Caídos en combate.

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14 enero 2013

 

El sargento David Fernández Ureña, muerto el viernes en Afganistán cuando trataba de neutralizar un artefacto explosivo, fue despedido ayer en Zaragoza durante un funeral presidido por el Príncipe de Asturias y al que también asistió el ministro de Defensa, Pedro Morenés. Don Felipe dio el pésame a la novia, la madre y los cinco hermanos del militar y depositó sobre el féretro cubierto con la bandera la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo concedida al militar a título póstumo.

 

 

CAIDO EN COMBATE

 

La convulsa sociedad española, la privilegiada sociedad de los golpes de mano políticos, santificados por la democracia –y bienvenida sea hasta la protección bajo su manto de los enemigos, al estilo volteriano- la sociedad de las huelgas y los grupos de presión, recién inventados a fuer de la defensa a ultranza de intereses legítimos -¿cuáles no lo son? Realicen ustedes el inventario- la caduca sociedad de la partitocracia, emblema de nuestra política, animosa y vociferante, alentada siempre por las oposiciones, -la británica ‘Oposición’ de S.M. forma ahora un cúmulo, todos unidos a una- regocijadas por el increíble número de torpezas de la sede gobernante, la pacifista sociedad del todo vale, la pacífica sociedad protegida, ignora –pasiva y aletargada- las guerras en que españoles y soldados de otras naciones, miembros del ejército español, mueren por defender a otros, y en abstracto los valores que se llaman democráticos, el primero de ellos la libertad, lejos de las divididas tierras de su patria.

¿Es el primer bien protegible la libertad? ¿O será la vida? Para ellos, los denigrados y olvidados militares, el dilema no existe. Sí existe la Patria, ese concepto que llena de vergüenza el rostro de los políticamente correctos –una estúpida incorrección- y la patria es España, y sus patrias el honor y la defensa del débil y el oprimido. ¡Cuántas veces en tiempos de paz se dispone de las fuerzas armadas para ayudar y resolver problemas de civiles que, rápidamente, olvidan! Pero a ellos eso no le importa; su deber no aspira al reconocimiento. Ejercitarlo es su recompensa. La justicia que esperan es la que se imparte en silencio, discretamente, no la que exigen algaradas y pancartas. Aceptan y apoyan la democracia porque así lo hemos elegido para nuestras vidas. Y a veces para terminar con la suya.

De vez en cuando llega la muerte también a este rincón de Europa, en un furgón del ejército, con un cuerpo joven destrozado.

 

En todos los países con dignidad histórica, en todo el mundo, cuando un soldado muere en acto de servicio, la sociedad lo siente, siente como propio el dolor, y el orgullo. También la tristeza y la desesperanza. ¿Servirá para algo? Eso se pregunta en cada guerra, muchas veces nefandas –pero ellos no pueden cuestionarlas- otras justas, quizá las menos, si hay alguna que no sea la estrictamente defensiva, y a ese interrogante se agrega otro, más personal: ¿Debe un soldado, por serlo, obedecer órdenes, sin preguntar, sin cuestionar, sin analizar cómo ni por qué las realiza?

Cuando llega el cadáver del soldado muerto y recibe honores, se reconoce su valor. El personal, ante todo, y el colectivo del ejército que representa. Puede ser cualquiera que vista uniforme. Como -por fortuna ya hace tiempo- caían los portadores de uniformes y de ideas ante los siempre cobardes y viles terroristas. Y más vil y cobarde si cabe es el terror que ataca indiscriminadamente la población civil, que siempre es inocente.

Caído en combate. Caídos en combate. Quiera Dios, o su providencia lejana, que no sea estéril su sacrificio, que se acorten los tiempos de la guerra, aunque, si cada año comienza una –malditos sean sus traficantes y señores- difícil será el objetivo.

Si vis pacem, para bellum. No hay que olvidarlo. No menospreciemos nuestra Defensa.

Un soldado que cae es un mártir de su fe: la disciplina, el amor a su patria, el deber. Para ellos no existe la vergonzosa política del único país, la única nación, el único reino que no ostenta con orgullo su bandera.

A quienes la desprecian, el desprecio de los héroes muertos.

 

 

 

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