Archive for the ‘Diario de un chimpancé’ Category

Diario de un chimpancé. 7. En la corte de Felipe). 184

24 diciembre 2010

12/2

 

Hoy he visto mi foto en los periódicos, o eso creí hasta que Maqui me advirtió, una vez más, de mi error. No quiso llamarlo, esta vez, vanidad. Todos los monos tenemos la misma cara, como los humanos.

 

-Ellos dicen que no, pero no tienes más que observarlos, cuando son de la misma raza.

 

La foto era de un gorila albino, pero yo la vi un poco de soslayo, como el chulo del estrambote:

“Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada”.

 

De repente lo vi todo claro, como aquel día en que mi madre resbaló en el lago y yo comencé a nadar hacia abajo, y cuando toqué el fondo limoso aún quería horadarlo. Entonces, a punto de descubrir el camino de la verdad, mi madre me rescató.

 

Y lo que vi fue mi desnudez. La ingenua mentira de mi encanto. ¡Qué vergüenza! Lo que vi fue el ridículo de creerme hermoso.

 

Maqui es muy inteligente; ella no dice nada. No utiliza el arma de las palabras aunque su silencio habla casi más alto. También vi que mi torpeza no era mayor que la ajena. Todos, casi todos, creen ser excepcionales, seres únicos y amables.

 

Cada día más humano. Comienzo a estar aterrorizado. De noche, a veces, me despierta el pánico del sueño, un tránsito ansioso hacia la pequeña muerte.

 

Se han llevado a Maqui. Sigue aquí, pero ya no está conmigo. Ha preparado su cama en otro ángulo del recinto, y vive ausente, lejana.

 

Aunque puede que sea yo el opaco y el ausente. Qué más da.

 

-Maqui dice que los autodidactas seremos ya siempre ignorantes. Y lo subraya para confirmar su certeza. Yo creo que es cosa de cada cual; uno por ejemplo, no va a aprender nunca; claro que tampoco ha tenido maestro sabio que le guíe.

 

– ¿No recuerdas a tu padre, desagradecido?

 

-Desde luego. Pero él veía las cosas de otro modo… Eran otros tiempos.

Heráclito tenía sólo parte de razón.

 

Querida maqui. No te diste cuenta (tal vez porque me habías dejado solo). Había pasado aquel fin de semana como en una nube de cansancio, pero un cansancio lejano, que podía sentir y sufrir aunque me resultara, en cierto modo ajeno. Luego, al subir la escalera desde aquellos sótanos fríos, el corazón me estallaba, las pulsaciones recorrían mi vientre hinchado, los ojos eran losas de cristal roto, y busqué en mis bolsillos un trozo de chicle con sabor a regaliz. Ya no era un sabio chimpancé dorado, sino un pobre hombre viejo y triste que se moría. Por eso supe que me moría, porque busqué el chicle y saboreé con el deleite final ese rescoldo rosado del mundo. Y luego, claro, me dormí. No sé, querida maqui, a pesar de tus dulces males y del creciente oleaje de tus ojos, no sé si quiero volver a despertar. Que el destino elija su propio sueño. Amén.

 

Ahora miro a mi alrededor, y estos muros conocidos ya no me resultan cálidos y entrañables. Con la ilusión se pierde el espíritu de los seres anónimos que yacen en nuestra vida, y tan sólo se percibe el entrecortado susurro del tiempo que se marcha. Me siento cada vez más inane, como parte de un destino sin savia, la rama seca de un tronco roto. Ni siquiera voy a hablarte de ello, ahora que tu mirada, Maqui, se vuelve hacia un horizonte ajeno, donde mi sombra no llega. Mientras siento en el pecho el estertor ahogado de una soledad insondable, los visitantes me espían, como esos estudiantes ignatos y cotillas que escrutan los muslos de una parturienta joven tras los ventanales obscenos de los quirófanos públicos. Entre la ira y la derrota vierto hacia el alma del mundo una fuente herida, un recuerdo. O más aún, todos los recuerdos de que soy capaz, son los límites de las edades que crujen. Me transformo, Raqui, me transformo, hasta tal punto que yo sé lo único de mí y de mis cosas que nadie reconozca  y todos olviden. Y esa vanidad casi humana entristece la hora cierta del crepúsculo. ¿Has visto cómo puedo hacer de un sentimiento una excusa para inventar palabras? Cuando se hace bien lo llamaban retórica, un arte. Ahora, tras la Babel del “monosílabo” -¿te das cuenta?- los chimpancés podíamos estar de moda: gruñendo se entiende la gente…

 

Al final, siempre estamos solos. No tengo miedo, ni angustia: comienzo a presentir la serenidad del vacío. Y en su culto, la respuesta, en la forma que dicen adoptan los sueños del fracaso. Quiero ser un héroe muerto , privilegio de los temibles humanos, ahora que ya conozco mi inevitable mediocridad. Cuando el espejo refleja la mueca de un imbécil el cosmos diminuto y la historia se detienen para ignorar su existencia. Yo estaba ciego, Maqui, creía que un bobo chimpancé podría ser amado, podría ser estimado por sí mismo, como los amaneceres entre nubes. Ahora quiero descansar, olvidando con los ojos de cuantos han mirado el horizonte y dejaron en su silencio la imagen desnuda de la realidad. Maqui, soy una palabra que duda, y en ello encuentro la única seguridad de mi existencia. Así de sencillo. Por fin. Como el ser y el no ser que nos define  porque , amiga mía, los sueños felices de la vida siempre son de otro.

 

 

 

 

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Diario de un chimpancé. 6 (En la corte del rey de Castilla). 183

23 diciembre 2010

28/01

 

Los mejores días son los viernes, al atardecer, cuando se inicia ese peculiar ciclo. Los humanos cambian, ríen, parecen olvidar que les duelen los pies, y su fatiga apenas aflora entre las pupilas dilatadas y la risa más bien estúpida con que nos obsequian. Maqui dice que la luna de los hombres es hebdomadaria, no mensual, y por esos pasan de la languidez a la euforia. A mi me sucede igual, y no tengo la luna hebdomadaria, es decir que lo mismo veo caer con demora interminable la última hoja caduca del pino grande y se me saltan las lágrimas, como a una cachorra recién destetada. Maqui dice que estamos influenciados por los ciclos humanos, y debe ser cierto. Los sábados nada más abrir viene la pareja polaca, él luciendo un bigote con perilla de esos románticos que también están cíclicamente de moda, como estudiar teología o especular con las divisas. Ahora, según veo en la tele, está de moda aplaudir lo que no se comprende (como algunas obras artísticas, literarias, escultóricas, etc.) o lo que es extravagante (como los desfiles de modelos enseñando el culo y las tetas, esa moda que Maqui ciñe desde siempre). Hasta hace poco estuvo de moda ser homosexual o blandito; parecía de mal gusto ser normal y corriente, o sea. El polaco fija su mirada en el pubis de Raqui, yo lo noto aunque esté distraido, hurgando con una pupila frenética, amarillenta y hostil. La mujer es más dulce, rubia y menuda, me sonríe cómplice de no sé qué vergonzantes lujurias, supongo. A mí se me encoje hasta el alma cuando percibo las pisadas monótonas y rápidas de sus deportivos blancos tronchando las ramillas del paseo. Una vez la polaca se bajó la cremallera del chándal y apercibí las tetas asomando curiosas hacia el pico de un body negro, bordado de celosías. Las parejas que vienen a diario cambian tanto el sábado que, a veces, no las conozco. Maqui sí. Dice que es como tener doble visita, y eso la divierte. Sobre todo por los chicos jóvenes, para quienes toda la tensión y la esperanza está en romper el odioso ritmo de cada día. Levantarse a las siete, ir al trabajo, o a buscar trabajo, o a clase o a limpiar la casa, aguantar horas de esclavitud más o menos pagada, y regresar a su casa o a su habitación, donde en el mejor de los casos les espera un programa de la tele. Las chicas jóvenes, los viernes desconectan y viven hasta el domingo por la noche, momento en que reaparecen los fantasmas. Maqui dice que por qué hablo de las chicas sólo. Le digo que es por la rubita de los ojos grandes, y entonces asiente. Venía con una amiga, y nos miraba con esos colores dulces que a veces justifican la belleza de esa especie, y yo permanecía absorto, atento al ritmo azul de su cuerpo. Maqui no se pone celosa, porque sabe que esto es una regresión inconsecuente, pero inevitable. Era tan alegre y cantarina que transformaba mi vida durante unas horas; pero durante la semana estaba, según le dijo a su amiga, tan apática y fría como un muerto; y eso en el mejor de los casos, porque si no se comportaba con mal humor y un nerviosismo inaguantable. Explicaba eso del trabajo rutinario y el mal trato o la difícil relación con los jefes, y de ahí salió la teoría de los ciclos. Raqui dice que es imposible llevarse bien con los humanos en general, pero sin excepción con los jefes, porque los hombres ignoran que mandar es una arte, algo que sólo aprenden unos pocos dotados, que hay que cultivar y transmitir.

 

Un día le dijo:

– No sé qué soporto peor, si a mi familia, a mi novio  o a mi jefe.

– Pues vaya problema, chica.

– Creo que lo que no aguanto es la relación permanente con alguien.

– Dicen que vivir juntos mata el amor

– Será…

 

Raqui y yo nos miramos. Vivimos entre rejas, juntos, desde siempre. Ahí no sé si la chica tiene razón. Raqui sí debe saberlo, pero nunca me lo va a aclarar.

 

Yo tampoco le aclararé mis sueños, tendrá que adivinarlos.

 

Cuando estás mejor sola que conmigo y lo que hago ya no es lo que deseas, cuando prefieres que el tiempo huya para encontrarte lejos de mis sueños, yo descanso en el dolor del recuerdo y sé por fin que no existo, que ese otro amado o sentido es mi enemigo, pues engaña mi ser con otros seres.

 

El amor es una rara joya que jamás puede desdeñarse si se tiene.

 

Un buen chimpancé debe amar sólo lo que no tiene.

Mi odio a la indigencia hace que no aprecie aquello que poseo con esfuerzo. Amo únicamente lo que me viene sin buscarlo.

 

Creo que un día no podré soportar la irrefrenable dicha de cortarme la cabeza

 

Diario de un chimpancé.4 (En la corte…). 182

23 diciembre 2010

19/01

 

Cuando me duele la tripa siempre lo recuerdo: yo era un macho prometedor y quería que Maqui se ocupase de mí, como dicen los hombres. Estos humanos me admiran, tan petulantes, parece que descendemos de ellos, una genética infame, cuya sola remembranza invoca nuestra dignidad perdida. No existe la menor duda al respecto: ellos nos impiden vivir con la dignidad mínima requerida para este quehacer inevitable. Por eso ningún irracional tiene un auténtico parásito, como lo tienen los humanos, seres dependientes del alma, y no de las proteínas o como guarida. Claro que Maqui cuidó más de una vez las llagas de mi piel y limpió mis residuos, pero eso formaba parte del instinto. Veréis, algo de cierto tiene esa distinción entre los tipos de conciencia que justifican la pérdida del famoso eslabón, cuando de un pariente Neandertal se pasó a otro Sapiens, pero yendo hacía atrás, y no avanzando como decía el tío Charles. En ese momento se dislocó el sendero y apareciste tú, simio desnudo, con la mente conceptual, dejándonos el residuo perceptual y receptivo, que  es como un postre amargo. El dolor se utiliza por los sadomasoquistas para su trascendencia religiosa, en los ritos expiatorios, pero al final, si el cuerpo místico  se equilibra, todo vale, alas de mariposa en el Nepal. Los humanos dicen que los chimpancés somos demasiado inteligentes. ¡No lo saben bien! Hoy ha venido la prima de Maqui. La atracción del Circo Húngaro, que se estrenó el viernes en Villarejo de Salvanés. A los monos del circo les estirpan el bazo y los testículos para que engorden y sean dóciles, como a los viejos tripulantes de los petroleros el apéndice, hasta que la  Cruz del Mar instaló helicópteros de salvamento. A mi no me han capado, y me gustan hasta las sexi girls de la tele, putas de visionlab para babosos. En eso los humanitas han aprendido mucho, se regodean en las selvas de filigrana y oropel. Los rijosos tenemos un vocabulario limitado, como si la manipulación verbal no fuera lo importante, una distracción en el medio. La prima de Raqui me gusta, aunque no tanto como ella quisiera, es insinuante y pizpireta, con encanto, algo proclive al coqueteo, cosa que nunca sabré si es una virtud o una necesidad. Una vez oí a a uno de los egregios:

 

-Los simios no tienen la conciencia; de la finitud. Por eso son felices. Simplemente, viven.

 

Aunque yo era pequeño (“menudo Mendo estas hecho”, decía mi madre, proclive a la dilogía) comprendí. Y lo pregunté para confirmar:

 

-O sea, que los hombres no son felices porque saben que se tienen que morir.

Y que las cosas, todo lo que les rodea, se transforma. A eso lo llaman “qué pena”.

 

Recordando a Seagull, un volandero amigo de Sócrates, escribo. A los hombres lo que les hace infelices es la realidad. Su conciencia conceptual les hace prisioneros. Uno de sus profetas cósmicos, sin embargo, les advirtió:

 

-La verdad os hará libres.

 

Porque conocía el retroceso del Cromagnon, y también que la carne entristece, como corroboró el abuelo Tetas (las tenía del tamaño adecuado para amamantar gemelos; por haber sido  circense y acróbata por libre).

 

-Ni siquiera la mente cósmica es permanente. Lo único que permanece es la iluminación del espíritu que llamamos intuición.

 

-Por eso soñar es también  vivir. El número limitado de días y de noches sólo es un escollo para el Cromagnon regresivo; antes cerrábamos los ojos para vivir. Hay muchas vidas en ésta, tantas como mundos, al menos.

 

O sea, que la materia no lo es todo.

 

-No sabemos qué es todo. Pero la verdad está por encima de los límites, aunque los hombres se empeñen en estropearlo.

 

-¿Con eso que llaman la razón?

 

-Y con los edificios que construyen alrededor de su corto entendimiento, cristales sobre estiércol.

 

A los hombres les gustaría estar siempre borrachos. O en el fútbol. O jodiendo (algunos lo consiguen), o en la situación placentera que su instinto y su educación les aconseje. A eso llaman felicidad. Sólo cuando intuyen la luz llegan a conocer la diferencia, y con ella el error.  Ese pánico a perecer y pasar que les infundió el diablo, cuando tocó los genes del capricho de sus dioses.

 

-Amén. Pero no te metas demasiado en la pirámide, pequeñín.

 

En esto intervino Maqui

 

-“Carpe diem”- Sé feliz.

 

Y se reía, se reía mientras yoiniciaba el camino de su ingle rubia, tan secreta.

 

Diario de un chimpancé. (3). (El rey de Castilla). 181

23 diciembre 2010

 

31/12.

 

Maqui “tetas prietas” –nuevo epíteto que le ha regalado por Papá Noel, patrón de la cocacola, el visitante rijoso de los viernes- se ha mostrado esquiva y rara últimamente. Cada día me recuerda más a Tomasa, la mujer del cuidador, sobre todo cuando le grita y llora al recibirle en su bata de moiré los sábados de madrugada. Los humanos inventaron las emociones para complicarse más la vida, y luego, con eso de la delegación divina a la especie, se han encargado de exportarlo a las otras. Hemos de tener mucho cuidado, si no acabaremos por estar hechos a su imagen y semejanza también. Maqui dice que añora los paseos en libertad, la estable y aceptada relación de la pareja, la familia. Son palabras e ideas que escucha a los teóricos peripatéticos. Estos vienen al zoo para mirarse en el espejo sin conocerse. Luego enseñan a los otros cómo deben comportarse para ser plenamente infelices, pero eso sí, muy socialmente como debe ser. La jerga americana (liberal) en boga lo llama “políticamente correcto”. Viene a ser algo así como “si te la meneas, no salpiques”. A propósito, la historia cambia los conceptos: la masturbación era antes una enfermedad; hoy es un recuerdo. Si Maqui no vuelve pronto conmigo tendré que aplicármelo, ya no me sirve chupar los barrotes para suplir la falta de hierro, esta dieta tampoco acaba con mi capacidad de erección. Esto de sentirse muy mujer le viene mal a Maqui, ella que mentó eso de “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, y yo juego el papel póstumo, el de después de los otros juegos, cuando se baja el telón y comienzan los desfiles entre bambalinas, el retorno de los dioses a sus olimpos, la fuga de los sueños. O sea, cada vez me parezco más a la pesadilla del mono loco, un simio vestido que una vez tuvo la visión imposible de la fuerza, que cedió y cedió como los ojos que se cierran, tristes.

 

Nota: ¿Será verdad que se acaba el año?

 

Diario de un chimpancé. (3). (En la corte del rey de Castilla). 180.

23 diciembre 2010

Domingo 10 de Septiembre

 

Algunos visitantes me caen especialmente bien, los niños que cuentan a sus hermanos pequeños mis aventuras “¿Ves? Ese es el mono de Tarzán”. “¿Pero no era mona?”. “¡Qué va, hombre es ése, y se llama Zubi: La mona es su hija, pero no es igual”. Entonces yo le cuento mi vida, esos años que Maqui no quiere oír, y el niño las aprende y vuelve a casa contento e incluso, lo sé, sueña con el mono valiente de la selva. Aunque lo más lejos que llegué fue a los jardines del Marqués, el día que se rompió la furgoneta en Comillas. Ahí está otra vez. Oh, es él. No puedo competir, claro, el amo, señor de las especies. Negro total, sombra de la selva, voz del tamtam, el gorila. Me gustaría ser hembra para ponerle los cuernos. Fatuo, privilegiado, potente, feo. Si fuera católico y rico y joven sería un financiero de moda al estilo de los aristócratas de Valle Inclán. Mirándome así, lacio y tendido sin sexo, me asusto. ¿Habré perdido la virilidad? Para qué me sirve, al fin. Esas mocitas miran, sonríen, los colgajos excitan, más que estorban. Tendré que jugar algo con el pito, lo esperan, no puedo defraudarles. En cambio a él se le supone, al gorila. Yo soy el bufón del rey. En estas ocasiones comprendo aquello: por qué solo se utiliza del tres al cinco por ciento del cerebro. Todos en la Tierra, y si alguien consigue más, ya no quiere estar aquí. Por los gorilas. Cuando les veo así, a ella, los desnudos selectos, no les comprendo, se dejan la barba, el bigote para recordar al piloso ascendiente, cuando les miro mirándome veo la farsa mirándome, oigo sin escuchar las palabras que se dirigen, los ecos huecos de sus frases que pretenden llevar consigo la verdad. Los hombres que nos visitan no pueden engañarnos, nosotros, las bestias, olemos el mal, sabemos que su verdad no les acompaña más que la mentira de otros, porque ambos coexisten, son el arriba y el abajo de Hermes el tres veces grande, abuelo de todos los monos del mundo, padre por tanto de los hombres-dioses pelados. Maqui no les mira, dice que les da miedo, que sus ojos son los ojos del miedo. Estos días son los peores, se acumulan como estiércol que alumbra la flor y corrompe el aire, y solo la inocencia, la ingenuidad fresca de los niños, la aún más atractiva de los muchachos aún limpios, de ojos transparentes, la perdida inocencia de los adultos, niños que sufren, de los ancianos buenos, sólo eso impide que no estallemos de tristeza, quizá de odio hacía esa especie hostil que pretende dominar el universo. ¡No saben que ese es un patrimonio de insectos!

 

No sé si he estado lúcido alguna vez en mi vida.

 

¡Imagino que habrán sido momentos horrorosos!

 

Diario de un chimpancé.(2) (En la corte del rey de Castilla). 179

23 diciembre 2010

Miércoles, 6 de Septiembre

 

Entresemana, nos llevan de paseo. No es un glorioso tránsito en calesera, pero tampoco se parece, por fortuna, al encierro sádico de los pobres cochinos. A éstos los llevan en camiones grises y altos, apretujados en una cárcel que descubre sus morros hinchados y las carnes flácidas. Maqui dice que los conducen al matadero, y que nosotros nos libramos porque la carne de mono es indigesta. Ella tuvo una pariente en Gibraltar, que, dicen, envenenó a media colonia inglesa cuando un cocinero de Algeciras la metió troceadita en una paella. Iban a celebrar las bodas de oro del capellán, un anglicano tres veces viudo, y no se les ocurrió más que darle al mozo los dineros para preparar el condumio. Cuando supo los motivos del ágape montó en cólera, porque su mujer le había dejado por un mercachifle de Cádiz, y mentarle bodas le enconcoraba su ser. Así que cazó a la tatarabuela de Maqui y la puso en el arroz, una apetencia del británico, ya ves. Maqui decía que no hubieran podido confundirla con el roast-beef. En el viaje de hoy, como siempre, las nubes dibujan fantasmas de algodón en el cielo, sombras tristes que nos miran en silencio. Sombras tristes que nos miran en silencio. Tampoco hablamos nosotros, dejamos que el tiempo nos indique tranquilamente lo que quiere. Estamos en un tren de colores, yo vestido de marinero y Maqui de bailaora, con un vestido de lunares rojos que le queda como a Cristo una metralleta. Yo estoy de mejor pasar, y me parezco a muchos niños de Primera Comunión, y a algunos turistas daneses. Ya empezamos a acostumbrarnos, e incluso a disfrutar de esta popularidad, como estrellas de la tele o cantantes de moda. Maqui dice que yo soy más guapo que Julio Iglesias, pero eso en ella no tiene mérito. Había que preguntárselo a Miranda. Lo malo son los padres. Los de los niños, no los de Miranda. Los mayores se asustan, debe ser porque nos parecemos demasiado a ellos, y transmiten el temor a sus hijos, que lloran y gritan sin motivo. Entonces se arma el lío, y nosotros sufrimos las consecuencias, claro. No nos maltratan demasiado, y casi nunca en público. Alguno de los guardianes nos pega cuando ya está todo cerrado, se aproxima sigilosamente y nos atiza con una varita de fresno. A mi procura darme en los genitales, y a Maqui en los pezones. Debe ser que no folla. A veces no entiendo cómo puede haber gente que no sepa obtener siguiera un poco de la inmensa belleza de la vida. Yo debo ser un vitalista porque aguanto bien hasta que me llamen Zubi, porque nací en Cataluña, cuando la fiebre del Barsa, sólo porque tenía los mofletes gordos y un abundante pelo rizoso sobre mi despejada frente. Esto de los frontales engaña mucho, por lo visto, y hay pitecántropos casi einstenianos. En cada viaje me gusta recordar, como si no fuera a terminar nunca, ya sabéis. De modo que lo convierto en el instante continuo más feliz de mi existencia, como cuando la flecha persigue a Aquiles, o la tortuga a la liebre. Entre la salida y la meta, soy el chimpancé libre más dichoso del mundo. Raqui dice que son mis genes humanoides, que voy contra la naturaleza, sabia y abstracta, ajena a todo sentimiento más allá del instante. Pero yo le  digo eso, que el instante es tan eterno como el resto del tiempo. Incontable. Entonces se arrebuja contra mis piernas, y dormita, más alerta si está de guardia el ténebre Crispón. Yo la acaricio hasta que se queda frita, y entonces aprovecho para meterle mano, sobre todo entre las nalgas, y disfruto como un mono, cosa que Maqui no puede reprocharme porque está de acuerdo con mi naturaleza por completo. En los viajes plenos, los de las rutas ociosas del parque, imagino altos árboles de copa ancha donde masticamos bayas tumbados panza arriba, y órganos de piedra interminables, como los de Ronda o El Peñón. Entonces se me ponen los ojos más amarillos y la frente mas rugosa, no sé por qué, y siento la tristeza del ser, como los hombre encerrados en sus soledad o en la Babel de las palabras sin salida, y veo el túnel que adivino en los ojos torpes de quienes me miran estos sábados de otoño, ese túnel sin salida que refleja sueños no nacidos, o la torpe memoria del vacío. Y acabo arrullándome en el cuello suave de Maqui, mi Teddy Bear palpitante, amor. Sólo estos viajes soñados pueden compararse al grande, cuando nos trasladaron a la Expo y podíamos ver los pueblos blancos volando sobre las colinas del sur, en el poniente dorado. Yo miraba por el retrovisor y aceptaba el regalo del paisaje, que retrocedía entre los olivos, y mientras sorbía por mis napias enormes el viento cálido, rezaba, supongo, para que aquello fuera real y sobre todo para que nunca terminase. Lo que os digo, la belleza inmensa de la vida, en el centro del viaje que  nos recorre, después de la salida, antes de la meta. Me hubiera gustado compartir ese placer con Maqui, pero ella dormía o simplemente bostezaba, hasta que, tal vez como la zorra y las uvas, llegué a la conclusión de que esas cosas no se comparten. Y en esa soledad está la mitad de su belleza. A veces más de la mitad, como la que siente el toro que corre entre los jarales. Maqui dice que esta necesidad de compartir no es porque yo sea mejor o más generoso, y que esa lanza que me oprime el esternón y me ahoga es la inmadurez, como la de los potrillos y los cervatos, que maduran tarde, y que necesitan de su madre hasta que casi les echan a coces de la manada. No lo sé, aunque a veces he sentido dolor cuando algún joven de esos quieren chupar la teta y muerde la ubre con los dientes más que crecidos. Será el miedo o la desconfianza, pero puede que también el alma. Yo lo veo en los ojos de los perrillos y en el cielo.

 

Maqui dice que ya tiene bastante tarea la vida como para urdir maniobras más complejas. Tal vez la vida elija a unos cuantos para castigarles con esas maniobras que dice Maqui. Por eso a las hembras les gusta tanto el gorila. “Lo que te pasa es que no has visto mundo, jovencito”- me dice hinchando ese cuello de toro que asusta a los niños- “y  tampoco entiendes nada de mujeres”. O sea, que mal recuerdo tengo. Entonces recuerdo el único consejo que me dio mi abuelo –mi padre no lo hizo nunca – al respecto, “hijo, hay muchos paisajes, pero todos se parecen, y hembras, más vale conocer a todas  y ninguna, ya me entenderás”. Me temo que me ayuda bien poco ese recuerdo. Para mi los vientos, los vuelos del pájaro, el grito de la lluvia, los montes que oscilan, las casas plantadas en el sueño, todos los paisajes y los seres son diferentes, incluso yo y Maqui, diferentes de nosotros mismos. La vida irrepetible.

 

Diario de un chimpancé… ( En la corte del rey de Castilla).178

22 diciembre 2010

DIARIO DE UN CHIMPANCÉ

(adaptado)

Jueves, 31

 

Fin de mes. Los guripas están contentos, porque han cobrado. Expelen un tufo a puta ciega que apesta, el olor de las hormonas. Maqui dice que los guris y sus socios engañan al cuerpo, hacer creer a sus enzimas que la cosa está guay. Cuando cobran, cuando joden, cuando comen… Ahora pasa Mixfo, ese no huele. Debe estar casi muerto, dice Maqui, con el tono grisáceo de la piel y el amarillo sucio de los ojos. Yo creo que está triste, siempre solo. Yo le digo a Maqui que no huelen lo mismo después de echar un polvo que después de cobrar. Tampoco cuando comen, porque entonces la mezcla de aires externos e internos con el sudor se parece más a un lote de basura, esa mierda colorista de los desechos humanos, antes de la putrefacción. Un hombre no huele igual que una mujer. Por lo general.

 

La Susi huele lo mismo todo el tiempo, a desagüe viejo. Aunque no es mayor, como la Boss, Maqui dice que tampoco tiene el celo. A mí me parece que las hembras humanas lo tienen de otra manera, pero no digo nada porque Maqui es sabia y celosa, y además mi compañera, y ya sabéis que a los chimpancés no nos gusta dormir solos. Maqui me espulga con cierta pereza, y eso me disgusta, pero tampoco lo digo. Aunque no hay rejas en este lugar, como dicen que en otros, he explorado bien, y no puedo salir más allá de los abedules. Estamos condenados a la compañía, supongo. Aquí cerca vive el Gran Ñu, y puedo  ver desde la roca grande casi todo el recinto. Los tigres también, gordos y vagos, como banqueros o luchadores jubilados. El león, aburrido, los rinocerontes, campeones de sumo en paro. Los niños se detienen frente a nosotros más que ante nadie. Somos las estrellas del circo. Cuando pasan delante del recinto- no es la jaula de mi abuelo- me dan un poco de pena. O eso creo, porque siento que ser humano es una soberana majadería. ¡Cómo nos miran! Creen que nos observan, cuando sucede exactamente al revés. A nosotros nos cuidan, nos alimentan, nos libran de las fatigas de la vida. Vivir mal es rematadamente jodido, creedme. En cambio, esto de pasar el día observando el cielo y el aire, como en una pantalla de la tele siempre cambiante, mola cantidad. Maqui, que es una existencialista, no opina siempre lo mismo. Como todos los filósofos, cambia de opinión aunque dice que mantiene siempre los mismos juicios. Yo creo que un día se convertirá en mujer, evolucionará, según dicen ellos, los humanos, y entonces estará perdida. Mientras tanto procuraré solazarme con ella, está divina, con esos pelitos suaves de seda entre las nalgas, con esos pellejos de terciopelo viejo en los muslos, con ese tetamen glotoncete y esos belfos de yegua, la muy cachonda. Aquí estamos tranquilos, sin la prisa que vemos en ellos, los humanos de ojos inquietos. Maqui dice que a mí me da igual que el mundo estalle. No es eso, aunque si lo hiciese supongo que no me daría cuenta de nada. Ella está ausente a veces, como los humanos, incluso los niños que te penetran con su mirada, indicando que somos lo único que tienen de verdad. Los niños me gustan, les doy mi tiempo y las cabriolas que mi especie debe regalarles. Maqui la flaca dice que son crueles y mezclan piedras con los cacahuetes; no todos son iguales, claro. Pero con ellos me siento mejor, más alegre, generoso, desprendiendo del día parte de la confusa luz que me aturde. A veces me tienden la mano, quieren tocar, hacerse más cercanos y darme también algo de ellos mismos. Casi siempre, de principio tienen miedo, como todos los cachorros, y más aún los de esta pobre especie desnudos.

Diario de un chimpancé (11)

16 marzo 2010

No sé, querida Maqui, a pesar de tus dulces males y del creciente oleaje de tus ojos, no sé si quiero volver a despertar. Que el destino elija su propio sueño. Amén.

Ahora miro a mi alrededor, y estos muros conocidos ya no me resultan cálidos y entrañables. Con la ilusión se pierde el espíritu de los seres anónimos que yacen en nuestra vida, y tan sólo se percibe el entrecortado susurro del tiempo que se marcha. Me siento cada vez mas inane, como parte de un destino sin savia, la rama seca de un tronco roto. Ni siquiera voy a hablarte de ello, ahora que tu mirada, Maqui, se vuelve hacia un horizonte ajeno, donde mi sombra no llega. Mientras siento en el pecho el estertor ahogado de una soledad insondable, los visitantes me espían, como esos estudiantes ignaros y cotillas que escrutan los muslos de una parturienta joven tras los ventanales obscenos de los quirófanos públicos. Entre la ira y la derrota vierto hacia el alma del mundo una fuente herida, un recuerdo. O más aún, todos los recuerdos de que soy capaz, son los límites de las edades que crujen. Me transformo, Maqui, me transformo, hasta tal punto que yo se lo único de mí y de mis cosas que nadie reconozca y todos olviden. Y esa vanidad casi humana entristece la hora cierta del crepúsculo. ¿Has visto cómo puedo hacer de un sentimiento una excusa para inventar palabras?. Cuando se hace bien lo llamaban retórica, un arte. Ahora, tras la Babel del “monosílabo” ¿te das cuenta?- los chimpancés podíamos estar de moda: gruñendo se entiende la gente…

Al final, siempre estamos solos. No tengo miedo, ni angustia: comienzo a presentir la serenidad del vacío. Y en su culto, la respuesta, en la forma que dicen adorno los sueños del fracaso. Quiero ser un héroe muerto , privilegio de los temibles humanos, ahora que ya conozco mi inevitable mediocridad. Cuando el espejo refleja la mueca de un imbécil el cosmos diminuto y la historia se detienen para ignorar su existencia. Yo estaba ciego, Maqui, creía que un bobo chimpancé podría ser amado, podría ser estimado por sí mismo, como los amaneceres entre nubes. Ahora quiero descansar, olvidando con los ojos de cuantos han mirado el horizonte y dejaron en su silencio la imagen desnuda de la realidad. Maqui, soy una palabra que duda, y en ello encuentro la única seguridad de mi existencia. Así de sencillo. Por fin. Como el ser y el no ser que nos define porque , amiga mía, los sueños felices de la vida siempre son de otro

Diario de un chimpancé. (10)

15 marzo 2010

12/2

Hoy he visto mi foto en los periódicos, o eso creí hasta que Maqui me advirtió, una vez más, de mi error. No quiso llamarlo, esta vez, vanidad. Todos los monos tenemos la misma cara, como los humanos.

-Ellos dicen que no, pero no tienes más que observarlos, cuando son de la misma raza.

La foto era de un gorila albino, pero yo la vi un poco de soslayo, como el chulo del estrambote: “Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada”.

De repente lo vi todo claro, como aquel día en que mi madre resbaló en el lago y yo comencé a nadar hacia abajo, y cuando toqué el fondo limoso aún quería horadarlo. Entonces, a punto de descubrir el camino de la verdad, mi madre me rescató.

Y lo que vi fue mi desnudez. La ingenua mentira de mi encanto. ¡Qué vergüenza! Lo que vi fue el ridículo de creerme hermoso.

Maqui es muy inteligente; ella no dice nada. No utiliza el arma de las palabras aunque su silencio habla casi más alto. También vi que mi torpeza no era mayor que la ajena. Todos, casi todos, creen ser excepcionales, seres únicos y amables.

Cada día más humano. Comienzo a estar aterrorizado. De noche, a veces, me despierta el pánico del sueño, un tránsito ansioso hacia la pequeña muerte.

Se han llevado a Maqui. Sigue aquí, pero ya no está conmigo. Ha hecho su cama en otro ángulo del recinto, y vive ausente, lejana.

Aunque puede que sea yo el opaco y el ausente. Qué mas da.

Maqui dice que los autodidactas seremos ya siempre ignorantes. Y lo subraya para confirmar su certeza. Yo creo que es cosa de cada cual; uno por ejemplo, no va a aprender nunca, claro que tampoco ha tenido maestro sabio que le guíe.

– ¿No recuerdas a tu padre, desagradecido?

-Desde luego. Pero él veía las cosas de otro modo… Eran otros tiempos.

Heráclito tenía sólo parte de razón.

Querida Maqui. No te diste cuenta (tal vez porque me habías dejado solo). Había pasado aquel fin de semana como en una nube de cansancio, pero un cansancio lejano, que podía sentir y sufrir aunque me resultara, en cierto modo ajeno. Luego, al subir la escalera desde aquellos sótanos fríos, el corazón me estallaba, las pulsaciones recorrían mi vientre hinchado, los ojos eran losas de cristal roto, y busqué en mis bolsillos un trozo de chicle con sabor a regaliz. Ya no era un sabio chimpancé dorado, sino un pobre hombre viejo y triste que se moría. Por eso supe que me moría, porque busqué el chicle y saboreé con el deleite final ese rescoldo rosado del mundo. Y luego, claro, me dormí.

Diario de un chimpancé. (9)

13 marzo 2010

28/01

Los mejores días son los viernes, al atardecer, cuando se inicia ese peculiar ciclo. Los humanos cambian, ríen, parecen olvidar que les duelen los pies, y su fatiga apenas aflora entre las pupilas dilatadas y la risa mas bien estúpida con que nos obsequian. Maqui dice que la luna de los hombres es hebdomadaria, no mensual, y por esos pasan de la languidez a la euforia. A mi me sucede igual, y no tengo la luna hebdomadaria, es decir que lo mismo veo caer con demora interminable la última hoja caduca del pino grande y se me saltan las lágrimas, como a una cachorra recién destetada. Maqui dice estamos influenciados por los ciclos humanos, y debe ser cierto. Los sábados nada más abrir viene la pareja polaca, él luciendo un bigote con perilla de esos románticos que también están cíclicamente de moda, como estudiar teología o especular con las divisas. Ahora, según veo en la tele, está de moda aplaudir lo que no se comprende (como algunas obras artísticas, literarias, escultóricas, etc.) o lo que es extravagante (como los desfiles de modelos enseñando el culo y las tetas, esa moda que Maqui ciñe desde siempre). Hasta hace poco estuvo de moda ser homosexual o blandito; parecía de mal gusto ser normal y corriente, o sea. El polaco fija su mirada en el pubis de Maqui, yo lo noto aunque esté distraido, hurgando con una pupila frenética, amarillenta y hostil. La mujer es más dulce, rubia y menuda, me sonríe cómplice de no sé qué vergonzantes lujurias supongo. A mí se me encoje hasta el alma cuando percibo las pisadas monótonas y rápidas de sus deportivos blancos tronchando las ramillas del paseo. Una vez la polaca se bajó la cremallera del chándal y apercibí las tetas asomando curiosas hacia el pico de un body negro, bordado de celosías. Las parejas que vienen a diario cambian tanto el sábado que, a veces, no las conozco. Maqui sí. Dice que es como tener doble visita, y eso la divierte- sobre todo por los chicos jóvenes, para quienes toda la tensión y la esperanza está en romper el odioso ritmo de cada día. Levantarse a las siete, ir al trabajo, o a buscar trabajo, o a clase o a limpiar la casa, aguantar horas de esclavitud más o menos pagado, y regresar a su casa o a su habitación, donde en el mejor de los casos les espera un programa de la tele, Las chicas jóvenes, los viernes desconectan y viven hasta el domingo por la noche, momento en que reaparecen los fantasmas. Maqui dice que por qué hablo de las chicas sólo. Le digo que es por la rubita de los ojos grandes, y entonces asiente. Venía con una amiga, y nos miraba con esos colores dulces que a veces justifican la belleza de esa especie, y yo permanecía absorto, atento al ritmo azul de su cuerpo. Maqui no se pone celosa, porque sabe que esto es una regresión inconsecuente, pero inevitable. Era tan alegre y cantarina que transformaba mi vida durante unas horas; pero durante la semana estaba, según le dijo a su amiga, tan apática y fría como un muerto; y eso en el mejor de los casos, porque si no se comportaba con mal humor y un nerviosismo inaguantable- Explicaba eso del trabajo rutinario y el mal trato o la difícil relación con los jefes, y de ahí salió la teoría de los ciclos. Maqui dice que es imposible llevarse bien con los humanos en general, pero sin excepción con los jefes, porque los hombres ignoran que mandar es un arte, algo que sólo aprenden unos pocos dotados, que hay que cultivar y transmitir. Un día le dijo:

– No sé qué soporto peor, si a mi familia, a mi novio o a mi jefe.

– Pues vaya problema, chica.

– Creo que lo que no aguanto es la relación permanente con alguien.

– Dicen que vivir juntos mata el amor

– Será…

Maqui y yo nos miramos. Vivimos entre rejas, juntos, desde siempre. Ahí no sé si la chica tiene razón. Maqui sí debe saberlo, pero nunca me lo va a aclarar.