Archive for the ‘argumentos’ Category

FIRE.

19 enero 2011

Cuando terminó la jornada, el rebelde con causa se desplazó al fondo de la nave, extrajo con mimo el cigarrillo del paquete rojo y blanco y lo prendió inhalando despacio el humo con todos sus componentes maravillosos. Desde la prohibición así se le antojaba lo que antes era rutina, y aguardaba la hora del cierre como el preso de seguridad máxima el momento del bis a bis. En eso estaba, disfrutando de poco más que la nada, como si fuera el todo, cuando sonó el teléfono. Ese pelmazo que quiere controlarlo todo, voy a ver. Se dirigió a la pequeña oficina despacio, pensando que bien podía haber llamado el jefe un par de minutos más tarde. En fin. Dejó la colilla humeante al borde de una mesa, aguardándole. Cuando colgó la había olvidado. El rescoldo prendió enseguida sobre unas virutas, en la zona de corte de madera, y las llamas alcanzaron los estantes bajos, con productos inflamable, los barnices, sprays para teñir las tablas, botes de pintura. Una explosión y el humo le alertaron, ya tarde. Sacó el móvil, lo guardó y extrajo de la pared un extintor. No funcionaba contra aquel fuego químico. Rápidamente se extendieron las llamas, y el guarda se asustó. No estaba allí para hacer de bombero, sino para vigilar las ratas que de madrugada deambulaban por los alrededores con furgonetas preparadas, para robar lo que pudieran. Se había sentido siempre seguro, incluso cuando redujeron el turno y ya estaba solo. A su compañero le habían trasladado, por hacerle un favor, a la sección de transporte de material. Nunca le había gustado el fuego, pero aquella noche le pareció especial, hipnótico, como si le hablase. Las llamas crecían, y cuando las explosiones aumentaron salió corriendo. La nave era enorme, y estaba desentrenado, así que tardo varios minutos en alcanzar la puerta de salida. Presionó la barra. Estaba atascada. Buscó entre sus llaves, y cuando ya le alcanzaba el humo, giró el pomo de la cerradura. Una oleada de aire gélido entró en el local, que aparecía iluminado al fondo, abriéndose camino hacia todas partes una luz asombrosa, que cubría poco a poco los rincones, creando unas sombras danzantes, como fantasmas. En la cercana carretera se habían detenido varios coches, y los conductores miraban fascinados. Alguien avisó a los bomberos, que durante toda la noche, mientras él tiritaba con el plasticucho del café en la mano, vertieron toneladas de material sobre la cubierta calcinada.

El regreso.

18 enero 2011

A partir del año y el día, lo que aún no se ha distribuido del muerto, entre los suyos y los ajenos, toma posesión de algún allegado, o, si lo prefiere, de otro elegido. De ese modo regresa, y así se nota tanto y tantas veces, creando confusión e incluso temor, sin aceptar algo tan simple como que esto no se acaba de aquella dolorosa manera. Sin dejar de ser uno, ya se es el otro, en parte, y así se perpetúa el gran cuerpo místico, con el soporte de la materia y de los otros dos componentes de lo que llamamos humanidad: la psique y el espíritu o alma, si se prefiere.

Dioses y hombres o viceversa.

18 enero 2011

El gobierno paralelo -las cloacas del Estado- de un país corrupto secuestra a varios monjes cuyo único pecado-e imperdonable, como las tres maldiciones de los brujos- es hacer el bien, constante y desinteresadamente. Lo hace simulando que se trata de un grupo terrorista que pretende el canje con unos presos nada políticos , auténticos terroristas, a sabiendas de que eso no va a producirse, porque algunos no pactan con el terror. De ese modo justifican el exterminio de todos los opositores, con el beneplácito de casi todo el mundo. El crimen no se investiga, porque a quién le importa media docena más o menos de mártires.

BURKA. (Micro-relato).

17 octubre 2010

 

BURKA

“No tropezar”, esa era la máxima con que M., embutido en aquella tela recosida, definía el objetivo de su vida. El resto era más fácil: un sombrío despertar, el miedo a la compañía, los gritos ululantes, la cultura como desolación. Sin torcer la cabeza seguía con los ojos, ocultos tras una visera de hilos, las figuras autómatas de otros fantasmas azules. Sólo recordaba algo parecido, cuando en un recinto de troncos y arena vistió un obligado traje que llamaban sambenito. Ornado con la confesión de sus crímenes, el reo era un maniquí vacío de otras propiedades, como las deseadas de expresividad, comunicación, voluntarismo. En uno y otro caso, los defensores de la ortodoxia eran crueles e ignorantes lacayos de un sádico y falso dios. Su nombre reventaba los tímpanos de la decencia, y el buen y vero dios lo abominaba. Pero las masas sólo comprendían el fatídico lenguaje del dolor. Hasta que éste tocase a muchos, y la ley del número trocase los designios del falso profeta, sufrirían al azar, elegidos como diezmo. M. decidió no volver a salir a la calle, y despojarse de la estrecha cárcel de lana. Al abrigo de las miradas no existía y por tanto podía ser libre. La hoguera tremolaba como un estandarte. Silbó la primera piedra, y las risas del grupo le llegaron como el rugido de una bestia. Se detuvo, suspirando. Alzó el velo, arrojó el burka a la arena, y escuchó el silencio tenso de la nada. Los ojos de aquellos sujetos oscuros estaban encendidos y reflejaban el llanto de los siglos. Un arcabucero piadoso disparó en medio de su corazón, en el momento mismo que la gran piedra le rompiera la sien derecha.

 

 

Argumentos. (La vendetta).

20 julio 2010

LA VENDETTA

Un perro huesudo camina contra el viento. Son las cinco en Sicilia y las casas rojizas parecen temblar con los embates del aire. Solamente un grito procedente de una de ellas nos advierte que hay alguien con vida, alguien que está siendo cruelmente golpeado. En la Plaza del pueblo, los Carabinieri juegan a la Sota con un vaso mediado cerca de las manos. El ruido de la tempestad apaga casi por completo los gritos angustiosos de mujer. El sargento de Carabinieri ha ganado y celebra su victoria con un buen trago de Spiritu.

De la casa sale ahora un tipo embarbado, con la camisa medio rota. Mira alrededor, buscando un testigo que pueda acusarle. Sólo el perro, cada vez más lento junto a las paredes encaladas, le mira con ojos tristes. El hombre se dirige con paso rápido a cualquier parte, lejos de allí. Dentro de la casa una mujer joven está en el suelo, sobre su propia sangre. Tiene el rostro amoratado y presenta señales de violencia. Su camisa blanca está destrozada.

El jueves iré a por ella, piensa Tonio, el guardafaro. A la tarde, su pariente sale al campo, y queda sola. Nadie podrá verme.

Es jueves. Marco ha salido al campo. Su hija está agonizando. El sargento de Carabinieri apura otra copa de vino. Es la cuarta mano. La tarde está empezando.

El viento en Sicilia es gris, como los ojos de Marietta. Hace un año. Marco camina despacio, contra el aire. Recuerda una tarde desapacible, y se le crispa la mano sobre el cuchillo. Un año de búsqueda, un año de sufrimiento porque ella no está vengada. Pero se acerca la hora en que su conciencia quedará libre. Tiene el alma llena de odio, y un deber en su pensamiento. Si no pudiera cumplirlo preferiría la muerte. La puerta está cerrada pero Marco conoce los secretos de ese postigo. Introduce la mano derecha bajo el madero y pronto toca con sus dedos negros la traviesa. Un ligero movimiento, preciso y rápido, y la luz pajiza penetra con él en la casa. Pocos y pobres utensilios, y un jergón donde dormita alguien. Con el ruido y la luz el hombre abre los ojos. Se alza rápido como una liebre y corre en busca de la escopeta, pero Marco es hábil con el cuchillo.

El sargento de Carabinieri es un buen hombre. Sabe que a esta gente más vale no hacerles demasiado caso. Buen vino. Allá ellos con sus cosas.

En los bosques de Renania una doncella rubia con el cuello tronchado. Meses más tarde junto al Danubio un miembro de su familia hundió hasta la empuñadura su daga en el corazón del asesino. La justicia estaba hecha.

El Código Penal castiga el asesinato.

Marco abanica el aire con su cuchillo de monte. Los ojos de Tonio están rojos de terror, pero sabe que si no lucha todo está perdido. Cuando llega la vendetta nada puede librarse de ella. Como las tradiciones, pasa de unos a otros hasta que, finalmente, el ofensor cae bajo las manos del vengador. Sólo cabe la huida, pero, tarde o temprano…

Parecen dos fieras luchando por un trozo de carne. Se acechan, se observan, ensayan un ataque falso esperando los descuidos del enemigo. Con Marco está el odio, la obligación de cumplir su venganza. Con Tonio está el miedo, el deseo de supervivencia. Finalmente, el cuchillo abrió en canal su vientre. Con el estertor del moribundo, Marco sintió la liberación de su tremenda carga. De rodillas en el charco de sangre, elevó sus ojos al cielo.

Quizás los lectores tengan una pregunt: puesto que para Marco había obligación moral de cumplir su venganza, es decir, matar al asesino de su hija, ¿quiere decirse que no existe en conciencia para él obligación jurídica de cumplir las normas legales? Marco sabe perfectamente que el homicidio premeditado es un delito, pero para él es más fuerte sin ninguna duda la obligación MORAL de llevar a efecto la venganza. ¿Cómo conciliar ambas cosas, totalmente opuestas?. ¿Cómo juzgaría usted a Marco, si fuese su propio juez? ¿No es, más que un daño, un bien para la colectividad la supresión de ese cuerpo extraño que supone la existencia de Tonio?. ¿Hay, en definitiva, lo que podemos denominar “obligación moral de delito”?. ¿Es o no justo lo que hace Marco?. ¿Haría usted lo mismo, en sus circunstancias, en su cobertura histórica?.

Persona y derecho.

23 junio 2010

El gran Verdaguer, mosén Cinto, se batía entre el dolmen y el altar. Suerte para él, discernidor de sus alternativas. Todas las teorías se autolimitan, y en la nuestra hemos de evitar que esa frontera voluntaria alcance la sustancia. No es tan raro: suele acontecer en la traducción que la praxis política y económica hace del derecho, y su relación con el estado. Lo veremos en otras líneas, cuando hablemos de esos términos unidos: estado democrático y estado de derecho. Cultivar el derecho exige, claro, unir conceptos. Interna y externamente. De la renovación de elementos nacen estrategias, y de la inferencia de las tácticas puntuales surge la practicidad. El derecho, por eso, exige siempre la participación de la persona. He repetido que ciertos brocardos, o frases felices, contienen ocasionalmente también errores y deformaciones groseras. Una de ellas es la del juez mudo y ciego, como el mono del cuento sufí, ejecutor simple de la ley. Para ese viaje mejor serían, y más eficaces, máquinas de juzgar. Lo que hace el estado de derecho no es simplemente cuestión de principios, que lo es, pero en el sentido paradójico de que los principios constituyen el final. Se han establecido principios por decantación casi bioquímica de la historia de los pueblos, de la evolución de sus cuitas y el avanzar paso a paso en los áridos caminos de la justicia. Se han determinado principios como síntesis de lo mejor y de lo irrenunciable, y se aplican por medio de leyes, aunque a veces suceda a la inversa. Por eso la teoría del estado es una simbiosis de política, sobre todo, socioeconomía y derecho. Pero, al contrario de lo que suele opinarse, con profusión de inteligentes argumentos, quien esto escribe piensa que esto del derecho no es ancillar de la política en la configuración del estado de derecho. Voy a explicarlo una vez más, pero antes dejadme glosar una cuestión que puede contribuir a apoyar mi tesis indirectamente. Veréis, cuando se juzga, los elementos fácticos resultan determinantes. Sin embargo, esto es más bien una secuela del ‘da mihi factum, dabo tibi ius’, de tal manera que, aun en el sistema rogado de la justicia civil –mucho mejor se ve técnicamente en la administrativa, ya que por imperativo legal como suele decirse la Administración conoce el derecho aplicable y debe aplicarlo aunque no haya sido alegado formalmente por el interesado- los Tribunales intervienen activamente. No siempre, claro, y a veces te encuentras que el famoso derecho a la tutela judicial efectiva es una sucesión de presunciones, hilvanadas en la argumentación de las sentencias con un sesgo evidentemente dirigido: ya se sabe cual va a ser el resultado, es decir, al juez se le ve el plumero, porque ‘lo tenía claro’ desde el principio. Y ese es el error. Los pronunciamientos judiciales, sobre todo en materia penal, deben satisfacer los requisitos constitucionales de razonabilidad de la inferencia, y a la apariencia deben unirse, al menos, estas otras cosas: la interpretación conforme al tiempo y la materia, que crea evidencias o presunciones contrarias a los hechos aparentes –y en materia de contratos, conforme a la naturaleza de los mismos, y atendiendo a sus consecuencias de acuerdo con lo previsto en el art.º 1258 del Código Civil y a su Título preliminar, por ejemplo- y la articulación de la prueba, indicios y otros elementos incluidos. Por eso es tan importante la preparación y la vocación de los jueces, su absoluta separación de cualquier otro interés, la incompatibilidad perpetua para ejercer cargos públicos, la satisfacción de sus necesidades económicas y materiales, su especialización –no ese bodrio de duetto penal-civil, que debe someterlos a posiciones esquizoides, como se ve en la fragilidad de algunas sentencias- y, en fin, intentar al menos que se falle poco en esta materia delicada. Hemos llegado a consensuar, en esto del Estado y el individuo, que un proceso histórico cultural delimita a ambos, y que aquel debería integrar todos los intereses jurídicamente protegibles de éste. Una verdad a medias. La verdad total, si es que existe, pasa por los vaivenes de la política una vez más. La confusión nace de considerar que todo lo que hace el Estado de derecho es jurídicamente bueno, cosa que pese a los mecanismos de control, que suelen ser eficaces, no es admisible sin reparos. El mayor de estos reparos no es el aplicable a las grandes leyes revolucionarias, tan escasas, sino a las aplicaciones de cada día. El Estado crea una superestructura funcionarial privilegiada y elitista, que se ocupa natural y espontáneamente, como en darwinismo burocrático, de perpetuarse. Para ello procura huir del riesgo, evade los conflictos, salvo en las manipulaciones demagógicas masivas, en las que sólo intervienen para liderar, eludiendo el desgaste, y mantiene una línea de acción suficiente. Entendedme: esto no es malo en sí; por el contrario, crea una cierta tranquilidad en el administrado, que mira ese creciente monstruo administrativo con admiración y mentalidad de que allí se resulve todo. Constatar que no es así tampoco anula la necesidad del sistema, pero sí matiza sus bondades, la primera de ellas que se trata de servir y no de mantener un privilegio. El que los mecanismos del Leviatán no acepten controles de eficacia les hace asemejarse a los futbolistas de elite, tan bien pagados per se, y no por sus resultados. El caso es que todos aceptan la teoría de que en un estado de derecho los individuos, también con sus deberes, son los sujetos fundamentales de la organización social. Pero sigue sin ser cierto. Un individuo, no representado por alguna institución, partido, fundación, entidad, organización o así, es poco menos que nada. Hora es ya de reconocer que somos tributarios de los lobbies, que en España ni siquiera se llaman ya grupos de presión, pero que constituyen el más evidente entramado de influencias públicas y privadas posible. Estamos dando los primeros pasos para la construcción de la sociedad orwelliana, y el Estado ha caído en la trampa -o la ha buscado- de considerar que un individuo como tal apenas representa nada; eso está en la mentalidad de cuantos ocupan una parcela de poder, en cualquiera de sus estamentos. Sin embargo, y he ahí la servidumbre y la excelencia del sistema, es el individuo, y no su representación lobbista, lo importante para el Estado democrático de derecho.

Tengamos en cuenta que los individuos no adscritos a grupos constituyen el mayor de éstos. Son más numerosos los ciudadanos que pasean por el parque sin molestar que los que lo ensucian, llevan sueltos a sus perros o agreden. Sin embargo la silenciosa mayoría no es tan respetada, en la praxis fáctica del derecho, como las minorías ‘organizadas’, frente a las que, por ejemplo, la autoridad inmediata no aplica las normas, permitiendo que se deteriore la ‘pax urbana’.

Suele decirse que esto es un problema sociológico. Que sólo una perspectiva política puede resolver el problema. Es cierto, pero también una verdad a medias. El reconocimiento de derechos públicos subjetivos, con garantías eficaces para su cumplimiento, no sólo es una conquista de la evolución cultural e histórica, sino la propia justificación del Estado. De este modo, la perspectiva jurídica es lo que determina que se cumple la condición, y que se es Estado de derecho. Vaya, hasta en los totalitarismos se reconoce de vez en cuando el valor de la gente, y aunque no haya libertad de hecho, nadie la niega en la letra de las Constituciones o sistemas legales de referencia política. Observad que esto es lo que determina que pueda existir un derecho universal, el Código de justicia universal actualizado. Lo importante es no dejar que el llamado plano filosófico, de especulación y abstracción, predomine sobre el natural, de aplicación y vivencia, y que, por tanto, el derecho reciba un tratamiento de mediador social activo. Lo que he denominado catalizador de las invariantes axiológicas –ya he dicho que Reale las confirma como valores universales, proclamados y exigidos por la opinión pública como esenciales para la vida- confiere al derecho ese rol determinante, que une lo público y lo privado superando las inflexiones weberianas y realizando auténticamente el Estado de derecho.

(Del libro ‘Claves para entender y transformar el derecho’, por Amador García-Carrasco. Edit. Difusión jurídica, pág. 170).

El narrador de historias. (Viernes de pasión)

22 marzo 2010

VIERNES DE PASIÓN

Ocho jóvenes mueren en un paso a nivel. Alguno debía conducir, se supone, el Ibiza. Del análisis de los restos consta que, a) iban juntos. b) Llevaban juntos algún tiempo y se les habían pegado ciertos humores. c) Uno o dos dormían. d) El resto también, pero dos soñaban despiertos. E) Miraban fijamente las luces del tren. F) Las contradicciones aparentes era reales pero así es el tráfico, así son las estadísticas. G) Los presupuestos para obras públicas están en la buchaca de los partidos. H) El Ayuntamiento de la zona imitó a los grandes con un nuevo impuesto por pensar.

El narrador de historias. (Braulio).

14 marzo 2010

Él era así; en un día recordaba todo el mes;y en un mes no recordaba aquel día’.

La pequeña era la más locuaz. Paseaba a un costado del trío, la avanzada proa de una nave que surcaba los anchos bulevares de la ciudad provinciana, aún no asaltada por alcaldes iconoclastas, arboricidas, asfaltoadictos. Gesticulando atraía la atención de la pareja, la grande, la guapa, y con ella la de todos en derredor…no…la fuente de la verdad, que brotaba de su luz interior.

Braulio percibía enseguida el guiño del ojo. Llevaba unos minutos hablando y su interlocutor no podía evitarlo, y Braulio se derrumbaba. “¿Cómo argumentar sin provocarles esa reacción? ¿Cómo no ser tan pelmazo o tan confuso? ¡Encima se creen que este galimatías responde a una preparación robusta y no a la fragilidad de mis capacidades!”. Braulio habría deseado ser simpático, simpa para los sajones, popular, pp para las new generations, sencillote… y no podía conseguirlo….

Democracia

13 febrero 2010

Cuando la democracia perece, nace la filosofía.

Eso es historia. Ahora bien… ¿por qué?

Esperamos.

86.400

12 febrero 2010

Imagina un banco que te ingresa en la cuenta 86.400 euros cada día. Por la noche, el dinero que no hayas empleado, se borra de la cuenta. Al día siguiente ingresa de nuevo esa cantidad, y por la noche deja el saldo a cero. Y así mientras vivas.

¿Qué harías con ese dinero? ¿Lo disfrutarías, o simplemente dejarías pasar el tiempo para que al llegar la noche se hubiera perdido?

Cada día tiene 86.400 segundos. Cada segundo se disfruta, o se sufre, o se pierde, o se gana. Pero al final del día el saldo queda a cero. Por la mañana el tiempo deposita en tu vida un saldo de 86.400 segundos, y es cosa tuya qué haces con ellos.

¿No vale nada el tiempo? Pregunta a los enamorados que se esperan ver, cuánto dura una hora. Pregunta a la madre cuyo hijo nació prematuro qué valor tiene un mes. Pregunta a quien pierde la medalla de oro en una Olimpiada, por una fracción de segundo.

Pregúntate a ti mismo que habría pasado si en ese minuto de ira te hubieras contenido, o por qué no decidiste decir ese piropo en el momento justo, o si pudieras recuperar el tiempo perdido para actuar de otra forma.

Pero el pasado no regresa jamás.

Pero cuidado: recuerda el personaje de Toltoi. ‘Lo que destruye más que todas las cosas son el remordimiento y la enfermedad’.

Así que ni una cosa ni otra… si es posible.