Pequeño homenaje a las mamás de alumnos de 3º de primaria del cole San Francisco de Asís.

El Espíritu Santo como paloma blanca

                               LA PALOMA DEL RÍO JORDÁN

Caminaba el buen aquinatense, orondo y coloradote, como una manzana Redlove, pensando en sus cosas, a saber, el Pange lingua, la Suma Theologica, el Tantum ergo… cuando se le ocurrió.

            -¡Dios habla a través de la recta razón!

Un fámulo acarreador de incunables, que iba a su zaga, por encargo del prior, llevando los recados de lectura y escritura –la inspiración llega en cualquier momento, si estás preparado- dio un respingo.

            -¡Maestro! ¿Acaso debo haber escuchado algo importante que venga de…

Señaló una nube color panza de burro allí arriba. Si se demoraba el paseo, iba a pillarles la tormenta.

Tomás se echó a reír. Una costumbre que le molestaba, porque sabido es que la alegría engorda y esas expansiones añadían unos gramos a su nutrida anatomía. Contestó en silencio, o sea, que no dijo nada, pero eso ya era habitual –por algo le llamaban ‘el mudo’– y nadie lo consideraba ni siquiera descortés. Bastaban sus gestos, y, desde luego, lo que seguidamente escribiría, con esa facilidad de expresión que torturaba a los jesuitas.

No, no era esa clase de voces. Miró el río, como, supuso, debió hacerlo  el gran Heráclito, y en el agua, que nunca era la misma, hundió sus manos rollizas. Imaginó al niño-ángel junto al mar, cuando Agustín de Hipona quiso meter el infinito en una hoya de la arena con un cubo de juguete… Símbolos. Eso era todo. En el centro del cauce, las aguas comenzaban a agitarse. La gran nube se abrió ligeramente, y un haz de luces plateadas, los habituales rayos del sol que se escapan justo antes o después de la lluvia, cayó sobre el agua.

Tomás miró atentamente hacia lo alto. Acudían a su memoria los versículos de los sinópticos, Mateo, Marcos, Lucas… ¿De dónde habrían sacado los glosadores esa imagen de la paloma? El caso es que así era el literal del texto canónico: Descendió sobre Jesús el Espíritu Santo en forma de paloma… y del cielo abierto una gran voz anunció: “Este es mi Hijo muy amado…”

El Paráclito, el emisor de la fuerza, que desde ese momento iba a aportarla al Hijo del hombre y más tarde a sus discípulos, a María, su madre, en Pentecostés. Entonces bajo la figura de lenguas de fuego, de viento impetuoso

Como si la naturaleza leyera su pensamiento, una ráfaga de aire alborotó los hábitos del dominico. El fámulo resguardaba como podía los materiales y pertrechos que cargaba, y a punto estuvo, como la burra de Balaam, de protestar a su amo, pero en realidad no era el maestro quien le castigaba, sino la impaciencia. Era martes, y el refitolero preparaba ese día su plato favorito. A esa hora, la gazuza le cosquilleaba los entresijos, y miró suplicante a Tomás. Éste le devolvió la mirada, y, cosa insólita, empezó a hablar. No como predicador y príncipe de la oratoria, sino como un compañero que explica la lección a su condiscípulo.

                  -El Espíritu, en el bautismo del Señor, hizo gala de una representación de lujo, malandrín. –El término, dicho por el sabio, sonaba hasta cariñoso-. Fíjate: El agua, que se convierte en el signo sacramental del nuevo nacimiento. La gran nube y la luz, sus símbolos más destacados. Así descendió sobre la Virgen María para “cubrirla con su sombra”. Y lo mismo fue en el Monte Tabor, en la Transfiguración, y el día de la Ascensión. ¿Recuerdas el Libro? Aparece como una sombra y una nube… ¡Y la paloma: En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo aparece en forma de paloma y se posa sobre Él.

      -¡Y entonces la paloma lanza una voz impetuosa, que dice: Éste es mi hijo amado, seguid sus instrucciones!

      Tomás, boquiabierto, detuvo la perorata del aprendiz con un gesto de las manos, y al hacerlo recordó que también esa era una manifestación del Espíritu: la imposición de manos los Apóstoles y luego de los Obispos. Al fin, le reprendió.

      -¡Pero, hombre! ¿Te imaginas al ave dando voces sobre el río, en medio de una multitud? ¡Saldrían todos corriendo despavoridos. La voz venía de arriba –en esto resonó el primer trueno, otro símbolo- y no del pico de la paloma… En fin… ¡Quien habla es el Padre, por eso le llama Hijo!

      -O sea, están los tres juntos.

      -No seas irreverente, Calixto. Tienes nombre del Papa que primero señaló el Camino de Santiago, y su Codex es guía de peregrinos; pero andas muy desencaminado a veces… Aunque en este caso aciertes, como el burro de la fábula griega, el que hace sonar la flauta por casualidad.

      -¡Que no es casualidad, maestro! ¡Que lo he comprendido! ¡El Padre, el Espíritu Santo y el Hijo! ¡La Santísima Trinidad!

      -Misterio inefable, amigo mío. –Tomás entrecerró los ojos. Lo hacía cuando pensaba en algo incomprensible, y cuando tenía hambre. Calixto rezó para que fuera lo segundo. La teología, e incluso la filosofía, con esas respuestas incomprensibles a problemas insolubles, no era para él. Otras cosas le hacían feliz, y no envidiaba el talento del gran hombre a quien servía.

      -¡Y ahora, vámonos, que pronto tocará el Ángelus, y además vamos a empaparnos! ¡Otra señal del Bautismo de Cristo!

Calixto recogió pletórico sus vituallas. Había comprendido bien el lenguaje simbólico de Tomás de Aquino. ¡Iban a comer! Hicieron muy rápido el viajecillo de regreso. El portero abrió las escotillas por las que a duras penas, arañando las paredes, se introdujo la humanidad del aquinatense. Se resistía a que le abriesen la puerta grande, presumiendo de que él cabía por cualquier entrada, y como figura egregia de la Orden, todos respetaban su excentricidad. Tomás era humilde y callado, pero muy cabezota también.

Cuando llegaron al refectorio ocuparon su lugar en la mesa. Y comenzó el ritual del condumio. El cocinero abrió la gran perola, y sirvió dos cazos del guiso en un cuenco rústico, de barro cocido, muy limpio. Lo llevó, junto con una cuchara de madera, hasta el sitio de Tomás. Éste bajó la cabeza, oró unos instantes, y olfateó sobre el plato.

      -¡Patatas con costillas! ¡Bendito sea Dios!

Luego tomo un bocado de caldo con carne, masticó despacio, tragó delicadamente. A continuación repitió, miró sonriente al prior, y golpeó el brazo del refitolero. Era la señal. Fueron sirviendo a todos la comida, y un aroma al plato preferido de Calixto se extendió por el refectorio, como el más exquisito perfume.

Tomás susurró al oído del cocinero.

      -Que santa Marta, hermana de Lázaro el resucitado y de María, la primera que vio al Señor cuando salió del sepulcro, tu patrona, siga favoreciéndote con sus dones.

El lector, desde su pequeño púlpito, leía el capitulo tercero del Evangelio de San Lucas. Cuando el texto llegó al Bautizo del Jesús, Calixto recordó su imagen de la paloma dando grandes voces sobre el Jordán  Estaba seguro de haberlo leído así. Tal vez en los escolios de algún copista. Echó un vistazo a su maestro, que tenía los ojos cerrados, degustando su segundo plato de guisillo. ‘La actividad intelectual desgasta mucho’, pensó.

Tomás, en aquel momento, dudaba si aportar un corolario al argumento ontológico de Anselmo, sobre la existencia de Dios, o diferenciarlo con otro lógico, al estilo del viejo Aristóteles, su amigo.

Fuera, arreciaba la tormenta. Los cristales de la grande y austera sala iban empañándose poco a poco.

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