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Un pájaro azul. (En la corte del rey de Castilla).236

7 enero 2011

Un pájaro azul

Sobrevolaba las ramas del baobab. ¡Qué bien y qué grande suena! Aunque no debía ser un baobab sino un inmenso granado, porque allí se mecía una fruta roja, abierta como las granadas. El pájaro azul metió su pico y extrajo una pepita, un gajo de la fruta, que era dulce y agrio, como los sueños de un bebé. Supongo. En cuanto deglutió la pieza se sintió raro, no mucho, pero algo raro, rarito, y suspiró. Los pájaros suspiran poco, por el pico, así que se sintió también sorprendido, o era eso, sorprendido y no raro, o las dos cosas, que son una quizás, y entonces habló. Le salió una palabra, y luego otra, y uno de sus hermanos, que había volado junto a él, le miraba también sorprendido, aunque no raro. La fruta seguía ofreciendo sus gajos rojos, y el pájaro azul recién llegado tomó con su pico uno de ellos, lo ingirió y enseguida se sintió diferente, como si pudiera escuchar la voz de la hierba y el parloteo de las hormigas. Y es que era así. Cuando llegó el tercero de los hermanos y tomó su fruta, vio el futuro en una bola de cristal grande como la esfera del cielo, tan claramente que le dio miedo, porque el futuro no es cosa que debe verse tan finamente, siempre hay que celar un trozo, como la guinda de la tarde o una porción de la verdad. Y aún faltaba el último hermano, pues era cuatro, y cuando llegó al árbol y se posó, azul y estilizado, sobre una de las ramas, cerca del fruto maravilloso, el dotado con la palabra le dijo: “Toma y come, y serás como nosotros”. “Ya lo soy”, respondió el pequeño, que era muy sensato, o un poco lerdo, según mires. El otro sonrió, y era de ver cómo se apreciaba la sonrisa en el pájaro, algo notable, tanto o casi como la expresión de dolor o de miedo, que se mira en los ojos, claro, pero no, esta vez se le notaba en todo el rostro, si se llama rostro esa porción de animalito que va de la frente al mentón, porque es que no tienen ni frente ni mentón, y ve tú a describir una escena como ésta. “No” -le dijo-”No eres aún como nosotros, pero pronto lo serás”. El otro se encogió de hombros, aunque tampoco tenía hombros, e imaginó que se refería al tiempo, esa cosa que a todos iguala en un momento dado. Así que, como le apetecía comer, echó el pico a un porción del fruto, lo tragó y enseguida supo a qué se había referido su hermanito, porque vio más allá de los árboles, entre sus ramas, entre sus hojas, más allá de las montañas, lo vio todo, sin que la distancia fuera un obstáculo o una ayuda, sólo el soporte material de los hechos, como diría un filósofo, quizá su abuelo, azul desvaído,  un cuadro estático que reflejara la escena que tenía ante sus ojos. “¡Vaya” -pensó-”No se si esto me servirá para algo, pero en fin…”. Y salieron los cuatro volando, porque no se le había ocurrido que si tomaban otro grano de la granada, ese efecto mágico desaparecería, que es lo que sucede casi siempre que se hace una cosa por segunda vez.

Anita siguió la historia, que cada día enfrentaba a los hermanos con las cosas de la vida, como cazadores y comedores de pájaros, por ejemplo. Pero yo había llegado ya al Club, y al cruzar los umbrales se cruzaban los cables, y era ya otro el tinglado. Me senté en el sitio de Lonsi -¿o era el de Isa, o el de Pili?-. De repente sentí un mareillo, se me fue la cabeza, como suele decirse, y logré sujetarla in extremis. Lo mejor de llamarse así, es que nunca se tomaban decisiones colegiadas, eso era una farsa, como la de los Partidos. Se decidía lo que a mí me daba la gana, tipo Napoleón. Por decir algo que acabara mal. Yo había ideado el Club para leer y optar, pero eso molaba poco, así que lo cambiamos por una mafia que hacía justicia. Decisiones fundamentales. Entonces llamaron a la puerta. Nadie llamaba a la puerta. ¿Habría oído mal? ¿Sería el turboventilador, ese huesecillo que se joroba siempre en el pabellón auditivo, que es como de locos?

-Vestibular.

-Mande.

La monja era de mediana edad, tocada de marrón. Sólo la vi a ella al principio porque las otras formaban detrás, en rígida línea recta.

-El hueso. Es que me invento nombres.

-Ah.

Tenía un tono átono, o sea sin tono, que ya es raro. Me enseñó el recorte y un manuscrito. Reconocí la letra de El Cura, aunque no entendí su letra, nunca la entendía, y él tampoco.

El recorte era lo del cierre de Garoña.

Se había quedado sin trabajo y me pedían ayuda. Lo suyo era el lavado, la limpieza de residuos, vaya. Pensé en endilgarles los que aún no había distribuido por los lugares sagrados, pero me abstuve. Tiempo habría.

-Siempre hay algo que hacer.

Me sonó la voz hueca. Ella asentía, y detrás todas asentían. Satisfechas. Miraban a su alrededor, deseaban comenzar, dejar el Club como una patena. Empecé a desnudarme, porque ya olía. Guardi tenía la lavadora en el refugio.

-Perdone, caballero. Absténgase.

La voz átona me contuvo.

-En realidad quería liberarme de la torpe visión del mundo que, al parecer, es la única real. Purificar mis vestidos, o sea, una catarsis.

-Sí, pero en cueros… No es costumbre. No son modales. Recuerda, empiezas matando a alguien y acabas con faltas de educación en la mesa.

-A la mesa. Esa urbanidad siempre va en francés.

Una monjita tranqueaba. La miré como a un hallazo arqueológico.

-¿Pinta?

La Superiora parpadeó.

-¿Pinta, qué?

-Que si pinta. Los minusválidos siempre están más dotados en algo… Nosotros en el Club les llamamos capacitados super.

La marroncilla sonrió.

.Ah, los discapacitados… Sí, ella pinta… Con los pies.

-¿Lo ve?

-El Cura ya nos advirtió. -Sonreía más-. Muchas gracias por la confianza. Tenemos un médico, recién salido del MIR. Le han mandado a Urgencias y ya va por la media docena de errores insalvables, tres de ellos, caput.

-Será bien recibido.

Lo dije porque suponía que había que hacerlo. ¿Me estaba sobrepasando lo del Club? ¿O es que el Cura era un mecenas intelectual, cuyos dones eran cualidades humanas en precario?

-Y un analfabeto ricachón. Al principio era generoso, pero luego aprendió a leer. Un poco sólo. Y se volvió mezquino. Claro.

-Ese, no.

Fui contundente. El dinero corrompe hasta el mercurio.

La monja que seguía a la jefa le tiró de la toca, como si menease la aldaba del campanón.

-Y Román.

-¡Ah, claro! Le gustará. -Se atusó los faldones. Me dio cierta envidia porque tenían que ser comodísimos-. Es un obseso por el espionaje. Ha escrito el ‘Manual del perseguido’, que regala en el frenopático. ¿A usted no le gustan mucho los manuales?

Asentí. Aquel individuo me sonaba. Le entrevistó una vez Drogata, el presentador televisivo genialoide. Casi eclipsa su autobombo, el culto chavetiano a su imagen divina. No, no era de interés. Las paranoias, según y como.

-Nuestro Julio César del estilo es El Poeta. Y el ególatra supremo, a elegir.

-Mande.

Otra vez el latiguillo. Se repetía más que Mojama, el líder de Occidente. En el Club lo llamamos ‘El Predicador’. Claro que a él si lo aceptaríamos como member. Da bien sobre fondo blanco.

El caso es que cuando se arrió la bandera de España en el Gorrea y pusieron a ondear la enseña de la tele y el pendón zonal, yo me sentí justificado. Es cuando íbamos a confesar de pequeños, los grandes pecados de la infancia, pensar en algo puro, por ejemplo, y entreveíamos la sonrisa del oficiante, poberello, qué sabrá este infante de la vida, pues ahora sentía algo parecido, como si mis ofensas a la moral o a los principios fueran ofensas contra la nada, porque el mundo y las cosas iban del revés. Ya lo dijo alguien, uno de los esotéricos.

-Lo que es arriba, así es abajo.

Yo creía que se estaba refiriendo al Metro, o a los argumentos de un juez cachondo, cuando recibe los hechos en el vestíbulo de la razón, pero no deja que pasen para no empañar su alta visión de la ley, esa espada temblorosa en manos de cualquiera.

Bueno, cerramos el guión de la temporada en el Club con una sugerencia a las emisoras de economía. A los expertos les iba de miedo, como guante a medida. ¿La Bolsa? Pues unas acciones bajarán, otras subirán y otras se quedarán como están. Claro que también puede suceder lo contrario.

-Tres sombreros de copa.

Le pregunté a El Poeta, por si tenía un flús.

-Lo de Miguelito, no, tú no, el Mihura, la gran obra surrealista que suena a coña.

Pues eso, así es la política y la economía y lo de los otros poderes, en este puñetero país. Por cierto, ¿cómo nos llamamos ahora? ¿Llanitos? Porque yo estoy echando barriga. El ministro Desatinos se está haciendo de oro con sus Memorias: ‘el mono y el trío de la bencina, póker de comodines’, prologado por Frasca del Marne.

Desde el despacho del tío Anselmo, a donde acudí para llevar el certificado de defunción y mirarle el culo a la Conchita, ¡Oh Calcuta! ¡Oh, quel cul tu as!, atisbé el nido. Aún no eran azules. Eran polluelos, claro, se atusaban la pelambrera, gordos y nutridos con la contaminación rampante de Quevedo, que miraba miope y galante las terrazas del Ital Café, invasoras benditas del asfalto. Confiados, aún desconociendo la lucha de las arañas y las hormigas, quizás sin ver, ausentes del futuro, fueron ya para siempre el símbolo que andaba persiguiendo. Y me agarré fuerte a las ramas entrelazadas para no caerme, porque seguro que todavía no podría volar.

Lolita entró en la tienda de chuches. (En la corte de Felipe). 235

7 enero 2011

Lolita entró en la tienda de chuches

con dos acólitas, sólo que parecía su madre. Hice lo que pude, pero no lo conseguí. No conseguí detenerme en el umbral, pasar de largo y olvidarme. Ella ni me había mirado, aunque eso nunca se sabe, porque miran sin mirar y lo ven todo. Deambulé como un confeso corruptor de menores por los pasillos del establecimiento, alacenas de colorines dulces y cosas así, mientras ella dispensaba  a sus coleguis abundantes bazofias, que introducían en pulcras bolsas de plástico transparente, un gesto digno, la confesión de un crimen. El mío se notaba, Lolita era un bombón, pero nunca he sido bueno para calcular la edad, y ya hacía cábalas con una familia reivindicadora del honor y media brigada de police antivicio persiguiéndome por sórdidos parajes del extraradio, mientras yo trataba de ocultar mis infamias entre la carroña de la villa. Pero cuando me quise dar cuenta, se había ido, así que salí y husmeé como un pachón en celo el aire cochambroso de julio. Entre el este y el oeste, elegí el ocaso y me pasé el resto de la tarde, tan larga, buscando en los escombros.

Los ricos son locos simpáticos a quienes todo el mundo -en especial los faranduleros y la Prensa- ríe las gracias. También las jovencitas, y las mayorcitas, la representación de la mayoría del género humano, que se divide entre muy interesados y simplemente interesados. Por eso el mote se ha quedado en la Banca. A los pobres, que les den. Metí la mano en el bolsillo y allí estaba mi fortuna, como la de Alejandro: en el bolsillo de mis amigos. O sea, yo mismo, mi único amigo vivo.

Se me ocurrió un dilema para entretenerla, si volvía a aparecer: ¿cuántos pitos tiene un centauro? Magnífico. Tendría que explicarle qué era un centauro. Pero así el tiempo jugaba a mi favor. El tiempo es siempre un aliado. Sólo hay que darle la mano y ayudarle a cruzar. Otro dilema del centauro: ¿Se rasca la grupa con las manos, sin doblarse, o no llega? Fascinante. Podría suplir mi carencia de efectivo. Mesé mi cabello, supongo, porque me pasé la mano por las guedejas, y recordé a Odiseo, mirando entre los plátanos del parque a ver si aparecía la ojizarca Atenea regalando cuerpos de atleta. Al fin y al cabo, el precio es bajo: la sumisión. Y es lo que hacemos con los políticos y lo que los políticos hacen entre ellos, y así con todo, por ejemplo con el recibo de la luz o el teléfono o el gas, esos dictadores, o las cagadas del perro del vecino, las multas del SER, o no ser, los ruidos de la urbe, y las miradas esquivas o malignas de toda esa gente que no hace yoga.

Pero Lolita se había fugado con otro. Y ni siquiera podía seguirle la pista para cargármelo.

La soledad me impulsó a la soledad, y fui buscando mi sombra por el cemento, que ha sustituido por desdicha los caminos de hierba y por fortuna los de tierra, y así jugando con ella, que me precedía, me llegó una reflexión, porque se puede meditar despierto, caminando, defecando, jodiendo. El caso es darse cuenta de que uno aún existe y quiere seguir. Los acontecimientos, tan dispares, forman un tejido, y algo de la vida se sitúa en el centro, cosido o hilvanado, según la fortaleza de lo que sintamos o lo que nos hagan vivir. Por ejemplo, el Club. Yo creía que estaba al principio, que era un fundamento, pero es algo más, y algo diferente, es la piel tensa del mundo, en el centro del mundo.

Me sentía mejor. Alcé la cabeza y recordé el cuento de los cuatro pájaros azules. Se lo había inventado Anita, la niña índigo, trovadora y ángel sin madre. ¿O era sin padre?

Soy un farsante. (En la corte del rey de Castilla). 234

7 enero 2011

¡Y qué voy a deciros!

A estas alturas ya me conocéis. Y sabe todo el mundo que soy un farsante, me miro al espejo y sale otro. ¿Qué más da? Quiero dejar que fluya la vida, y que lleno de tópicos ya no me turbe ni la fama ni la piel, y sólo tenga miedo a que me pisen y a que mi novia huela a sudor de legionario. Por eso mismo, en el CDF no se tomaban decisiones, y mucho menos fundamentales. Eso es cosa de políticos y de presentadores de la tele, de tertulianos y de novelistas más o menos poetas. ¡Escoria! En el club leemos y optamos, como quien reza. La última vez por las monjas que lavan la ropa y mantienen los obradores para las centrales nucleares, que se están quedando en paro por la desgracia de Dios. A mí tampoco me hace gracia, por los residuos. Digo yo que si es una energía tan limpia, no sé por qué deja tanta mierda. ¿No sería mejor gastar menos, necesitar menos? Cosas de monja. Como los pellizcos.

Pero lo mejor era oírles. A ellos, contando sus historias, esa vida tan de perfil que mantenían El Púas, El Poeta, Guardi, en fin, menos Lonsi, tan discreta, Pili y sus  bichos, Mamen, la infiltrada, tanto que no sé si se quemó disfrazada de El Sudaca, con sombrero cordobés. Y M vestido de M con el sudario, buscándose a sí mismo y rechazando que eso era él, era yo. ¿Hay algo tan convincente como el exterminio? ¡La Odisea! Y algunas historias de palacio, como el tafanario de La Chata en las terrazas del Real, cuando decía eso de ‘mañana que vuelva el mismo’, arreglándose la falda, apoyada en el balaustre de piedra de Colmenar. Pero es que el Mediterráneo de Ulises era mucho, pero mucho más grande.

Estar loco es una eximente total para la vida. Por eso no hay en el mundo tanta gente. La mitad, por lo menos, hace bulto. Como Roró, el obseso, se espiaba a sí mismo, veía micros y duendes en las chimeneas, y chimeneas en las repisas del teléfono, Roró, un mitómano del espionaje, el tercer hombre, una trinidad de vodevil o de retrete, que escribía anónimos firmados al tío Anselmo y eructaba hacia el hueco de la escalera para espantar cucarachas. A mi hermano le caía bien, porque había escrito un ‘Manual del perseguido’, que él llamaba un dossier para su seguridad. En el frenopático lo leían como el TBO, y Roró vivía empeñado en que lo suyo era monclovita, de 007 comunista, junto a la momia de Lenin y las cúpulas teñidas del Kremlin, o de Basileus, rey.

A Roró Patoso se lo cargó uno de sus fantasmas, un tío harto de que le amenazase con incluirlo en un dossier. La tarde de marras yo iba a meterlo en el Club, y hacerle arder, como ensayo, en la cabina del láser para patos. A Roró le iba al pelo, por el mote. Pero se me adelantó. La frase que pillé parecía de Chandler, sólo que yo he leído poco, y no sé.

-Cualquier cosa que cambie mi vida será una bendición, así que adelante, cabronazo hipodeputa.

Lo dijo con solfa, seguidito, y el otro callaba, pero no fue bastante para aplacar al monstruo que se despierta cuando llega el momento, siempre llega cuando alguien te carga tanto que ya todo te da igual excepto liquidarle, eso deben pensar los marines y los kamikaze, no sé. Terminator. Cuando entré, vaya faena, Roró Patoso me miraba con un gesto verdoso, los ojos vacíos aunque no tanto como su cerebro, un compuesto de ácido y betún, sin alma. ¿O todo dios tiene alma en este puñetero mundo? ¡Trabajazo para el más allá, clasificando y distribuyendo que si arriba, abajo, al centro…!

¡Han sido las torrijas! (En la corte del rey de Castilla). 233

7 enero 2011

¡Han sido las torrijas!

-Mc Arthur copió el ‘volveré’ del carlista Carlos de Borbón, cuando se marchó de España. Pero no regresó.

-Está volviendo siempre. Pero calla, como el pueblo en Godunov. Sólo hablan los del poder, o sea ellos. Los tres juntitos. ¡Pobre Montesquieu!

-Un vendido. Lo sabía, y engañaba. Al pueblo, que se deja, y lo pide.

El juez Ontiveros se rascó  el occipucio. Llegaba tarde a la comida con los consejeros del Presi. ¡Y por culpa de aquel pelmazo con su voto particular! ¿No se daba cuenta de que la justicia es un medio y no un fin? ¡Lo otro es cosa de filósofos! Residuos para tesis de los Bolonios y los despistados.

A la consulta de Isa la Pito (nisa), Isa la Pisa, iba mucho bodorrio. Una vez llegó  disfrazado de misil el juez Zorrón, que peguntó si sería el próximo presi de Gobierno.

-Tu mujer te la pega -dijo Isa, que le confundió con el carnicero.

Zorrón salió en estampida.

-¡Esta vez les pillo! ¡Los pillo!

Cuando estaba de los nervios era loísta-leísta, alternativamente.

 

Cosas que te hacen cambiar. (En la corte de Felipe). 232

7 enero 2011

A todo esto, nadie explica qué es lo que se siente

Cuando a tu alrededor van pasando las cosas que te hacen cambiar a cada instante y ver cómo todo lo demás cambia, y siendo igual todo ya nada es lo mismo, y eso es porque esas cosas tiene que explicarlas uno, cada uno a sí mismo y para los demás si quieren oírlo y eso es lo que voy a hacer ahora, si me sale. Porque nunca se me ha dado bien la confidencia, se me da mejor la fotografía, un poco retocada quizás, como si sabiendo tocar el piano o la trompeta, eligieras la armónica que suena poquito y se notan menos los desafinados. ¿Y cómo voy a explicar, asimilando previamente en mi conciencia, lo que es de otros, si lo mío, lo de mí, es una bola atascada en el tubo? Sobre todo de vez en cuando. Por ejemplo.

En esos días que eran como noches, en los que la oscuridad del alma me acercaba al más total vacío, y los excesos de Juan de la Cruz se me antojaban los delirios de un comic, pensaba que todo iba a arreglarse con determinación y con orden. Y de pronto esos dos vocablos se me antojaron nombres de retoños de la Revolución, dos gemelos bastardos y maléficos, no sé si incluso contradictorios o contrarios y excluyentes. O contradictorios y contrarios y excluyentes. Nada, ni la solución de los enigmas, me servía. Y yo era el (sufridor) de todo. Un esclavo universal. La Ostia. A la vez satisfecho y contrariado, como parecen los gatos.

Odiar a los inocentes es atributo de los culpables. Eso no es de Cicerón, o de cualquier moralista de la Wiky, del Catón, del Catecismo, del Camino -¡qué olvidado! O de los manuales de estilo o de urbanidad o de formación del espíritu nacional hoy educación contra la ciudadanía.

Aquello que sentía no era depresión. (En la corte…). 231

7 enero 2011

Aquello que sentía no era depresión.

Algo similar, como un pariente cercano. Le costaba trabajo hablar, moverse, pensar. Era un efecto secundario a la pérdida de la ilusión. Los tópicos que definen la persona, por más que nos neguemos a aceptar que fuimos expulsamos del Edén cuando nos faltaba un hervor. A medias. Un concepto tan real como el aire, invisible pero necesario hasta el tuétano. M. había perdido el entusiasmo, y ya todo era esperar o decidirse al fin. Como el gatopardo aquella noche en el granero, cuando sus sentidos no les respondían y el estímulo pareció inexistente. ‘No lo aguantaré. Pero aguantó’. Y lo del triángulo… Podía entenderlo. Cuando M. vio a Silva bendijo tres veces a sus padres y hermanos, como Odiseo a Nausica. Se lo recordó El Automático: tres y no dos. El tío Amadeo tiene sus razones -pensó-, mientras pensaba que daba lo mismo, y que debía buscar más eso del nirvana, no pensar, pensar en nada, como los místicos, como los budistas, o sea ni unos ni otros, que son puro mercado, como quizás su símbolo ¿o era el trasunto? Deshojar la margarita desde el comienzo del mundo y encontrarse con el último pétalo entre los dedos cuando ya el objeto de su interés ha desaparecido. O es inútil seguir, porque el tiempo ya es un enemigo. El Poeta movía la cabeza, de la que salían hilillos del Partagás, con el efluvio de un Martínez Lacuesta del 86.

-Si crees en eso, no crees en nada. Creer no es una virtud, es una majadería. Por ejemplo: sufres porque has hecho algo malo en otra vida. ¿No decís eso de la mística y el nirvana y el karma? Esas mezclas que son como el opio adulterado, y lo menciono porque estás más demodée que la decoración del Palacio de Linares.

-Es como la física. Una ley, la de compensación de las conductas en el universo. Lo del aleteo de una mariposa, que influye en tu digestión… Cosas así.

A Lonsi le encantaban estas digresiones, y practicaba con su consorte, entrenando.

-Lo de la vida anterior, y la futura…¡fascinante!

Y una mierda. Lo único que faltaba, vivir otra vez. Y encima en este puto Jardín. Quita allá, hombre.

-Eso decía mi abuelita. -Lonsi hacía palmas-. Era de pueblo, más lista que el aire.

Buena chica. Y guapa, con ángulos como la Bruni, pero pensándolo bien… Todo está en éste. En este mundo, digo. El único.

-¿Y tú eres el de Star Trek?

-Eso es de otro tiempo, y otra dimensión. No obsta, Poeta.

-Pues sí que obsta. Y hay que estudiar física. De ahora en adelante haré versos cuánticos, tipo Newton. Para que me den algún premio, que buena falta hace en casa.

Si esto pasa por algo que he hecho, o que no he hecho, en mi vida anterior, voy apañado. Porque en la próxima tampoco lo pasaré demasiado bien. Y Elenita, dónde diablos andará entonces, cuando ya ni nos conozcamos. ¿Distinguiré su olor, al menos? ¿Por qué no pueden olvidarse algunos olores? ¿Por qué no puedo olvidarla? Hora es de caminar, aunque  no hay que plantarse tan lejos. Sólo unos añitos… Así que os diré cosas en otro momento.

El tío Amadeo era una singularidad espacio-temporal. (En la corte…). 230

7 enero 2011

El tío Amadeo era una singularidad espacio temporal.

Desde sus dos quintales y uno noventa largos observaba el mundo a lo largo y a lo ancho con benevolencia. Tenía una debilidad, pero era demasiado fuerte: las damas. Y esa paradoja le mantenía en una situación de ruina permanente, a pesar de la herencia de la tía Mercedes, la rica de la familia. El tío Amadeo respetaba tanto su amoríos que no dudaba en alquilar una casa tres meses para intentar echarle un polvo a quien se hubiera podido follar en los asientos traseros de su Cadillac. Pero él tenía vocación de aristócrata, o de maharajá, y sonreía pensando en el anillo que regalaba casi por meter mano a las putillas de su entorno.El tío Amadeo era objeto de burla por parte de sus gemelos y de sus otros hermanos, que le llamaban el buey mudo, como al Aquinense. Vete a saber por qué. Quizás porque jamás levantaba la voz. Hasta aquella tarde. Regresaba en silencio, escuchando los pasos de sus tafiletes de suela sobre el asfalto húmedo de Claudio Coello, y pensaba que tal vez por eso, para escuchar el taconeo de su peso repartido en las piernas y depositado como una ofrenda pedestre a los desechos de la ciudad, tal vez por eso la calle era silenciosa y él estaba callado. Pero sabía que no era así. En esta ocasión al menos, es que estaba triste. La última vez que se sintió triste fue porque se le había picado un Campo Viejo del 64, y era de ver la congoja que transmitía, como en el funeral de la abuela. Ya le habían advertido, pero no se atrevió a luchar con la curiosidad morbosa que le llevó al garito, bueno, al piso de su amigo el guardia, un tiparraco bigotudo que hasta aquella tarde le pareció ordenado, meticuloso y galante con su mujer, una profesora de enseñanza media, que resultó más puta que un ejército de gallinas. El tío Amadeo llevó a su granadina, la mujer de su vida -decía- a quien conoció en la puerta del Tyssen, una víspera de su aniversario de boda, la última, el 28 de febrero. Como había prometido no casarse más, lo hizo, la tercera vez que le pescaron, en bisiesto, el 29 de febrero, para no recordar su aniversario como todo el mundo. Pensaba que cruzar los dedos para no jurar o prometer fidelidad y esas cosas en serio le habían dado cierto gafe, y creía que en esta ocasión, ya madurito, iba en serio. En la casa del guardia, la mujer le atacó, pero así por las buenas, le morreó y le excitó, se lo llevó a la cama y allí estaba, pensando en acabar y volver con su granadina cuando apareció ésta, con las tetas, unas preciosas tetas, al aire, unas tetas que el guardia sobaba con unas manazas peludas y que de vez en cuando repasaba con la lengua, el más poderoso músculo del cuerpo. Amadeo pensó que le habían llevado al huerto, y que era demasiado tarde para saltar la tapia y regresar. Así que eyaculó como un paria, y sintió sus músculos languidecer mustios y laxos como su corazón. Y allí lo dejó para siempre, en aquella cama que no había podido rechazar porque en asuntos de sexo era incapaz de rechazar las tentaciones.

-¿Por qué lo has hecho? -Le preguntó.

Ella le miró extrañada. Y entonces comprendió Amadeo que era un gilipollas.

-Bueno. Yo también tenía ganas de cambiar.

Así de fácil se acaba el mundo, en un intercambio no deseado, cuando el truco es llevar al putiferio una dama de compañía. Pero en aquel caso, luego lo supo, es que el guardia deseaba a su novia, y había urdido la engañifa con su mujer, la Celestina. M. pensaba -cuando se lo iba contando,  como si le leyese ‘las Mil y una noches’, su favorito, qué distinto era el tío Anselmo, el gran mixtificador, elegante, retórico, millonario. O el abuelo Miguel, o su padre, o el tío Amador, aunque de éste sospechaba que quería imitar a cualquiera de los otros con tal de huir de síi mismo, o de que no le reconocieran ni los espejos. Conservador, aburrido, distante…así era el tío Amadeo. Dilapidador por consunción, nada de prodigalidad, sólo bon vivant y a tirar de las herencias. Por algo se llaman ‘bienes heredados’. Miguelito no había heredado nada ni pensaba hacerlo y eso liberaba un poco sus entrañas del vicio de matar al pariente, asesino en la causa, moralmente reprobable. ¿Habría que confesarlo? La restauración del sacramento como una generalidad emotiva, cosmética  y casi norma de higiene, había puesto sobre la mesa, junto con el Apocalipsis de Pedro Romano, el Pedro II, el último Papa, los antiguos pecados de la carne. Los curas acudían en tropel a los confesonarios en su rol activo, como entrenadores del más allá en el más acá, y se habían creado ya las Webs del perdón, donde evangelistas, adventistas, pastores, todo el nomenclator de clérigos y familia conceptual que no ejercieran el sacerdocio católico, suplían los bienes y las bendiciones del Espíritu con charletas de autoayuda. Previa confidencia de las cochinadas o los navajazos que se habían apoderado del orbe. Como en el Jardín de las delicias, un mundo en el que el Edén estaba olvidado y el Infierno preterido, a costa de un mundo feliz, salvaje, surrealista y de pago. Para su gran familia, el mundo era un trasunto del Purgatorio, o el Purgatorio mismo. Y cuanto más ateo era el orbe, más meapilas los suyos, por contrastar.

-Un símbolo, Miguelito. Todo lo que nos rodea.

Querrían decir que lo material es la sombra de lo real, un platonismo de verbena, o es que el platonismo es todo de salón, ya puestos.

-Los curas no son de fiar. Y menos cuando te confiesas.

El buró del tío Amadeo contenía todo tipo de revistas eróticas, pero primaban las de buen gusto, como correspondía a su clase. Y sobre todo al correo desde Alemania, que mantuvo incluso desde antes que los Reich se convirtieran en la basura de todo conferenciante progre. Deutschland exportaba fotos apabullantes, además de bielas y motores completos y los cerebros del bien y el mal. Amadeo, que era pacifista, como todo buen burgués, las clasificó por épocas, colores, poses y ciertos gustos personales, y así las encontré yo -pensaba M.- inocentemente, y así lo relaté en aquella confesión al cura de Órgiva, quien se apresuró a transmitir el secreto al propietario del pecado.

-Me has jodido, Miguelito. -Nunca lo dijo, pero lo decía su mirada-. Me quedé sin cromos.

Porque el clero entonces mandaba mucho. Mi amigo Ted huyó de Irlanda porque no soportaba el dominio delas tres pes: Priest, Politics, Paysans…Y un buen sexto mandamiento era la clave del infierno. Justo a donde me quedé con ganas de enviarle, y donde quiera Dios que esté, por ese pecado contra el espíritu, despreciar al adolescente como si no fuera suficientemente perverso para que su confesión valiese la pena. Aquella fue la última vez que lo hice, en cada garito o confesonario veía la cara de cerdo del develador de secretos, y cuando quería comulgar le decía a Dios que allá iba, sin intermediarios traidores. Lo que más sentí fue perder el tocho de revistas, hurtadas ya para siempre a mi sed de conocimiento. Aquellas figuras, que aún recuerdo, pudieron hacer de mí un humanista y me hicieron sólo un resentido contra los ministros felones de una iglesia que los acoge con gusto y un fervoroso de las buenas maneras en el amor, cosa ésta que me ha ido rematadamente mal, porque si algo se aprecia en el sexo no son precisamente las buenas formas. Aunque ellas digan hipócritamente lo contrario. El caso es que después de precisar que nos dejaron en la inopia, con tanto buen vivir, sólo faltaba la herencia de la expiación, la judeocristiana, el mal del mundo sobre nuestras espaldas, el llanto y crujir de dientes allá y acá, y otros viviendo por ahí tan ricamente. Hasta que llegó Elenita.

Elenita tenía los ojos árabes de una francesa nacida en Oslo, algo más bajita y  de sonrisa tostada como el azúcar moreno. Yo no tardé ni cinco minutos en saber que era la mujer de mi vida, y cuando vi que no lo era ya habían pasado unos cuarenta años. Aún la sigo buscando. Cada primer viernes, en el Club, hacemos una ofrenda a Némesis, la diosa de la venganza, no sabemos contra quién, pero muy en serio, porque quien se la llevara sin dejar rastro me hizo añicos el porvenir, junto con el presente y la mitad del pasado, que entonces era muy poca cosa, hablando en eones o en milenios, o en centurias, o en lustros, incluso en meses y casi días. O en ángstroms. Pero es que un día a su lado era una vida, y yo lo supe. Supe que eso les pasaba a otros, a los otros, supe que esas cosas siempre les pasan a los demás. ¿Cómo se encuentran las medias naranjas si antes no las partes y las separas? Si en ese momento alguien te distrae, por ejemplo, llevándote al cole, a otro cole, o a otra ciudad, o a otra calle, o te pone en ridículo con un bañador de tirantes, o resulta que se te caen los hombros y te crece demasiado la osamenta, o lo que sea, y Elenita no anda por allí cerca, pues desaparece, y sólo Wall-e supo ir tras Eva, agarrado a la escalera de la nave, agarrado al destino como un buen robot, que sabe lo que quiere y sabe decir que no a tanto progenitor y tanto tío y tanto maestro y tanto hermano y tanta coña marinera.

Hoy he visto que cada día me parezco más a mi hermano., Me ha parecido verle, y era yo. El espejo me ha devuelto su mirada, más aún, su gesto, era mi gesto, miraba yo la imagen que el espejo me devolvía, pero era él, seguro, incluso en los matices de menosprecio o de pena por qué sé yo qué, tal vez por serlo, y me he dado cuenta de que no vale la pena seguir luchando por encontrar a Elenita, justo cuando me he dado cuenta de que jamás he luchado por encontrarla, y que he supuesto que mi vida era como era, sin nadie o con quien fuera, porque bastante tenía conmigo mismo, alguien de quien estoy más que harto, creedme. En el Club estiman mucho este desdén, porque es la paradoja… ¿cómo dice El Púas?…algo de la física, cosas del Hawking y esa caterva.

-Un punto de locura. ¿Quién lo dijo? -Silva era muy práctica, no necesitaba nada y caminaba deprisa. Todo según el guión. Hasta que el médico aquél se equivocó, casi la mata, y perdió a mi hijo. Claro, tenía el suyo, pero no era suficiente.

Por eso también le maté.

Un punto de locura. ¿Quién lo dijo? ¿No es necesario para la vida? Para vivir, no para ser un esclavo. Además, miradme a los ojos, ¿no habéis deseado hacerlo alguna vez? Quitar de en medio algún degenerado, alguna escoria, eliminarlo por higiene, sin contar con los jueces que llevan chófer y guardaespaldas y no pisan las cagadas en las aceras, sin contar con los políticos, forrados y fondones, que llevan desde la cuna su coche oficial con sirenas para que sus comadres hagan compras sin atascos, sin contar con la poli, que ya quisiera y no puede, porque ahora toca poner multas y Hacienda es lo único sagrado. Espero que me toque un buen tribunal supremo, el del otro barrio, en el de éste, que le den, creo menos en él que en el gordo de la primitiva. O del euromillones, para cumplir con el programa. ¿Quién dijo qué? Me da igual, es un lío, lo de las citas, y eso de consultar, lo mismo. Me colé en los Juzgados, vaya tela. De vez en cuando consultaban un libraco, ahora que está todo en internet, todo, hasta cómo fabricar la H. ¿Cuántas habrá por ahí, de matute? No las tiran porque los mandamases son tan cobardes como lerdos, y matan si no están cerca. Y la H les puede salpicar. Lo de las citas y los centones es cosa de pedagogos relamidos. Venía yo a casa de Amadeo a que me contase historias, ya sabéis. Y lo hacía. Muchas las he dejado por aquí, en el Jardín. A lo mejor crían, como la gallina de Pili, que empolla pavos reales y los pollos la siguen como si fuera su madre. Lo es, los ha parido. No los ha engendrado, pero eso es lo de menos. La paternidad no es el polvo, eso es la jodienda. Eso, ese puntito de la pajita, es lo que hace falta. Imposible de otro modo ser felices, ni triunfar ni tomar decisiones.

El tío Amadeo se ha puesto serio y eso me hace pensar si no estaré hablando demasiado. Con este pedazo whisky le pasa a cualquiera. O le está dando el cólico.

-Incluso la de mandar todo al carajo.

Pues sí me escuchaba. Esa es la decisión sublime.

-Y… Otra cosa… He leído -señaló los anales del CDF, encuadernados en rojo-  y lamento disentir. Parbleu! No lo lamento: esa teoría tuya  de la duplicidad… ¡Falsa como el oropel! Aunque llamativa. Poco escandalosa, algo ñoña, quizás aburrida como una tarde de adolescencia… ¡La realidad somos tres! -Se echó a reír-. ¡Qué francés suena! ¿O es alemán? Esos dos pueblos, unidos, serían invencibles. Por eso siempre se pelean.

Me acordé de repente: horizonte de sucesos, paradoja del tiempo, cosas así. Aquello me sonaba. Era el pasado. Aquello me sonaba. Era el futuro. Y yo en todas partes. Y en ninguna. O no de la misma forma, o sí. En mi vida pasaba, y pasaba en la forma de contarlo, que era vivirlo.

-Por eso siempre se pelean. Y nosotros al furgón de cola. ¡Ni con América, ni con media Asia fuimos capaces de hacer algo glorioso -y de permanecer en ello! ¿La conquista? Un alarde de abusos y engaños, que ni ahora queremos redimir…. ¡Vaya nación de naciones! ¡Nos merecemos a Patacero!

Yo estaba perplejo, claro. Y eso me gustaba. En las situaciones extremas me encontraba bien, porque suponía que eran difíciles para todos. En las normales lo pasaba fatal, porque pensaba que a los demás les resultaba más fácil lo que fuera, la tarea, la respuesta, conversar, sonreír, cargarse a alguien, robar, rezar, mentir, joder, cosas que para mí eran casi invalidantes. Por eso contesté, o pregunté, espontáneamente, como un insecto que descubre la mano y los acantilados sobre el fregadero.

-¿Y eso de… los tres?

-La Trinidad. Ahí -miró por la ventana- ahí está todo. El triángulo. Tria iuris praecepta, el pubis del mundo.

M. alzó su copa, y el invisible contertulio, el otro, le sonrió. Estaba seguro. Como lo hace el bien y el mal. Como lo hacen la espera y la acción, que cazan juntos en el caos. ¿Por qué se le ocurrían esas cosas? De nuevo supuso que era la locura. Un punto de locura ya no era bastante. Daba igual. Ahora estaba solo, y a nadie tenía por qué dar cuentas de su propia soledad.

 

 

 

La eternidad es el instante. (En la corte de Felipe). 229

7 enero 2011

Si la eternidad es el instante,

¿por qué ocuparse del futuro? ¡Y pre-ocuparse de lo que (aún) no existe!

Aunque ¿hay algo que no exista? Aquella mañana de mayo, como en la cancioncilla, todo parecía posible, o sea, todo existía, incluso el mal que se va nutriendo del bien y se descubre como un parásito, hasta que lo expulsas cuando de ti sale todo, es decir, sales tú mismo, y nada queda porque ya no eres nada, solo tu parásito. Me lo dijo una tarde, de noviembre, el tío Anselmo.

-Ese que sale, Miguelito, a salvo el sagrado secreto profesional, es un héroe. Cree que tiene obligaciones, y quiere cumplirlas. Aún a costa de sí mismo, o sea, de las obligaciones que todo bicho viviente tiene hacia él. Pero ya lo entenderás algún día, si es que no te dedicas a la banca. O a la política. O al clero… ¡Bueno! Las excepciones confirman la regla…

El tío Anselmo se daba explicaciones a sí mismo, de modo que era uno de los héroes, que justifican la vida por lo mal que te lo hacen pasar los otros.

-Hijos, mujeres… Sobre todo mujeres, M. Se las pintan solas para complicar la vida, y de ellas aprenden muchos tíos, que las imitan. Hasta los torturadores y los artistas, que se parecen, las imitan, y ponen carita de matacallando mientras manejan sus instrumentos contra alguien.

Yo no entendí bien eso, al menos no del todo. Me refugiaba en los libros del despacho, las ilustraciones eróticas, sobre todo, y el resto del mundo desaparecía. No existía, ¿veis? Los ojos y los demás sentidos son las ventanas de nuestra casa, el cuerpo y el espíritu su amigo invisible. Si se cierran, no hay nada. Pero sí hay otros sentidos, es mentira lo de los cinco. Por lo menos hay seis, que yo sepa, y uno es comodín. La percepción extrasensorial, la llaman, pero es la intuición, un hada de alitas frágiles que suele dormir.

Soñé que debía primero ordenar ¡a formar! Y luego contar una multitud de ‘casinistas’, adoradores de Mussolini, gente que iba a una boda o algo así, y al tiempo debía votar. ¡Cómo ordenar al prepotente! Siempre discutiría la orden (no: la sugerencia. La orden la admite, porque es cobarde y teme la autoridad, teme al poder, no a la inteligencia).

Conté y me perdí. Iba buscando y la gente se había ido. El tiempo transcurría. ¿Cómo ser héroe en el circo? ¿Cómo hacer el triple salto? Olvidando el riesgo, pero eso es algo imposible porque para mí el riesgo es la gente, trabajar para ellos.

Prefiero hacerlo para nadie. Pero eso es perder y luego ser objeto de la chanza. ¡Una construcción curiosa! ¿Latina? Est hosti ludibrio.

Cansado, desorientado, fracasado, harto.

 

 

 

 

Los viejos leones no deberían morir. (En la corte del rey de Castilla). 228

7 enero 2011

A lo mejor es que eso del interés por saber…

No es algo general… Me desconcierto, y ¿por qué? Me decepciono, quizás, y ¿por qué? Algo dice que debería ser común, y que eso te satisfaría, porque tú servirías para algo: algo de ti iba a quedar en el conocimiento y la esperanza. ¡Ridículo! Como la semilla y el fruto… Esas minucias.

El caso es que los viejos leones no deberían morir. Deberían permanecer siempre tumbados, erguida la cabeza, llena la mirada de placidez y de majestad. O irse al cielo, y desde allí velar y rugir para los suyos, como Mufasa. Como los héroes griegos. Un viejo león no debe competir con los jóvenes. Ni siquiera las hembras lo entenderían. Debe esperar haciendo otras cosas, en un retiro dorado, quizás recordando, al sol, sin sobresaltos. Y esperar. Si tiene suerte pasará cerca una leoncita despistada, y entonces sí: entonces que no dude en echarle las uñas.

Sixto Floro lo sabía, y el tío Anselmo, los tres hermanos, incluso los gemelos ausentes y vengadores, mi padre… Pero no te equivoques. Esta letanía no significa que todo el mundo estuviera al tanto. Sólo quiere decir que ya no era el momento de luchar por casi nada. Es un tema recurrente: no es el momento de lo que sea. Y luego se pasa, y entonces, cuando se ha pasado, sí que no es el momento de nada. Pero otras veces llega el momento y no estás preparado porque cree que ya se ha pasado, y es un lío. Cuestión de vista, o de suerte. El destino, el karma, y echarle jeta. Los políticos son muestra, y los sindicatos prueba. No dan clavo, y mandan y los demás bailamos a su son. Los banqueros son el látigo y ellos la mano, o al revés. Así manejan la recua, el carro de los esclavos, que no inventa ni la guillotina ni nada de nada. A Sixto Floro, el amigo pelirrojo, le gustaba la cerveza, sabía de barcos, tenía bigote y era un cachondo. Sólo le faltaba ser tía para que gustase a los hombres. Bueno, a los hombres que gustan de las mujeres. Incluyéndome a mí. Cuando le vi en el funeral, y él era el muerto, no podía creerlo, de veras, aquello parecía antinatural, un error de bulto, como si Dios en vez de descansar el séptimo día se hubiera puesto a deshacer su trabajo, a destruir su obra, que hace un rato de nada había visto y dijo que era buena.

Pero ellos, todos ellos participaban de un ideal común, que como todos los ideales acabó con ellos, les consumió antes de tiempo, si eso existe en el tiempo, lo del antes y el después. Y es que aún luchaban por una cosa: las mujeres. ¡Vaya pifia! El Poeta lo dijo en su elegía: Ya no es el momento de luchar por casi nada. Menos por las mujeres. Salvo que al león le gustara suicidarse, o eso es lo que iba a buscar, un final honroso, como el de D’Anuntio:

Una buena morte

tutta la vita honora.

Yo veía el lema en la ruta del cole, por Concha Espina, frente al Alemán, en la casa de Andrés Segovia. A Andrés le dijeron que se olvidara de la guitarra, porque tenía los dedos morcillones. Pero él se rebeló y luchó por una mujer que le devolvió el cariño y no le perseguía por las esquinas como la Inquisición o Hacienda o los paranoicos tipo Usuras o María o el perro memo del vecino, que echa en falta siempre una zapatilla, su almohada, su niño, su baba calentorra. En el último partido de Copa del rey, antes de que se suprimiera, pitaron al himno nacional, como los bolcheviques y los zafios apátridas. A mí me da igual, pero así se llaman. La gente tiene derecho a conocer la verdad, y en ese caso, cuando existe ese derecho, no existe el derecho a mentir. A Sixto Flores, que había leído en Pontevedra, en el monasterio de Poyo, la obra de  Gonzalo Fernández de la Mora, le dio una apoplejía. ‘Nunca pensé que fuera a tener un ictus de derechas’, le contó al médico, bueno, a la enfermera que acudió solícita, le atendió en el banco o como se llame eso que soporta los asientos en el estadio y se dispuso a tomarle el pulso, la temperatura y el pelo.

-¿Y qué es eso de una buena muerte? ¿Quién establece -salvo uno mismo- los paradigmas que encajen en ese terrible, aparentemente inocuo y pacífico adjetivo?

Llegar tarde a la juventud implica llegar tarde a todas las respuestas. Así que no vale la pena seguir preguntando. Llegar tarde a la juventud, demorarse en la torpe adolescencia, tiene eso de malo: Nunca las cosas llegar a estar suficientemente claras. Nunca. Y no sabéis -o sí- la cascada de consecuencias que eso conlleva: Alguien con quien compartir la esperanza y los sueños… Ese alguien no llegó nunca. Sólo compartió el dinero. Ni siquiera la melancolía. Sólo la conciencia de que, al fin y al cabo, fracasar es lo más habitual, lo más normal del mundo. ¿No es el matrimonio un egoísmo compartido? Eso es una simpleza. La vida es un egoísmo compartido. Cuando triunfas. Pero en lo demás es un egoísmo solitario, que suele, y deja por eso de ser solitario y evita el oximoron, evita el griego y el francés, evita ser uno para ser doble, tú y tu nimiedad, tú y la piedra en el uréter o el grito en la noche, tú y la soledad, tu compañera, y eso en el mejor de los casos, casi siempre. Porque en otros muchos, por ejemplo, en el de la chica que llora en la puerta de la disco, porque ¡oh necedad del amor, que tanto se engaña que ya ni a sí mismo se conoce! ha visto a su chico con otra, retozando como un puerco en el charco del vecino, cuyas aguas oscuras y sucias ya no le son suficientes porque la mierda y el dinero cuanto más se tienen más se quieren, se atraen y ya no es posible prescindir del todo de ellos, y al rico le queda algo y al guarro también, por mucho que pierdan o se laven, respectiva o recíproca o alternativamente.

Pero en nada de eso cavilábamos cuando llegó la tarde de los cuchillos. La tarde de los cristales, de los largos gritos, la tarde de la noche que hay en todas las vidas. La tarde de los tiros en el zoo, el hogar de Maqui, el refugio de los miembros del CDF,  nuestro club.

 

 

 

Cime, el cornudo pagano. (En la corte del rey de Castilla).227

7 enero 2011

Cime, el cornudo pagano,

El Púas, Guardi, todos nosotros quizás, los fracasados, rescatamos, por así decir, a los triunfadores: Lonsi, con su bella sonrisa de yegüita, Lonsi ‘la consorsi’, como la bautizó El Poeta, que estaba enamorado de ella, naturalmente, El Cátedro, La Modelo, incluso El Presi, aunque tendíamos a excluirle, porque seguro que a él, tan vanidoso y tan mentiroso, no le gustaba incluirse, y de ese modo cerrábamos el bagaje cultural de los verbos opuestos, muy de política hispana. Tan cerril.

-Y sobre todo a ellos.

Asentí. Asentimos, con la media sonrisa de quien está en el secreto. Filipo y Leti, sobre todo ellos. Directamente o a través de sus niñas, Leo y Sofi. Miguelito lo llama, a ese espectro de luces que se filman al amanecer, cada día, lo llama ‘fracasados versus triunfadores’, ¡FUSTES! Un hallazgo.

Pero la cosa es más peliaguda. El contubernio de todos contra todos se traduce en que alguien ha llegado primero. Para pedir el crédito, para salir con la chica -o acostarse con el chico- y para matar a alguien. Por muchas ganas que tengas. Cuantas más ganas, más tarde llegarás, así que el paso corto y la mirada larga. Al menos cumple las normas: actuar como gente de pensamiento y pensar como gente de acción. Si en vez de gente digo ‘hombre’ alguien va a arrancar la página. Así que viva lo políticamente pedocorrecto.

El Usuras, El Inspe y su Letrado formaron un cártel, como el de los colombianos de Medellín. Su objetivo era joder la vida a alguien, si se dejaba. Pero yo no me dejé. Por eso me cargué al Usuras y le eché la culpa al Inspe. Fue fácil, porque contaba con la inopia del Letrado. Se llaman así por la sopa.

A Caín -¿o era Abel?- no se lo cargó Isa. Ni Silva. Me lo cepillé yo también -una manía- con una mezcla de arsénicos que me dio mi amigo el veterinario. Se mete en el pellejo con una microaguja, menos pinchazo que un mosquito. Ni se enteran, y todo parece un sueño. Sólo vomitan un pelín, pero aquel día todo el mundo estaba un poco guarro y confuso.

¿Creéis que lo del tráfico de armas y esas minucias mandan en el mundo? Bueno, en los Bancos sólo mandan las mafias, y eso es parola maiore, Comendattore… Lo que manda en la mafia es el arte. Sí. Los assassini se chutan y sus líderes y amos o son dioses o quieren serlo. Nada tan glorioso, pues, como la Capella Sixtina. Dios y arte juntos, ni Código da Vinci ni Cristo que lo fundó. Y el cuadro de Silva era el último Velázquez, más simbólico que ‘el último mohicano’, con su trencita y todo. Al catalán se le antojó.

-Fue a la maestressa. Manda ella.

-Da igual.

En los palacios de la Costa Brava, fortalezas en la roca salvaje, como los salmonetes, queda muy bien el Guggen y el Tixen, y esos ocultos fondos de El Prado, la N.G., o las N.G de todos  el mundo mundial, porque ¿quién no tiene una ‘Galería Nacional’?

-Así que era eso

-Déjame que te cuente…