EL PACTO

EL PACTO

Le encontraba todos los días en el mismo banco del Parque de Berlín, a la misma hora, cuando el sol daba sus últimos tumbos -¿o eran pinceladas?- por el horizonte, dejando sus matices de ocre y sueño, según el caso, en todos los cristales.

Así se lo parecía a él, no es cosa mía.

-¿Ves? El sol se tropieza ahora, justo con el tendido eléctrico que esas torres sostienen como las venas de un cíclope.

Luego, reflexionando, me miraba, los ojos grises algo nublados siempre.

-En realidad es el ojo del cíclope. Tal vez se haya despistado con la montaña.

El Escorial también reflejaba, al sur del monasterio, eso que llamamos rayos del sol. Él no pretendía ser poético. Nunca escribía, por otra parte. Yo me apresuraba a anotar sus comentarios, con la plena conciencia de hacerlos míos, un plagio inerte, esa trampa con que se nutre la falta de talento.

-Está pintándose los labios. No sé si es una chica o un travesti.

Reía con el impreciso ritmo de una asístole, como si su corazón y sus pulmones fueran de otro y estuviera acostumbrándose a ese cuerpo extraño.

Esa sí era mi reflexión. Nunca se la trasladé. Él era consciente de que yo estaba allí para acompañarle, y mi presencia no estorbaba su soledad. La acogía casi siempre con un minuto de silencio. Luego, el rito del sol, la risa a borbotones. La eterna mirada gris.

-Sé lo que estás pensando…

Abrió los brazos como un predicador dirigiéndose a los amadísimos hermanos, como un charlatán en la feria, como… Pero no, era otra cosa. Como si fuera a volar.

-Piensas que estoy loco. –Asintió, dándose la razón-. Pues claro. Lo estoy. –Hizo un gesto con los dedos, pellizcando el aire-. Pero no lo suficiente. Si estuviera lo suficientemente loco, el Estado se haría cargo de mí. Así, a medias, nada, ni caso.

Sacó del bolsillo un papel sucio, arrugado, que estiró concienzudamente sin dejar de mirar el último rasgo del poniente. Tarareaba unos compases de Vivaldi. ‘La primavera’. Me tendió el papel llevando el ritmo, un director de orquesta con la extraña batuta del papelazo. Lo leí.

Era una receta. Medio borradas, las prescripciones que debían ser psicofármacos o algo por el estilo.

-De mi psiquiatra. Cuando iba a verle. Decía que con esto me encontraría mejor… -Se echó a reír como nunca. A carcajada limpia. Con el ritmo sinusal, una regularidad de patio de butacas repleto de público fervoroso. Yo había pensado antes en ese tipo de risa, en el grito colectivo y unánime que a veces logran los cómicos, y les hace grandes. Luego pensé en la radio, en la tele… En las carcajadas facilotas de las tertulias y los telefonazos que líderes de opinión arrancan con esos realities de tres al cuarto: ‘A ver, cuéntenos qué le sucedió cuando…’. Él reía con lágrimas, pero no me contagiaba. Casi incómodo, le devolví la receta.

-¡No, no! ¡Quédatela, de recuerdo…! Me marcho mañana, y como has sido mi amigo este tiempo, te regalo parte de mi vida.

Me dejó sin palabras. Quiero decir, con la mente en blanco, porque ya digo que en aquellos encuentros yo hablaba poco, tomaba notas… ¡Las notas! Ya había conseguido un pequeño diccionario de citas, pensaba intercalarlas como si fueran de distintos autores en alguno de mis artículos de ‘El cultural hebdomadario’. Brindárselas, por gala de creador, al crítico del periódico…

Pensé en esos autores que encuentran una fuente… y de ella mana todo cuanto son. Artesanos hábiles de un agua fresa y radiante, oculta en la montaña, cernida a laderas de otro, ausente o muerto, o desconocido, o falseado. Yo ni siquiera tenía esa habilidad, o esa fortuna. La mía era el trabajo duro, Salieri de tercera frente a tanto Mozart. Había leído obras que copiaban autores del fecundo siglo XVI, del travieso XVII. Personajes, aventuras, dichos, todo estaba allí. Pero nunca se me ocurrió señalar con el dedo, quevedianamente, porque, en el fondo, era envidia y no celo lo que sentía.

“Dejemos esto” –me dije en aquel momento, cuando él ya rebullía inquieto en el banco, porque después del poniente regresaba a San Rafael para cenar y dormir, acogido por los hermanos de San Juan de Dios y los voluntarios. Y luego, en voz alta, seguí, escuchándome a mí mismo:

-¡Pero qué vas a hacer, hombre! –Le miré a los ojos. Había recogido en ellos un dorado suelto, la pincelada chorreante del sol en un espejo sucio-. ¡Aquí podemos cuidarte, aquí estás bien! Mira –señalé la receta, cuyo tacto me pareció de pluma seca y dura, una paloma disecada- Mañana te compraré estos medicamentos. ¡Te sentarán bien!

Me di cuenta de que había pronunciado sus mismas palabras, con una variante tan ligera que las hacía aún más despreciables. Sonrió. Luego, pausadamente, se levantó y alzó los brazos, estirándose, desperezándose, tan tranquilo.

-Lo hago mucho. Como los gatos. Me sienta bien. Tú deberías hacerlo, para poner más derechas esas cervicales –señaló mi cuello, como quien informa de una señal de tráfico-. Aunque vosotros tenéis poco remedio.

Vosotros… ¿A quién se referiría? No pregunté. Esa cuestión quedaba para mí. Se marchó despacio, con su periódico atrasado bajo el brazo. Al poco, se volvió.

-Sólo me preocupa el pacto.

Se detuvo. Me daba la espalda, pero seguía hablando. Me aproximé.

-¿El pacto?

-Sí, verás. Todos tenemos una misión que cumplir en el mundo. ¿Lo sabes, no? ¡Claro! Lo sabe todo el mundo… Es el pacto con la vida. Tú, por estar vivo, tienes que intentar hacer las cosas lo mejor posible. Y me preocupa no cumplirlo. Por eso, a veces, pienso que debería tomarlas… -Señaló el papel que aún tenía yo en la mano-. Porque si uno está bien, hará bien… Y si no…

Parecía enfrentarse a un dilema crucial. ¿Acaso era la primera vez? No. Comprendí que era el leiv motiv de su sinfonía. Un movimiento desparejado en la pieza musical. Tarareó de nuevo a Vivaldi. Acordes de ‘El invierno’. Los entremezclaba. Me guardé la receta en el bolsillo y le pasé el brazo por los hombros.

-Vamos, te acompaño al hotel.

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