luego, pero, ¿no le bastaba saber que era su dueño, que le esperaba, que después de esos días ausente, tan pocos, iba a regresar, iba a encontrarle allí, quieto, esperando como un perrillo a su dueño, para lamerle las manos, para dar saltos de alegría con su regreso, para acompañarle a todas partes con zalamerías y requiebros? No, no le bastaba. El libro, o una parte de lo que albergaba, le quería allí, cerca, continuamente, como si la distancia o el tiempo fueran enemigos de algo que ignoraba, como si ese hecho de ausentarse fuera a suponer la desaparición de su magia o de su contenido. Así que se hizo el remolón, y logró quedarse con el aya Margaretta, que le había criado. ‘¡Está creciendo tanto! ¡Y tan deprisa! -había alegado, justificando esas manías adolescentes. Alicia se despidió de él algo triste, aunque esa melancolía iba a durar, exactamente, lo que tardasen en doblar el recodo del río, o sea, un par de minutos. Froilán lo supo enseguida: comenzaba a saber cosas así, intuitivamente, eso creía, no era la primera vez. Por ejemplo, cuando el maestro le miró, ya hacía una semana, y él supo lo que pensaba, y también lo que iba a decirle, pero se calló, y esperó, y comprobó que era cierto, que lo había adivinado, pero no le dio importancia. Se limitó a sonreír. Sí, con una sonrisa apenas esbozada, un poco enigmática, si queréis.

 

Froilán comió apresuradamente. El aya movía la cabeza, con cariño y un poco de tristeza, porque a las ayas no les hace falta nada para darse cuenta de todo. Y sabía que el niño se le escapaba, que ya iba muy deprisa, que pronto volaría, correría, saltaría, lo que fuera, pero lejos y solo, sin su compañía, sin su atención. Y esto de ahora, ¿qué iba a ser? Suspiró y rezó un par de Avemarías, que siempre le confortaba la fe, y un poco, aunque menos, la esperanza. ‘La esperanza no es una virtud -decía el mosén Jacinto- aunque nos empeñemos en ponerle nombre. La esperanza es cosa de pedir, egoísta, interesada’. Y Margaretta estaba de acuerdo. Para ella sólo había una virtud, la caridad, el amor, la generosidad de dar sin recibir. La fe era un regalo, y la esperanza un consuelo. Luego estaban las otras que decían en los oficios, prudencia y esas cosas, en las que desde luego no creía, porque ¿iba alguien en su sano juicio a admitir que la justicia se encuentra entre las virtudes? Podría ser un adorno de la palabra de Dios, pero inexistente, una ficción, que así se llaman las cosas que se inventan. Y las demás son atributos de los nobles, que no tienen problemas de pobre, de los cachazudos, a quienes todo se les da una higa, en fin. Siguió a Froilán con la mirada, cautelosa y paciente como corresponde, pensando al tiempo que todo eso eran pamplinas. Porque su niño había apenas probado el postre, un arroz con leche casero, su favorito.

 

Aún no era tiempo para el amor. No había tenido ocasión Froilán de aturdirse con las mejillas arreboladas, los labios tiernos, la mirada de miel, el pecho blanco y rosa, los torneados muslos, o la simpatía femenina de las adolescentes del valle. Era demasiado joven. ¿Entonces? ¿Cuál era el motivo de su alunamiento? ¿Estaría maldito, como la hija del Conde, que paseaba desnuda por las almenas, los rubios cabellos al viento, cantando a voz en grito y señalando con los brazos un carrusel de ángeles que atravesaban el cielo? No. Su niño tenía la mirada limpia. No habitaba en él el duende, o el demonio, o la bruja, o el silencio.

 

Froilán cerró con cuidado la puerta de su habitación. Sacó el libro de la envoltura y lo abrió. La doble página mostró un mapa, y rodeándolo figuras polícromas, de rasgos delicados, personas y animales, que se entrelazaban como las guirnaldas de la fiesta mayor.

 

 

 

 

Los cuarenta caballeros de Granada. Cuentos. Laura en el país de los asombros. 134. Las tres historias que contaron a Débora. Primera historia. Laura.

13 octubre 2010

LAS TRES HISTORIAS QUE LE CONTARON A LA GUARDIANA DÉBORA

 

LAURA

 

La mano tallada en la pared se deslizó suavemente hacia la llave. Desde el monte los CUARENTA CABALLEROS vigilaban, como siempre. Cuando se abrió la puerta todo se sumergió en una oscuridad densa que ablandaba el poniente. La cima del Veleta rompía el cielo. En la falda del Mulhacén dormían la Vega y los poblados, que albergaban los restos de las escuadras guerreras, aniquiladas, paso a paso, bajo un acero que armaba la fe. El más peligroso de los dones. Entonces sucedió. Uno a uno, los jinetes abrieron los ojos. Tirando de las bridas alzaron los corceles transformados en piedra, que piafaron jubilosos. Bajo las gualdrapas sus músculos de acero iban despertando, tensaban las cinchas, aguardaban la orden. Y ésta llegó.

 

-Veréis… Ahora os lo voy a contar como fue. El caso es que Débora, su cabeza de caballo, claro, porque de ahí iba la historia, escuchaba atentamente. Claro, las otras también lo hacían, y debíamos seguir cuidadosamente todos sus movimientos, porque si no se dormían a la vez, no conseguiríamos nada… Así que le eché un poco de cuento al cuento.

 

-Mucho cuento, sí que tienes. Pero no te entretengas. Te pareces al narrador de historias, que las deja todas a medias.

 

-Por cierto, ¿no hacía lo mismo Sherezade?

 

-No las dejaba a medias, lo que pasa es que iba enlazándolas: una servía de esqueleto a otra, como el hueso al músculo, para que tirase la historia hacia adelante y el sultán estuviera distraído con lo de fuera olvidándose de lo de dentro.

 

-Una terapia.

 

-Lo malo es que ya se sabe, y cuanto más se sabe menos se aprovecha, porque siempre estás buscando tres pies al gato, o sea que dices: esto ya me lo sé, y la…lías.

 

-Bueno -dijo Anita- ¿Y qué pasó?

 

-¡Ah, sí! La historia… Pues los cuarenta caballeros reconquistaron Granada. Son los que duermen ahora en la Alhambra, esperando que regresen los que quieren apoderarse otra vez de Al Andalus, que es como se llamaba. ¡Y son inmortales, como los treinta mil!

 

-¿Los treinta mil?

 

Los de la última historia, la tercera.

 

-Anda, sigue.

 

Pues veréis, Débora escuchaba con la boca abierta. Yo sólo miraba esa cabeza, aunque de reojo también las otras dos, y estaba muerta de miedo. Entonces me acordé: ‘Ser lo más en cada momento’, que es como un mantra, una oración, no sé, un sortilegio. Y me dio fuerzas, sentí que podía hacerlo, aguantar y ganar.

 

-¿Pero no vas a seguir con la historia?

 

Laura cerró los ojos.

 

-Los caballeros respetaban a las mujeres, a los ancianos, a los niños. Pero eran implacables con los guerreros. Éstos presumían de matar y de violar, presumían de destrozar al enemigo, que era todo el mundo menos quien pensaba como ellos y hacía lo que ellos querían. Por eso iban a acabar devorándose, exterminándose entre ellos, porque sólo comprendían la fuerza y el odio. Los jinetes blancos llegaban espada en mano hasta las tiendas mismas, protegidas por picas y fosos, sus caballos saltaban limpiamente hasta la entrada, y atacaban en su terreno a las huestes enemigas. Hasta que un día, en la entrada de la Vega, en el campo que llaman del Moro, cuarenta campeones en corceles árabes les retaron a singular combate. Era la batalla final. ‘¿Un combate noble?. ¡Qué extraño!’, pensó el líder cristiano, a quien llamaban ‘el Batallador’. Comenzó el duelo, a la salida del sol. Durante un tiempo, los ochenta jinetes se mantenían en sus monturas, y desde las colinas del Darro miles de seguidores observaban el curso del combate. Poco a poco los corceles árabes iban quedando sin jinete. Pero enseguida una magia antigua iba reponiéndolos. Los cuarenta caballeros jugaban limpio, ese era su lema. Y aquello era un juego sucio, en el que no podrían ganar. En medio de una justa no podía detenerse la lucha si las partes no se ponían de acuerdo. Entonces, ‘El Batallador’, alzando su espada, dijo:

-¡Detengamos la justa! ¡Vamos a parlamentar!

 

Todos obedecieron, porque era la ley del campo de armas. Entonces nombraron a tres por cada bando, y se reunieron en la falda de la colina, donde las luces del campamento brillaban en la noche, como luciérnagas recién sembradas.

 

-Que decida la lid un campeón.

 

Eso fue lo que acordaron. Y pronto, al filo del alba, el estandarte de los caballeros cristianos y la bandera de los jinetes árabes asomaron por la senda del Genil. Dos escuderos y dos infantes clavaron en uno y otro extremo del campo las picas con las enseñas. Los enemigos alzaron las armas, se saludaron y espoleando sus monturas se lanzaron como rayos a un combate singular.

 

Atardecía, y ninguno de los combatientes había sido vencido. Entonces, el campeón cristiano voceó.

 

-Eres valiente, y estás protegido por un encantamiento de fuerza. Pero déjame contarte algo, y después decidiremos.

 

Asintió el guerrero moro, que protegido o no, ya parecía desfallecer, pese a su impresionante valor.

 

‘Poco más allá de Granada, unos maleantes golpearon a un hombre, y le dejaron tendido en el suelo. Llegó gente y huyeron sin robarle para evitar ser descubiertos. Alguien vio al herido, se acercó a él, y le robó. El otro, enseguida, se levantó, recuperando el sentido, se sacudió el polvo y no hizo nada.

Al día siguiente, en el mismo paraje, los bandidos atacaron a otro hombre. Igualmente se escondieron al ver llegar gente. Lo mismo sucedió: alguien se acercó al herido y quiso robarle. Sólo que éste no había perdido la conciencia, y luchó hasta la extenuación… y le golpearon de nuevo, una y otra vez, para quitarle lo que era suyo, y él decía: no me arrebatarás lo que es mío.’

-¿Sabes por qué? -Preguntó a su oponente, que le escuchaba atento-. Porque un hombre, si se da cuenta, debe luchar antes de que le quiten lo que le pertenece. No es por la riqueza, sino por los principios. Eso es lo que se defiende.

 

Y el jinete árabe comprendió. Se dirigió a los suyos, que ya estaban siendo atendidos por los alfaquíes y por los nigromantes, y dio la orden de partir. Sabía que aquella lucha no tendría fin, porque los cuarenta caballeros defenderían Granada hasta el fin de los tiempos, porque nunca iban a dejar que nadie se la arrebatase.

 

Regreso al futuro. Cuentos. Laura en el país de los asombros. 133

13 octubre 2010

REGRESO AL FUTURO

 

Luzbel había ganado. Tenía el LIBRO, tenía el SHIVA… y tenía a Alex y a Anita. El rescate del diverti había sido un señuelo, una trampa para incautos. ¡Se habían confiado! Albert-Belial y su gemelo Belfegor, pero sobre todo la falsa NELY, eran demasiado astutos. Quedaba LILIANTH. Su fracaso en el intento de apoderarse del mando del infierno, y la debilidad que sentía por el arcángel, podrían convertirse en un punto de apoyo. ¡Nada mejor para combatir a un enemigo poderoso que su antiguo aliado! Las rencillas de los amigos son las peores. ¡Que se lo cuenten a las potestades y a los inferi, antes parte del mismo ejército del cielo!

 

Laura buscaba con ese afán que da la esperanza un nuevo sortilegio. Luzbel los había destruido… O eso parecía. Don Matías estaba muerto, o eso parecía también. Alfonso seguía tocado, el rayo negro estuvo a punto de matarle, pero su espíritu aguantó y el hilo de la vida comenzó a fluir, como un arroyo que está a punto de secarse y las últimas gotas de una pequeña nube le alimentan.

 

-¿Pero dónde estaba los ángeles?

 

Se lo repetía una y otra vez. ¿Por qué lo habían permitido? ¿Para eso tanto esfuerzo? Ya sabían que nada está garantizado… Pero, si uno hace lo que está en su mano, y aún más… y no elige el camino que ya le traza la obligación o la necesidad… o esa fuerza imbatible que es el destino… Si su albedrío está tan limitado como lo está la respiración, que sólo puede tomar el aire de que dispone, allá donde se encuentre… ¿a qué o a quién culpar… no es la palabra, pensó, pero ninguna otra se le ocurría… de ese fracaso? ¿O es que aún no había terminado?

 

De repente lo supo: ¡claro que no había terminado! ¡Quedaba ella! Algún día, sí, acabaría. También ella… Pero aún no.

 

Cerró el Libro. También los ojos. Durante unos segundos le hablaron los duendecillos de las luces, esos que aparecen cuando se pasa de la claridad a lo oscuro, y que flotan en el aire sólo cuando las demás cosas desparecen.

 

Enseguida vio el mapa. Y los nombres. Y la ruta… Todo estaba allí. Le faltaba la mano de Yovi, la sonrisa del Hada, el valor de Nika… ¿O no?

Luzbel, Belial, Belfegor y el catálogo. Cuentos. Laura en el país de los asombros. 132).

9 octubre 2010

EL CASO ES QUE DESPUÉS DE CONTARLE LAS TRES HISTORIAS

 

A LA VEZ, según se recoge en estas memorias de lo que aconteció a Laura y sus hermanos … Bueno, es broma, así hablaban antes, algunos incluso ahora, en esos libros tan extraordinarios, y lo digo para que no creáis que éste quiere copiarlos, porque para eso hace falta mucho, mucho talento…. Pues bueno, el caso es que después de patatín y patatán, Débora se durmió, con sus tres cabezas a la vez, la esfinge, o la mujer, que sonreía y tenía un hilillo de baba, la del león, que rugía como si roncara o roncaba como si rugiese, y la del caballo, que se quedó a medio relincho, así que los niños rescataron al diverti y le regalaron el CATÁLOGO DE SERES DEL PAÍS DE LOS ASOMBROS, que también figura en este texto, aunque no sé si servirá como guía o sólo para despistarse entre tanto nombrecito, como dice Ana.

 

Luzbel se estaba cansando de delegar, porque queriendo imitarle y ser más malos cada vez, metían la pata a espuertas. Y es que los malos no dan una cuando se pasan, como los políticos haciendo alegatos mitineros o los bancos pidiendo garantías y no dando ninguna.

 

-Tráemelos. No los quiero en mi guerra. -Sonrió con la nueva dentadura white kiss- . Pero sí en mi paz. ¡Es lo mismo, pero nadie lo sabe!

 

-¡Qué agudo eres, Milord! Un día vas a pincharte.

 

Nadie rió el chiste. BelBel, la pareja maligna, ya había volado hacia el abismo del séptimo sello, que era el atajo para alcanzar a los elegidos. Un agujero de gusano en el continuo espacio-tiempo del País de los asombros.

 

Y entonces algo les detuvo. ¿Lo sabía el boss? A ella no pareció importarle ese detalle. Usaba un detector de rayos negros, que podía detener cualquier forma de energía. Como parar una explosión con una bomba. ¿A quién se le podía ocurrir esa barbaridad?

 

-¡La trilliza! Luzbel tuvo dos hermanos y no sólo un gemelo. Ella conservó la esencia del poder, el control sobre los actos delegados, ya que el directo no es posible; sólo corresponde al Creador.

 

Belial y Belfegor la miraban con la misma expresión de los tigres cuando el domador les echa el lazo, y no pueden recorrer esa distancia exigua que les separa, a tiro de zarpa y…un poco más.

 

-Bien, chicos, se acabó. Este lugar es mío. ¿Habéis oído hablar de Odiseo? Un señor muy atrevido que viajaba, pasó por muchas dificultades y al final llegó a tiempo… ¿Queréis ser como él? Bueno, pues nada de eso. Lo del trago malo se termina aquí, un par de correctivos, y de vuelta, como los de las multas.

 

-No te atreverás, somos los emisarios del Grande.

 

-Emisarios…. Grande… ¿Pero esto qué es? ¡Menudo lenguaje! Mirad… Luzbel no es el bicho ese fantasmón de Harry Potter. No. Es un pedazo de demonio, de los de verdad. Pero conmigo no puede. Y si queréis pasar por aquí, o sea, si queréis un atajo para la conquista, eso conlleva un peaje.

 

-Habla con él.

 

-Ya lo estoy haciendo.

 

LILIANTH alzó la mano, y en el aire se dibujó el salón de Luzbel, que les miraba como si estuviera ante ellos.

 

-Eh, voilá! -dijo. Ella asintio.

 

-Mientras te ojeas el ombligo, ellos avanzan.

 

Se oyó un trueno. Pero no: era un cañonazo. Los campos estaban llenos de humo. Las fogatas de los vivacs, los restos de la pólvora, el trasiego de las multitudes de soldados calzando la bayoneta, un mar de sangre. Sobre los campos de Austerliz, la sombra de Luzbel. Enseguida, una sucesión de batallas, los trescientos, exterminados por Jerjes, Hiroshima, en cuyo cielo el Satán de los infiernos establecía su paradoja.

 

Un oficial de caballería, manchado el uniforme de sangre y de barro, desmontó al cruzar un puente desvencijado sobre el último afluente del Elba. La ciudad estaba aún lejos, pero el hombre se detuvo en una granja que parecía abandonada. Ese es el efecto de las guerras; se detiene la vida, cuando se vive, por muy lejos que esté la batalla, porque la muerte no se para nunca.

 

Pero…¿qué hacían allí? Porque eran ellos, los cuatro, sentados en una banqueta de la sala, los peques jugando con un niño algo mayor que Alejandro… ¿Era un holograma atemporal? ¿Una grabación superpuesta?

 

-Es el juego del tiempo -dijo Lilianth. Están ahí, en este momento. Como vosotros. Hay una conjunción temporal, ellos han viajado hacia el pasado y pueden hacerlo, podrán hacerlo hacia el futuro… y desbaratarnos los planes, cazurros, si no espabilamos… ¡Ese es el peaje! ¡Yo dirigiré la operación acoso y derribo a esos mequetrefes!

 

-Esos… mequetrefes… -BeBel habló al unísono, como un dúo concertado- están protegidos… ¿No lo sabías? Tienen la fuerza, los siete grados del ángel, la sombra del Creador… -rebuznó- Y no me obligues a mencionar alguno de sus nombres… ¡Aunque están por todas partes!

 

-Eso se llama panteísmo, imbécil. ¡Una trampa vulgar de los diletantes!

Como sucede con la ambigüedad y ese falso equilibrio que llaman eclecticismo, cuando no saben profundizar, o simplemente cuando no saben, presumen de sencillez, o hacen como si todo diera lo mismo. ¡Pues no es así! -Señaló levemente, con rapidez, un punto hacia arriba, donde la bóveda se abría y una luz cenital filtraba la noche-. ¡También…Él… prefirió la guerra al perdón… También, al hacerse hombre, pecó, y esas zarandajas de la doble naturaleza no le sirvieron para nada: metió la pata. ¿Sabéis por qué? Porque sus cachorros… Ya veis -les amenazó con el índice, mientras sonreía. ‘Beautiful smile’, pensó Belial-. Temeros es de guasa, mis leones. Un poco más y el rugido del dragón sonará como el balido de la oveja. ¡Ese miedo ha llegado hasta aquí! Si no lo combatís, si no os oponéis al mismísimo Luzbel, aunque sea de vez en cuando… pues vais a convertiros en parlamentarios españoles, que sólo hablan cuando el jefe del Partido les dice que aprieten el botón. ‘Botón de los votos’.. Tiene gracia.

 

-Mira Lili -empezó a hablar Belfegor-…

 

-¡Calla, estúpido! ¡Y no me llames así! Me recuerdas otros tiempos, en los que la eternidad parecía sincera, no una bola de pelo engañosa en la garganta… Esto es mucho peor. Un tiempo indefinido, una sucesión de instantes infinitos… Y una remota posibilidad de regresar, venciendo.

 

Los niños se despedían. El oficial estaba abrazando a su hijo, pero era otro: un recién nacido. Cuando recibió el aviso pensó que jamás podría conocerle. No se explicaba qué había podido suceder, cómo un instinto o un mensaje diferente le había llevado sano y salvo a su casa, después de la batalla, sólo pensando en ellos. Los pequeños ángeles de la misericordia, así iba a invocarles a partir de entonces. ¿Dónde estaban?

 

Lilianth abrió los brazos, como lo oradores ante el atril.

 

-Así es como sucede. Esos discontinuos en el tiempo hacen que los testigos crean haber recibido la visita de espíritus, de santos… de demonios… Y les atribuyen poderes, virtudes, cosas así, y luego cualquier alteración en su vida la achacan a esa visita, a esos poderes. Pensadlo: si hay mucho que atribuir a los llamados santos, ¿no habrá otro tanto para los demonios? Si hay milagros…para el bien… ¿no los habrá para el mal? Si hay acontecimientos extraordinarios y maravillosos, en esas Arcadias felices… ¿no es lo mismo para las guerras y la continua destrucción de la bondad y del equilibrio? Los humanos son estúpidos, fáciles de manipular: no tenéis más que ver cómo se comportan y cómo les engañan sus representantes, las instituciones que veneran… ¡Son una especie de esclavos! Cuando vino el Hijo pensamos que la cosa se acababa, con ese ejemplo de concordia y generosidad… Pero tuvo el efecto contrario. No sólo le mataron: le escarnecieron, sepultaron sus ideas junto con su cuerpo, y si uno resurgió, las otras desde luego se pudrieron rápidamente. ¿No predicaba el amor? ¡Pues echad un ojito a los cristianos y al resto! ¿No hablaba del perdón? ¡Toma castaña! ¿Y del desprendimiento, de la pobreza, esos detalles del espíritu? ¡Pues su Iglesia, sus representantes y sus afiliados son en general codiciosos, mezquinos, ricos y materialistas! Como todos. Los que se salvan huyen, se refugian en la paz de la miseria… ¡Porque es imposible organizarse sin medios, amigos míos! El Gran Padre duerme, recostado en sus galaxias, y desde que le falló ese memo de Adán no quiere saber nada de los otros. ¡Sólo de vez en cuando, en la agenda de sus potestades, aparece este rollo de los elegidos, los iniciados, esas farfullas! -Y nos toca intervenir activamente.

 

-Luzbel es el líder. Nadie puede discutirlo. Ni siquiera tú.

 

-Vale, vale… Pero es que se ha vuelto un poco…blandito… Con eso de que quiere la conquista, no la fuerza. ¡Quiere que le quieran! ¡Si no fuera inmortal pensaría que se está haciendo viejo!

Belial se removió en el asiento.

 

-Es su inteligencia. Ha evolucionado. Creo que ellos -señaló el holograma, nítido como la realidad- tiene la culpa.

 

-Una flor pequeña para Buda -susurró Lilianth- Algo muy peligroso…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El duendecillo y Débora la guardiana de tres cabezas. (Cuentos. Laura en el país de los asombros. 131).

7 octubre 2010

EL DUENDECILLO

apuntó cuidadosamente con la cerbatana, que era tan larga como él alto, y aun así diminuta. Ambos, el arma y su portador, se escondían detrás de una rama de castaño.

 

-¡Plof!

 

-¡Ay!

 

Alfonso creyó que le había picado un mosquito, como los de Alcoceber.

 

Pero en el País de los Asombros no hay mosquitos. Dragones, gnomos, hadas, pájaros gigantescos y toda la caterva de bichos y seres inimaginables.

 

Pero mosquitos, no.

 

Yovi había escrito un CATÁLOGO DE SERES Y LUGARES. ¿Queréis conocerlo? ¿Sí? Pues tendréis que esperar al final, así que leed toda la historia y luego comprobaréis cómo no están todos… Algunos, los más tímidos o los menos habituales, se han reservado para la vuelta. Porque Laura y todos los demás, y alguno que otro nuevo, volverán. ¡Faltaría más! Siempre se regresa.

 

Bueno, Alfonso se estaba rascando, cuando tropezó con la flecha. Era mucho decir, un punto oscuro, de madera de arce, como la cabeza de un alfiler pequeño, allí bien sujeto, en la pantorrilla, y el círculo rojo alrededor, la materia urticante que era la especialidad de los duendes del BOSQUE BLANCO.

 

-¡Te pillé!

 

Puede decirse, sin temor a equivocarse, que los duendecillos de aquella región no se caracterizaban precisamente por su timidez. Mejor dicho, por sus modales. Más preciso aún sería decir que carecían de modales, y que eran especialmente atrevidos, como esos chicuelos descarados que pintan los ingleses del XIX, y que parecen inventados, desde luego, porque nadie puede suponer que ese tipo de pillastre existiera en realidad, o al menos fuera tan común. ¡Así eran las leyes entonces! Tan represivas que podían enviar a un niño a la cárcel por robar -un duro término para un acto tan trivial- una cuchara. Y son hechos reales, nada de invenciones, son cosas, ya ves, de la llamada ley, en cuyo nombre se cometen tantas atrocidades como las que se perpetran en el santo nombre de Dios.

 

Por cierto, cuando Dios hizo cosas como el Edén, pensaba en algo así como el País de los Asombros, que no tiene nada que ver con el de Alicia, aunque el nombre se le parezca, porque esas cosas no se pueden evitar. Cada uno tiene el nombre que le han puesto, aunque se lo cambie, y vaya por el mundo con dos, uno superpuesto al otro, ya que el originario imprime carácter y no se puede borrar por mucho que lo imponga el Registro civil.

 

-¡Te pillé! -Había dicho el duendecillo, que hizo una reverencia, arrancó como un cirujano la espinita de la pierna de Alfonso, la introdujo con unas manos de dedos verdes y largos, terminados en uñas curvadas, en un carcaj que cargaba sobre sus paletillas, o sea, en los homóplatos, que son esos huesos anchos y planos que tenemos en la espalda y que soportan unos músculos que le duelen a todo el mundo alguna vez en su vida, y desapareció como por ensalmo.

 

-¡Ah, no! ¡No te vas a ir de rositas!

 

Alfonso salió corriendo detrás, o eso creía, porque era como perseguir la niebla. De todas manera, ya no podía pararse, porque había cogido carrerilla y era cuesta abajo, una suave pendiente que llegaba hasta un riachuelo, sobre el cual una pareja de libélulas hacía piruetas.

 

-¡Qué raro! Si no hay insectos… ¿De qué se alimentan?

 

-Ya veo que piensas, muchachito.

 

Esta vez era un gnomo. Bueno, veréis. Como los escritores y los dibujantes y los esotéricos y los imaginativos nos han descrito estos seres, pues vamos a acomodarnos a ello y podemos llamarles así. La verdad es que, en este caso, se trataba de un cachichi.

 

-Una cachichi, perdona. -Dijo- ¿Es que no has visto mi faldita?

 

-Los escoceses y mucha gente usa falda. No tiene nada que ver. Los curas, por ejemplo.

 

-El hábito no hace al monje -dijo la cachichi, aunque no fue eso exactamente, pero Alfonso lo entendió así, porque los refranes suenan más o menos igual en todas las lenguas.

 

Se oyó un ruido como de hojas que se caen por un barranco, pero sin piedras ni nada, o sea, como las primeras que tira el viento, o las que preceden a una torrentera. Alfonso las había oído en Órgiva, subiendo hacia la sierra de Cañas, o por el otro lado, donde los pueblitos blancos se descuelgan por el monte, agarrándose a las matas de hierbabuena y té blanco y camomila salvaje, como las cabras enharinadas del cuento, huyendo del lobo, asomando la patita bajo la puerta, o era al revés.

 

-¡Pasen, pasen y vean!

 

Alfonso miró hacia atrás, esperando ver pronto a sus compañeros. Pero lo que apareció fue una comitiva de diminutos, cargando mochilas y apoyándose en bastones, como montañeros.

 

-Vamos de excurisión -dijo una pequeñaja pizpireta, que llevaba un chip de radiofrecuencia prendido en el pelo. Una luz violeta guiñaba el ojo a intervalos regulares. Alfonso lo miraba, hipnotizado.

 

-¡Los gorrini!

 

YOVI había aparecido, por fin. Corría hacia el grupo, con los brazos abiertos, como Alex cuando papá va a buscarle al cole, porque sabe que le gusta.

 

-Se dice excursión, Gisela -corrigió una mamá, o una hermana, o una tía, o a saber si maestra o guía, porque era difícil, era imposible determinar las edades, sólo el tamaño y eso fijándose, distinguía a los que Yovi llamaba gorrini.

 

-Mis primos -dijo la cachichi.

 

Laura se acordó de repente. ¡Eran personajes de sus cuentos! Los diverti, los traviesi, los gorrini, los cachichi… Todos ellos lo eran. ¡Y allí estaban, al menos, representantes de dos de esos grupos! Miró al HADA CONSEJERA, aunque ya estaba imaginando de qué se trataba.

 

En el País de los asombros, a veces, no hace falta hablar. Basta con pensar intensamente, o sea, no tanto, pero bueno, basta con pensar una cosa, pero una sola cada vez, y quien está contigo, o quien te quiere, y a veces también los otros, quienes están ausentes o quienes no te quieren, pues lo saben.

 

-¿Y no se puede controlar?

 

-¡Pues claro que se puede! Pero hace falta entrenamiento. Recuérdalo: la magia es muy parecida al entrenamiento. O viceversa.

 

-¿Qué es una viceversa? -preguntó Anita.

 

-Pues es cuando tú tiras la pelota contra la pared y vuelve, porque la pared te la tira a ti.

 

Aquello empezaba a animarse. Yovi les preguntó a dónde iban. Las libélulas habían dejado de volar, como helicópteros en prácticas, y se atusaban los bigotes posadas en un tallo invisible.

 

Laura seguía observando. Como si esperase una aclaración.

 

-Los personajes salen de los cuentos, y viven. -El Hada les señaló- Ya lo ves. Pero eso ya lo sabías.

 

-Sí, aunque no es lo mismo saber que ver.

 

-A veces, sólo a veces… ¡No siempre hay que meter el dedo en la llaga!

 

-¿Alex mete el dedo en la llaga? -Preguntó Anita, porque el pequeñín siempre metía la mano en sitios conflictivos. Por eso habían tapado todos los enchufes.

 

-Puede que sí. Pero más bien son los mayores. Cuando tienen que tocar para creer. Se lo dijo Jesús a Tomás, anda toca, para que viera que estaba vivo, que había resucitado. Porque tenía un agujero de lanza en el costado, y por ahí le metió los dedos. ¡Vaya escenita!

 

-Hada -dijo Anita- ¿Nosotros somos personajes de los cuentos?

 

Laura ahogó un grito, de esos que se lanzan cuando has aprobado y no te lo esperas, cuando miras la lista y estás allí, en azul. A Alfonso le pasa mucho.

 

-Nosotros, todos, vamos por el tiempo y el espacio como los personajes de los cuentos. Alguien nos imagina, en cierto modo, pero podemos participar en la vida de otros.

 

-Eso también lo hacen ellos. No tienes más que ver una peli de animación. Imagina que son actores, como los de carne y hueso. ¡Al fin y al cabo es materia!

 

-¡Le rescataremos!

 

La cachichi había hablado alto y claro, pero con la otra conversación -que es la costumbre, hablar a la vez todos, lo que nos enseñan en la tele- no sabían por qué estaba diciendo eso.

 

-¡Vamos, en marcha!

 

Alfonso y Laura estaban cansados. Montaron en el carrito a los peques, que estaban a punto de quedarse dormidos, y siguieron la comitiva. A los pocos pasos, Yovi les informó.

 

-Ya veo que no os habéis enterado. Pero los gorrini creen que sois telepáticos, así que mejor no les decimos nada. Han secuestrado al jefe de los traviesi o al jefe de los diversi, no me he enterado bien. Lo tienen encerrado en la séptima cumbre del PICO MAYOR, en la cueva del oso, y para rescatarle tenemos que dormir al guardián, contándole cuentos. Le llaman el oso, pero es una especie de esfinge con tres cabezas, la de león, la de mujer y la de caballo. Un lío. Cuando se duerme una cabeza, otra se despierta. Así que hay que contar tres historias a la vez.

 

-Eso está chupao. Es lo que hacen los tertulianos. Pero ellos duermen a los espectadores, o a los oyentes. ¡Tenemos práctica!

 

-Hay que prepararlo todo. Ellos -señaló a los diminutos, que corrían a toda pastilla- harán el trabajo pesado, abrir las puertas, horadar el túnel, pulir el diamante…

 

-¿Pulir el diamante?

 

-Una manía de Luzbel. Todas sus guaridas tienen un contrapeso que funciona sólo con un diamante recién pulido. Se echa en la balanza y ¡zasca! Entran en juego los contrapesos.

 

-Como en Indiana Jones.

 

-Es un viejo truco. Seguro que Spielberg lo conoce. Bueno, pues tenemos que ensayar las historias. Hay que empezar y terminar justo a tiempo. Y no parar de contarlas aunque vemos que se le cierran los ojos a DÉBORA.

 

-¿Débora?

 

-Tienen todos nombres de mujer. Digo los guardianes. Desde que murió GARRASFINAS, su viudo, el GRAN DRAGÓN, lo impuso en todo el País. En homenaje a su esposa, que por cierto, era una mala pécora… Pero en fin… Los hombre somos un poco tontos.

 

-¿Y hay que llamarla por su nombre?

 

-¡Desde luego! Débora es como el sultán de Sherezade, pero al revés. Sólo se duerme si le cuentan historias, y sólo atiende las historias si llegas junto a ella, le haces el saludo ritual, la llamas por su nombre, haces la invocación y…

 

-¡Pero bueno! -Alfonso estaba indignado- ¿De qué vas, Yovi? ¡Esto es demasiado! ¡Prefiero entrar por las bravas! ¿Cómo vamos a saber, y encima recordar todo ese… ritual?

 

-¡Porque está escrito! Hay un libro de HORAS, una especie de BREVIARIO. En la antesala.

 

-¿Estás de coña?

 

-Ni hablar. Aquí todo es un poco especial… -Guiñó un ojo- ¿Has olvidado dónde estamos?

 

 

 

 

El juicio de Luzbel. (Cuentos. Laura en el país de los asombros. 130).

5 octubre 2010

EL JUICIO

La Sala estaba cubierta por enormes tapices que representaban los ARCANOS MAYORES del TAROT egipcio. Un ARA de mármol negro, semejante al altar de los oficios cristianos y de la Misa católica centraba la nave, enmarcada en una columnata de bronce. La cúpula estaba pintada al fresco, con motivos de los Libros Sagrados y la mitología. Un bestiario polícromo observaba desde cada rincón, como si los animales imposibles fueran también testigos de cargo.

En el estrado se sentaban los jueces. Serios y circunspectos, envueltos en capas negras con un sobrepelliz púrpura. Miraban al vacío, conscientes de que el enjuiciado era poderoso, y que la independencia es el único atributo incuestionable de un Tribunal. ¿Lo era? Cuando el juez se enfrenta a una fuerza superior, a veces tiembla, otras se doblega, muchas vacila, y otras se crece, porque es la prueba de que vale la pena. ¿Qué otra cosa va a calificar su vida?

El presidente golpeó la mesa con su maza.

-¡Silencio! Vamos a comenzar. Procedan los ujieres a retirar de la Sala a los testigos. Siéntense. Este es un juicio universal, UN OMNIJUDIX. No se trata de saber si alguien es culpable, sino de conocer si ha utilizado bien el don maravilloso de la vida. Poco importa que en este caso esa vida sea singular, cercana a la infinitud. Ténganlo presente.

Respecto al enjuiciado, se trata de saber si hay responsabilidad, para él y por su influencia, que llaman diabólica o demoníaca, por ser o querer ser un individuo, ajeno al conjunto. ¿Es lícito ese aspecto de la propia estimación?

En caso de duda, es preciso determinar si tiene responsabilidad quien desea -y lucha- por formar parte de un todo. ¿Es lícito, incluso obligado, adherirse a la masa?

Bien, una vez determinado si en la persona del enjuiciado, tan cerca del máximo poder, se refleja la individualidad o la masificación, podremos determinar si el fin justifica los medios. Incluso en la religión, que de ese modo se declara palabra de Dios con fundamente, o es una falacia.

Laura susurró.

-No entiendo nada. ¿Por qué tanto preámbulo? ¡Lo tenemos cogido por el rabo y los cuernos, como a los toros!

-Pues debe ser así, para darse importancia. Ya sabes cómo funciona la burocracia.

-¡Con lo fácil que sería decir: Luzbel, eres un cabrito, has intentado llevarnos a todos al garete, así que, a pagar el pato!

El ujier del pasillo les lanzó una mirada furibunda. Continuaba hablando el Presidente del Tribunal.

-Si los políticos y los centros de saber deben extinguirse. Si el poder o los poderes son una engañifa para devorar a los corderos. Y finalmente…

Golpeó de nuevo la mesa con el macillo. Se había hecho un revuelo en la sala. Luzbel había roto las cadenas y avanzaba hacia el Ara. La Mesa del Tribunal se giró, como un conjunto de autómatas.

-Dios o el diablo -dijo, con un gesto teatral. O ambos, o ninguno… ¡Legitimación! ¿Debo aceptar este Tribunal? ¿Por qué el hombre? ¿Fue creado, manipulado, sólo para esto, y ‘esto’ -hizo un énfasis mientras hacía un círculo con los brazos- determina la historia del universo?

-¡Siéntese el enjuiciado! ¡Aquí no vale otra autoridad que la nuestra! -Dijo el Presidente con un hilo de voz.

-¡Una farsa! Ya he sido ajusticiado con vuestro sentido moral: un mortal sinsentido, carente de fuerza.

-Y de belleza -apuró LISA.

-La sentencia será adoptar la misma pasividad que el último de los reos ante su espejo.

-Un neutralidad. Un limbo sin espíritu.

-La Nada.

-¡No! La Nada se posee a sí misma, como el gran Vacío… ¡Quiero que se desespere!

-¿Sientes ira? ¿Quieres venganza? ¡Entonces ha vuelto a ganar!

Luzbel rió, abriendo el caso.

-¡Como siempre!

-Jamás conocerás la auténtica naturaleza humana. Sólo su lado oscuro.

-Mira los niños: nunca serás como ellos.

Luzbel se retorció.

-No verás por sus ojos ni imaginarás con su mente ni amarás con su corazón, que es un jardín y un palacio y un manantial…

-Que es la fuerza mayor del universo. Hasta los ángeles la desean.

Luzbel gritó.

-¡Yo soy un ángel! ¡El más grande, el más cercano a Dios!

-Todo eso te está prohibido. Sin recurso.

-¡He poseído niños!

-Sólo por la fuerza. Y su materia, no su espíritu. Has manipulado una maquinaria de células, no su soporte invisible.

-Soy el más bello y poderoso.

-Un niño sucio y andrajoso tiene más belleza que todo tu imperio y vale más que toda tu riqueza.

-Paparruchas. El mal absoluto existe en el mundo -dijo Luzbel- porque vosotros lo deseáis y disfrutáis con él. Además vosotros habéis destruido el arte: eso sí es obsceno.

-El arte es ternura y comprensión, no sólo grandes placas de hierro sobre mármol y dos figuras reflexionando frente a ellas, en una nave-granero-hangar.

Laura se encogió de hombros.

-¿Y a qué viene esto?

Yovi sonrió.

-Recurre a un truco: la sensibilidad. Está abriendo una puerta en la mente.

-¡Pues vamos a cerrarla!

Y se fueron. La oscuridad cesó pronto. Y el ruido.

Cada vez con mayor fuerza se oía el risueño juego de voces. Los niños, los niños, los niños. Y ellos estaban allí, con su edad y sus gestos, pero estaban. Como cuando cruza el cielo un cometa, como cuando llega el oso al haya gigante en la que has instalado tu observatorio. Habían regresado. Sabían que pronto o tarde iban a volver. Y el círculo era luminoso como la mirada de Alex, como la voz de Anita.

Porque su presencia era la ternura y un lenguaje con el que el Verbo entiende y maneja y se comunica con el Creador.

Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 129

4 octubre 2010

LUZBEL sonrió.

-La lucha entre el bien y el mal… ¡Romántico, sí! -Acarició el cabello de Alex- ¿Y tú crees, de verdad, que ganan los… buenos? ¡Qué aburrido! ¡Y es que pasáis demasiado tiempo difamándonos!

-¿Cómo?

-Sí, ya sabes: lo siniestro, lo sombrío, estás endemoniado, ‘porter le diable en terre’, cosas así.

-Y los ojos y las garras -dijo Anita-. Como si fuerais monstruos.

Belial rió. Luzbel hizo un gesto con la mano.

-Demasiado esfuerzo para modificar el pasado. Inútil para cambiar el futuro. ¡Un teatro, con sus falsas bambalinas!

Alfonso le interrumpió.

-Quieres convencernos de que todo está… previsto para que vosotros dominéis el mundo.

-El universo, chico. El universo, un pequeño regalo del Creador. Se lo jugó a cara o cruz. Vosotros erais la moneda, claro. ¡Libre albedrío! La única fuerza capaz de alterar los destinos. ¡Y creía que podríais usarla para ser… como decirlo… bondadosos, solidarios…Uff.. qué huecas palabras… En fin. No funcionó.

-¡Pero si vino Jesús!

Luzbel se echó a reír. Atronó el recinto.

-¡Un timo! ¿En qué han cambiado las cosas? ¡Ahora hay un nuevo tinglado sobre sus espinas, y más ocasiones de probar la falacia del hombre!

Un solo lugar, un imperio de los cuerpos y los sentidos. ¡Y las almas, en todas sus formas! Un solo líder.

Alfonso resopló.

-O sea,el IV Reich… a lo bestia.

-No, mi preciado necio, no. Deja que tu mente duerma… No será difícil: casi la mantenéis inactiva por sistema. -Rió con desgana-. Una insensata cualidad, que no podemos desdeñar… Bien, déjalo fluir, como dicen los snobs, a lo largo de un enjambre de pensamiento…

Laura le interrumpió.

-Los enjambres están organizados, LUCI -se permitió el epíteto burlón, porque estaba bajo el escudo de RAFAEL- así que…

-Así que la mente ya se encargará de seguir una línea más o menos discontinua entre ellos… y desorganizarlos. -Golpeó sus muslos, envueltos en púrpura y tafetán oscuro-. ¡Es vuestro sino!

Pensamientos desorganizados… -Laura arrugó el entrecejo-. ¿Qué significado tenía eso ahora? Tal vez… Sí… Era una clave. Lo que el MAL quería era ganar la batalla de la mente. Transformar el libre albedrío en un esquema de resortes, como los reflejos condicionados.

-Como la servidumbre de las drogas. Los efectos secundarios, el rebote, la dependencia. Sí.

Laura se volvió. Frente a ella revoloteaba IRIS, el HADA DEL JARDÍN TRANSPARENTE, el de los niños que tejen la seda del gran IRBAN, la araña madre, grande como un satélite de Urano. DEIMOS Y FOBOS, huecos,albergaban sus capullos.

-¡Ah, el placer! Si supierais hasta qué punto de eso que así llamáis siento YO… Luzbel… -se marcó a sí mismo un índice directo al esófago- disfruto dominando la mente… -Sonrió-. ¡Incluso la mía!

Alfonso se dirigió al Señor de la Noche con cierto aire triunfal.

-¡Entonces no tienes más que esperar! La técnica te lo dará todo… Con el tiempo.

Luzbel reflexionó un instante.

Lo he pensado… Y lo he previsto. Pero serán otros quienes utilicen esos… medios científicos…. ¡Son vulgares! Yo soy un artista, mi pequeño ingeniero… ¡Un esteta! Mi dominio es una… ilusión…

En ese momento, como cuando las cosas se iban formando en el vuelo del PÁJARO SOÑADOR cuando Laura las pensaba y pensaba- aparecieron unos hologramas. Parecían tan reales que sólo las sombras en el perfil de las figuras delataban su invención. Eran Houdini, el escapista, y otros grandes magos, LANCE BURTON, DAVID BLAINE…

-¡Pero una ilusión real! Combinando determinados ingredientes, en su medida, el cóctel es más… exquisito.

Laura miró a IRIS. El hada asintió.

-Ya podemos controlar la mente, Luz. Ahora lo estamos haciendo, con la telepatía.

Luzbel suspiró con desgana.

-¿De verdad sois los elegidos? Una fórmula vistosa. -Hizo un recuento con el índice sobre la palma de su mano- Un libro que habla. Una piedra que sueña… Y un pensamiento triangular. Cosas raras. ¡Y ahora esto! -Miró a Alex- ¿Sabes lo que hay en la cabeza de tu hermanita? -Los ojos de Anita se abrieron y cerraron deprisa. Luzbel vaciló- ¿Y en el cerebro de esa niña? -La miró apenas- ¡Algo más poderoso que la antimateria! ¡La percepción de la verdad! Nada puede ocultarse a esa pizca de células que sólo poseen ciertos portadores durante cierto tiempo. ¡Yo he manipulado a vuestros ángeles para que me los traigan! En bandeja… No os preocupéis. Cuando pasa su tiempo, desaparecen. No sirven… Y no afectan a nadie. ¿Sabéis eso de El Limbo? Una especie de reserva… Como los cinturones de anticuerpos.

¡Células madre… psíquicas! -Pensó Laura-. Luzbel la miró como si adivinase su pensamiento. ¿Lo estaba haciendo? Ya era tarde para intentar ocultarlo con palabras, pero lo intentó.

-Nunca podrás contra todos. Está el cuerpo místico, el gran espíritu.

-Ya estamos… Hablas como los guionistas de las pelis del oeste, mi niña. ¡Supersticiones! Una masa tan variada y tan mezquina… no puede formar sustancias valiosas. Es la ley de la conmutación de los sistemas.

Alfonso rezongó. Luzbel tenía razón. Entonces, ¿cuál era el fallo?

Anita suspiró.

-Él lo arregló todo. Se llama Redención.

Todos callaron. Luzbel asintió.

-Puede ser… Pero mejor, pudo ser. Sólo que lo rechazasteis.

Parecía serio, como meditando una posibilidad lacerante.

-No tengo más tiempo.

Cerrando los ojos, desapareció. Alex salió corriendo. Fue tan rápido que los GUARDIANES DEL ESPECTRO tardaron un segundo en reaccionar.