Archive for the ‘El narrador de historias’ Category

GIOCONDA

13 junio 2011

 

En el estudio de Leonardo la luz se filtraba hasta alcanzar las mejillas de GIOCONDA. El artista retocaba con un fino pincel la superficie del lienzo.

 

-¿Sabes cuál es el secreto de la luz? Todos piensan que el misterio del cuadro es la luz, pero no saben que es en la luz donde está el misterio.

 

Gioconda sonrió. Leonardo anotó el cambio de gesto con una suave pincelada.

 

-¿Y tú, conoces el secreto de la sonrisa?

 

Leonardo da Vinci dejó la paleta sobre un velador de enebro, junto al caballete. Tomó una copa de vino y la ofreció a la mujer.

 

-¿Hacemos un trato? Tú me cuentas un secreto y yo te digo el otro.

 

-¡Mentiroso! -Dijo ella- Tú nunca me lo dirás… Pero yo sí. Anda, cierra los ojos.

 

Y La Gioconda dictó a Leonardo un cuento, en el que se guardaban los secretos de sus Códices, porque, de otro modo, nadie podría saberlos.

 

‘Un día de mayo’ -dijo- en la campiña de Siena, la familia Buonarrotti decidió ir de excursión. Había pasado ya la feria del caballo, y gracias a las ventas podían tomarse un merecido descanso. ¡Vamos, niños!, dijo la madre, que como una hermosa oca iba recogiendo a sus pollos dispersos, que esa es la ventaja del campo: puedes correr y jugar sin otro límite que el horizonte y la oscuridad. ¿No vienes?, preguntó Alicia, la hermana pequeña, a su hermanito Froilán. ‘No me apetece’, contestó. ¡Qué raro! Sí, era muy extraño, porque nadie con más ganas de salir y de descubrir nuevos mundos que el niño. Pero es que Froi tenía un secreto: había descubierto en el viejo desván, en aquel desvencijado buró del abuelo, un libro. Más bien un paquete encuadernado de láminas, pliegos con trazos de colores, mapas, signos, imágenes. Y el pequeño sintió que aquellas palabras y aquellos dibujos le hablaban. Lo sintió de tal manera que lo envolvió en una tela fina, colocó cuidadosamente el paquete bajo su almohada, y se dormía sobre él, después de haberlo navegado, después de recorrerlo con la pericia de un explorador, y se dormía tocándolo suavemente, como un enamorado acaricia la nuca de su amada con la mano y así se duerme feliz.

 

‘¿Qué le pasa a este niño que no quiere salir al campo? ¡Vamos a pescar al lago, nos bañaremos, comeremos pizza y canelloni! ¿No estará enfermo? Tampoco Froilán lo sabía. Al menos no sabía por qué. Sí, era el libro, desde luego, pero, ¿no le bastaba saber que era su dueño, que le esperaba, que después de esos días ausente, tan pocos, iba a regresar, iba a encontrarle allí, quieto, esperando como un perrillo a su dueño, para lamerle las manos, para dar saltos de alegría con su regreso, para acompañarle a todas partes con zalamerías y requiebros? No, no le bastaba. El libro, o una parte de lo que albergaba, le quería allí, cerca, continuamente, como si la distancia o el tiempo fueran enemigos de algo que ignoraba, como si ese hecho de ausentarse fuera a suponer la desaparición de su magia o de su contenido. Así que se hizo el remolón, y logró quedarse con el aya Margaretta, que le había criado. ‘¡Está creciendo tanto! ¡Y tan deprisa! -había alegado, justificando esas manías adolescentes. Alicia se despidió de él algo triste, aunque esa melancolía iba a durar, exactamente, lo que tardasen en doblar el recodo del río, o sea, un par de minutos. Froilán lo supo enseguida: comenzaba a saber cosas así, intuitivamente, eso creía, no era la primera vez. Por ejemplo, cuando el maestro le miró, ya hacía una semana, y él supo lo que pensaba, y también lo que iba a decirle, pero se calló, y esperó, y comprobó que era cierto, que lo había adivinado, pero no le dio importancia. Se limitó a sonreír. Sí, con una sonrisa apenas esbozada, un poco enigmática, si queréis.

 

Froilán comió apresuradamente. El aya movía la cabeza, con cariño y un poco de tristeza, porque a las ayas no les hace falta nada para darse cuenta de todo. Y sabía que el niño se le escapaba, que ya iba muy deprisa, que pronto volaría, correría, saltaría, lo que fuera, pero lejos y solo, sin su compañía, sin su atención. Y esto de ahora, ¿qué iba a ser? Suspiró y rezó un par de Avemarías, que siempre le confortaba la fe, y un poco, aunque menos, la esperanza. ‘La esperanza no es una virtud -decía el mosén Jacinto- aunque nos empeñemos en ponerle nombre. La esperanza es cosa de pedir, egoísta, interesada’. Y Margaretta estaba de acuerdo. Para ella sólo había una virtud, la caridad, el amor, la generosidad de dar sin recibir. La fe era un regalo, y la esperanza un consuelo. Luego estaban las otras que decían en los oficios, prudencia y esas cosas, en las que desde luego no creía, porque ¿iba alguien en su sano juicio a admitir que la justicia se encuentra entre las virtudes? Podría ser un adorno de la palabra de Dios, pero inexistente, una ficción, que así se llaman las cosas que se inventan. Y las demás son atributos de los nobles, que no tienen problemas de pobre, de los cachazudos, a quienes todo se les da una higa, en fin. Siguió a Froilán con la mirada, cautelosa y paciente como corresponde, pensando al tiempo que todo eso eran pamplinas. Porque su niño había apenas probado el postre, un arroz con leche casero, su favorito.

 

Aún no era tiempo para el amor. No había tenido ocasión Froilán de aturdirse con las mejillas arreboladas, los labios tiernos, la mirada de miel, el pecho blanco y rosa, los torneados muslos, o la simpatía femenina de las adolescentes del valle. Era demasiado joven. ¿Entonces? ¿Cuál era el motivo de su alunamiento? ¿Estaría maldito, como la hija del Conde, que paseaba desnuda por las almenas, los rubios cabellos al viento, cantando a voz en grito y señalando con los brazos un carrusel de ángeles que atravesaban el cielo? No. Su niño tenía la mirada limpia. No habitaba en él el duende, o el demonio, o la bruja, o el silencio.

 

Froilán cerró con cuidado la puerta de su habitación. Sacó el libro de la envoltura y lo abrió. La doble página mostró un mapa, y rodeándolo figuras polícromas, de rasgos delicados, personas y animales, que se entrelazaban como las guirnaldas de la fiesta mayor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 89

8 febrero 2011

Del diario de U-Ti.

He abierto el dique de arroz y su ímpetu lo ha roto. Mi alma está ahogada y se ha estallado mi corazón.

 

La juventud sólo se reconoce a sí misma.

 

La felicidad, esa esperanza… Pero no acaba de llegar, y cada paso es inseguro. ¿No podré sustituirlo por la convicción de que no existe?

 

Pero entonces dejaría de ser niña. ¡Y no quiero! Por mucho que pase el tiempo, por mucho que crezca, quiero mantener un punto de infancia en mi vida. ¡Y bebérmela, ávidamente!

 

 

Sin ti los días se arrastran… torpes y lentos, como un lisiado.  ¡Pero los años vuelan como la grulla, alta y veloz! Parecen dejarnos y despedirse. Adiós, no regresaremos nunca.  ¡Pero vuelven!  Y ya no somos los mismos.

 

 

¿Acaso ya hemos de renunciar a la felicidad? ¡Sería como hacerlo con la vida…! Pero ya quedó atrás la infancia, todo se derrumba, nos hundimos en un terreno movedizo, y a veces en un vacío hostil. ¡Qué decepción! ¡Que nuestro corazón ya no rebose fuerza y que poco a poco se olvide también de la ternura! Pero, entretanto, el ardor de mi juventud me posee como un dios, poderoso, inevitable. Y lo demás se ve lejano, o se ignora. ¿De qué sirven los consejos, o las máximas o la palabras bienintencionadas de los mayores? ¿No vivieron ellos ya su vida? ¡Que nos dejen la nuestra! No es egoísmo. No. Es la ley de la naturaleza, el karma, el destino.

 

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 81

2 febrero 2011

 

Estás en mis palabras, Li-Tao. No puedo rechazarte porque me hablas.

 

No me entristece el dolor, sino por qué lo siento: porque se ha derrumbado mi casa, y vivo a la intemperie, sin conocer a nadie en el camino, sin que apenas nadie me mire. Y los de dentro sólo lo hacen para sonreír estúpidamente diciendo: ‘Mira, no sirve para nada. Hasta su techo se le cae encima, y lo soporta como un pájaro muerto’. Y una cosa se me ha muerto, sí: la fe; ya nada creo. Y con eso dejo de creer en mí y en mi esperanza.

 

-¡No! ¡No voy a dejar que te lleve ese viento! Porque lo hará más allá del horizonte, y no podré hacer llegar allí mi barca. La fe es una mano y una sonrisa. No es ningún extraño rito, ni el secreto de un alquimista. La fe es esperar. Y mientras hay vida, esperar se hace necesario. Tanto como respirar.

 

-¡Es tan fácil decirlo! ¡Pero si yo apenas deseo nada más que una palabra y un tacto, de ternura! Sin ello, ¿para qué vivir? Será un castigo ver amanecer. Una pena que no se extingue porque la lleva consigo cada instante. Y al mismo tiempo…¡está tan cerca la redención!

 

 

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 80

2 febrero 2011

U-Ti sonrió. Luego, suspirando con fuerza, abrió la cortina. Un rayo de luz atravesó la habitación y allí quedó, inmóvil, deteniéndose en el aire lentamente.

 

Y entonces U-Ti lo sintió. Comenzando por el lento aleteo de una mariposa, apenas perceptible. Luego el batir de alas del colibrí, tan veloz que no parece existir. Y entre ambos, su corazón, que iba al compás de un gong apagado, un sonido que se golpeaba a sí mismo, con el nombre de quienes amaba o creía amar alternándose en el vibrante aire. Y aquello que sentía se  renovaba cada instante, e iba a renovarse como si el tiempo lo fuere recreando. “Es la pena. Diferente al dolor y a la angustia, porque se produce de nuevo, como si no hubiera existido antes, al pensar, al respirar, al vivir”.

 

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 70

30 enero 2011

 

 

-Maestro… –Li-Tao se atrevió, por fin, y su pregunta rebotó en las paredes de arcilla blanca, mirándole…- Maestro…¿porqué estás triste?

 

-Busco, sin encontrar.

 

-¿Y qué buscas, Maestro? ¿Acaso el bien, o la paz, o la dicha?

 

-Todo eso. Busco el amor. Un amor antiguo, que no puedo olvidar.

 

-¿Tan fuerte es su recuerdo, maestro?

 

El anciano movió la cabeza, como sacudiendo una pesadumbre.

 

-No es su recuerdo, Li-Tao. Es su deseo. Nunca existieron, pero los deseé tanto que formaron parte de mi vida. Y ahora, cada instante, luchan por transformarse en lágrimas.

 

La verdad y la conciencia. (I)

30 enero 2011

La vida sigue. La perspectiva es un lujo que sólo pueden permitirse quienes no están poseídos por los demonios. Cometas en el cielo, frases sueltas. Lorca y su comedia del sueño, parodiando a William. Se me ocurre que la verdad tiene muchas puertas por donde ella misma escapa. y que la pregunta de Pilatos  no es tan retórica. La verdad es lo que sentimos como tal, y la vida la conciencia de esa verdad. Que puede ser una mentira, que casi siempre es una mentira. La conciencia de mentirse a sí mismo, constantemente, para que la vida siga. La vida puede ser un vacío lleno hasta los topes de infinidad de…cosas. La vida puede estar llena hasta los topes de la nada, cuyas caras se multiplican en los espejos de la falsa conciencia, que se niega a sí misma la verdad. ¿Y qué es la verdad? La verdad es la belleza, creo que dijo Keats, si es que ese señor existió, y no es un personaje más de Dickens.  Entonces la belleza es la verdad. Y la conciencia, lo que se percibe como cierto o bello o verdadero, o bueno, o todo lo contrario, es el sentimiento de la vida. El sentimiento trágico de la vida. La vida como arte, como artificio, como simulación. El teatro de la vida. La representación está siempre fuera del escenario, que es una sobreactuación, para que nos aplaudamos o nos rechacemos a nosotros mismos, en la farsa de los actores, que han elegido ser su propio reflejo, es decir, nosotros. Nadie puede juzgar a nadie, y Dios ni se ocupa de ello, quiero decir que nunca se le ocurriría. Los actos son humanos, como el tiempo.

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 61

28 enero 2011

-Luego, luego… Cuando sepamos de qué hablarle, claro.

 

Llegamos a la empalizada. Un silencio espectral rodeaba las montañas, en cuya cima piaba el pollo del halcón. El murmullo de los dragones dormidos surgía con su aliento. Jade se asomó. Dio un respingo y estuvo a punto de caer hacia atrás.

 

Ya iniciábamos la huida de nuevo, cuando se detuvo.

 

-Esperad.

 

Y se asomó cautamente, como el galán que corteja a la doncella sin permiso de su aya. Un buen rato después se volvió hacia nosotros. Movía la cabeza, balanceándola como si regañase al destino.

 

-Con que era eso… El ejército de Zhuang.

 

Xi tenía los ojos abiertos como dando de beber a la luna. Yo estaba mudo, y sentía frío.

 

-¿Qué van a  hacer, amita? ¿A qué esperan los soldados?

 

-No sé… Quizás la magia de Qui-Xú, y su vara de fresno untada en la sangre del unicornio…

 

-¿El gran mago? ¿Para qué necesita un ejército la vara del mago? Su magia son las ballestas y las espadas…

 

-Tal vez para vivir, mi niño… Para darles la vida…

 

A mi hermanita Xi y a mi se unieron pronto los chicos de la pandilla. Íbamos a ver el ejército dormido, que aumentaba sus efectivos constantemente. Aprovechamos las fiestas de la luna llena, cuando un riego de plata enlucía las corazas de los guerreros. Algunos nos sonreían.

 

-Parecen contentos, Li-Tao. ¿Verdad? Quieren honrar a su señor.

 

Yo también quería hacerlo. Pronto mi padre iba a mostrar el camino que debería recorrer hasta que la edad tercera sobreviniese, un día en que las facciones que albergara el espejo me mostrase el rostro de lo desconocido.

 

-¿Y si viene ahora Qui-Xiú, y se ponen todos a andar?

 

Salíamos corriendo en cuanto la luna ocultaba su descaro tras las nubes bajas de la montaña. Desde casa continuábamos mucho rato con las manos unidas, comunicándonos el miedo y la esperanza. A lo lejos se escuchaban, como el eco de un alud temprano, las voces roncas de los obreros, satisfechos tras la cena de mijo con algas, carne de faisán dorado y sake maduro, la bebida que hace hablar a los lagartos. Xi me miraba antes de soltar mi mano, sonreía y se quedaba dormida.

 

Yo era el mayor, el guardián del hogar, un guerrero que ansiaba aprender los secretos de la palabra, el trazo del viento en la hoja de arroz, la tinta indeleble que transmitía los nombres de las cosas.

 

 

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 59

28 enero 2011

 

Lugar de  Qin, paisaje bucólico. Una villa entre montañas. Coro de niños que entonan, voces de cristal; la escuela del pueblo. Ríen.

 

Habla Li-Tao

 

Mi padre abuelo tenía una cantera de piedra caliza, en la ladera del monte Huo. La piedra blanda se endurece al sol, a veces entraba en los hornos de cocer ladrillo para dorarla. Los operarios la extraían sin esfuerzo, y sus bloques se cortaban con habilidad, empleando hilos y madera. No como en las canteras del norte, que precisaban el trueno y el fuego para arrancar la piedra de las entrañas de su madre, la gran Tierra.

 

Un día llegaron los emisarios del Rey. Hablaron con mi padre tomando té blanco. Mi abuelo les escuchaba desde su rincón, en silencio como siempre, porque ya sólo hablaba con los dioses. Luego vinieron miles de obreros y capataces expertos en la talla. Al frente del grupo, que enriqueció nuestra ciudad, se encontraba el gran Shao-Ti, el arquitecto de los duques de Wei. Yo oí decir, cuando niño, que el abuelo de mi abuelo había trabajado con el abuelo de su abuelo en la Muralla de los Xundo, cuyo nombre hace aún temblar a los pájaros del valle.

 

Mi hermana Xi y yo fuimos después de la fiesta del arroz hasta la nueva cantera. Nos asomamos entre los bambúes que empalizaban la entrada.

 

Ambos gritamos a la vez y caímos hacia atrás. Sentados de culo en el suelo nos miramos, atemorizados, incapaces de movernos.

 

Un ejército inmenso, preparado para el combate, aguardaba inmóvil, sereno como la brisa del Yantzé, en la explanada. Del campo brotaba un vaho denso, el aliento de los guerreros.

 

Corrimos sin parar cuando el Señor del miedo liberó nuestras piernas de sus garras. A borbotones, como cuando crece la levadura en el horno, salían nuestras palabras contando a Jade, el aya, lo que habíamos visto.

 

El funcionario del emperador. (Historia de Li-Tao y U-Ti). 55

28 enero 2011

De Li Tao a U-ti.

 

………..

 

Cada mañana, desde hace meses, setenta mil guerreros y dos centenares de servidores servimos de modelo a una legión de escultores. Todo es grande en la morada del gran Qin. Me rasuro la barba y cuido que el bigote esté perfectamente recortado, según manda la elegancia del señor, cuyo rostro enmarca un bonete bordado. Hoy he visto trabajar al mejor de los artesanos. Del bloque de piedra iba surgiendo el arquero, con su coraza tendida sobre la corta túnica de campaña. Rodilla en tierra escruta el lejano horizonte, que a sus ojos sagaces se concreta en puntos que crecen; el arco, tenso, guarda el cuerpo el emperador, y de sus flechas huyen los halcones y los fieros Hons. Aún conserva la suela de su calzado el dibujo ceremonial con que los talleres de Sind fabrican los botines de guerra. Se unen al polvo del camino y lo despiden, afirmándose al suelo sin resbalar.

 

Las cuatro viudas de S.A.

17 enero 2011

Cuando Soterio Álvarez se murió, sus viudas acompañaron al féretro del bracete, como buenas amigas. Hasta ese momento sólo se habían conocido de oídas, que en el caso de las mujeres es más que suficiente. Aparte de maldecirlo -como hombre que era- y aprovechar sus pensiones, nada tenían en común, en apariencia. La primera, Asunta, se le subió al cielo una tarde de primavera, cuando adolescente, y ya no le dejó hasta la primera madurez, con su hijo Jacobo. La segunda, Beatriz, le acompañó a los infiernos y allí le dejó poco después, con su hija Jacinta. La tercera, Casta, le conoció de visita a la mancebía, tan antigua como el grito del lobo, y aunque puta, fue la mejor, porque al menos no se avergonzaba de cobrarse. Su hijo, Jonás, desapareció en un ballenero, cuando le dieron el Erasmus para la Universidad de Tokio. Y la última, que se sepa, Diana, le pescó en una cacería, cuando suplía la escopeta por la caña con cebo, que para el caso es lo mismo. Puso Jimena a su niña, porque siempre le gustó el Mío Cid. Como la última se encargaba del féretro y de organizar las exequias, las otras pusieron las flores y una docena de misas, porque lápida y cenicero ya lo daba el seguro, una Mutua que de Virgen de los afligidos había pasado a llamarse Descanso postrero, que sonaba más moderno. Soterio Álvarez se habría puesto contentísimo de haber podido verlas, de cuatro en fondo, agarraditas como las coristas de la primera fila en el Moulin Rouge, venga a divulgar las excelencias del muerto. Y es que hasta ese momento nadie se había dado cuenta de lo fetén que era. Sus amigos, el del quiosco y el de la papelería, a los que era adicto, comentaban sus últimas palabras: “No hay quinta mala”, con media sonrisa de torero recién corneado. “¿Tanto te gusta la E? Porque tocaba Elena, sin hache, y tal vez Judas, para completar. Los nombres en jota eran cosa suya, de él, porque decía que esa letra simbolizaba los más suculentos verbos del diccionario de la real calle: joder, jorobar, jibar, jamar, jugar, incluso jipiar y jubilar. Incluso sustantivos de gala: jardín, jarana, jumento… Algunos residuales y desdeñables, como jabón, pero de poca monta, ya digo, antinaturales. Y el orden de las damas, a,b,c,d, era puro como el latín, sin la contaminación griega de la gamma, alfa, beta, gamma, delta, épsilon, porque Soterio nunca comprendió a los gatos, por muy pequeños tigres que fueran, ni a los gallos, con su canto ridículo, sus espolones de enanito rancio y su cresta prestada por el dragón. Tampoco entendía el bombo de los girasoles, tan pedantes, ni siquiera en el lienzo de Van Gogh. Las cuatro damas negras sonreían, con su puñadito de tierra en la mano, sólo que Soterio no fue enterrado, sino depositado en su hornacina, bien cubierto por el granito y a salvo de la corrupción, pendiente del último Juicio, que siempre había considerado su vástago postrero. Así que, mirándose a hurtadillas, soltaron la arena en el suelo, dejando un rastro de hormigas, y quedaron para un bocata de calamares y caña doble en El Brillante de Atocha. “Es por ella -dijo Diana señalando con su uña roja hacia Beatriz- tiene que coger el AVE de las cinco, y le pilla al lado”. Eligieron una mesa a la sombra, pero buscando el sol, mientras el camarero aguardaba, paciente y sudoroso, para llevar lo de siempre. Masticaron y deglutieron en silencio, con algún leve gesto de ansiedad, porque habían sido demasiadas emociones juntas: las obras del Ayuntamiento a la puerta de la Sacramental, que obligaba a encontrar un acceso misterioso a la vuelta, el encuentro con los hijos -excepto Jonás, que aún habitaba en el seno de la ballena- y su desaparición una vez tramitado el responsorio, el vahído de una espontánea joven y morena, con pinta de bailarina y una incipiente barriguita, consolada de inmediato por una par de voluntarios, y, en fin, el traslado de los restos, cuya inhumación mínima aún resultaba extraña a las tías de Soterio, que le habían reservado un mausoleo a todo mármol en el pueblo. “Madrid es otra cosa”, consolaba el quiosquero, aludiendo a la carestía del terreno, y a lo directo de las costumbres, ya que prevalece la incineración sobre la preservación de la osamenta, que con el tiempo viene a ser lo mismo. “Pulvis et in pulverem reverteris”, añadió el librero, que había pasado una semana en El Sahel y estaba de arena hasta el moño. Las tías, de peineta y velo negro con encajes, asentían, que era lo suyo, mirando de reojo a las viudas, reafirmadas en su frente común. “Póker de damas”, susurró Jacobo, observando a Jimena con cara de incesto. Y le pareció que aquella era una jugada insuperable.