SOSEGÁOS

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SOSEGÁOS

 

Las serpientes de verano se han transformado en dragones del otoño. No es un sutra del viejo Zong-Huó, es una constatación empírica. Sabido es, por cierto, que en aquella mitología, el dragón puede ser benéfico, tal vez porque de su fuerza quepa extraer la energía que se precisa para hacer el bien. Eso presupone que el mal a combatir sea fuerte.

 

En el comienzo del invierno, el nueve de febrero, comienza el Año de la serpiente: el Año Nuevo chino. Ha tragado tantas cosas que parece el dibujo de El principito, un elefante que es un sombrero en la barriga de la boa.

 

En estas últimas semanas –no demasiadas- los movimientos peristálticos que provocaban en el organismo social ciertos cuerpos extraños –también lo son los vermífugos y los depurativos, que traen la salud por medio de la amargura- están a punto de transformarse, como aquellas figuras simbólicas, en convulsiones que van más allá de la inquietud. Así se debatía el buen Zadig -¿o era Cándido?- tan volteriano como su creador, poniendo en la otra parte del emparedado el letargo del fastidio.

 

No quiero negar que, a estas alturas de la vida, me cuesta dejar la filosofía, tan denostada. Mi buen amigo, el maestro Quintín Racionero, me enseñó a respetar el pensamiento haciéndolo aplicable, de forma que impregnara los hechos de cordura. Esa idea me mueve a escribir estas líneas. Creo que en este momento necesitamos más el sosiego que la locura, esa amiga de la poiesis, el intento de dar a la vida un valor que se escape de la rutina.

 

En contra, pues, de la tendencia –viene a ser como la moda- que está insuflando de gases nocivos las instituciones, desde las más ásperas a las más delicadas del cuerpo social, del Estado,  sin que parezca existir una frontera de racionalidad –ratio essendi, ratio faciendi, ratio dicendi, ratio iudicandi, ratio decidendi- o más bien el desprecio a las líneas establecidas, yo quiero reflexionar. Buscar esa razón, y, si no la encuentro y otros creen que existe, solicitar que esos otros la muestren. Con serenidad y sin ambigüedades.

 

Cierto es que la política es el reino de la fantasía, pero en ese pérfido matiz que le confiere la ambigüedad. Por eso nada me preocupa que  hablen los políticos de tantas cosas –tan importantes, tan llenas de contenido conceptual- sin que se desarrolle o explique lo más mínimo ninguna de ellas. Como muestra –y aquí me detengo, pues no es ese el objetivo de mi reflexión- léanse las alusiones al estado federal o a la soberanía, como frases que se antojan oídas en una tertulia vespertina de nuestra ínclita radiodifusión, en la que los participantes, como en la señera viñeta de Forges, enseñan al Papa cómo dar la bendición apostólica.

 

Si alguna de esas cuestiones afecta a la ley –el condicional es retórico, porque todo debería afectarla- la cosa cambia. Cuando los políticos, ellos solitos, se reúnen para hablar de leyes, y, si más concretamente lo hacen para modificar alguna, puede suceder lo que en el antiguo aforismo del Management: ¿Qué es un camello? Un camello es un caballo diseñado por un comité.

 

Los políticos se rodean de asesores y acólitos en saraos, festejos y organigramas –la excursión de Mas al Kremlin, con ochenta consejeros áulicos, es un ejemplo reciente pero ya olvidado en la vorágine persecutoria que ahora toca a otros- y tal vez por eso mantienen ese elevado número de entes más o menos de ficción que nuestra vicepresidenta citó en su día como paradigma del despilfarro de las administraciones. Se han tocado otros terrenos de juego –impuestos- pero no éste. Mal asunto el de crear expectativas y luego olvidarlas.

 

Cunde el escándalo cuando alguien se atreve a criticar los modelos. Excepto aquellos que los demagogos buenistas y dictadores de lecciones de falsa ética consideran demonizables. Pero cómo criticar a quienes, siquiera sesgadamente y plagados de errores, buscan el bien de otros, si los falsos servidores del pueblo, sin excepción, sólo persiguen el propio.

 

El terreno, pues, de la política, del poderoso Ejecutivo y los gobiernos, lobbies y otras presiones a la sombra, en oposición o convergencia según interese, este campo de juego tramposo de la partitooligarquía que ha trastocado gran parte de la pureza que constituyó a los partidos políticos como inseparables de la democracia, debe ser, en este artículo, sólo esbozado. Necesaria y brevemente, un apunte que ahí queda hecho.

 

Mi recuerdo a Don Quijote: “Llaneza, muchacho y no te encumbres, que toda afectación es mala” en la representación del retablo de Maese Pedro, ha inspirado el títulillo:  un verbo que suplica y exige al tiempo. Es verdad que necesitamos sosiego. Pero no como el de la maniobra táctica de retirada aparente para atacar, o el de la convicción de que ya hay que estar tranquilo que la batalla está ganada. Don Gaiferos así lo emplea:

 

Sosegáos, el mi sobrino,
vos os queráis sosegar,
que la muerte de mi hermano
bien la iremos a vengar.
Ellos así estuvieron
dos años, y aún más,
hasta que dijo Gaiferos
y empezara así hablar.

 

Un sosiego, ciertamente, peligroso. Por lo que sugiere y anticipa.

 

Hablaba de movimientos peristálticos, como retortijones, que empezaban a inquietarnos por lo que tuvieran de apelación a lo justo. No es ajeno quien escribe a esa llamada, y así lo prueba en las más de trescientas páginas –muchas sobrarán, pero no su meollo- de su libro “¿Es posible un derecho justo? “ (Difusión jurídica, 2010). Tampoco lo es a la mejora de condiciones de las minorías y a su respeto –como enseñaban nuestros clásicos, Suárez, Vitoria… y los autores de tratados sobre la justicia contemporáneos, como J. Rawls- ni a las propuestas para intentar conseguirlo, como quizás intentó probar en otro de sus libros, “Claves para entender y transformar el derecho”, (Difusión jurídica, 2009).

 

Cuando presenté mi tesis doctoral –algo insólita entre quienes ejercemos la profesión de abogado y no tenemos actividades académicas- quise plantear la posibilidad de interlocución entre los roles que respectivamente desempeñamos.  Y quedó explicitado el gap, la ruptura, el distanciamiento, si no es demasiada perífrasis, entre la Universidad y los abogados. Mis escritos siempre han sido un intento de saltar esa brecha. Cada vez resulta más difícil superar otro contraste: el de la excluyente defensa de los oprimidos que se arrogan despachos que juegan a río revuelto, y el de quienes aún quieren jugar el partido con las reglas sin cambiar en el descanso, y mandando al árbitro mensajes coactivos.

 

Con la rapidez de los regates en el área surgen las rupturas y los equívocos. Hasta el momento el poder judicial y sus aledaños, la administración de justicia con su fuerte estructura burocrática, nos situaba ocasionalmente en una posición subordinada, pocas veces de abierta confrontación, pero muchas de cierto desdén, como si el ejercicio del derecho fuera un interés espurio y el juzgador, como el viejo cadí con su vara, impusiera siempre la justa ley. Quedaba el recurso del recurso, y a veces el recurso del fallido recurso, en los que debíamos extremar nuestro celo para no chocar con el tópico –un apriorismo cegato- de que el abogado quiere que se sustituya el criterio del juzgador por el suyo propio. Pero así andábamos, urgidos en la mayoría por el conocimiento de la materia y de la forma, un hilemorfismo poco aristotélico, por desgracia, que nos obliga a ser analistas del proceso como ley y de la ley como proceso.

 

Pero en este momento insólito, los jueces, algunos jueces, y, por lo que se ve, el mal se extiende, quieren convertirse en artífices de uno de esos movimientos, que como las plataformas continentales –ya que muchos de sus valedores dicen asentarse en plataformas- se mueven y chocan y pueden provocar cataclismos, daños irreversibles, un mal tan irreparable como el de la pérdida de ese rol institucional, la aplicación de la ley, que les confiere, desde Hanmurabi, su deber y su oficio. Hablaba del Cadí: su vara era la ley. La justicia radicaba en su decisión. Los nuevos cadíes actúan de forma similar. Son dioses en un pequeño Olimpo, y menosprecian la verdad y la justicia. Porque su verdad y su justicia es la presión social y la demagogia. Hay que ejemplarizar, un reality show que atrae audiencias cautivas, expectantes del escándalo para romperse las manos y la garganta aplaudiendo y vociferando.

 

En el transcurso de mi carrera –o sea, ir corriendo de un lado a otro durante 30 años de abogacía- he conocido jueces que han abandonado la suya por no aplicar leyes que se oponían a su ética personal o a sus creencias, o a sus principios. Así deben actuar los jueces que no quieran aplicar la ley. El tortuoso camino elegido por algunos jueces y secretarios de argumentar en falso –expresión dialéctica- para justificar sus decisiones, a sabiendas de que si bien nadie dice que sean injustas sí violentan claramente la aplicación de la ley, el giro que se da ahora, por seguir con la demagogia y la venganza –como estandartes frente a los oprimidos del mundo- contra los poderosos, parece un cliché de las fementidas movies del cine negro, o quizás del buenismo de Disney.

 

¿Venganza? Se parece tanto a la justicia, entre los dioses… De la misma forma que es ‘injusto’ para una parte lo contrario lo es para la otra. Principio procesal y material.

 

Ejemplos del cariz demagógico que está tomando la administración de justicia son las aceptaciones de conductas ilícitas apoyadas en el llamado drama social. Columnistas supremos arremeten contra la voracidad de las finanzas, porque cunde la especie de que todo es mangoneo, estafa y robo por parte de los banqueros y bancarios, sus fieles lacayos. Un ejército de déspotas falsarios que engañan a pobres incultos facilitando préstamos en divisa e inversiones con un altísimo interés, pero muy complejas y retorcidas, que encierran el alimento de la boa, el elefante en la barriga de la serpiente. Víctimas de la maldita desesperanza cuya desdichada suerte es achacada a la intervención diabólica de algún director de oficina bancaria o de las directrices engañosas de sus jefes, o de la rígida aplicación de las normas. Nadie puede aceptar de buena fe que la desgracia o la pobreza no deba ser tratada con la solidaridad de todos y en especial de quienes pueden buscar soluciones. Pero ahora todo está subvertido, es engañoso como los cuentos para niños, que encubren un sadismo y una conducta demenciada. Los escuchamos con la boca abierta, mientras la madrastra envenena y el lobo devora, e incluso cuando el príncipe feliz va distribuyendo lo que tiene con la ayuda de la sacrificada golondrina.

 

Lo que no es política es plagio en el país del pícaro, que lo es del rey abajo todo el mundo, hecho que difumina la responsabilidad, al parecer, porque la ética desaparece en la selva de los números. Aparecen, en momentos oportunísimos, dossieres y cuadernos, cuyos contenidos denigran y acusan a unos mientras tapan las vergüenzas de otros. Cuando duele un grano se olvida el otro. Tenemos el cuerpo social repleto de acné.

 

Cunde la especie de que cumplir los compromisos es propio de otra era, más próspera, y que hay que repartir todo, menos lo mío, según el viejísimo hábito del ‘aparateik’. La economía sumergida, que en España siempre está a flote y dominante, ayuda a soportar las torpezas de un gobierno y de una oposición a la greña, empeñados en idas y venidas a los pasillos de Bruselas y de Berlín, o atentos a los hedores de las cloacas que remueven al ritmo de las sirenas oficiales. La seguridad jurídica ha desaparecido, o está a punto, porque ahora toca demagogia, adaptarse al grito y ensalzar o disculpar, según el caso, al rebelde sin mejor causa que su propio ego.

 

La ley está confusa, y su aplicación difusa. Hay un enemigo común, el financiero con nombre de capital, que parece haber concitado todos los poderes del infierno. Tal vez sea así, pero remontado a los últimos treinta años, cuando los políticos vieron el paraíso: el nomenklator partitocrático y sindical, los amigos y las prebendas, la entrada a saco en las reservas, y en el último lustro la trampa de las subprime, la concesión de créditos a insolventes, el fomento de precios disparatados, la codicia del mercado con todos sus integrantes, incluyendo quienes vendieron a precio de oro, contrataron productos que les daban mucho interés, y especularon como todos, satisfechos mientras la cosa iba bien.

 

Algunos sí fueron engañados. Los menos. Y ese es un error imperdonable, un fraude.

 

Europa no vale,  salvo que sus instituciones sirvan para lo fines propios. De ahí la validez de la consulta a la abogada general. No importa el contexto. De repente nuestras normas, de la Constitución abajo, no sirven. Hay que mirar a la instancia superior –dicen- de la UE.

 

 

¿Acaso la UE no quiere que se canalicen por las vías pertinentes las opciones legales, demanda, recursos…? ¿Acaso quiere implantar una unidad de procedimiento antes que la fiscal, por ejemplo? ¿Tienen Francia o Alemania un sistema de ejecuciones permisivo?

 

¿Qué sucede si se aplica el buenismo a los 13 millones de hipotecas que se pagan? ¿Qué sucede con el mundo del alquiler? ¿Vale asaltar supermercados cuando quieran los piquetes? ¿El juez de la horca, el justiciero de la noche? ¿Acaso creemos que todos los desahucios se proyectan sobre familias desamparadas y en su vivienda habitual? ¿Cuántas hay vacías, o explotadas con arrendamientos reales o ficticios, que se adquirieron y dejaron de ser ocupadas por los adquirentes, que cobran a otros y no pagan lo suyo?

 

En este entorno demagógico, y en el centro de una legislación oportunista y sesgada, valen algunas propuestas:

 

Las ejecuciones hipotecarias constituyen un sistema de garantías suficiente. Las ejecuciones no deberían practicarse si la deuda vencida exigible sea inferior a cuatro mensualidades.

 

Las situaciones de extrema y real necesidad familiar o personal suficientemente probadas con motivo de la crisis financiera –no otras, como las que hemos visto producto de las crisis matrimoniales, por ejemplo, o de las fallas de los ingresos opacos,  o de la pésima administración de los ingresos, por ejemplo- deben ser suficientes para evitar el lanzamiento, una vez se confirmen y se prueben.  La adjudicación se hará al ejecutante y se proveerá un alquiler social o una espera. Lo contrario sería la expoliación del derecho a la propiedad al tiempo que se le imputan los costes de mantenimiento y la responsabilidad inherente al propietario.

 

No hay interpretación extensiva para los contratos de alquiler que no se pruebe sean eficaces. Y menos condenar con costas a quien prueba lo contrario. Eso es ‘injusto y vengativo”, con palabras empleadas a sensu contrario.

 

 

Puede que mi visión está algo sesgada por esa obsesión que citaba: ‘el hombre se distingue de las bestias en su sometimiento estricto a la ley’. Yo creo que no todas las leyes –quizá pocas- son justas. Pero en su estructura está su transformación, siguiendo los cauces que la organización social se ha dado: no otras, no con asambleas ni personalismos, sino con la seriedad y la honestidad del trabajo bien hecho.

 

Y, por supuesto, cambiar el sistema de nombramientos del Poder Judicial y suprimir el T.C. que no admite los recursos de amparo de particulares salvo por razones de interés, ajenas a la protección de derechos fundamentales.

 

Y finalmente un recordatorio de mi entrada al blog hace unas semanas.

 

Con esto de los desahucios y el espanto que genera, los abogados que firman las demandas frente a quienes impagan las hipotecas van de incógnito por la calle, como instrumentos de un poder maléfico al que se someten por unas perras, como el bueno de Werter ante Mefistófeles. O sea, que venden su alma al diablo. Mi profe de coaching dice que hay que amar el instante aunque sea un cólico nefrítico o una emoción negativa. Así que en vez de tomar pastillas contra la ansiedad tenemos que releer las declaraciones de los políticos y de los jueces -que últimamente son todos estrella, y no como en los tiempos de Don Gaspar- y en vez de adoptar el complejo de arpía, alegrarse del curso de falsa ética en que están empeñados. Con los desahucios se ha parado el país, la crisis, y hasta la confrontación constitucional. Ya no se habla de otra cosa. No sabíamos que los dramas sociales que aquejan nuestra sociedad hubieran desaparecido, excepto éste, del que son otros -no los políticos, ni los jueces, al parecer- los culpables y ellos especialmente inocentes. Pero mi profe de coaching dice que no tiene que haber culpa ni miedo, ni miedo, así que todos ‘palante’. A Rubi y a Raji les ha salido el niño interior muy oportunamente, y se han puesto a jugar con otros que pasaban por allí con ganas de darle a la ‘pilota’ como fuera. Le digo a mi profe de coaching -antes tenía psiquiatra, pero está ‘demodé’ desde que a Woody le dieron el Asturias- que los abogados deberíamos cabrearnos, porque también estamos en eso que llaman el ejercicio del derecho, ya que las leyes españolas, antes tan sólidas y bien construidas, son ahora tan malas que hasta Kokotte las critica, en una tertulia con otro juez mercantil. El juez a quien se le expulsó de la carrera por aplicar la equidad -en su opinión- y no el literal de la ley debería volver volver con honores, y Garzón ser nombrado presi del Constitucional, al que se le augura menos futuro con este cisco que al rescate a la gallega, ahora sí, ahora no, de esta procelosa vieja Europa.  Le digo a mi profe de coaching -antes era psiquiatra pero con la PNL gana más- si debe aceptarse sonriendo la lección de falsa ética y las resoluciones pilladas al biés, y las miraditas de recoña cuando defiendes a un maldito banco, y los espiches mitinescos en las antes llamadas salas de audiencia, y me dice que sí, que todo es parte de la alegría de vivir. Y es que nuestro cerebro reptiliano, que huye del cambio y ama la seguridad, debe ser sustituido por el emocional. Y eso es lo mío, un neocortex abollado y sufridor, de modo que estoy de acuerdo en todo. Faltaría más. El único sentido de la vida es estar en ella. El comediante genial de los 40, Sturges, opinaba que es fácil vivir. Lo difícil es escribir comedias. Al menos, digo yo, tan bien como lo hacía él. Nuestros comediantes de ahora, los del teatro institucional, juegan con los dramas sociales fabricando comedietas, para cubrirse las vergüenzas. Lo que dicen lo dicen para que todo el mundo asienta, para que todos comprendan lo buenos que son, incluso los chóferes de sus coches oficiales. Sanar las heridas del pasado exige llorar sobre ellas con valor. No alentar el desorden. Resolver y no enredar. Ir a la causa, y no al síntoma. Y no dejar a los profesionales que trabajan con la ley como cerdos en la cochiquera, como buitres en la carroña. Que uno tiene también su corazoncito.

 

 

Un poco de humor, y muchas sugerencias. Hay que moverse en la escena. Este estancamiento no hace más que enmarañarlo todo. Bien están las negociaciones con Bruselas pero algún efecto deberían tener ya. Menos puyas domésticas y más conjunción de factores para que regrese el respeto a esa clase política que tiene empozoñada a la clase media, la única que en algún momento siempre les había respetado. Creación de riqueza y satisfacción de necesidades. Con la ley en equilibrio, no haciendo piruetas a ver quién ha pagado más entradas para la función: los de la clac o los del patio de butacas.

 

 

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