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EL PACTO

1 septiembre 2014

EL PACTO

Le encontraba todos los días en el mismo banco del Parque de Berlín, a la misma hora, cuando el sol daba sus últimos tumbos -¿o eran pinceladas?- por el horizonte, dejando sus matices de ocre y sueño, según el caso, en todos los cristales.

Así se lo parecía a él, no es cosa mía.

-¿Ves? El sol se tropieza ahora, justo con el tendido eléctrico que esas torres sostienen como las venas de un cíclope.

Luego, reflexionando, me miraba, los ojos grises algo nublados siempre.

-En realidad es el ojo del cíclope. Tal vez se haya despistado con la montaña.

El Escorial también reflejaba, al sur del monasterio, eso que llamamos rayos del sol. Él no pretendía ser poético. Nunca escribía, por otra parte. Yo me apresuraba a anotar sus comentarios, con la plena conciencia de hacerlos míos, un plagio inerte, esa trampa con que se nutre la falta de talento.

-Está pintándose los labios. No sé si es una chica o un travesti.

Reía con el impreciso ritmo de una asístole, como si su corazón y sus pulmones fueran de otro y estuviera acostumbrándose a ese cuerpo extraño.

Esa sí era mi reflexión. Nunca se la trasladé. Él era consciente de que yo estaba allí para acompañarle, y mi presencia no estorbaba su soledad. La acogía casi siempre con un minuto de silencio. Luego, el rito del sol, la risa a borbotones. La eterna mirada gris.

-Sé lo que estás pensando…

Abrió los brazos como un predicador dirigiéndose a los amadísimos hermanos, como un charlatán en la feria, como… Pero no, era otra cosa. Como si fuera a volar.

-Piensas que estoy loco. –Asintió, dándose la razón-. Pues claro. Lo estoy. –Hizo un gesto con los dedos, pellizcando el aire-. Pero no lo suficiente. Si estuviera lo suficientemente loco, el Estado se haría cargo de mí. Así, a medias, nada, ni caso.

Sacó del bolsillo un papel sucio, arrugado, que estiró concienzudamente sin dejar de mirar el último rasgo del poniente. Tarareaba unos compases de Vivaldi. ‘La primavera’. Me tendió el papel llevando el ritmo, un director de orquesta con la extraña batuta del papelazo. Lo leí.

Era una receta. Medio borradas, las prescripciones que debían ser psicofármacos o algo por el estilo.

-De mi psiquiatra. Cuando iba a verle. Decía que con esto me encontraría mejor… -Se echó a reír como nunca. A carcajada limpia. Con el ritmo sinusal, una regularidad de patio de butacas repleto de público fervoroso. Yo había pensado antes en ese tipo de risa, en el grito colectivo y unánime que a veces logran los cómicos, y les hace grandes. Luego pensé en la radio, en la tele… En las carcajadas facilotas de las tertulias y los telefonazos que líderes de opinión arrancan con esos realities de tres al cuarto: ‘A ver, cuéntenos qué le sucedió cuando…’. Él reía con lágrimas, pero no me contagiaba. Casi incómodo, le devolví la receta.

-¡No, no! ¡Quédatela, de recuerdo…! Me marcho mañana, y como has sido mi amigo este tiempo, te regalo parte de mi vida.

Me dejó sin palabras. Quiero decir, con la mente en blanco, porque ya digo que en aquellos encuentros yo hablaba poco, tomaba notas… ¡Las notas! Ya había conseguido un pequeño diccionario de citas, pensaba intercalarlas como si fueran de distintos autores en alguno de mis artículos de ‘El cultural hebdomadario’. Brindárselas, por gala de creador, al crítico del periódico…

Pensé en esos autores que encuentran una fuente… y de ella mana todo cuanto son. Artesanos hábiles de un agua fresa y radiante, oculta en la montaña, cernida a laderas de otro, ausente o muerto, o desconocido, o falseado. Yo ni siquiera tenía esa habilidad, o esa fortuna. La mía era el trabajo duro, Salieri de tercera frente a tanto Mozart. Había leído obras que copiaban autores del fecundo siglo XVI, del travieso XVII. Personajes, aventuras, dichos, todo estaba allí. Pero nunca se me ocurrió señalar con el dedo, quevedianamente, porque, en el fondo, era envidia y no celo lo que sentía.

“Dejemos esto” –me dije en aquel momento, cuando él ya rebullía inquieto en el banco, porque después del poniente regresaba a San Rafael para cenar y dormir, acogido por los hermanos de San Juan de Dios y los voluntarios. Y luego, en voz alta, seguí, escuchándome a mí mismo:

-¡Pero qué vas a hacer, hombre! –Le miré a los ojos. Había recogido en ellos un dorado suelto, la pincelada chorreante del sol en un espejo sucio-. ¡Aquí podemos cuidarte, aquí estás bien! Mira –señalé la receta, cuyo tacto me pareció de pluma seca y dura, una paloma disecada- Mañana te compraré estos medicamentos. ¡Te sentarán bien!

Me di cuenta de que había pronunciado sus mismas palabras, con una variante tan ligera que las hacía aún más despreciables. Sonrió. Luego, pausadamente, se levantó y alzó los brazos, estirándose, desperezándose, tan tranquilo.

-Lo hago mucho. Como los gatos. Me sienta bien. Tú deberías hacerlo, para poner más derechas esas cervicales –señaló mi cuello, como quien informa de una señal de tráfico-. Aunque vosotros tenéis poco remedio.

Vosotros… ¿A quién se referiría? No pregunté. Esa cuestión quedaba para mí. Se marchó despacio, con su periódico atrasado bajo el brazo. Al poco, se volvió.

-Sólo me preocupa el pacto.

Se detuvo. Me daba la espalda, pero seguía hablando. Me aproximé.

-¿El pacto?

-Sí, verás. Todos tenemos una misión que cumplir en el mundo. ¿Lo sabes, no? ¡Claro! Lo sabe todo el mundo… Es el pacto con la vida. Tú, por estar vivo, tienes que intentar hacer las cosas lo mejor posible. Y me preocupa no cumplirlo. Por eso, a veces, pienso que debería tomarlas… -Señaló el papel que aún tenía yo en la mano-. Porque si uno está bien, hará bien… Y si no…

Parecía enfrentarse a un dilema crucial. ¿Acaso era la primera vez? No. Comprendí que era el leiv motiv de su sinfonía. Un movimiento desparejado en la pieza musical. Tarareó de nuevo a Vivaldi. Acordes de ‘El invierno’. Los entremezclaba. Me guardé la receta en el bolsillo y le pasé el brazo por los hombros.

-Vamos, te acompaño al hotel.

FÁBULAS PARA UNA CRISIS. (Primera parte).

23 marzo 2013

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FÁBULAS DEL REINO DE  XI-PAN-YÁ

西班牙 王國 的寓言  故事

西班牙: España o XIPANYA

聯合    王國: reino o del reino

寓言: fábulas

Por LAO-MA-DAO

Sinólogo. Master en lengua HAN por una I.U. of BEI-JING  (不存在  大學  北京) (Una inexistente universidad de Pekín).

Transcripción: Amador García-Carrasco.

Adaptación libre y parcial de la selección de Wei Chin-chi, versión francesa de A. Laurent, Adiax, Buenos Aires, 1.979.

Un elogio,

una censura. Es igual

de estimable

o no.

Lo único que diferencia el mundo

es el tipo de sueño

que se sueña.

FÁBULAS (CHINAS) PARA UNA CRISIS

A modo de introducción (suave).

En su Hawthorne, Borges desprecia la alegoría. Tal vez ignoraba el carácter de su propia obra. Las fábulas son, para algún intelectual, chácharas plebeyas que deben menospreciarse. Es uno de los motivos, si no el mayor o único, de que me guste leerlas y disfrutarlas. Para mí, una fábula es un arquetipo. Del modelo cabe hacer copia, o deformarlo. Como las parábolas. Como en el arte. Hablar claro puede ser hacerlo  mediante imágenes y espejos.

Tropecé en la biblioteca de mi abuelo con un librillo de fábulas: estaba en el suelo, víctima de un toque de plumero vengador, junto a un botoncito de marfil que había pertenecido al traje de una gheisa diminuta que lo acompañaba. No era extraño que la limpieza del lugar produjera esos desperfectos. Mi abuelo decía que los libros se limpian solos, leyéndolos, y que los adornos en las estanterías, por mucho que realzasen la decoración, eran más bien estorbos. Y encima ucrónicos, como en el caso del libro de ZongHuó y la bella de JiPen.

Siguiendo su pauta,  lo leí en un santiamén. Al hacerlo me parecía ver imágenes no demasiado antiguas. Personajes que, como  siempre en la lección del fabulador, recuerdan mucho el aire de la actualidad, aquel que sopló el burro flautista en el prado de Samaniego.

Las copio tal cual. No puedo dar título ni copyright, si lo tiene o lo tuvo,  porque al opúsculo le faltan las tapas, y posiblemente una docena de hojas, unas al comienzo, otras al final, de modo que esto es lo que hay. Rebusqué por la zona, y hallé cosas de empaque, como la Pseudodoxia epidémica, de Browne, en la edición de Wilkin de 1.835, que ojeé sin entender una palabra, con la pretensión de que algo de su exótica ciencia se me pegase. Como dicen que sucede con el aire del campo, que te da salud a pesar de los bichos y del tufillo, y es que, como dijo Hipócrates, todo lo amargo sana.

Amargas pueden parecer alguna de las píldoras que las tradiciones chinas, con estas fabulillas, nos hacen deglutir, de modo que es de esperar que mejoren nuestra deteriorada salud de viejos occidentales, con los imperios quebrados, hablando del sexo de los ángeles y de la prima   de riesgo, mientras los bárbaros toman Roma y asaltan Bizancio.

Después de entrar en reedición, algún alma descarriada mangó el original, o sea lo sustrajo del lugar donde el editor lo había colocado para devolvérmelo. No sé qué pensar. Me habría gustado conservarlo, y sobre todo confrontar el que ahora tienes en tus manos con el otro, pues me temo que ha habido alguna manipulación. No importa. Si alguien ha sido capaz de adaptar un guión antiguo, reconozcamos su mérito, siempre que él reconozca su tributo. Aunque sea anónimamente, como la oración de la viuda frente a la ostentación del fariseo. Centón real o simulado, aquí lo tienes.

¡Ah! Se me olvidaba. Esta es una obra antigua. Cualquier parecido con la realidad, o sea con la actualidad, es mera coincidencia.

1.-  Unos duques corruptos declaran una guerra inoportuna y tras perderla siguen en el poder.

XI PAN, un reino, antes belicoso, había logrado la paz, tras muchos años de esfuerzo y de contiendas. Todos parecían ya satisfechos, pues si bien el fruto de la paz no es igualmente dulce, según quién lo toma, de cuál de sus árboles y en qué momento, resulta siempre mejor que cualquier otro. En especial que el fruto podrido de la guerra.

Indignos de los frutos de la paz, algunos privilegiados intrigaban, primero oscuramente, luego a plena luz, porque es más permisivo el gobierno que ha sufrido penurias y quiere la concordia que el que ambiciona conquistas y anula la libertad. Y de eso se aprovechaban los duques de la región este del reino, una de las más prósperas, porque más rico era su territorio, más hábiles su artesanos y más prebendas y ayudas recibían, en parte por sus méritos, en parte por el hábil juego de las conspiraciones palaciegas.

Finalmente, el duque de PÙ unió sus mesnadas al duque de MÁ, los más poderosos y ricos, con riqueza y poder obtenida de tantos años de paz fructífera buen bien aprovechada en propio beneficio y plantearon un ultimátum al rey  KA LÓ, electo por la mayoría del pueblo. Éste, un soberano sensato y que en modo alguno deseaba una nueva guerra, preguntó a sus consejeros.

-¿Qué razones, si las hay, esgrimen PÙ y MÁ, mis duques del este, para rebelarse?

El Consejo respondió unánimemente, con serenidad. Tampoco ninguno de sus componentes, excepto los duques rebeldes, quería  la guerra. Muchos habían conocido las heridas que causa. Y los más jóvenes, nacidos ya en la paz, si bien las ignoraban, vivían demasiado bien como para ponerlas en riesgo. Uno de ellos dijo:

-No son razones. Son intereses. No puede haber razón para romper la paz, sólo la agresión si no puede repararse de otra forma.

-Esperaremos entonces la agresión –dijo el rey. Entretanto, confiemos en el buen juicio de los duques rebeldes, y que les retorne la cordura.

-¡Pero Majestad! ¡Continúan pidiendo oro y prebendas! ¡Con ellas se armarán y fortalecerán sus mesnadas para combatiros!

El rey alzó la mano.

-Será para combatirse a sí mismos, entonces. Porque yo no les atacaré. Seguid enviando lo que pidan, y junto con esas remesas enviadles mensajeros de paz. Me entristecería que sólo buscasen el interés, un poder más allá de lo razonable.

Y así se hizo. Los duques y cada vez más numerosas mesnadas, bien nutridas con el oro del reino y el propio, continuaban atizando el fuego de la discordia. A ellos se unieron los enemigos tradicionales de la unión del reino de XI PAN.

-¡Nos tratan con injusticia! ¡Separémonos de este reino infame que nos tortura y menosprecia!

A decir verdad, ni los propios cronistas entendían estos alegatos, pero continuaban adulando a los poderosos duques, PÙ y MÁ. Claro que eran excelentemente retribuidos por sus servicios, entre los que se encontraban los de difamar a los jerarcas del reino, tildándolos de enemigos de su pueblo, sus costumbres, sus tradiciones y su lengua.

Un miembro del Consejo, no adicto a los duques rebeldes, afirmó que ninguna de las causas de la rebelión era real, y que tal vez por ello mismo fueran más peligrosas. El Consejo así se lo hizo ver al monarca.

-Prefiero equivocarme. ¿Sería entendida mejor mi espada que mi razón? ¿Utilizaré mis brazos para golpear o para abrazar? Es parte del reino, y muchos de sus habitantes, estoy seguro, son razonables y sensatos. No comulgan con las ideas injuriosas de sus líderes, que parecen haber enloquecido. Esperad. Todo volverá a su cauce.

Pero se equivocaba. Tras un plan conjunto con fuerzas mercenarias y guerrilleros fuera de la ley, los duques enviaron sus mesnadas  para atacar puntos vulnerables y urdieron el asesinato del rey y de su primer ministro, comprando a los eunucos de palacio. La conjura estuvo a punto de tener éxito, pero el hijo mayor del rey y su heredero, que había establecido una red de espías, abortó la maniobra. Los duques rebeldes, PÙ y MÁ, con sus familiares y acólitos, aguardaban en seguro las noticias de la guerra. Pronto las conocieron de cerca, ya que su propia gente se rebeló, al descubrir enormes riquezas en los sótanos de sus palacios, tesoros robados al pueblo con una interesada y corrupta administración.

Cuando iban a colgarlos llegó el indulto real.

Los duques convencieron a todos, con nuevas mentiras, de que estaban arrepentidos, y que las riquezas ocultas eran una reserva para tiempos de crisis. Como era el caso, no tuvieron más remedio que repartirlas entre la gente, que ignoraba, e ignora aún, la magnitud de lo que habían acumulado en decenios de rapiña.

Al Consejo llegó, meses después, la petición de ayuda de los ducados rebeldes, ya sometidos.

-¿No queríais todo para vosotros y no dar nada a los demás? –arguyó el consejero más joven, que aspiraba a canciller. ¿Cómo lo pedís ahora?

El enviado de PÙ y MÁ, un senescal, sobrino de la concubina del primero, abrió los brazos suspirando.

-¡Porque nos conviene! –dijo,  en un hilo de voz.

 

Jardín de la anécdotas de los viejos reinos combatientes.

Enseñanza: los astutos ganan aunque pierdan.

Lo que con unos se pierde con otros se gana.


2.- El rey que quería la inmortalidad.

El gran BA-TA-THENG, que había heredado XI PAN, un reino próspero y pacífico, pasaba su tiempo contando nubes, adoraba estrellas y sólo le preocupaba el paso del tiempo, que es el mismo para los reyes que para los plebeyos. Pero como él tenía más medios que un pobre campesino, consumía sulfuro de mercurio y se hacía preparar elixires y ungüentos en la búsqueda de la inmortalidad.

Uno de esos días en que los rasgos de su semblante acusaban más la preocupación que le corroía –y que no era precisamente el bienestar de sus súbditos-  su primer consejero, el astuto KAL-BÚ, quien en secreto aspiraba a sucederle, le preguntó.

Dime, gran rey. ¿Qué embarga tu noble rostro de melancolía?

BA-TA-THENG se sorbió una lágrima –era en extremo sensible con sus propias aflicciones- y miró a los ojos de KAL-BÚ.

-Quiero pasar a la historia. No ser nunca olvidado. Que se hable de mí generación tras generación. Esa será mi inmortalidad, buen KAL-BÚ, pues me temo que a la postre ni el Hijo del Cielo escapa de la muerte física.

El primer consejero reflexionó, pellizcándose los antebrazos, ocultos en las anchas mangas que, además de puñales, ocultaban los pensamientos. Contó hasta quince: yi, er, san…como le había prescrito su padre, un sabio pescador de truchas del Yant-Zé. Paciencia, observación. Es la clave de toda respuesta correcta.

-Gasta más de lo que ingresas. Acaba con todo lo que has heredado. De esa manera arruinarás el reino, y hablarán de ti todas las generaciones futuras. ¡Pasarán los años en vano, si pretenden olvidarte! Ninguno de tus enemigos dejará de citarte como el precursor de toda desdicha. Tus partidarios te nombrarán, incluso en sus silencios, para preterirte o para superarte. ¡No hay memoria que supere en fuerza a la desgracia, un gran río con interminable número de afluentes!

Así lo hizo el rey BA-TA-THENG. En pocos años dilapidó los tesoros del reino. Aumentó hasta la náusea la clientela de sus paniaguados, distribuyó prebendas y pagó favores con tal prodigalidad que, en efecto, al morir, el reino que había sido próspero estaba arruinado, su prestigio hundido, las regiones que habían sido un ejemplo de cohesión estaban divididas, y el nuevo rey lamentaba cada día el honor de haberle sucedido. Apenas tenía el reino, y sus habitantes, para una mísera subsistencia, y, en efecto, el nombre de BA-TA-THENG no se caía de los labios cuando se trataba de culpar a alguien de todos los males del mundo.

De esta manera alcanzó la perseguida inmortalidad. Porque la vida está en la memoria de las gentes. ¡Qué sabio fue su  primer ministro, KAl-BÚ!

 

Jardín de las anécdotas del Imperio del Centro. Los Consejos de KAL-BÚ.

Quien bien tiene y mal escoge, del mal que le venga no se enoje.

 

 

3.- La maledicencia y el poeta MA-DIN.

Al poeta MA-DIN le daba miedo hablar en público. Un día oyó que en los teatros de algunos ducados del reino se burlaban de los ancestros. Impelido por una fuerza superior viajó hasta las capitales donde se zahería a los antepasados. Subió al escenario y con voz poderosa recitó durante horas los Anales del Reino de XI PAN. Todos callaron, y a partir de esos días nadie volvió al teatro para escuchar las burlas sobre hechos y personas dignas de veneración y respeto.

 

Jardín de las anécdotas.

Vida del poeta MA-DIN.

Con bondad se adquiere autoridad.

 

 

 

 


4.- El jugador que quiso ser funcionario del emperador.

En el reino de PA-LLÁ, situado al nordeste del Imperio del Centro,  la crisis había empobrecido muchos hogares y los comerciantes se quejaban continuamente de la pérdida de valor de sus negocios. Sólo se mantenían florecientes los que dependían de los gobernantes y los políticos y también los que se relacionaban con el juego y el ocio.

Se apreciaba hasta el extremo el deporte del Chú, que consistía en golpear una bola con los pies y el cuerpo, entre unos y otros jugadores de dos equipos. Tan popular se hizo que su líder, MES-PU-JI aspiró a los exámenes de funcionario. Una alta dignidad del imperio.

Sus mentores le interrogaron, extrañados.

-Pero, ¿has leído los Analecta? ¿Conoces los mil quinientos trazos?

Porque los puestos de funcionario estaban reservados a ilustrados y sabios, además de la gente hábil en las intrigas y el medro personal a costa de lo que fuere.

MES-PU-JÍ se echó a reír.

-¿Acaso los necesito cuando salgo al terreno de juego y me aclaman las vociferantes masas como si fuera un dios?

De modo que se presentó a los exámenes haciendo alarde de su oro y sus joyas, pero ausente de conocimientos en  profundidad.

Muchos estaban complacidos y decían: ‘He aquí que este representante del pueblo aspira a igualarse a las élites;  sea bienvenido, y de este modo conseguiremos que haya más igualdad entre todo el mundo’

. Sin embargo fue reprobado. El suyo no era el tipo de mérito que se exigía para la administración sino para la distracción.

-No todos pueden ser Buda –decían los más sensatos, al referirlo.

Y es que no debe hacerse alarde de poder y de riqueza cuando muchos se alimentan de las migajas. Ni asimilar los bienes materiales a los que se adquieren con el esfuerzo del espíritu.

Jardín de las anécdotas del reino de PA-LLÁ.

Siéntate en tu lugar. No te tendrás que levantar.

La enciclopedia. (I).

29 octubre 2012

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LA ENCICLOPEDIA

 

 

Me regalaron la enciclopedia por mi cumpleaños. Había leído que a algunos escritores importantes, como a Borges, les fascinaban las enciclopedias. No vais a creerlo pero no teníamos ninguna en casa. Hubo, hace años, sí, pero fue desguazada en una quita de papel junto con mi colección de comics y los álbumes de cromos. Ideas de mi tía Federica, tan amante del zen que habría tirado un incunable por el retrete si su presencia, o el polvillo del pergamino avejentado, estorbase el perfecto discurrir del Feng Sui.

 

La enciclopedia era gruesa, ancha, grandota, de papel brillante y fotos a todo color, con unas tapas de cartón piedra, un libro de esos que tienes que manejar en un sitio y con un propósito determinado. Era yo lo que yo buscaba. Nada de esos libros de bolsillo que acaban tarados en las estaciones del Metro, hartos de navegar por el mundo sin un momento de placidez.

 

El día de mi cumpleaños, ya anochecido, cuando me quedé solo en mi habitación, busqué el lugar. Lo encontré enseguida, justo ocupando el cuadrante exterior derecho de mi mesa de estudio –que también era de trabajo y ocasionalmente de comedor, una tabla multiusos- que es mi sitio preferido. El atril, con un texto de Browne, le hacía guardia, más al interior de la plataforma, y una cuña alargada que situé como almohadón lo elevaba a mi comodidad, porque soy un maniático de los ángulos de lectura, que me parecen tan fundamentales como los ángulos de ataque en el golf. Una de las razones –no la única, pero olvido rápidamente las otras- por las que no escribo en los teclados es precisamente la posición horizontal de las teclas, ya que como no soy mecanógrafo, me veo obligado a mirar las letrillas mientras las pulso, o sea, que leo hacia abajo, cuando sólo disfruto leyendo hacia arriba.
De todas formas, pensé que con la enciclopedia iba a ser diferente. Mi entusiasmo contenido, porque ya algunos en la familia y entre los allegados me tildaban de excéntrico, se iba desatando simplemente al contemplarla, rendida a mis ojos como una presa conquistada –si bien no sé exactamente qué sea eso- y me iba poniendo el pijama sin quitarle el ojo de encima. Desde mi baño, cepillándome los dientes, unía las abluciones rituales con una ojeada al libro, que también parecía observarme, ansioso, quizás, de tal forma que así se me antojaba el encuentro de una pareja en su primera noche de amores.

 

Y así, descalzo sobre la moqueta, me acerqué. Acariciando la tapa, cerré los ojos, y como un ciego experto en Braille, recorría con mis dedos la superficie tatuada, identificando letras y dibujos. Al fin me detuve, porque detectaba una figura escotada, cuyo seno turgente escapaba apenas del escote, y casi puedo decir que percibí un ligero temblor, sin duda el mío, que tontamente achacaba, en ese momento de cansancio y pasión torpemente unidos, a una materia inerte.

 

Suspiré, siguiendo mi costumbre –antes lo hacía mejor, una respiración abdominal, relajante- para tranquilizar, instintivamente, el ánimo, que comenzaba a sentir la conciencia de culpa de cada noche, por arrebatar horas al sueño y quebrantar con ello mi salud, según parece. No me fijé demasiado en los arabescos de la guarda, si bien me pareció que allí no había nada semejante a alguna moza descocada, y abrí la enciclopedia. Me pareció que así debía ser la primera vez: sortem legere, leer a la suerte, como en los exámenes de los doctorandos en Salamanca, allá por las épocas en que los universitarios sabían leer en latín yen griego. Hinqué el pulpejo de mi índice en una de las entradas, al azar. En negrita, nítidamente, se destacaba el artículo CIELO. Juraría que había abierto el libro en su tercio final. Esperaba algo de la letra S, como SUEÑO o de la R como ROMA. Por cierto, aquello parecía más bien un diccionario. Me reí de mí mismo. Estaba anticipando mis propias frustraciones, una vez más, a la realidad desconocida. CIELO es una entrada típica de enciclopedia, aun cuando resulte indispensable en un diccionario. SUEÑO puede que no, pero aún ignoraba si mi libro la contenía.

 

Cuando empecé a leer me di cuenta de que estaba de pie, en contra de mi hábito de años. Tampoco comía de pie. Néstor Luján, con quien visité de noche el auténtico cuadro de Las Meninas que guardaba en su masía, me lo prohibió. Por cierto, a su muerte, y con él, desapareció también el cuadro. Lástima. Pues bien, si yo ni leía ni comía jamás de pie, a qué venía esta singularidad, tan espacial y tan exótica como las teorías de Stephen Hawking…

 

No me dio tiempo a meditarlo, ni a razonarlo, ni a nada, porque me quedé dormido.

El túnel.

20 agosto 2012

EL TÚNEL

 

 

Yo había leído la obra que lleva ese título, de Ernesto Sábato, y reconozco que me sentía sobrecogido, tiempo después, sin que a ciencia cierta supiera el motivo, porque el caso es que pocos detalles conservo de esa lectura; imagino que es tan buena que se queda dentro de uno, impregnando sus células, y por eso en nada se precisa memorizar algún parrafito para lucirse en las tertulias.

 

Por eso tal vez, y por lo que vino a pasar unos años más tarde, debo ahora ser sincero, y transmitir con toda la honestidad que es lícita a un escritor –o sea, más bien poca, porque su objetivo primordial es engañar o al menos engatusar al prójimo- que, a mi juicio, es poco el cuidado que hemos de tener con ciertas lecturas y extremado el que hemos de poner ante ciertas circunstancias, porque la realidad –y esos recuerdos que no se tienen pero se sienten- es muy diferente a lo que nos muestra como tal.

 

Aquella tarde había comenzado con un hecho turbador: la fiesta de cumpleaños de unos gemelos, niño y niña, en el chalet de su padre, mi jefe, cuya hija mayor me tiraba los tejos, aunque yo hubiera preferido que fuera su madre la interesada. Mi jefe me había confesado su absoluto desprecio por esa familia, que mantenía económica y legalmente por razones que sólo él debía comprender, y que se mezclaban con la iglesia, los votos de una orden poderosa y la sociedad de la alta burguesía catalana, en la que se había incrustado como un fósil de molusco en un estrato residual del paleolítico.

 

La madre de las criaturas, una belleza del lugar, rica heredera y previsible amante del visorrey, como llamaban por tapadillo al número uno de la administración, había contratado un ejército de payasos, divertidores y papanatas, que le costaban uno de sus bellos ojos de la cara. En un rincón del jardín instalaron un laberinto de bolas, entre las que los niños se deslizaban, ocultándose hasta que eran descubiertos, momento en el que unos y otros recibían premios y aplausos, que también habían sido contratados.

 

Yo había deglutido la falsa limonada de la casa, una especie de cóctel de más o menos cincuenta grados, y aunque aguanto bien, si no me muevo demasiado, ya comenzaba a sentirme contento. Por eso no presté demasiada atención al guirigay que se estaba montando a veinte metros de mi puesto de observación, una butaca de respaldo reclinable junto a una mesa acogedora y bajo el espeso toldo de un sauce cuyas ramas más bajas a veces llegaba a cosquillearme la coronilla, mecidas por el suave vientecillo del sur. Todo el escenario, ideal para una siesta de ojos abiertos, se vino abajo con el grito.

 

-¡El niño! ¿Dónde está el niño?

 

Supuse, inmediatamente, que se referían a uno de los gemelos, concretamente al varón. Aún tenía la mente lúcida, y llegaba rápidamente a conclusiones lógicas. También supuse que no lo encontraban, y que mi jefe iría a buscarme de un momento a otro para que ayudara en la pesquisa.

 

No he dicho aún que soy el jefe de seguridad de la empresa. Detective, por más señas. Y dipsómano, de los que se asesinan muy, muy lentamente, sin prisa alguna. Me había dedicado a eso tras mis persistentes fracasos con mi auténtica vocación, la de escritor. Los editores son como las mujeres: sólo les gustan los malos.

 

Mi experiencia en esto de mantener corto el paso y larga la mirada es, por tanto, muy reciente, pero efectiva. Yo he sido, como todos los jóvenes sanos, excesivo en todo, y particularmente rápido, y no me preguntéis cómo empecé a corregirme. El caso es que acudí a la fuente del grito, que ya estaba rodeada de un variopinto conjunto humano y humanoide, amén de los varios mamíferos de la casa, que husmeaban inquietos. Era el laberinto de bolas, que parecía de lo más inofensivo, excepto por un motivo que varias voces histéricas se empeñaban en explicar a la vez: el niño se había metido por el túnel –ya llega la asociación de ideas- y había desaparecido.

 

No es habitual que una criatura desaparezca en un recinto cerrado, cubierto de bolas de colores de ese material sutil que ni pesa ni huele y que se dispersa cuando nos metemos en él, haciéndonos hueco como en el teorema de Arquímedes. ¿O era el principio? Yo lo hice, entré en el habitáculo, me senté –más bien me resbalé, pero despacio, y pude guardar las formas- y miré a través del tubo. Era un conducto de tres metros que daba a un codo, tras el cual se abría otro pasillo de dos metros, y luego desembocaba en una torrecita con puertas.  Tenía una derivación hacia la entrada, que pretendía darle la gracia, o sea el despiste de los perseguidores.

 

Ni que decir tiene que en ningún momento pensé que el chico estaría allí. Los gemelos eran especialmente traviesos, y además habían recibido clases avanzadas de sus hermanos mayores. Recorrí a gatas todos los conductos, salí primero por la caseta y luego por la puerta falsa de la entrada, y me incorporé abriendo los brazos, con ese gesto de entrenador de fútbol cuando su crack ha fallado en la puerta de gol.

 

-Aquí no hay nadie.

 

Una risita cantarina surgió del entarimado que hasta pocos minutos antes sirvió de escenario para la representación de Peter Pan en Disney World, un musical del curso de los gemelos, dirigido por la directora del colegio, aficionada al teatro de masas.

 

La risita era de Cristina, la niña mayor de mi jefe. Tardé unos segundos en percatarme de que se reía de mí.

 

-¡Vaya descubrimiento!

 

Era el jardinero, oficiando de clown, cosa que le encantaba, porque tenía algo de travesti. Me odiaba desde que arranqué distraídamente un esqueje del rosal oloroso que había traído de Sevilla.

 

-Pues habrá que buscar en otro sitio. ¡No veo dónde está el problema!

 

-El problema está en que no ha salido del túnel. Estaba con otros dos niños, y de repente ha desaparecido.

 

No negaré que por un momento creí haber descubierto el truco. Es decir, que había truco en todo aquello, y que, como en el escapismo de Houdini, nos esperaba una respuesta final. El gemelo aparecería entre nubes de azúcar glaseada y pífanos al estilo Hollywood, sonriendo como un pitufo. Por eso me dirigí a mi jefe, y le dí un somero codazo, entre confiado e inquieto.

 

-Buen trabajo, boss… Pero no me dé estos sustos, hombre, que me lo tomo muy a pecho.

 

Mi amo me miró con la papada en descenso, y eso resultaba mosqueante  a tope. Porque nada odiaba tanto en su fisonomía como esa papada, que pretendía ocultar con severas contorsiones de cervicales y estirando la mandíbula hasta la desarticulación. En esto se acercó la señora, con el rimel corrido. Esa era una señal inequívoca de que algo grave, muy grave, sucedía.

 

-Le han raptado, Felipe. Seguro. Por el rescate. Ya te dije que no debíamos hacer tanto fiestorro, que atrae a los cacos. ¡Y qué hacemos ahora! –Me miró; yo temblaba ante ella en casos normales, pero en esta ocasión sus ojos lacrimosos me estaban humedeciendo la pituitaria. Me veía a punto de estornudar, deshaciendo el encanto del momento. Entonces pronunció la frase.

 

-¡Estamos en tus manos, Cosmito!

 

¡Cosmito! Estuve a punto de derretirme, y eso que la temperatura ambiente empezaba a ser fresquita. Aquel apelativo cariñoso despertó mi adrenalina, y en un pis pás puse todo patas arriba; llamé a los servicios especiales y a mi ayudante, un becario aragonés que se pasaba el día masticando pimientos de Padrón.

 

-Me aclaran el cerebro, jefe –yo era su jefe, claro- y no puedo evitarlo. Sólo cuando pican, pero me echo un trago de tintorro al coleto y se me pasa.

 

Mi método solía ser el caos, que es lo más lógico sobre la corteza terrestre y allende los mares que uno puede manejar. Lo demás, las estructuras, superestructuras, objetividades, evidencias, y cosas así me sonaban a verborreas marxistoides, nada eficaces. También acudía al método de la meditación, y en ocasiones, hasta que me quedaba frito, se me ocurrían posibles soluciones a los enigmas. Los sábados practicaba jeroglíficos, con escaso acierto, por cierto. Y jugaba al retruécano, a ver si aprendía de una vez qué era eso.

 

En esta ocasión opté por la diligencia aparente. Empezaba por repetir. Repetir, repetir, una y otra y otra vez, hasta encontrar lo que fuere, que, naturalmente, ignoraba de qué podía tratarse. Los servicios especiales y la brigada de secuestros, además de un montón de vecinos, atraídos por el morbo, deambulaban por el jardín, algunos engullendo canapés y fortaleciendo su ego con alguna copita. Dije a Pedro, mi ayudante, que hiciera unas fotos y esperase mis órdenes sin moverse, justo en la entrada del jardín de bolas. Yo entré de nuevo, me puse a gatas –ya no recordaba dónde había dejado mi chaqueta con el boli de plata regalo de la promoción del 12 de grafólogos por correspondencia- y comencé de nuevo el itinerario a lo largo de los tunelillos. Lo repetí de nuevo, y a la tercera, cuando iba a salir para indicar a Pedrito que no usara tanto el flash porque iba a quedarse sin batería, vi que estaba despistado. No encontraba la salida.

 

Me entró una risa tonta. De esas que te dan cuando te pillan in fraganti con algo que te da mucha vergüenza, y que a mí me pasaba en los exámenes de estadística –no entendía ni el enunciado de las preguntas- y con las chicas –tampoco las entendía- y en ocasiones especiales, como una forma de nervios o algo parecido. Mi ex decía que era un tic, pero es que ella veía tics en todos mis movimientos, porque me miraba con muy malos ojos. Eso me hizo recordar los ojazos de Patrocinio, la mujer del boss, suplicándome: ¡Cosmito! y me sentí lleno de valor, como el Capitán Trueno.

 

Miré con atención el recinto estrecho donde me encontraba, y percibí inmediatamente que parecía más amplio; casi podía ponerme de pie, y no llegaba a tocar las paredes estirando los brazos. “Esto es una alucinación”, pensé. Efectos de los nervios, suponía. Y eso que había tomado mi dosis de benzodiacepina, sin la que no soy nadie, y me cabreo hasta con el espejo.

 

No se oían los ruidos de la casa, ni llegaban los de la calle, tampoco se filtraban las luces de la parcela, aunque el túnel estaba iluminado, como si tuviera un doble fondo de bombillas empotradas o algo así. En la piscina de la casa las luces estaban protegidas, y hacían un efecto fantasmagórico cuando las encendían por la noche. Me resultaba algo similar, incluso pensé que estaba yendo por el subsuelo, y había llegado al muro del vaso de la piscina.

 

-¡Pero qué bobada! –me dije a mí mismo, hablando en alto, como hacía tantas veces, para alejar los malos espíritus, o sea los malos humores o los malos pensamientos.

 

O sea, la bobada era que aquello estaba pasando de verdad. Alicia se había caído por un agujero y llegó a otro mundo, así que había antecedentes. Y no digamos nada de Julio Verne y compañía. De repente me pareció normalísimo estar viviendo o tal vez soñando, como Hamlet, así que me enderecé para estar más cómodo, y el recinto se alargó a mi medida, tan campante. Dí unas voces, y el eco me respondió con otras palabras que no comprendí.

 

-¡No es el eco. –Volví a decirme a mí mismo. ¡Será Goyito!

 

Goyito, el gemelo, tiene la voz algo ronca, a sus once años. A mí me cae bien. Me recuerda a Guillermo, el personaje de Richmal Crompton, que es una mujer. El autor, no Guillermo. Quizás yo debería haberlo intentado, digo lo de escribir, con seudónimo. No sé. A lo mejor, a la vuelta.

 

-¡Goyito! –grité.

 

-¡Idiota! –me contestó el eco.

 

Bueno, no estoy seguro. No lo oí bien; a lo mejor la palabra rebotó deformada, pero me hizo desistir de intentarlo de nuevo, porque uno tiene su corazoncito y por mucho jefe de seguridad que sea y mucho detective y mucho grafólogo por correspondencia, promoción del 12, pues también es un escritor, sensible y con el ramalazo poético de todos los creadores.

 

Yo no uso reloj; me los robaban todos, así que desistí. Nunca alcancé a comprender cómo pueden robarle a uno el reloj, puesto en la muñeca. Una vez, en el Rastro, vi cómo un raterilla metía un gancho en el bolsillo de un gachó para birlarle los billetes. Le avisé, pero a punto estuve de dejarle que hiciera su tarea, en la que desplegaba una pericia envidiable. El caso es que miro la hora en el móvil, y calculé que llevaba ya una hora caminando cuando sucedió algo extraordinario.

 

Lo primero es que cambiaron las luces. Comenzó un parpadeo, y se oían unas sirenas apagadas e intermitentes que me pusieron nervioso. –Tanteé en los bolsillos del pantalón, comprobando para mi tranquilidad que llevaba mis pildoritas placebo. Todo menos un panick attack; me gusta así, con todas esas letras; se le ponen a uno los pelos de punta sólo con leerlo. Luego el túnel giró, y comencé a deslizarme como por una pista mecánica, muy rápidamente. No había barandilla ni nada parecido, y al fondo, muy lejos, iba tomando forma algo así como una salida.

 

Todo aquello era tan extraño que no me daba tiempo a pensar. Hice la prueba del pellizco, y comprobé que estaba despierto. Una vez hice la prueba de roncar y estaba dormido, según me dijeron. Así que esas pruebas no son tan fiables. Si Goyito había seguido aquel camino, le encontraría, y cómo regresar, eso ya podría pensarlo más adelante. En los cuentos pasa mucho, y por eso los personajes andan siempre echando miguitas o piedrecillas por el suelo, para reconocer por dónde han pasado y poder regresar a casa.

 

¡A casa! Nunca he sido muy casero. Pero en ese momento apreciaría, de poder acceder a ello, un buen sillón frente a la tele, esa cosa vulgar que hace feliz a casi todo el mundo. Claro que en casa también estaba solo, porque Pedro vivía con su novia, la chica del puesto de helados, y yo no tenía ganas de pareja, que luego te echan el lazo y ya la lías otra vez.

 

La salida no era tal, sino una enorme sala, donde paseaban, con cara de despistados, niños y adultos, algún perro, varios gatos y un par de cabras. Junto a las cabras reconocí a Dani, el pastor de mi pueblo.

 

-¡Pero Dani! ¿Qué haces por aquí?

 

El chaval me miró con la boca abierta. Le tomaban el pelo por esa manía. “Se te van a colar las moscas” –le soplaban los paletos, que se creen muy graciosos los pobres.

 

-Pues aquí, don Cosme; con estas dos bobas, que se despistaron, y ya ve.

 

Ya ve. Sí, yo veía, pero no sabía qué. ¿Acaso tenía que dar crédito a mis ojos, o debía cerrarlos para despertar de aquel extraño sueño? Parpadeé. Es un truquillo de los lamas para saber qué edad tiene el universo. En el bullicio de la sala reconocí gestos y personas familiares, aunque todas ellas parecían buscar o esperar algo, sin relacionarse con las otras. Ni siquiera Dani, después de nuestra breve conversación, mostraba interés en seguir hablando conmigo. Decidí buscar a Goyito, porque estaba convencido, claro, de que se encontraba por allí.

 

-Es otra dimensión.

 

La voz me sonreía, apoyada en su garrota, como un rey de bastos. El anciano tenía ese aspecto saludable de los viejos de pueblo, atareados en cualquier cosa improductiva, muy convencidos de su utilidad. Me acordé de mi ex y de las manos muertas. Así se llamaba en la Edad Media a los monjes y gentes que no hacían trabajos físicos. Mi ex pensaba que yo era una mano muerta, o en realidad un muerto total, porque no me dedicaba a ganarme la vida con el sudor de mi cuerpo, un sudor muy apreciado por ella, que no usaba desodorante. Quizás para recordar que lo único que vale en la vida es sufrir.

 

Bueno, la voz me sonreía, y yo a la voz. El idilio se encontraba en un punto inestable, agotado en sí mismo, cuando, al girar la cabeza para liberar mis doloridas cervicales, le vi: Goyito estaba en un rincón, absorto ante una tele en 3D, y con una DS XL entre las rodillas. Sin despedirme del rey de bastos, corrí hacia él, gritando.

 

-¡Goyito!

 

Claro. ¿Qué otra cosa podía gritar? El niño no me oía, pero eso era habitual. Los niños alcanzan tal grado de concentración con sus artilugios que el entorno huye de ellos y ellos del entorno. Es su nirvana. Yo corría, y corría, pero la distancia que nos separaba continuaba siendo la misma, y me pareció que adquiría vida y que nos observaba, estirándose como un chicle al mismo ritmo que mis zancadas.

 

De joven yo había corrido en esas carreras populares que ponen a prueba la estupidez de la gente. Un hervidero de camisetas sudadas en colorines por el asfalto. Lo dejé para dedicarle algo más de tiempo al aire libre, y durante unos años fui feliz haciendo mi sprint, sorprendiendo a los otros corredores en el tramo de los ochenta últimos metros. Por eso tenía un cierto sentido de la distancia y de la medida de las fuerzas en la carrera, algo que no había conseguido aplicar en mi vida, siempre demasiado atento a las influencias ajenas. Yo había conseguido, con gran esfuerzo, tener poca tripa y menos personalidad. Ya no se usa esa palabreja, que define tan bien cómo es cada cual. El caso es que, como en esas pesadillas agotadoras, yo corría ya con todas mis fuerzas, y casi extenuado –más allá de mi sprint no era nada, un bulto renqueante- miraba a Goyito, que seguía en el rincón, tan cerca y tan lejos de mi como esas nubes que parecen saludarnos, inalcanzables. Me detuve, para respirar. Apoyé mi barbilla en el pecho y sentí un tirón en los pantalones. Ese gesto me resultaba familiar.

 

-¿Qué haces aquí?

 

Era Goyito. Acostumbraba a molestarme sacudiendo las perneras de mi pantalón, a modo de saludo ritual. Y me miraba, justo al lado. La distancia antes imposible de recorrer había desaparecido.

 

-He venido a buscarte. Anda, vamos.

 

-Yo estoy bien aquí.

 

-Pero los demás, no. Tu familia, todos te esperan. No saben dónde estás.

-Nunca lo saben.

 

Goyito hablaba como un viejo. Esa es la expresión que se utiliza cuando un niño se comporta de forma inteligente. Se supone que los niños son idiotas, además de pequeños. Pero me preocupó, no era nada frecuente en él, tan alocado, tan preadolescente, tan…

 

-¿Y tu hermana? –Creí haber dado en el clavo. Suspiró.

 

-Sí, la echo de menos. Ya vendrá. Espero. Mira –me lanzó un reto con sus manos- yo estoy aquí porque quiero. Y tú porque debes. Las razones de los demás no me importan.

 

En realidad, las personas –y los animales- que deambulaban por el recinto no parecían tristes, ni preocupados. El rey de bastos, quien me informó de que estábamos en otra dimensión, tenía el aspecto de un triunfador, con su cachaba a guisa de cetro, de vara de Moisés o de varita de Harry Potter. No hay edad para sentirse bien. Tampoco para sentirse mal. Fue en ese momento cuando recordé las teorías de las dimensiones y todo eso. Atrapados. Ese era el concepto. Atrapados en el tiempo, o en el espacio, o en ambas cosas, o en otras cuyo nombre desconocemos.

 

-Puedes irte, todos pueden marcharse cuando quieran. Nadie está atrapado de verdad. Con nada. Sólo hace falta la voluntad de salir, o de cambiar. O de quedarse.

 

Miré a Goyito, y era yo quien estaba ahora boquiabierto, como Dani el pastor, porque aquellas sí que eran palabras de viejo. Quiero decir, de mayor. Casi de libro, de uno de esos libros de autoayuda que salen más baratos que el coaching y sirven lo mismo, si uno se lo cree.

 

Y entonces comprendí. El túnel era una oportunidad, un viaje iniciático, o quizás su principio. Para eso hay que dejar atrás muchas cosas, tal vez el resto de tu vida. Aquel recinto era algo así como la sala de reposo, previa a la gran decisión final, la que nos abocaría a continuar o a regresar. Miré alrededor. Ahora todos me miraban, incluso –eso me pareció- las cabras de Dani. Y todos sonreían.

 

 

 

 

 

 

La urraca que no tenía amigos.

19 agosto 2012

LA URRACA QUE NO TENÍA AMIGOS

 

 

 

No sé si tener amigos es importante, pero el caso es que casi todo el mundo lo tiene en muy alta estima. Uno, inflándose como los globos de las fiestas infantiles, que se explotan nada más soplarle un poquito, dice: “Yo tengo muchos amigos”. Y mira alrededor, atento a recibir la admiración del auditorio, dándose la paradoja de que no encuentra ninguno de esos muchos amigos entre quienes le rodean.

 

Pero da igual. Lo importante es llevarse bien, y la gente, sobre todo la que vive junta, se empeña en hacer lo contrario, como si les fuera la vida en fastidiar a los demás, y no en vivir en armonía.

 

Para la historia que voy a contaros valen esos ejemplillos, porque veréis, en un minibosque de esos que quedan como avergonzados en España, vivía una urraca no del todo fea, para ser urraca, pues sus plumas, negrísimas, brillaban como el azabache de los ojos de Platero, y presumía de ellas porque le encantaba ser un poco cursi, repolluda, y se acicalaba todas las mañanas en un charco limpio que guardaba el rocío debajo de su árbol, un chopo o un álamo, según lo mires, que había crecido justo al borde de la carretera. De modo que se acostumbró pronto a los coches que pasaban, aunque era un lugar poco transitado, con el único atractivo de la soledad, que no es poco, y encima la cercana fuente de la salud, que es como se llaman todas las fuentes que no tienen nombre propio. Bueno, pues después del aseo matinal se esforzaba, volando hasta las ramas más altas, haciendo cabriolas en el aire, hasta donde alcanzaba su cola de timón, ancha como un remo. Como le habían dicho que tenía una voz algo ronca, y además gangosita, no cantaba, ni piaba, ni hacía otro ruido distinto del que salía del roce de su alas con el aire, un sonido de abanico con algún toque de color, parecido al que hace cuando una dama lo cierra y recoge el material sobre su pecho, como si fuera un relicario.

 

Con todo ese esfuerzo, la urraquita –aún era muy joven y tenía poca malicia- esperaba hacerse con amigos, e incluso admiradores, otros habitantes de los árboles, en especial las aves, pero también pequeños mamíferos, las inquietas ardillas, los roedores sin nombre que pululaban por el tronco hueco, incluso los zorros y las comadrejas que acudían a beber al charco, y desde luego los ciervos y la pareja de corzos, airosos y huidizos, sobre los que ejercitaba números arriesgados de vuelo acrobático, y que la miraban sin pestañear, algo extrañados.

 

No quería cuentas con la familia de jabalíes, aunque los rayones y los jabatos le caían bien, y sus ronroneos, que contrastaban con el gruñido tosco de los adultos, la hacían sonreír. Cuando un pájaro sonríe no lo hace igual que los humanos o los homínidos, que abren la boca y muestran los dientes. Los pájaros de ahora carecen de dientes, y sus antecesores, algunos dinosaurios carnívoros voladores, se parecían muy poco a éstos, y además no se reían nunca, porque se consideraban gente muy importante.

 

Pues nada. No le hacían caso. Todo ese esfuerzo era en vano. Antes bien, pasados los primeros días de curiosidad, todos sus compañeros, advenedizos o permanentes, se iban cuando ella llegaba, la dejaban sola, y se quedaba mirando con aparente indiferencia el paisaje, triste, triste, porque no sabía qué podía haberles hecho de malo. Porque –pensaba la urraquita- si no querían ser sus amigos, al menos podían estarse quietos, cerca de ella, e incluso darle algo de conversación, como había visto hacer con otros habitantes del bosquecillo, y con las charlatanas golondrinas –que parecían caer bien a todo el mundo- o avisarla de algún peligro: los niños del pueblo con sus escopetillas matapájaros, las rapaces, los carnívoros trepadores… No faltaban ocasiones para evitar que alguien se sintiera solo, sin necesidad de mostrarle afecto o cariño.

 

La urraquita, una tarde de verano, calurosa como todas, pero aún más, porque no muy lejos se había originado un incendio, sintió, paradójicamente, como un escalofrío. Y se dio cuenta de una cosa muy importante, algo que explicaba todo, lo que le pasaba y lo que no le sucedía: La vida es así. No es necesario haber hecho nada malo para que no te quieran. Incluso, en ocasiones, es al revés. Se admira, incluso se quiere más al malo que al bueno. Tampoco hace falta hacer cosas buenas para que te aprecien. Al revés: si no las haces, tendrás más aceptación que si eres un buenazo, al que se menosprecia. Y a ella le pasaba eso: que se esforzaba por agradar, y por ser amable, y esa era la razón de que la consideraran tan poca cosa, nada digna de aprecio.

 

La urraquita suspiró. De modo que así era la vida… Le faltaba sólo comprender por qué, de todas formas, los demás sí se entendían entre ellos. Había visto a los jugadores en las mesas del bar, abstraídos con sus cartas o sus fichas, y a los comensales gritando ante las viandas, y a los niños persiguiéndose por los patios del cole, y a otros ante el televisor, atentos y silenciosos, como en misa. Eso era entenderse, supuso.

 

Oyó las voces de los voluntarios y las brigadas antiincendios, cada vez más cerca. Tenía frío. Aquella gente estaba arriesgándose por salvar el bosque, que otros, seguramente, habían quemado antes. No todos somos iguales, pensó. Ni entre los hombres ni entre los demás seres del mundo. Alzó el vuelo, sacudió sus alas con fuerza, y voló hasta la extenuación sobre quienes intentaban combatir el fuego, haciendo sus mejores cabriolas, batiendo con toda su fuerza las alas, que poco a poco iban perdiendo su brillo y su prestancia entre las nubes de humo y los rescoldos que llevaba el viento. Era su homenaje. Había comprendido que la mediocridad siempre tiene compañía, falsos amigos, quizás, y que la excelencia suele vivir en soledad, y se junta en ocasiones para mostrar al mundo, en efecto, que no todos somos iguales.

 

Cuando cayó, desfallecida, antes de cerrar los ojos, sintió el calor de una mano que la acogía. Un muchacho le acariciaba las plumas, le limpiaba el pico, y con una pequeña cantimplora vertió en su boca unas gotitas de agua. La urraquita sonrió, con todas sus fuerzas. Supo que ya tenía amigos y entonces se quedó dormida.

 

Cuentos del abuelito Zeus (1).

24 enero 2012

En el Olympo Zeus duerme a los diosecillos con las historias humanas. Parece el abuelo cebolleta, que acaba siendo su único oyente.

La evolución, la física, o sea, los mitos al revés… Esas cosas les explica. ¡Qué cosas tiene el abuelito!

Y de vez en cuando hace citas, como eso de ‘lágrimas en la lluvia’, frases aladas de guiones y poemas.

-Arthur Koestler sería ateo, pero inventó un dios cuántico tremendo.

Ganimedes escanció una ambrosía recién importada de Jerez.

-¡Lacrima Cristi! -Chasqueó la lengua el Cojo. ¡Inconfundible!

Zeus se alisó la barba. Empezaban a molestarle las cataratas, pero disimulaba, porque Juno estaba demasiado al quite. Con Ares, el rojizo.

-Así se le oxide la armadura… -Rezongó el divino portador del rayo- y no encuentre aceite lubricante.

Atenea regresaba a tiempo del mundo azul-grisáceo. Le ardían los carrillos.

-¡Que les den, padre! -Era un pelín ordinaria, a pesar de su parto virginal, a martillazos con el cráneo de Jupiter. Le gustaba llamarle a lo romano, por lo de las togas-. ¡No vuelvas a mandarme allí abajo, porque no vale la pena!

Zeus suspiró. Bendita hija sin madre… Lo mejor de la cosecha.

-¿Pero por qué estás tan enfadado, pequeña? Anda, quítate el casco y deja la lanza en el perchero. Te rascaré un poco detrás de las orejillas… O haz un Valsalva, que también funciona.

Palas señalaba aún el punto en el cosmos.

-¡Han votado de nuevo! ¡Lo han hecho!

-Pero hijita -sonreía el abuelito Zeus, bonachón- ¿qué puede esperarse de ellos?

 

URM

21 enero 2012

Me llamo Urm. Madre dice que fue mi primer sonido.

Cuando nace un vástago de la tribu de Felm, todos aguardan, mirándole, atentos los oídos. El niño llora o gime o grita o muere. Los que no sobreviven, porque se los lleva la diosa Kan, se inmolan en el ara del poblado, con la leña que se guarda para el sacrificio. Está prohibido comer su carne. Es tabú. Pero el hilo de la vida se congela y se conserva bajo la nieve. Los hechiceros y las grandes madres saben utilizarlo.

Tengo un gemelo. Es niña, una hembra idéntica a mí, excepto en los pechos y el pubis, y una ligera línea que marca sus caderas. Se llama Zim. Aprendimos a jugar con el lobo y a cazar el reno de siete cuernas, el alazán del diablo.

Devoraron a Zim. No le dolió.

Tor, el jefe, me mira…No hay alimento…Madre se balancea, entonando el profundo canto sagrado. Sirve para trasladarse a los otros mundos. Yo lo he intentado a veces, cuando me resultaba difícil dormir por el hambre, o sentía el pinchazo en la boca, dentro de mi hueso partido.

Tor me abraza. Saca su puñal de hueso, me acaricia. Yo me siento importante. Inspiro, exhalo y comprendo que gracias a mí, ellos, la Tribu, sobrevivirá hasta la primavera. No me dolerá.

Zim no gritó, sus ojos se fueron vaciando en los míos hasta que el espíritu voló junto a los ancestros, más allá del sol, de la luna, en las estrellas. Cada noche, durante un tiempo, la vi.

Zim tenía la carne dulce, gustosa. Parecía viva en mi paladar y me dio fuerza.

Es mi turno, pero no encuentro sus ojos para vaciar en ellos los míos. Miro el fuego, las sombras de las manos que lo acarician, el techo bajo, con los dibujos del rebaño que se fue. Estoy yéndome con ellos ahora, y el pasto regresa, todo vuelve.

Zim, seré tu estrella gemela.

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VIII. Capítulo VII.

11 agosto 2011

– VII –

                                                                       En parlons point du tout ceci,

mon frère, vous en connaissez pas

encore quel est mon caractère.

 

                                                                       Cuando regresaba en verano, me aguardaba en el pequeño apeadero del pueblo la tía Mercedes; en realidad, sólo su perfume y su chauffeur, un huertano seco rescatado de las labranzas.

-”Por ahorrar, ¿sabes? Cuando pasan de los cuarenta, ella busca a sus colonos ocupaciones más fructíferas. Ahora, por ejemplo, tiene media docena podando los rosales de otoño, ya ves, y apenas ha terminado la primavera”-. Me hablaba, ya en la salita del palacete donde residían, la hermana de Mercedes, mi tía Matilde, una simpática solterona cargada de sortijas, siempre mostrando una doble hilera de dientes amarillos, y, lo que llamaba mi atención especialmente y atraía las miradas curiosas, un espléndido bigote gris, que se rizaba al aire, más allá de las comisuras de la boca. Bueno, era sólo pelusa, pero tan espesa y pertinaz que constituía ya un galardón imprescindible, tributo que la originalidad otorgaba a aquel rostro de gnomo gigante. Mi tía Matilde me atiborraba de té con pastas, acompañado además todo ello con unos pastelitos de crema preparados ad hoc en el obrador de Riquelme. -”Hijito, qué de cosas buenas te perderás allí en tu retiro… En fin, si tu padre se empeña… Pero es un crimen. Y eres tan guapo…”-. Me sobaba los carrillos repletos de dulces. Yo apenas le dirigía la palabra, y en cuanto escuchábamos los sonoros pasos de la hermana menor, el hechizo se rompía. Matilde aguardaba rígida, muy seria, la solemne entrada de Mercedes en la sala. Yo tragaba a toda prisa, ya sin más placer que el producido por mi consciencia del inminente desastre, los pastelillos que introducía ansiosamente en mi boca. Y, como una tromba, llegaba. Sus enormes brazos, de los que pendían al viento colgajos de sedas multicolores, me estrujaban. Hasta lo más profundo de mis oídos llegaba el tintineo interminable de la cadena de oro provista de medallitas y monedas que cubrían amplias zonas de sus antebrazos. Mi cabeza, hundida en sus senos esponjosos, zumbaría ya toda la noche. Entonces, agarrotándola como si se tratara de una sandía a punto de pesar,  la separaba chillando, es decir, hablando a su modo, como lo haría un híbrido de mandril y zarigüeya. Contemplaba el espectáculo de mis ojos aterrados un instante, y acto seguido, sin la menor piedad ni disimulo, mientras me zarandeaba, iba depositando gruesas capas de carmín, desprendidas de su inmensa plantación de labios, sobre mis mejillas, mi nariz, mi frente, y otras zonas nobles de mi anatomía sufrida. Luego metía en el bolsillo de mi chaqueta cinco monedas de duro, de plata, pelucones o rizos, y me despedía con atisbos de locura amorosa en la puerta de su casa, ordenando a su criado, que surgía de entre los mármoles grises como un aparecido de librea y gorro de plato, que condujera al señorito Carlos hasta su casa. Poco más tarde en el vehículo que me transportada durante los cinco minutos escasos que mediaban de una casa a otra, yo, acariciando las monedas cuyo destino trazaba con diligencia inusual, iba borrando con mi pañuelo las huellas de la conflagración, pues tenía prohibido acercarme, bajo ningún concepto, a casa de las ricas parientes. Una antigua disputa cuyo origen nadie recordaba con precisión y cuyas consecuencias mantenía mi padre como motivo primordial de su existencia, unido a la caza y al bridge. No obstante, aún me pregunto cómo podía ser tan distraído y no darse cuenta de mis interesadas visitas tempraneras, sobre todo porque últimamente conseguía, de muy hábiles y elegantes maneras, que mi fortuna disminuyera, siempre, en dos quintos, que pasaban a engrosar la suya. ¿Tributo o quizás nostalgia? A mí aquello no me importaba demasiado, tal vez porque el dinero como medio de adquirir bienes -su fin primordial- no me resultaba necesario. Lo consumía principalmente en obsequios para mis hermanos y mis primas. También, en secreto, guardaba una parte en el buró que mi abuelo conservaba, cerrado mediante un sistema de resortes que me enseñó sólo a mí, y que ocupaba un rincón de su dormitorio. Desde entonces, mis ahorros constituían una fuente de recursos que me venían al pelo, sobre todo para hacer regalos a Eva. Fue mi primera mujer. Como los dos éramos niños, aunque yo bastante mayor que ella, nuestros amores permanecían ocultos, ya que sabíamos que los mayores nos separarían a la menor sospecha. En parte, claro es, porque Eva era la hija de una de las criadas de mi abuela. Su condición de fámula hija no impedía que tuviera unos inmensos ojos negros, rodeados por un rostro bellísimo, al que complementaba un cabello inagotable, derramado en cascadas que la luz abrillantaba con reflejos transparentes. Un día, mientras yo dormía la siesta, Eva entró en mi habitación. Escuché sus menudos pasos y percibí su respiración cerca de mí, excitando mis sentidos. Hacía calor y todos se habían refugiado en los frescos cuartos de la casa, que en el Valle llamaban El Palacio de D. Miguel.

 

Mi abuelo, el Marqués, quería que toda la familia viviese unida, aunque sólo conseguía que estuviera junta. Las treinta y seis habitaciones sólo se llenaban de muebles, objetos y recuerdos, pues incluso cuando llevábamos invitados, el piso superior permanecía casi vacío. Mi habitación tenía dos ventanales que daban a un patio interior descubierto, repleto de plantas, casi todas con enormes hojas, las preferidas de mi abuela. Mi cama tenía dos o tres colchones, y era de un tamaño desmesurado, apta para recorrerla de pie en los juegos infantiles. Eva conocía bien las costumbres de la casa, y por eso, acudiendo a mi llamada silenciosa, estaba allí en ese momento. Por los ventanales cerrados penetraban rayos perdidos de sol, produciendo efectos sombreados de azul y blanco sobre las paredes del techo. Yo estaba desnudo sobre la colcha, de modo que debió notar mi erección enseguida, pues se posó como una tórtola en el borde de la cama, con un ligero temblor que me excitaba aún más. Puse mis manos en sus pechos, apenas florecidos, y, ante mi sorpresa, las desplazó dirigiéndolas a su vientre. Toqué un pubis sedoso que se entreabrió dulcemente mientras yo, con mi torpeza, iba desgranando los botones de su faldita. Tenía la ropa interior blanca, y, los muslos densos introducían mi embajada amorosa sin obstáculos hasta la palpitante oscuridad. Era hermosa y delgada, turgente, sincera, húmeda, con un ardor expandido que brotaba de sus poros asustados y deseosos. Acaricié sin tino sus nalgas y a ese contacto todo mi ser pareció retornar al limbo feliz de los sueños de amor, a esos instantes estremecidos que apenas existen. Quise, por instinto, penetrarla, pero mi entusiasmo se desbordó sin rumbo, a todo lo largo de sus encantos, ahora derribados a mi enlace. Sustituí mi torpeza y mi incauta precocidad con la manipulación de mis dedos que rápidamente se empaparon de líquido brotado de las fuentes del amor. Yo no entendía bien hasta qué punto la pasión se alejaba del amor, y para mí todo era normal, es decir, deseable. Cierto que no debía extrañarme aquella secreción líquida que manaba de la gruta amorosa de Eva, pues antes había manado de mi grifo, y aún seguía haciéndolo, en forma de baba inagotable, de mi boca. Porque yo era, y sigo siendo un baboso impenitente. Pero debo reconocer que tal fecundidad de líquido me asombró. En parte porque se identificaba demasiado con las expansiones de varón, y yo siempre escuché frases perdidas que se oponían a cualquier asimilación, ni siquiera parecido, entre el activo dinamismo del macho y la pasiva lasitud de la hembra. Pero, ¡qué va! Mi amada, sin apenas esfuerzo, desbordaba los vasos del placer por encima de mis arrebatados jadeos de garañón. ¿Qué sería de haberme empleado a fondo? Durante años aquella pregunta no me fue respondida. Con Eva me sucedió algo que se perennizó en mi vida; como yo era una olla nueva, su olor impregnó de tal modo mis paredes, el recipiente de que estoy hecho, que aún persiste, y ha supuesto una constante de mis interiores; incluso cuando he atravesado esas tristes jornadas de soledad, en las que los ojos se humedecen y se crispan los dientes, momentos en que no me servía la convicción de que la vida vale tanto por sí misma que ningún suceso, por extremado y hostil, ninguna especie de ser u objeto, por atentado o próximo o lejano, tiene entidad, ni calidad, ni justificación para hurtar un segundo al placer de vivir, ella se aposentaba, ya lo digo, como el alimento primero que recibiera un peregrino sin horizonte. Yo pensaba, en la sabia incuria de mi edad, que cada momento vale la pena por sí mismo, y que sólo acierta quien no se plantea tantos lacerados porqués. Más tarde, ganado por el pensar y la ignorante sabiduría de la madurez, descubrí y aprobé la gran complejidad de la existencia, cuyo valor estaba en relación directa con la profundidad de las ojeras, el volumen de los problemas o el grado de poder, que viene a constituir la excepción, pues siendo el más atroz de aquéllos, se resuelve por sí mismo, al no resolverse nunca, por definición, con su ejercicio, los problemas ajenos. Pero, resuelto el propio -el de quien manda- resueltos, por fin, todos. Sólo resta al histrión poner cara de circunstancias, fruncir el ceño, escuchar con aire interesado, y aconsejar, opinar e incluso disponer lo que se tercie. ¡Cuán lejos de la vida está el ambicioso de poder, tanto que nunca se dará cuenta de ello! Mi abuelo así me lo decía, al tiempo que mi abuela cargaba de órdenes imprecisas las espaldas de aparceros, labriegos, criados y doncellas. Yo nunca he sentido la tristeza del súbdito que quiere ser señor. Para mi pequeña historia, y sólo en ocasiones, la vida se ha nublado por otra causa, que los poetas llaman amor y los ángeles simplemente deseo. Al fin y al cabo, todo confluye. Y yo he sentido la única pobreza del mundo, no en la pobreza, ni en la insatisfecha ambición, ni en los perdidos honores, sino en el amor-deseo, siempre tan cerca, nunca o casi nunca alcanzado tan de veras y sin ambages como en los primeros momentos, aquéllos en que la piel era el fruto prohibido del Paraíso, el purísimo deleite que justificaba el cielo y hacía sentir ganas de hacer el bien, de rezar, de creer en Dios y amarle, porque me había creado en un maravilloso Universo, a su imagen y semejanza. Naturalmente, esta derivación de mi Fe no era aceptada por las mentes teológicas de mis lejanos maestros, pero ese era su problema. Al fin y al cabo, se me daba una higa casi todo lo que pensaban, una vez aclarado el misterio de la vida, y apenas intuido el rostro feliz del tiempo, hermano de la muerte.

 

Mi abuelo fue un hombre instruido, aunque de modo especial, como él hacía todas las cosas. Sus citas preferidas se referían a las postrimerías, o, según palabras de mi padre, a lo escatológico. Como yo sigo sin entender bien una y otra cosa, me da lo mismo; pero sí recuerdo que decía: “un tropiezo en la vida es como un lunar en el Sol”, cuando alguna doncella quedaba en estado sin casarse, o, “elige tus alimentos y tus bebidas, ya que no puedes elegir tu destino”, cuando alguien le pedía que bendijera la mesa, con evidente desconcierto del invitado, sobre todo si era cura, aunque en estos casos la bendición corría a cargo del profesional, al modo clásico y rutinario. Una vez me explicó que el autor de “Las mil y una noches” era maravilloso aún más por sus contradicciones que por su poesía lineal. “¿Ves?, aquí te dice que alejes la zozobra de tu corazón, pues éste será vencido si no lo haces. Y que no tengas en cuenta la angustia, pues lo que está escrito, deberá cumplirse, y no debe, por el contrario, preocuparnos lo que no está escrito. Sin embargo, más adelante señala que la fortuna no asiste a quien en sus actos no considera el fin y las consecuencias… ¿Lo entiendes?”. Sí lo comprendía, pero me daba igual. La contradicción para mí no resultaba ilógica, pues dependía de la perspectiva, e incluso de la inspiración, o del tiempo, o, simplemente, del pensamiento, que en cada caso difiere, y no por eso excluye uno la bondad o malicia del otro. Mi padre censuraba esa “enfermiza síntesis, ese eclecticismo diletante”, que achacaba, sin duda con razón, a la ignorancia. Pero yo creo que es uno de los descubrimientos en pro del bienestar psico-físico mayores de la historia. “Me gustan rubias y morenas”, decía yo, incapaz de citas mejores, que explicaran con palabras de otro lo que uno se basta y sobra para comunicar. A mí me repugnaba que fuese necesario para verificar el conocimiento o comprobar la excelencia del juicio, hurgar en dichos ajenos, emanados de gargantas sesudas y profundas. Sólo recuerdo las citas que los demás me comunican, y en especial las de mi abuelo, que cayeron sobre mí como rocío en los tallos de una mandrágora. Cuando se hundió el mercado minero del que era capitalista, sólo dijo aquella frase de Don Quijote: “Podrán los encantadores que me persiguen quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo no lo conseguirán”. Y siguió tan pancho. Yo creo que las frases solemnes le producían un deleite que iba más allá de la vanidad, hurtando el desánimo, y provocando la eclosión de las Fuerzas Sagradas que conducen al éxito. Porque eso quería él. “De nada sirve el tesoro si no se muestra, y para nada el talento si no se utiliza, y con ello se logra el éxito, y, con ello, la felicidad”. Me decía algo sobre Shopenhauer y su criterio que asimilaba a la felicidad el éxito para inmediatamente situarla en el interior del hombre, del individuo. “Es característico de los genios la contradicción”. Una vez me dijo que él citaba porque se aprendía sin querer las ideas que le parecían excelentes, y porque su reproducción literal era además un buen ejercicio intelectual, la única forma de comunicar exactamente el pensamiento de su autor. “Las glosas y las interpolaciones conducen inevitablemente a la confusión y a la deformación”. Antes de decidir eliminar las citas de mi vida, aprendí una, de Hegel, que servía a mis propósitos: “Cuando más firme,  bien definido y espléndido es el edificio erigido por el entendimiento, más incontenible es el deseo de la vida por escapar de él hacia la libertad”. Era eso lo que yo quería: la libertad de vivir, aspirar la vida por sí sola, amarla y disfrutarla en el único sentido que la justificaba, ella misma.

 

Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega VII. Capítulo VI

11 agosto 2011

– VI –

 

 

 

 

 

 

Et quod vides perisse

perditum ducas.

 

Las cosas se me echan encima, de manera que, cuando quiero darme cuenta, ya las tengo sobre mí, desbordándome, mostrando la auténtica faz de los aconteceres. Por ello mi aprendizaje se refleja en la vida y no en los libros o en las escuelas de cómo ser y hacerse, cada vez más lejos del propio ser que es uno cuando se mira, por fin desnudo, ante el espejo. Y las viejas metáforas retornan a la vuelta del desprecio que la nueva sabiduría atada con pinzas le prodigó, confundiendo el tópico con el tónico y la gimnasia con la magnesia. Y hoy te he visto ya tan mayor y tan lejos, con la desenvoltura y el despego alegre que me hace sentir tu alegría y mi tristeza, una por ser como eres y otra por ser como soy, y me hace más viejo aún mirando los retozos del nieto travieso sobre las alfombras, con la regañina que nunca pasa de acoso al temperamento, inicio de atrabilis y de jaqueca. Te he visto ya fuera de mi órbita, yo el gran planeta que atrae a los pequeños y vistosos satélites descuidados, que van creciendo y por fin o se evaden o te ignoran. Y he recordado la figura endeble del viejecito con el bastón y el ancho abrigo, remirando con pupila de tarta de nata la fiesta de los pequeños y los adultos, ahora ya excluido por un sorteo de esquemas del centro y de la influencia, reclinado para su escaso siempre en las cuclillas expectantes de la soledad. He sentido por primera vez el crujir de mis vértebras duras, contrastadas por tu insultante lozanía cimbreada y vigorosa, y, aún sabiendo cuál es la respuesta, he callado, porque los jóvenes adolescentes no podéis comprender -como tampoco yo supe- el secreto del tiempo. Asumirlo como se acoge lo inevitable, sin el temor que acorta la vida, ajeno a la convulsión de las ansiadas diferencias. Buscaba yo un paisaje propio, que identificara mis párpados ante la visión de la mañana, esa entidad que algunos llaman futuro, y el espejo sólo mostraba la mutabilidad de las arenas. Comprendí que nada hay tan diferente a sí mismo, tan alejado de la monotonía -de la igualdad o del hastío- como ese desierto de mi sueño simbólico. Y me acogí al placer del instante, al sabor intenso de cada minuto, sin buscar la trascendencia o la explicación, marginando las referencias que entorpecen, hurtadas a la memoria las memorias, vividor del tiempo que se muda a sí y para sí sin mudar. Y ese es el secreto, liso y armónico al modo de las perlas, el único misterio, encubridor de respuestas que las cifras y los datos no pueden jamás rellenar, porque carecen del sentido y escapan al lenguaje. La lluvia, por fin, golpea con acre paciencia los turbados vientres del gran tambor, dormido en el ocaso. Las ánforas del Acuario derraman el agua de plata de Sherezade.

Fisgas y matracas. (Entrega VI) Capítulo V

11 agosto 2011

– V –

                                                                       Fulsere quondam candidi tibi soles.

 

                                                                       Los paseos abiertos entre macizos y frutales se han cubierto de hojas doradas. El viento resuena a lo largo de las agitadas ramas. El cielo está gris y el aire húmedo, impregnado de olor a sarmientos recién cortados. Entre las zarzamoras atardecidas se deslizan los pequeños y vivaces sonidos de los topos. Aún asoman por las madrigueras los hocicos inquietos del conejo, y rebullen en las cuadras los jacos de paseo. La tahona calienta una pared medianera, a cuyo abrigo ponen las gallinas pelirrojas y se acurrucan gatos dormilones. Apenas un trueno lejano. La tarde se desliza por mis pupilas y en mis manos se agosta el temblor de los instantes dichosos. Entonces me siento al borde del estanque, y me adormezco mezclado de hiedra y campanillas multicolor, jugando con las sombras entre los dedos lejanos, frente al horizonte turbado de un violáceo carmín que se asemeja, por instantes, a las orejas escarlata de mi madre. Cierro con fuerza los párpados e intento ver la imagen blanca del caballo galopando sobre las luces, y a veces lo consigo. Luego inclino hacia la garganta mi lengua, intento paladear el néctar, la ambrosía de fuente velada. Una vez más, me engaño a mí mismo, me convenzo de que las sensaciones reales coinciden con las deseadas. Una vez más, la piel de las cosas se confunde con lo auténtico de las cosas, pues lo que importa no es, en ningún caso, la especulación académica, la retórica de salón poblado de cadáveres engolados. Y en el silencio que habla acuden a mí las respuestas a todas las cuestiones formuladas por el destino de la especie, las preguntas sobre su origen, intuidas por los poetas y negadas por los torpes sabios, y sobre su final más allá de la muerte y acerca de la vida que a veces sonríe, a veces lamenta incluso su prístina soledad. No obstante, aún se mantuvo lejos de mí, silente y ceñuda, la palabra: lo que significó el verbo -que más tarde, en una intuición febril, de esas que jocosamente, creo yo, llaman “éxtasis divino”, creí vislumbrar e incluso percibir al comienzo del caos, y en el caos distinto, no sé si peor, que ha transmutado los antiguos muladares de lava y geodesia en vertederos de conceptos y sucedáneos. Mordí con deleite un fresco melocotón, el extraño fruto que ignoran los dioses. No recuerdo si era totalmente feliz, ni siquiera me importaba; nada exigía de mí mismo y todo me era concedido: estaba en paz. Y tampoco fue necesario aprender el significado de este término; bastaba con sentirlo, arrullado en los brazos que cubría un jersey azul, de pico, con dibujos blancos. El mundo de los problemas y de los adultos, ignorantes y vanidosos, huecos y angustiados, crueles y hostiles, no existía. Pero de pronto, apareció la gran rata gris entre las zarzas. Su paso fugaz, raspando con las patas el seco lecho de hojarasca, semejaba un latigazo detenido.