Archive for 25 marzo 2013

FÁBULAS PARA UNA CRISIS (2)

25 marzo 2013

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5.- La lengua de los siete reinos.

 

Después de muchos siglos de confusión, los siete reinos unidos de XI PAN habían unificado  también el lenguaje –aun conservando en cada región las lenguas y dialectos ancestrales, como un patrimonio altamente estimable- de tal manera que hasta los últimos rincones se extendía la comprensión de las ideas. Esto supuso una gran tranquilidad para el pueblo y un éxito para el comercio y el intercambio material e inmaterial entre las gentes. Los siete reinos pudieron abrir parte de sus fronteras para que los extranjeros, debidamente controlados, pudieran aportar mano de obra y riquezas.  Un reducto de la montaña conservaba su antiquísima lengua, apenas útil para la vida común, ni siquiera entre sus oriundos, pero muy apreciada por los eruditos. Otras regiones mantenían, con el beneplácito del Consejo de los siete reinos, la lengua tradicionalmente hablada, en convivencia con la común. Las lenguas y dialectos se estimaban en grado sumo, apreciándose como tesoros de la tradición de los reinos.

Un día, BU-JO-LÍ, resentido porque no obtuvo la flor natural en el certamen del príncipe heredero, propuso una rebelión a sus vasallos de KI-LÚ.

-Construyamos una torre que llegue hasta el cielo con todas las palabras de nuestra lengua. Y que sólo se hable ésta, despreciando la de esos estúpidos reinos que no me dan lo que merezco. ¡Qué príncipe es éste que a otros y no a mí favorece!

Y así lo hicieron, porque a veces la locura no es exclusiva de uno solo, y se contagia como la peste cuando se atizan sentimientos manipulados.

Desde entonces, creada una muralla alrededor de KI-LÚ, los viajeros la rodean. Niños y ancianos les gritan, desde el adarve de las almenas: ¡Entrad, entrad! Y lo hacen en su lengua, que es limpia y clara como un vaso de agua fresca, pero nadie la comprende. Y los jóvenes han emigrado a regiones extrañas, donde tienen necesariamente que hablar otras lenguas.

-¡Pero nunca la de XI-PAN! Vociferan en los reductos del dictador.

 

 

Discursos recopilados de Pu-Wei.

La confusión de las lenguas.

Vuela en alta vanagloria y cae al suelo hecho escoria.

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CENIZAS

25 marzo 2013

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CENIZAS

 

La Sala dos del Fernán Gómez –antes Centro Colón, que, milagrosamente, estaba y está en la Plaza de Colón,  en Madrid- tiene una disposición de butacas diseñada para acomodar a los espectadores de menos a más, como en las clases de gimnasia. Los pequeños delante. El escenario es el suelo, y los espectadores miran hacia abajo –excepto en la primera fila- lo que para estos últimos –‘los últimos serán los primeros’- hace un efecto impactante, porque los actores están a un par de palmos de sus narices, y si te descuidas tropiezan con los zapatones. Para los demás, a pesar de las buenas intenciones del diseñador, y de las referencias a su elección frente al llamado escenario a la italiana,  la visión es incómoda, si tropiezas con la cabeza o la espalda erguida de algún vecino.

 

Yo me cambié de sitio cuando las voces fantasmales anunciaron que la función iba a comenzar, y tuve a Montesinos –que actuaba más por mi lado, a la izquierda según miras- casi en mis rodillas. Caber, cabía, porque es pequeñito. Su interpretación, sin embargo, es grande. Le da la réplica muy bien un hijo gigante –eso parece a su vera- que ha salido así por herencia genética de su madre, Consuelo por más señas, una ‘gran’ mujer ahora difunta y en cenizas. Lo que da título a la obra, claro.

 

La escatología se asienta más bien en las trifulcas y mentiras que rodean casi todas las vidas de parientes y allegados. La muerte es una excusa y una liberación, no exenta de melancólica tristeza. El viudo colecciona cosas para no dejar hueco a los recuerdos ni en los estantes de su vieja cómoda, y el hijo colecciona rencores justificados, porque pocos hay –hijos, digo- que no los tengan, ya que el oficio de padres nunca se aprende del todo y el de hijo se sabe desde el primer aliento.

 

La interpretación de Montesinos y Campos es excelente. Tan compenetrada que son capaces de meterte en una historia poco original, si exceptuamos la figuración medio blasfema del ritual católico de misa y responso de difuntos, que, por las licencias del teatro, y la mesura de los actores, no resulta ofensiva…por los pelos. Siempre queda el tópico de que los creadores se meten más con las religiones pacíficas, cuya venganza es el perdón, que con las otras, que por mucho menos te cortan las uñas de hombro para abajo. Por si las fatwas, o como se llamen lo de Rushdie.

 

Pero no es lo importante. Cierto que los actores impulsan el drama, y favorecen el texto, y que la puesta en escena, muy sencilla, basta y sobra para situarnos en su vida. Lo mejor, un conjunto equilibrado, que no decae apenas, y algunos detalles, muchos de Montesinos, con su pizpireto trasiego al vodka oculto,  otros de Campos, cuyo silencio y alguna lagrimita ante la voz de su madre, guardada en cassette, cumple bien la función de rellenar ese espacio caótico de las voces en off.

 

El final, algo confuso, precipitado, nos devuelve a la depresiva soledad en compañía de quienes nunca han estado juntos y no saben si añorar o despreciar a quien ha sido el catalizador de sus soledades y sus frustraciones.

 

O sea, si estás bajo de forma, ve preparado, no te vaya a dar un soponcio.

 

 

 

SUBPRIME

24 marzo 2013

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SUBPRIME

La sala Guirau del Teatro Fernán Gómez tiene unos sillones tan cómodos que si no te aburre la función te echas un sueñecito, y en paz. O te relajas plácidamente dejando pasar el tiempo. En el Amaya, por ejemplo, eso es imposible si mides o pesas algo más de la media hispana de los sesenta, antes de las vitaminas y la dieta mediterránea con tostadas al aceite de oliva virgen extra primer prensado en frío. Lo mismo pasa en otras salas ya anticuadas, y en los cines; de ahí que sean una gozada las del Kinépolis, Cinesa, Dreams Palacio de hielo…

Con ‘Subprime’ no te duermes, ni te aburres. Si acaso, no te enteras. No te duermes porque los actores gritan como posesos, no sé si para corregir una acústica deficiente, por orden del director de la pieza, o porque los ejecutivos agresivos, los políticos y los pacifistas chantajistas saben que para hacerse oír hay que chillar. Y no te aburres porque el guión impone atención constante al movimiento de los actores, y los magníficos efectos audiovisuales coordinados –no sé si se llaman efectos o es simple técnica de la que hoy maneja cualquier adolescente espabilado- te mantienen en suspense, como los reality shows.

Lo de enterarse, pues tal vez sea harina de otro costal. Un diálogo de noventa minutos con los trapicheos de las trapisondas financieras y políticas, todo ese conjunto terminológico de males sin mezcla de bien alguno que es el infierno capitalista, requiere una traducción simultánea.

En ocasiones uno teme que los actores sufran cierta apoplejía, con la tensión que imponen sus personajes y lo bien que la asumen, porque para ser un tiburón de las finanzas o un vicepresidente del gobierno hay que desayunar estrés con mantequilla de cacahuete, importada de los USA. Claro que el entorno del Ibex 35 y el petróleo de Canarias simplifica mucho el genio celtibérico, que a lo mejor copió Michael Douglas en sus papeles de La City.

SUBPRIME aporta al teatro tradicional un recurso muy bien impostado, el de la tecnología audiovisual, y lo que el autor llama con acierto vivencia on line de los acontecimientos de la historia. Una historia técnicamente bien llevada, bien interpretada –con algún exceso, esa sobreactuación más que ocasional- y confusamente creíble, que es la manera más verosímil de creer algo, porque las apariencias engañan siempre.

Sobre todo con las mujeres: no te fíes de ninguna, ni de la propia, especialmente si se pone demasiado cariñosa así por las buenas. Algo tiene que ocultar, o algún plan tiene del que tú ni te enteras.

Por eso la única mujer que sale en SUBPRIME no habla ni actúa sobre las tablas, y a pesar de ello es el personaje más importante de la trama.

FÁBULAS PARA UNA CRISIS. (Primera parte).

23 marzo 2013

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FÁBULAS DEL REINO DE  XI-PAN-YÁ

西班牙 王國 的寓言  故事

西班牙: España o XIPANYA

聯合    王國: reino o del reino

寓言: fábulas

Por LAO-MA-DAO

Sinólogo. Master en lengua HAN por una I.U. of BEI-JING  (不存在  大學  北京) (Una inexistente universidad de Pekín).

Transcripción: Amador García-Carrasco.

Adaptación libre y parcial de la selección de Wei Chin-chi, versión francesa de A. Laurent, Adiax, Buenos Aires, 1.979.

Un elogio,

una censura. Es igual

de estimable

o no.

Lo único que diferencia el mundo

es el tipo de sueño

que se sueña.

FÁBULAS (CHINAS) PARA UNA CRISIS

A modo de introducción (suave).

En su Hawthorne, Borges desprecia la alegoría. Tal vez ignoraba el carácter de su propia obra. Las fábulas son, para algún intelectual, chácharas plebeyas que deben menospreciarse. Es uno de los motivos, si no el mayor o único, de que me guste leerlas y disfrutarlas. Para mí, una fábula es un arquetipo. Del modelo cabe hacer copia, o deformarlo. Como las parábolas. Como en el arte. Hablar claro puede ser hacerlo  mediante imágenes y espejos.

Tropecé en la biblioteca de mi abuelo con un librillo de fábulas: estaba en el suelo, víctima de un toque de plumero vengador, junto a un botoncito de marfil que había pertenecido al traje de una gheisa diminuta que lo acompañaba. No era extraño que la limpieza del lugar produjera esos desperfectos. Mi abuelo decía que los libros se limpian solos, leyéndolos, y que los adornos en las estanterías, por mucho que realzasen la decoración, eran más bien estorbos. Y encima ucrónicos, como en el caso del libro de ZongHuó y la bella de JiPen.

Siguiendo su pauta,  lo leí en un santiamén. Al hacerlo me parecía ver imágenes no demasiado antiguas. Personajes que, como  siempre en la lección del fabulador, recuerdan mucho el aire de la actualidad, aquel que sopló el burro flautista en el prado de Samaniego.

Las copio tal cual. No puedo dar título ni copyright, si lo tiene o lo tuvo,  porque al opúsculo le faltan las tapas, y posiblemente una docena de hojas, unas al comienzo, otras al final, de modo que esto es lo que hay. Rebusqué por la zona, y hallé cosas de empaque, como la Pseudodoxia epidémica, de Browne, en la edición de Wilkin de 1.835, que ojeé sin entender una palabra, con la pretensión de que algo de su exótica ciencia se me pegase. Como dicen que sucede con el aire del campo, que te da salud a pesar de los bichos y del tufillo, y es que, como dijo Hipócrates, todo lo amargo sana.

Amargas pueden parecer alguna de las píldoras que las tradiciones chinas, con estas fabulillas, nos hacen deglutir, de modo que es de esperar que mejoren nuestra deteriorada salud de viejos occidentales, con los imperios quebrados, hablando del sexo de los ángeles y de la prima   de riesgo, mientras los bárbaros toman Roma y asaltan Bizancio.

Después de entrar en reedición, algún alma descarriada mangó el original, o sea lo sustrajo del lugar donde el editor lo había colocado para devolvérmelo. No sé qué pensar. Me habría gustado conservarlo, y sobre todo confrontar el que ahora tienes en tus manos con el otro, pues me temo que ha habido alguna manipulación. No importa. Si alguien ha sido capaz de adaptar un guión antiguo, reconozcamos su mérito, siempre que él reconozca su tributo. Aunque sea anónimamente, como la oración de la viuda frente a la ostentación del fariseo. Centón real o simulado, aquí lo tienes.

¡Ah! Se me olvidaba. Esta es una obra antigua. Cualquier parecido con la realidad, o sea con la actualidad, es mera coincidencia.

1.-  Unos duques corruptos declaran una guerra inoportuna y tras perderla siguen en el poder.

XI PAN, un reino, antes belicoso, había logrado la paz, tras muchos años de esfuerzo y de contiendas. Todos parecían ya satisfechos, pues si bien el fruto de la paz no es igualmente dulce, según quién lo toma, de cuál de sus árboles y en qué momento, resulta siempre mejor que cualquier otro. En especial que el fruto podrido de la guerra.

Indignos de los frutos de la paz, algunos privilegiados intrigaban, primero oscuramente, luego a plena luz, porque es más permisivo el gobierno que ha sufrido penurias y quiere la concordia que el que ambiciona conquistas y anula la libertad. Y de eso se aprovechaban los duques de la región este del reino, una de las más prósperas, porque más rico era su territorio, más hábiles su artesanos y más prebendas y ayudas recibían, en parte por sus méritos, en parte por el hábil juego de las conspiraciones palaciegas.

Finalmente, el duque de PÙ unió sus mesnadas al duque de MÁ, los más poderosos y ricos, con riqueza y poder obtenida de tantos años de paz fructífera buen bien aprovechada en propio beneficio y plantearon un ultimátum al rey  KA LÓ, electo por la mayoría del pueblo. Éste, un soberano sensato y que en modo alguno deseaba una nueva guerra, preguntó a sus consejeros.

-¿Qué razones, si las hay, esgrimen PÙ y MÁ, mis duques del este, para rebelarse?

El Consejo respondió unánimemente, con serenidad. Tampoco ninguno de sus componentes, excepto los duques rebeldes, quería  la guerra. Muchos habían conocido las heridas que causa. Y los más jóvenes, nacidos ya en la paz, si bien las ignoraban, vivían demasiado bien como para ponerlas en riesgo. Uno de ellos dijo:

-No son razones. Son intereses. No puede haber razón para romper la paz, sólo la agresión si no puede repararse de otra forma.

-Esperaremos entonces la agresión –dijo el rey. Entretanto, confiemos en el buen juicio de los duques rebeldes, y que les retorne la cordura.

-¡Pero Majestad! ¡Continúan pidiendo oro y prebendas! ¡Con ellas se armarán y fortalecerán sus mesnadas para combatiros!

El rey alzó la mano.

-Será para combatirse a sí mismos, entonces. Porque yo no les atacaré. Seguid enviando lo que pidan, y junto con esas remesas enviadles mensajeros de paz. Me entristecería que sólo buscasen el interés, un poder más allá de lo razonable.

Y así se hizo. Los duques y cada vez más numerosas mesnadas, bien nutridas con el oro del reino y el propio, continuaban atizando el fuego de la discordia. A ellos se unieron los enemigos tradicionales de la unión del reino de XI PAN.

-¡Nos tratan con injusticia! ¡Separémonos de este reino infame que nos tortura y menosprecia!

A decir verdad, ni los propios cronistas entendían estos alegatos, pero continuaban adulando a los poderosos duques, PÙ y MÁ. Claro que eran excelentemente retribuidos por sus servicios, entre los que se encontraban los de difamar a los jerarcas del reino, tildándolos de enemigos de su pueblo, sus costumbres, sus tradiciones y su lengua.

Un miembro del Consejo, no adicto a los duques rebeldes, afirmó que ninguna de las causas de la rebelión era real, y que tal vez por ello mismo fueran más peligrosas. El Consejo así se lo hizo ver al monarca.

-Prefiero equivocarme. ¿Sería entendida mejor mi espada que mi razón? ¿Utilizaré mis brazos para golpear o para abrazar? Es parte del reino, y muchos de sus habitantes, estoy seguro, son razonables y sensatos. No comulgan con las ideas injuriosas de sus líderes, que parecen haber enloquecido. Esperad. Todo volverá a su cauce.

Pero se equivocaba. Tras un plan conjunto con fuerzas mercenarias y guerrilleros fuera de la ley, los duques enviaron sus mesnadas  para atacar puntos vulnerables y urdieron el asesinato del rey y de su primer ministro, comprando a los eunucos de palacio. La conjura estuvo a punto de tener éxito, pero el hijo mayor del rey y su heredero, que había establecido una red de espías, abortó la maniobra. Los duques rebeldes, PÙ y MÁ, con sus familiares y acólitos, aguardaban en seguro las noticias de la guerra. Pronto las conocieron de cerca, ya que su propia gente se rebeló, al descubrir enormes riquezas en los sótanos de sus palacios, tesoros robados al pueblo con una interesada y corrupta administración.

Cuando iban a colgarlos llegó el indulto real.

Los duques convencieron a todos, con nuevas mentiras, de que estaban arrepentidos, y que las riquezas ocultas eran una reserva para tiempos de crisis. Como era el caso, no tuvieron más remedio que repartirlas entre la gente, que ignoraba, e ignora aún, la magnitud de lo que habían acumulado en decenios de rapiña.

Al Consejo llegó, meses después, la petición de ayuda de los ducados rebeldes, ya sometidos.

-¿No queríais todo para vosotros y no dar nada a los demás? –arguyó el consejero más joven, que aspiraba a canciller. ¿Cómo lo pedís ahora?

El enviado de PÙ y MÁ, un senescal, sobrino de la concubina del primero, abrió los brazos suspirando.

-¡Porque nos conviene! –dijo,  en un hilo de voz.

 

Jardín de la anécdotas de los viejos reinos combatientes.

Enseñanza: los astutos ganan aunque pierdan.

Lo que con unos se pierde con otros se gana.


2.- El rey que quería la inmortalidad.

El gran BA-TA-THENG, que había heredado XI PAN, un reino próspero y pacífico, pasaba su tiempo contando nubes, adoraba estrellas y sólo le preocupaba el paso del tiempo, que es el mismo para los reyes que para los plebeyos. Pero como él tenía más medios que un pobre campesino, consumía sulfuro de mercurio y se hacía preparar elixires y ungüentos en la búsqueda de la inmortalidad.

Uno de esos días en que los rasgos de su semblante acusaban más la preocupación que le corroía –y que no era precisamente el bienestar de sus súbditos-  su primer consejero, el astuto KAL-BÚ, quien en secreto aspiraba a sucederle, le preguntó.

Dime, gran rey. ¿Qué embarga tu noble rostro de melancolía?

BA-TA-THENG se sorbió una lágrima –era en extremo sensible con sus propias aflicciones- y miró a los ojos de KAL-BÚ.

-Quiero pasar a la historia. No ser nunca olvidado. Que se hable de mí generación tras generación. Esa será mi inmortalidad, buen KAL-BÚ, pues me temo que a la postre ni el Hijo del Cielo escapa de la muerte física.

El primer consejero reflexionó, pellizcándose los antebrazos, ocultos en las anchas mangas que, además de puñales, ocultaban los pensamientos. Contó hasta quince: yi, er, san…como le había prescrito su padre, un sabio pescador de truchas del Yant-Zé. Paciencia, observación. Es la clave de toda respuesta correcta.

-Gasta más de lo que ingresas. Acaba con todo lo que has heredado. De esa manera arruinarás el reino, y hablarán de ti todas las generaciones futuras. ¡Pasarán los años en vano, si pretenden olvidarte! Ninguno de tus enemigos dejará de citarte como el precursor de toda desdicha. Tus partidarios te nombrarán, incluso en sus silencios, para preterirte o para superarte. ¡No hay memoria que supere en fuerza a la desgracia, un gran río con interminable número de afluentes!

Así lo hizo el rey BA-TA-THENG. En pocos años dilapidó los tesoros del reino. Aumentó hasta la náusea la clientela de sus paniaguados, distribuyó prebendas y pagó favores con tal prodigalidad que, en efecto, al morir, el reino que había sido próspero estaba arruinado, su prestigio hundido, las regiones que habían sido un ejemplo de cohesión estaban divididas, y el nuevo rey lamentaba cada día el honor de haberle sucedido. Apenas tenía el reino, y sus habitantes, para una mísera subsistencia, y, en efecto, el nombre de BA-TA-THENG no se caía de los labios cuando se trataba de culpar a alguien de todos los males del mundo.

De esta manera alcanzó la perseguida inmortalidad. Porque la vida está en la memoria de las gentes. ¡Qué sabio fue su  primer ministro, KAl-BÚ!

 

Jardín de las anécdotas del Imperio del Centro. Los Consejos de KAL-BÚ.

Quien bien tiene y mal escoge, del mal que le venga no se enoje.

 

 

3.- La maledicencia y el poeta MA-DIN.

Al poeta MA-DIN le daba miedo hablar en público. Un día oyó que en los teatros de algunos ducados del reino se burlaban de los ancestros. Impelido por una fuerza superior viajó hasta las capitales donde se zahería a los antepasados. Subió al escenario y con voz poderosa recitó durante horas los Anales del Reino de XI PAN. Todos callaron, y a partir de esos días nadie volvió al teatro para escuchar las burlas sobre hechos y personas dignas de veneración y respeto.

 

Jardín de las anécdotas.

Vida del poeta MA-DIN.

Con bondad se adquiere autoridad.

 

 

 

 


4.- El jugador que quiso ser funcionario del emperador.

En el reino de PA-LLÁ, situado al nordeste del Imperio del Centro,  la crisis había empobrecido muchos hogares y los comerciantes se quejaban continuamente de la pérdida de valor de sus negocios. Sólo se mantenían florecientes los que dependían de los gobernantes y los políticos y también los que se relacionaban con el juego y el ocio.

Se apreciaba hasta el extremo el deporte del Chú, que consistía en golpear una bola con los pies y el cuerpo, entre unos y otros jugadores de dos equipos. Tan popular se hizo que su líder, MES-PU-JI aspiró a los exámenes de funcionario. Una alta dignidad del imperio.

Sus mentores le interrogaron, extrañados.

-Pero, ¿has leído los Analecta? ¿Conoces los mil quinientos trazos?

Porque los puestos de funcionario estaban reservados a ilustrados y sabios, además de la gente hábil en las intrigas y el medro personal a costa de lo que fuere.

MES-PU-JÍ se echó a reír.

-¿Acaso los necesito cuando salgo al terreno de juego y me aclaman las vociferantes masas como si fuera un dios?

De modo que se presentó a los exámenes haciendo alarde de su oro y sus joyas, pero ausente de conocimientos en  profundidad.

Muchos estaban complacidos y decían: ‘He aquí que este representante del pueblo aspira a igualarse a las élites;  sea bienvenido, y de este modo conseguiremos que haya más igualdad entre todo el mundo’

. Sin embargo fue reprobado. El suyo no era el tipo de mérito que se exigía para la administración sino para la distracción.

-No todos pueden ser Buda –decían los más sensatos, al referirlo.

Y es que no debe hacerse alarde de poder y de riqueza cuando muchos se alimentan de las migajas. Ni asimilar los bienes materiales a los que se adquieren con el esfuerzo del espíritu.

Jardín de las anécdotas del reino de PA-LLÁ.

Siéntate en tu lugar. No te tendrás que levantar.

MEMORIAS

22 marzo 2013

Cuando rompió la última hoja, el filo le hizo un corte limpio y profundo en el dedo índice. “¡Vaya!” -se oyó decir, al tiempo que lo alzaba para chupárselo a conciencia. El sabor dulzón de la sangre se mezclaba con la salinidad de su piel y ese conjunto de gérmenes que finalmente aportaba al chupetón un gusto peculiar, asentado en sus papilas desde la infancia. “¡Este niño, todo el día con el dedo en la boca!”, se quejaba la tía Herminia, dándole un manotazo. Pero él volvía a chuparse el dedo, esperando la ocasión oportuna para hacerlo con la teta de su madre. “¡Tiene casi cuatro años, ya está bien!”. Procuraba escapar a la atención de todos, en especial de su cancerbero, su tía y gobernanta de la casa, y se acercaba casi a hurtadillas hasta el sillón de su madre. “¡Mamá, teta”! -le pedía, y ella, siempre, le concedía el capricho, aunque a veces se descuidaba y propinaba un mordisquillo a los pezones, gordos y repletos, arrancando un gritito a su generosa donante. “¡Así no se te va a cortar nunca la leche!” -protestaba su hermana, censurando el don tardío que hacía tan feliz al hijo de la paralítica. “¡Si por lo menos hicieras de nodriza…!”

Echó un último vistazo al montón de folios cuarteados y los fue metiendo en una bolsa de basura. “Ni para reciclar sirve” -murmuró. Un trozo de hoja manchada de sangre se había desplazado ligeramente, y al agacharse para recogerlo sintió el tirón en las lumbares. “Demasiado tiempo sentando ante el ordenador. Lo de siempre”. Abrió el armarito y se despachó un Valium. Prevenir el dolor agudo y el insomnio, ese era su objetivo ahora, repentino y nítido, después de un día de meditabunda soledad frente a sus memorias. “¿Y a quién van a interesarle, ahora que las dos están muertas?”.

Es lo que había pensado. Ni siquiera releyó alguno de los párrafos. Recordaba cada palabra, cada escena. No necesitaba que nadie más lo hiciera cuando él también hubiera muerto.

DECRETO

22 marzo 2013

El funcionario miraba fijamente el folio en blanco. Al otro lado de la mesa, una eficiente secretaria, que además de dominar tres lenguas, tenía un novio franco-germano, como el viejo Schuman, aguardaba. Sin impaciencia, muy profesional, vestida de chaqueta, un suave perfume, guapa, mechas de un rubio más claro que su trigueño atezado, que daba a su cabeza el toque de distinción de una modelo rellenita. El funcionario, uno de los primeros del escalafón de la Europa unida, pestañeó. En el folio aparecieron las patas de mosca, esos rasgos lineales que le mareaban lentamente, dándole por fortuna tiempo para levantarse de su mesa de caoba -prefería la decoración clásica, incluso algo recargada para el gusto moderno de los nuevos líderes- y encerrarse en el cuarto de baño. Sentado en la taza del váter, con la cabeza entre las manos, intentaba penetrar en su vacío y comprenderlo. Era inútil.

La secretaría carraspeó. Era un acuerdo tácito de cortesía, para denotar su presencia. El hombre asintió, como prestando aquiesciencia a su gesto. Agradeciendo, tal vez, que alguien fuera testigo de aquellos momentos. Firmó la hoja y se la tendió esbozando una sonrisa.

Ya estaba hecho.