CENIZAS

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CENIZAS

 

La Sala dos del Fernán Gómez –antes Centro Colón, que, milagrosamente, estaba y está en la Plaza de Colón,  en Madrid- tiene una disposición de butacas diseñada para acomodar a los espectadores de menos a más, como en las clases de gimnasia. Los pequeños delante. El escenario es el suelo, y los espectadores miran hacia abajo –excepto en la primera fila- lo que para estos últimos –‘los últimos serán los primeros’- hace un efecto impactante, porque los actores están a un par de palmos de sus narices, y si te descuidas tropiezan con los zapatones. Para los demás, a pesar de las buenas intenciones del diseñador, y de las referencias a su elección frente al llamado escenario a la italiana,  la visión es incómoda, si tropiezas con la cabeza o la espalda erguida de algún vecino.

 

Yo me cambié de sitio cuando las voces fantasmales anunciaron que la función iba a comenzar, y tuve a Montesinos –que actuaba más por mi lado, a la izquierda según miras- casi en mis rodillas. Caber, cabía, porque es pequeñito. Su interpretación, sin embargo, es grande. Le da la réplica muy bien un hijo gigante –eso parece a su vera- que ha salido así por herencia genética de su madre, Consuelo por más señas, una ‘gran’ mujer ahora difunta y en cenizas. Lo que da título a la obra, claro.

 

La escatología se asienta más bien en las trifulcas y mentiras que rodean casi todas las vidas de parientes y allegados. La muerte es una excusa y una liberación, no exenta de melancólica tristeza. El viudo colecciona cosas para no dejar hueco a los recuerdos ni en los estantes de su vieja cómoda, y el hijo colecciona rencores justificados, porque pocos hay –hijos, digo- que no los tengan, ya que el oficio de padres nunca se aprende del todo y el de hijo se sabe desde el primer aliento.

 

La interpretación de Montesinos y Campos es excelente. Tan compenetrada que son capaces de meterte en una historia poco original, si exceptuamos la figuración medio blasfema del ritual católico de misa y responso de difuntos, que, por las licencias del teatro, y la mesura de los actores, no resulta ofensiva…por los pelos. Siempre queda el tópico de que los creadores se meten más con las religiones pacíficas, cuya venganza es el perdón, que con las otras, que por mucho menos te cortan las uñas de hombro para abajo. Por si las fatwas, o como se llamen lo de Rushdie.

 

Pero no es lo importante. Cierto que los actores impulsan el drama, y favorecen el texto, y que la puesta en escena, muy sencilla, basta y sobra para situarnos en su vida. Lo mejor, un conjunto equilibrado, que no decae apenas, y algunos detalles, muchos de Montesinos, con su pizpireto trasiego al vodka oculto,  otros de Campos, cuyo silencio y alguna lagrimita ante la voz de su madre, guardada en cassette, cumple bien la función de rellenar ese espacio caótico de las voces en off.

 

El final, algo confuso, precipitado, nos devuelve a la depresiva soledad en compañía de quienes nunca han estado juntos y no saben si añorar o despreciar a quien ha sido el catalizador de sus soledades y sus frustraciones.

 

O sea, si estás bajo de forma, ve preparado, no te vaya a dar un soponcio.

 

 

 

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