DECRETO

El funcionario miraba fijamente el folio en blanco. Al otro lado de la mesa, una eficiente secretaria, que además de dominar tres lenguas, tenía un novio franco-germano, como el viejo Schuman, aguardaba. Sin impaciencia, muy profesional, vestida de chaqueta, un suave perfume, guapa, mechas de un rubio más claro que su trigueño atezado, que daba a su cabeza el toque de distinción de una modelo rellenita. El funcionario, uno de los primeros del escalafón de la Europa unida, pestañeó. En el folio aparecieron las patas de mosca, esos rasgos lineales que le mareaban lentamente, dándole por fortuna tiempo para levantarse de su mesa de caoba -prefería la decoración clásica, incluso algo recargada para el gusto moderno de los nuevos líderes- y encerrarse en el cuarto de baño. Sentado en la taza del váter, con la cabeza entre las manos, intentaba penetrar en su vacío y comprenderlo. Era inútil.

La secretaría carraspeó. Era un acuerdo tácito de cortesía, para denotar su presencia. El hombre asintió, como prestando aquiesciencia a su gesto. Agradeciendo, tal vez, que alguien fuera testigo de aquellos momentos. Firmó la hoja y se la tendió esbozando una sonrisa.

Ya estaba hecho.

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