Archive for the ‘Diario de Anita’ Category

CHORIZOS DE TERCERA.

9 julio 2011

A mamá le han robado todo, todo, todo. En Mijas pueblo, que tiene burros para pasear y casas blancas. Papá dice que han sido unos chorizos de tercera, porque rompieron las ventanas del coche y lo llenaron todo de cristales. Alejandro no podía sentarse, y yo me puse a gritar porque me dio mucho miedo. Le pregunté a papá lo de los chorizos, pero no me hizo caso. Mamá dijo que en la bolsa estaba además la crema para el sol, así que en ese ratito me quemé la cara y los hombros, y hoy me duele y hemos tenido que comprar no sé qué en la farmacia y papá está muy enfadado. Pasaron unos guardias y tocaron la sirena, pero no nos ayudaron casi porque decían que de eso se ocupa la Guardia Civil. Lo que pasa es que en Mijas no hay Guardia Civil. Las cosas de los mayores son muy raras. Papá llamó a los de asistencia en viaje para que le mandaran un coche y nos pudiéramos ir a casa, pero le dijeron que no, porque nuestro coche se podía mover. O sea, que teníamos que ir con los cristales y todo. Papá dijo que no y otras cosas y se marchó él solo a cambiar el coche, y nos quedamos esperando en la plaza, tomando unos helados y contando a todo el mundo que nos habían robado, y todos decían que a ellos también. Luego papá dijo que los chorizos de antes abrían los coches y no los rompían, o se los llevaban enteros, pero que éstos de ahora son unos bestias y lo destrozan todo, así que por eso dice lo de tercera, que por lo visto eran unos trenes con asientos de madera y chicles por el suelo y mucha gente sudada. Yo también sudo y mamá, y todos, así que lo de gente sudada no sé por qué lo dice, y es que mamá siempre está con lo de oler todo el muy pesado. Entonces llamaron del Banco a mamá y le dijeron que se estaba gastando mucho dinero con sus tarjetas, y ella se puso colorada, y se dio cuenta de que le habían robado las tarjetas, y el dinero, y el carnet, y todo, todo, todo. Así que somos pobres, muy pobres, y los chorizos de tercera muy ricos y les da igual ser de primera o de segunda porque nos han dejado a dos velas. En la plaza de Mijas hay un quiosco de helados, y la señora del quiosco nos ha invitado a un helado, aunque mamá le ha dicho que no llevaba nada encima. Los mayores dicen eso cuando no tienen dinero, y así se entienden, por lo visto. Luego ha llegado papá con otro coche, y ha dicho que no encontró por ningún lado a la Guardia Civil y que se fue a Málaga a poner la denuncia, que es una cosas que se pone cuando te roban, aunque no sirve para que te devuelvan las cosas, porque los seguros dicen siempre que eso no está cubierto. Mi hermano Alfonso dice que los seguros cubren todo menos lo que te pasa. Ahora ya lo comprendo, por lo menos un poco.

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Del diario de Anita. (En la corte de Felipe rey de Castilla. 18).

11 noviembre 2010

 

Pero esto es muy aburrido; lo mejor es dejar que sea la misma nena quien nos cuente cosas. Que nos las siga contando, en su diario. Por ejemplo cuando sepa la hora de las comidas…para salir corriendo, porque esta chica es una índigo que come poquísimo.

 

Del Diario de Ana María.

 

Mimamá está empeñada en que me coma un puré de lentejas. Mi mamá me dio ayer una bolsa de chuches, se las comió conmigo en el banco del parque y lo pasamos muy bien.

 

EL MOSCARDÓN

 

Hoy cumplo seis años. Cuando mamá estaba preparando la merienda ha entrado un moscardón en casa. Lo hemos detectado por su vuelo, que sonaba como un motor de helicóptero. Mamá ha abierto la puerta de la cocina y ha llamado al ascensor, que es lo que hace cuando Alejandro se pilla los dedos con un cajón o se da un golpe en la cabeza. Luego ha buscado a la vecina, que no está nunca. Ha llegado papá y se lo ha contado, y papá le ha dicho en broma que llamase a los bomberos. Mamá ha llamado a los bomberos, y le han preguntado de qué tamaño era el moscardón. Mamá ha dicho que enorme, pero no han venido. Le han dicho que abra las ventanas. Mamá ha abierto las ventanas de la cocina, y el moscardón se ha ido al comedor. Papá se ha sentado a leer el periódico, que es lo que hace cuando hay una emergencia, según dice mamá. Mamá ha abierto las ventanas del comedor y el moscardón se ha ido a la habitación grande. Le hemos seguido, y mamá ha abierto las ventanas de la habitación grande, pero el moscardón no ha salido. Entonces mamá, lívida, se ha sentado en el sofá abrazándonos fuerte a Alex y a mí, como si aguardase un cataclismo. Los tres hemos mirado a papá, que finalmente se ha levantado doblando su periódico. Papá dobla su periódico muy bien para espantar moscardones y avispas. Luego se ha encerrado con el moscardón en la habitación grande. Hemos oído silbar el periódico por el aire y el jadeo y los gruñidos de papá. Después hemos oído que alguien se sentaba en la cama y hemos deducido que era papá porque el moscardón no habría hecho ruido con los muelles. Enseguida volvieron los silbidos y las exclamaciones de la lucha, pero el moscardón no se posaba nunca, al parecer, y papá batía el aire como un espadachín. Llegó el silencio de repente y papá nos contó que el moscardón había salido por una ventana y se había posado en el alfeizar. Le miró un rato, consciente de su superioridad y dejó que cerrase los cristales. Luego alzó su vuelo ronroneante y se alejó por el cielo. Había muchos vencejos y golondrinas, así que posiblemente se lo hayan comido, cosa que a nosotros nos parece muy bien, aunque el moscardón a lo mejor lo sabía y por eso vino a casa a refugiarse. Se lo dije a papá y me respondió que era el ciclo de la vida. Me dio mucho asco.

 

 

 

 

 

 

LOS CABALLITOS

 

Papá ha perdido tres billetes de quinientos euros, de los rojitos. Estuvimos buscándolos por todas partes, en los cajones de la ropa interior, dentro de la nevera, debajo de la alfombra del salón, detrás de la tele, y nada. Pasaron unos días  y papá siempre decía lo mismo: “¡Pero dónde estarán los mil quinientos euros!”. Por lo visto era mucho dinero y lo necesitaba para pagar no sé qué cosas de mayores. Un día dijo que se le habrían caído por la calle y mamá contestó: “¡Pues vaya suerte quien se los haya encontrado!”. Al fin dejaron de hablar de eso, y seguían como siempre, peleándose mucho y regañándonos a todas horas, que es lo que hacen los padres. Llegó el sábado y bajamos a dar un paseo. Alejandro señaló el puesto de los caballitos. “¡Allos, allos!”, dijo, y le llevaron allí, Bueno, yo también montaba, porque me gusta dar vueltas en el cubo y papá se pone nervioso y me dice. “¡Te vas a marear!”. Cuando fueron a sacar los tiques, Alex sacó del bolsillo los tres billetes de quinientos euros. “¡Allos, allos!”, repitió, y le dio el dinero a papá.

 

 

 

 

 

 

Bueno, así pasé muchas tardes. Mi hermana decía que era yo el único que leía sus cosas, y en el tono de su voz se delataba que eso era un pobre consuelo. Nunca he comprendido el empeño de la gente por darse a conocer, vaya lata, eso de ser popular, o de tener obligaciones como firmar libros en la feria del Retiro, y no sé cómo se vuelven locos por ser famosillos, salir en la tele, que aireen tus intimidades, pero claro, yo me eduqué con los jesuitas de El Palo y allí lo más abierto que veíamos era una lata de sardinas. Por eso dejé de pedirle sus escritos, y no supe ya si seguía con ellos o se había retirado de la actividad. Su mayor mérito era compaginar lo que fuera con el ruido y la murga del piso, el barrio, la vida. Tampoco se aprendía mucho de esas cosas en El Puerto, con los otros jesuitas, los del abuelo y el tío Amador. Así que con tales precedentes la vida no podía exigirme demasiado…

Diario de Anita. (La lección de historia).

15 octubre 2010

Hoy es el cumple de Alvarito, pero no he podido celebrarlo porque estoy con un virus. A mí no me gusta estar con virus, porque me duele la cabeza, o la barriga, o todo, y tengo náuseas y devuelvo, y encima hoy se estrenaba la convivencia en el Parque de Berlín y no he podido ir. Para una vez que la clase es en el campo, y encima en mi parque, me pongo mala. Papá dice que yo aguanto mucho y mamá que soy muy fuerte y sana,  lo que viene a ser igual, supongo. Los días que estoy mala papá aprovecha para fastidiarme con distracciones, eso dice él, como la lección de historia. Esta vez me ha hablado de unos señores de antes que se llamaban griegos y otros que se llamaban troyanos. El abuelo Amador decía no sé qué de tirios y troyanos cuando la gente se peleaba, así que me sonaba un poco. Bueno. Yo estaba un poco febril, y tenía pocas ganas, así que le dejé hablar sin enterarme de nada por no hacerle el feo. De repente me preguntó si sabía cómo llamaban al rey Alejandro, y yo lo dije enseguida:

-¡Alejandro Sanz!

Por lo visto es Alejandro Magno. Enseguida quiso que le dijera qué significaba eso, y yo lo sabía, porque había visto un anuncio antiguo en el álbum de cromos de la abuela.

-Alejandro el borrachín.

Papá me dijo que había un coñac que se llamaba Magno porque decían que era el más grande, y eso significaba el mote de ese rey, que por lo visto era un crack. Lo malo es que siguió hablando, el pobre papá.

-Pues era hijo de Filipo, rey de Macedonia.

Ahí no iba a pillarme. Salté enseguida, como cuando Tina pregunta en clase.

-Un conjunto de muchas frutas variadas. Es como el Burger King, o sea el rey de la macedonia.

Papá se rió un poco, y me explicó que Macedonia era y es un país, y eso. Cuando ya creí que se había terminado la clase me recordó lo de los troyanos.

-Como no podían conquistar la ciudad, que estaba muy fortificada, Ulises, que era muy astuto, urdió una trampa. Construir un caballo de madera -el caballo era el totem de Atenea, protectora de Troya- con la panza hueca, meter dentro a los mejores guerreros, y esperar que los troyanos lo introdujesen en la ciudad. Así que se fue el ejército en sus naves y quedó sólo el caballo frente a los muros de Troya.

Entonces llegaron las preguntas. Podéis imaginar:

-¿Sabes qué significa ciudad fortificada?

-Lo de los castillos. O sea, que era fuerte.

Luego pasamos a lo de astuto, y también lo supe, porque había oído que Ulises era muy listo y cuco, pero lo de totem y Atenea no se me ha quedado.

-¿Y las naves?

-Yo sé lo de aeronave, o sea el avión.

-Pues nave es como barco, y sigue usándose mucho.

Le pregunté a papá quienes eran los buenos y quienes los malos, para hacerme una idea, y apuntarme a uno de los bandos, pero me dijo que los dos eran un poco malos. ¿Entonces por qué se peleaban? No me explicó bien, me dijo algo de una chica, pero no me o he creído. También no sé qué de un señor antiguo, pero no tanto, que decía:

-El hombre es lobo para el hombre.

Y entonces ya no entendí nada, porque no me imagino a un lobo atacando a otro, y le pregunté por qué los humanos se pelean tanto. Me dijo de nuevo lo mismo, y es que parece que les resulta algo natural.

-¿Tú has estado en alguna guerra, papi? ¿Y yo?

Papá me dijo que hay guerras por todas partes, pero aquí en España las vemos en el telediario, aunque nos complicamos la vida y nos peleamos e insultamos por cualquier cosa. Y de vez en cuando también organizamos una de las guerras normales, las de bombas y sangre. A mí eso me da miedo, y creo que la historia es interesante sólo en parte, porque tiene mucho de Halloween y de vampiros. Ayer vi una gótica al salir de clase y me temblaron las rodillas, aunque bien visto estaba guapa, toda maquillada de zombi.

Bueno, el caso es que los troyanos metieron dentro de la ciudad el caballo, que ya es tragar, y se emborracharon, aunque yo le pregunté a papá si los que se emborracharon eran los del caballo, porque ya estaba hecha un lío, y esa noche salieron y los mataron a todos. Luego volvieron las naves con los guerreros y destruyeron la ciudad.

Por eso se dice ‘la guerra de Troya’. Un desastre. Sólo se salvó un hijo del rey, que se llamaba Eneas y era un guaperas y encima hablaba bien, siempre que tuviera un vinillo y una chica cerca, preferiblemente reina.

Le hice a papá las tres preguntas sin respuesta:

-¿Por qué los troyanos no quemaron el caballo, que se veía a la legua que era una trampa? Lo de Atenea no mola, ya que era su enemiga, así que ya la tenían bastante cabreada.

-¿Cómo es posible que unos cuantos, los que cabían en el caballo, pudieran con toda una ciudad y un ejército? ¿Es que no tenían guardia ni vigías y esas cosas? Seguro que alguna chica se lo había advertido, porque somos más listas.

-¿A qué viene lo de destruirlo todo, como si tuvieran que renovar el material de guerra obsoleto, como hicieron los aliados en Dresde?

Bueno, lo último lo dijo papá, porque mi pregunta era qué pasó con la chica.

 

 

 

Cuentos. (El nido).

12 junio 2010

EL NIDO

Lo había visto en medio de un torrentuelo nervioso, las ramas verdes abrazando el sol y un poco triste, como si fuese a atardecer aprisa, como cuando llueve encima de las palomas y de los perros. Yo iba con mi vestido de lunares y mis zapatillas rojas y brillantes, contando las piedras y los pasos, espantando lagartijas y tirando chinas de miedo a los tordillos asustados y redondos, como limpios ratones voladores. Entonces comenzaba a aprender del viento y del paisaje todas las secretas voces infinitas que guarda el mundo, y mis ojos se abrían de par en par hacia lo alto, buscando un punto cada vez más lejano donde posarme. Al fin lo había encontrado. allí, cerca del hueco que dejó una estrella vieja, ya desprendida del cielo, que al caer se transformó en manantial de flores. Me lo mostró un jilguero de pico mentiroso, con los colores jugando a mariposa que se escapa riendo hacia otro rayo de sol, y una gota de arco-iris que guardaba desde la tarde antes en mi pelo, por si acaso era verdad que siguiéndolo encontraría un saco lleno de muñecas y un montón de chocolate. Lo vi sólo un instante, acolchado de plumas blancas y revestido con el calor de la vida, supe entonces que al fin lo había encontrado. Por eso miré al sol de frente y respiré un montón de paisaje al mismo tiempo. Luego fui dejando mis zapatillas rojas al pie del árbol y el vestido de lunares sobre el césped, cerca del hormiguero.

Me despertaron las hojas de pino que llamaban con precisión alborotada a mi ventana. Salía el sol, y a medida que la mancha de luz tomaba figura contorneada, yo iba avanzando en mi nueva consistencia, las fuerzas en mis ojos y sentí una oleada de fuego junto al corazón. Al principio tal vez me asusté, no lo recuerdo, con aquellos pájaros de hiedra que volaban en mis ojos y parecían buscar nidos de musgo y plumas por mis brazos. Pero cuando tendí mis manos hacia el sol que amanecía un viento inolvidable movió los resortes de mi alma, que se fue volando sobre el color inmenso del día, en busca del arco-iris.

Comencé a reír en una infancia de picos blandos, de jilguero o colibrí y mi alegría encontraba semillas de fuego helado entre las hojas pálidas del verano, y mi voz de cascada estallaba de pronto en el silencio, prendida al mensaje del sueño y el misterio abierto al corazón. Un rizo de plata subió desde el mar y se colgó de una estrella primeriza: el carro de luces que prestaba a la tarde un ramillete de nardos. Yo volé hasta más arriba del viento, allí donde los deseos se transforman en una fuente de seda, y me quedé dormida, soñando en mis brazos de pluma y envuelta en cascabeles dorados.

El tiempo se hizo una cadena inmensa de soledad cuando cayó al suelo aquel cuerpecito de espuma palpitante, pidiendo desde su agonía tempranísima un poco de la madurez que rebosaba el viejo estallido de la vida, suficiente para que la pluma convirtiese en aire sus pobres alas recientes. Pero yo sólo pude darle tristeza desalentada, y la presentida imagen del cielo de los pájaros, que formó mi vacío cuando las hormigas se lo llevaban, lentas y ciegas, hacia sus pozos anudados con hilos del diablo. Cuando abrí los ojos, el sol me miraba desde una rama verde y traviesa, en lo alto del gorro adormilado.

Ahora el tiempo se había partido como una fruta repleta de semillas. Yo volvía al mismo arroyo de musgos y de nieve que entonces -con el vestido rojo de lunares y la voz de pájaro- me sirvió de escala mágica, para subir tan alto que las palabras parecían estrellas y los jilgueros nunca caían desde su murallita de algodón caliente, y las hormigas no tenían dientes de león mitológico. Una gota limpia de lluvia se apretó entre mis alas, y yo cerré la puerta del nido.

Me acogió el calor triste del otoño. La palidez de nuestra cama de centeno reseco, y el brillo acuosos del último sol. La cabeza envuelta en mi mismo cuello de tres colores, volví a estar junto a mis recientes hermanos. Y la noche se cerró dentro de los ojos, antes aún que viniese del ponente la mano húmeda del primer viento oscuro.

Son las horas en que sólo la magia despierta, y se envuelve la cara con algodones pintados. Yo la conozco porque vive en los troncos de los viejos olivos, y llama con frecuencia a la puerta de los castaños y los cipreses. Una noche -yo era muy pequeña-, sentí las alas arder como una fiebre de limón maduro, y entonces supe que tenía miedo de sus ojos, porque la magia tiene vacías las enormes cuencas de su recortado esqueleto con piel.

Nos pedía un tributo, porque consideraba el nuestro un hogar, y tenía razón. Sólo que para cobrarlo se vestía de azul, y yo le habría otra puerta, unas veces con mi vestido de lunares, y otras con los ojos asustados y los cuadernos del colegio a medio terminar. Entonces fue cuando papá abrió en el Banco eso que sirve para que los demás te digan que cada vez tienes menos dinero. Pero para nosotros el dinero no tiene valor. Nos bastan los despojos de la comida, la basura, los residuos de las cosechas, los insectos y las fuentes. Por eso, que yo recuerde, nosotros no pagamos a la magia, sino en especie, porque nos enseña a conocer el curso de las estrellas y los colores del firmamento en las noches de los largos viajes a través del mar, y esta es una de las razones por las que las heridas son más cortas y menos profundas en el cuerpo de plumas.

Pero olvidé, en mi cansancio dormido, que aún mis alas no podrían sostener el cuerpo grande de mi herencia recién comida, y que mi edad de pájaro era esa edad sin nombre del niño perdido y llorando. Por eso, al acercarme en busca del aire debí tener más cuidado con la puerta.

Y caí. El interminable camino del silencio, las hojas de abedul, las primeras humedades del rocío, los tres prismas del vuelco. Aquí ahora el cielo estrellado, allí entonces, el cada vez más cercano césped afilado, la vertical del árbol que llamaba hogar, y los brazos inexistentes de quien quizás durmiese. Grité, pero de inmediato recordé que los pájaros no cantan por la noche, y tuve que llorar calladamente, igual que las flores, con un murmullo aún más pálido que la primavera de las mieses, sólo desde el entronque de mi ligero corazón.

Antes de despertar con el dolor ingrato del golpe, lo hice entre las junglas limpias de mi cama. Y pregunté a nadie. “¿Por qué querían comerme las hormigas?”. Esperé la respuesta tanto tiempo, que estuve a punto de dormirme. Por fin llegó; yo, ya tenía de nuevo los ojos muy cerrados.

Y la respuesta al principio, y al centro, y al final de la historia, es un cuerpecito de golondrina aún caliente, con los pelados miembros del cachorro, o del bebé, o de eso, del recentísimo pájaro, desprendido por el viento, o por un palo demasiado largo, o por el destino, hasta el suelo de cemento limpio y sobre la sillita de mimbre asustado, mi vestido nuevo, con grandes lunares amarillos y azules y blancos, y las únicas zapatillas del cuento. Y trazando unos caminos de muerte lineal, las hormigas mínimas arrastrando el cuerpecito pelado que abrió sin querer la puerta del nido.

Manual para padres. (Sólo en casa, con Anita). (I)

4 abril 2010

Solo en casa… ¡Con Anita!

Domingo, 7:15. ha dormido desde las 0.40 del sábado. Se anota como acontecimiento en su cuaderno de Bitácora. Fecha 02/12/00. Intuyo que me aguardan hechos heroicos. Estoy pesado, como la niebla que oculta hoy El Escorial. Aún no humean las calefacciones y los últimos noctámbulos sortean vehículos de insomnes medio ebrios. Un día más ¿un día más Efectúo mis abluciones rituales, ojeo la prensa de ayer, pienso como siempre en mañana. No sé cómo me apaño para ignorar el presente, como si “carpe diem” fuera una prohibición algo así como “cave canem”. Latinajos, claro. En el monográfico de ABC me desaniman los lenguajes del siglo que viene e-commerce, tecno moda, qué se yo. Así que añoraré pronto a los antiguos clásicos semiextintos. ¡Qué será del pobre Virgilio y su Eneida? La niña aprenderá a moverse, a hablar , a precisar, como sus hermanos y más si cabe, porque yo, de magister, poco. La miro, digo a Anita, en su minicuna, me devuelve la mirada, azul como la de Alfonso, en una carita parecida a Laura. Es linda. Toma su primera comida del día, teta a tope. Se queda satisfecha, plácidamente instalada. Ha echado tres aires y dos regüeldos. Se anotan. Después del cólico de gases del otro día, estamos controlando a tope el sistema. Ayer hubo que cambiarle hasta la medalla de neonato. En fin, demos gracias y estemos contentos, mejor es que una obstrucción intestinal. Pero ahora he de prepararme, porque a la madre se le ha ocurrido que tiene que estirar las piernas, Dios mío, qué cosas, y me deja, nos deja solos, claro, yo he puesto la cara de autosuficiencia y aquí estoy, dispuesto a todo, capaz de todo, los últimos de Filipinas, a mi la Legión. Espero que no me pase como con la Bolsa, que por valiente y por seguir a los expertos he perdido hasta la camisa. La niña está tranquila, sonríe a su modo, con los ojos. Me sentaré a su lado, en el sofá, así mi presencia hará que se mantenga confiada. Abro el libro, “El Tunel”, de Sábato. Ya sé que no es la lectura más apropiada, pero me pillaba a mano, no quiero alejarme mucho de la fuente de conflictos. Suena el pí de la alarma: sale la mamá. Me siento. Duerme. Castel, el pintor, está por aquí con su maraña de manías al borde del túnel, me entra la modorrilla postprandial después del Nescafé. Anita me reclama. La saco de la cunita, la coloco sobre mi hombro , eructa. La echo en la cuna. Protesta. Vuelta a empezar. Ahora se me acurruca, bailo con ella al ritmo de Julito Iglesias, el multinacional de Benidorm. Creo que es la única pareja que está a gusto conmigo. Ensayo unos pasos de baile al estilo Gene Kelly -Fred Astaire me queda algo mayor- y tan contentos. Nadie nos critica, eso que hacen los demás sin fijarse en ellos mismos. Nos sentamos en el sofá, a sestear ¡Que felicidad! De repente , sin previo aviso, como es su costumbre, la sirena. Un agudo aviso de emergencia “Espera, que te preparo el biberón”. Imposible. No espera, le urge mi atención inmediata. Cacofónico, reiterativo, la tomo en brazos, un barullo pucheroso que demanda comida. Con ella encima caliento el agua, echo las cinco medidas rasas, suena el teléfono. Suena el móvil. Agito el agua, cierro el biberón, agito de nuevo, no he cerrado bien, se sale, lo enrosco otra vez, sigue saliéndose, suena el teléfono, suena el móvil, llaman a la puerta, llora la niña, grita la niña. El berrinche, llega la sirena de emergencia esta vez en su momento de mayor estridencia. Voy, voy, grito. Se han calmado los timbres, ha huido el visitante, pruebo la temperatura del bibi: leche fría. ¡El calientabiberones está desconectado! Lo enchufo, muevo a tope el mando, introduzco en el agua el recipiente, corro hacia la cuna. ¡Un pequeño ser morado me observa, con las fauces abiertas, la campanilla agitada, los ojos en un mar de lágrimas, el gesto reprobatorio, una explicita acusación de torpeza y descuido en su grito de guerra! A estas alturas los vecinos deben estar alarmados, o alertas, o expectantes. Alfonso habrá llamado al 112, emergencias dígame. Otros comentarán que los del 13ª dejan sola a la niña. En la próxima Junta votaré que no a todo. Saco a la nena, la meneo, le enseño el mundo hostil y nublado por el ventanal del noroeste. Le enseño el Bernabeu. Arrecia en su crítica. ¿Será del Barsa? Como con ella en la cocina. Siento algo húmedo en mi mano, debajo de su espaldita, la saco: sí, empapada, regreso al cuarto, la tumbo. ¡Dios mío! Esto es una declaración de principios: o me atiendes ipso facto o Normandía, Troya, los últimos de Filipinas, el crac del 29… pero tengo que mudarla. La desnudo, y no quiero transcribir el proceso con detalle: se agarra a cada manguita del body como un náufrago al último bote salvavidas, luego me engancha los pelillos del pecho y tira y tira, desconocedora del aprecio que les tengo, cuando se los ha apropiado comienza a introducírselos en la boca, junto con el puñito completo, lo extraigo, voy a por la lupa, saco los pelazos uno a uno, parece que se ha entretenido algo escupiéndolos, o saboreándolos… ¿será caníval? Supongo que la Nidina o el Nutriben leche de lactante no tendrá nada de vaca loca, puaf. Reanuda el llanto, decido envolverla en una toalla, dos toallas, restos de vestidos, la rebozo como una croqueta y me la llevo a la cocina. Saco el biberón de su lecho caliente, prueba: quema. Es demasiado. Mal de ojo, conspiración, vudú, alguien que me odia. Ensayo los métodos tradicionales de enfriado, y decido enchufárselo cuando la niña está al borde de la apnea berrianchil y yo con el colapso. Es un biberón a prueba de gases, Antipo, reflectante, doble airbag y CD. Funciona. Se ha calmado. Instantáneamente. ¿Será un chip? Mueve las piernecillas, recuerdo que la tengo desnudita, aproximado el radiador auxiliar, lo conecto con el pie derecho, acerco la silla con el izquierdo, me siento. ¡Bien! Tras sesenta y tantos siglos de la llamada civilización, heme aquí triunfante. Tal vez deberíamos ser hermafroditas o disponer de mamas concluyentes, y no sólo para hacer pesas. Desvarío. Tengo el ojo derecho con el tic, empieza la migraña. Pero mi nena cierra los suyos, feliz, deglute sin pausa, saborea la insípida leche filo materna con el interés que habrán detectado ya los laboratorios. Sueño, para ser un dios, con un auténtico Jabugo y cosas así. De pronto, los hombres. Otra vez. Recuerdo “la ventana indiscreta”. Alguien debe estar observándome, para fastidiar. Luego miraré concienzudamente, con los prismáticos, los edificios de enfrente. En cuanto pueda levantarme, o sea, cuando termine la niña, la visto, la acuesto después de expulsar los gasecitos, y se duerma, cerraré los visillos para salvaguardar mi intimidad. Detengo mi pensamiento. Vuelve la desesperanza. ¿Sucederá eso alguna vez en el tiempo, en las próximas horas?. Solo en casa con Anita, y ni siquiera es la hora del culebrón.

Diario de Anita.

4 abril 2010

Es el día del padre. He escrito una carta a papá diciendo que le quiero, porque a los papás les gusta saberlo. Ellos creen que nos portamos mal y no les queremos pero solo nos portamos así porque somos niños. Papá se ha caído de la sillita del bebé y Alejandrito ha llorado y todos los demás se han reído. Luego me pasó a mi lo mismo y me enfadé mucho. Le ha dicho a mami que me quiero ir a la cama y dormirme pronto y que ya sea mañana porque hoy nadie me quiere. Sólo Alfonsito y se ha ido. ¡Y es que la vida es muy dura, como dicen los mayores!

Diario de Anita. (El cole).

30 marzo 2010

El Cole

He dicho a mi papá que venga a buscarme al cole, pero luego se lo he explicado a mami. “Quiero que venga papá contigo y con el niño”. Hemos hecho una planita -así llama papá a los cuadernos, porque es un poco antiguo- y me han dado un aplauso porque mis colores eran los más bonitos. Ana, la profe de pintura, dice que trabajo cuando quiero. Y es que a veces pienso y se me ocurren cosas que no puedo explicar. Por eso me dicen que soy vaguilla, y es que los mayores son un poco tontuelos. Mamá se pone un poco pesada con las letras, que son dibujitos de mayores para explicar las palabras, y las palabras son esos dibujos y trazos juntos para explicar las cosas, pero es muy difícil pronunciarlas porque juegan entre ellas y se encabalgan en la lengua. Como tardo en aprender se ponen nerviosos y dicen que soy un poco lenta, así que me recuerdan que este verano quisieron enseñarme. “Yo te llamaba para hacer los deberes”, dice mamá. “Pues yo no te oía, mami”, le contesto. Papá dice que con los niños sólo hay que jugar, aunque él de vez en cuando se olvida y me grita, aunque luego dice que soy su nena. “Menos tontunas”, dice mamá, y papi dice que con sus niños tiene que ser así. Mi hermanito no va al cole. Tampoco fue a mi cumple, que este año lo celebramos en McDonalds porque el día de mi cumple llueve –papá dice que se ha pasado con las rogativas, que es pedir que llueva, porque los mayores se creen esa cosas- porque estaba muy lleno. Es una excusa de papá para quedarse cuidándole y rehuir el mogollón. La monjita dice “narices” es clase, pero le he dicho a mamá que no la regañe, porque papi dice cosas parecidas y no pasa nada.

Diario de Anita. (El cumple)

28 marzo 2010

Ha sido mi cumple. Han puesto globos de colores en el jardín, y un tobogán y una canasta de baloncesto que es una torre con unas redes para colar el balón. Ha llovido y los papás se han metido en la casa, así que al cantar “cumpleaños feliz” me he asustado con tanta voz de mayor y he llorado. Entonces papá me ha cogido en brazos y me ha dado cuatro besos porque cumplo cuatro años y mi hermanito Alejandro que está en la barriguita de mami se ha puesto contento. No he invitado a muchos niños. Papá me pregunta por qué no invité a Ángel.

  • Porque no podí.

Se ríe. Estoy ya muy mayor, y sé caerme de culo en la tierra, y apartar la cara cuando los mayores den balonazos y coger bien los cubiertos. Pero todavía no sé cómo no destrozar los zapatos, ni ponerme toda toda llenita de arena.

En el cumple estuvo mi hermano Alfonso, que se ha dejado una barbita. Papi dice que se parece a D´Artagnan, que es como Dartacán pero en mosquetero. Se ha portado muy bien. Mi hermana Laura y Dani no han venido porque tenían una boda en Segovia, y hemos puesto el letrero de “Feliz Cumpleaños” y la guirnalda de colorines que pusieron en la fiesta sorpresa de cuando nací, una que le hicieron a Dani en la bodeguilla.

Mi papá dice que está mayor pero yo le encuentro muy guapo. Le digo que le quiero, y eso le gusta mucho, claro. Pero es verdad.

Diario de Anita. (He aprendido a hacer pareados).

27 marzo 2010

He aprendido a hacer pareados. Son palabras que suenan igual, y los mayores se ponen contentos cuando les salen. Por ejemplo, la luna está escondidita / detrás de la nubecita. Es muy fácil, pero yo pongo cara de difícil, como cuando Mar, la profe del cole, nos manda algo nuevo. Ya voy al cole, y mami me viste cada mañana como si fuera a una fiesta, toda limpita y planchada, de azul, de blanco, de rosa… En el cole hay niños y los papás sólo pueden estar un poquito, justo para llevarnos. También hay profes y monjitas y cuidadoras, que son las que regañan y cuidan la puerta. Cuando se abren, los niños grandes juegan a escaparse, pero es muy peligroso. También dan empujones, y gritan, así que los peques vamos al patio de arena, para llenarnos los zapatos y llevar la arena a las casas. Papá siempre me los quita encima del sofá o en la alfombra, porque le gusta que su niña cambie de zapatos en cuanto llega a casa, y mientras recoge la arena me dice que es imposible caminar así. Pero los niños sabemos. Papá siempre está haciendo pareados, jugando y contando cuentos que se inventa y luego se le olvidan, como el de la ballena Azucena y el ballenato Renato, la orca Mazorca, la orquita Pepita y el delfín Serafín y el pingüino Rufino. Papá ronca, y silba cuando duerme, y se ha roto un dedo. Mamá me hace arroz y macarrones y me lleva al parque, menos mal, porque papá dice que está lleno de mucamas y que no va. En el cole tenemos una tortuga que se llama Filomena, y papá dice que será porque le gusta la música. A veces no le comprendo porque habla un poco raro.

Diario de Anita bebé.

27 marzo 2010

Papá se ha quedado dormido en el sofá. Pobrecito. Se cree que no le quiero, porque se lo digo de broma, claro. Me gusta hacerle rabiar; pone cara de pena, arrugando los belfos como un pachoncete. Mi hermana Laura espera para llevarme a casa porque estamos en el despacho. Lo paso bien aquí, hay un pasillo muy largo y gente seria sentadita frente a los ordenadores. Yo sé manejar el de casa, y tengo unos programas que me trajo mi hermano Alfonso. Me quieren. Los del despacho sonríen cuando llego y a veces les pongo cara de enfadada, para contrastar. Bueno, le daré besos a papi y le diré bajito que le quiero, sin despertarle. Esta noche me contará el cuento de la ballena Azucena y el ballenato Renato; el de las dos niñas de las Alfombras que vuelan y el príncipe de la barba negra. O el de Jim, la isla del tesoro. Me gusta que me cuente lo de Ben Gum, saltando como una cabra por las peñas. También quiero que me cuente Tarzán, que era un niño rey de los monos, pero era bueno.