SUBPRIME

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SUBPRIME

La sala Guirau del Teatro Fernán Gómez tiene unos sillones tan cómodos que si no te aburre la función te echas un sueñecito, y en paz. O te relajas plácidamente dejando pasar el tiempo. En el Amaya, por ejemplo, eso es imposible si mides o pesas algo más de la media hispana de los sesenta, antes de las vitaminas y la dieta mediterránea con tostadas al aceite de oliva virgen extra primer prensado en frío. Lo mismo pasa en otras salas ya anticuadas, y en los cines; de ahí que sean una gozada las del Kinépolis, Cinesa, Dreams Palacio de hielo…

Con ‘Subprime’ no te duermes, ni te aburres. Si acaso, no te enteras. No te duermes porque los actores gritan como posesos, no sé si para corregir una acústica deficiente, por orden del director de la pieza, o porque los ejecutivos agresivos, los políticos y los pacifistas chantajistas saben que para hacerse oír hay que chillar. Y no te aburres porque el guión impone atención constante al movimiento de los actores, y los magníficos efectos audiovisuales coordinados –no sé si se llaman efectos o es simple técnica de la que hoy maneja cualquier adolescente espabilado- te mantienen en suspense, como los reality shows.

Lo de enterarse, pues tal vez sea harina de otro costal. Un diálogo de noventa minutos con los trapicheos de las trapisondas financieras y políticas, todo ese conjunto terminológico de males sin mezcla de bien alguno que es el infierno capitalista, requiere una traducción simultánea.

En ocasiones uno teme que los actores sufran cierta apoplejía, con la tensión que imponen sus personajes y lo bien que la asumen, porque para ser un tiburón de las finanzas o un vicepresidente del gobierno hay que desayunar estrés con mantequilla de cacahuete, importada de los USA. Claro que el entorno del Ibex 35 y el petróleo de Canarias simplifica mucho el genio celtibérico, que a lo mejor copió Michael Douglas en sus papeles de La City.

SUBPRIME aporta al teatro tradicional un recurso muy bien impostado, el de la tecnología audiovisual, y lo que el autor llama con acierto vivencia on line de los acontecimientos de la historia. Una historia técnicamente bien llevada, bien interpretada –con algún exceso, esa sobreactuación más que ocasional- y confusamente creíble, que es la manera más verosímil de creer algo, porque las apariencias engañan siempre.

Sobre todo con las mujeres: no te fíes de ninguna, ni de la propia, especialmente si se pone demasiado cariñosa así por las buenas. Algo tiene que ocultar, o algún plan tiene del que tú ni te enteras.

Por eso la única mujer que sale en SUBPRIME no habla ni actúa sobre las tablas, y a pesar de ello es el personaje más importante de la trama.

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