CANAL

En los aledaños de los teatros del Canal, calle Cea Bermúdez con vuelta a Bravo Murillo, en Madrid, Teatros que creo sigue dirigiendo el gran Boadella, había atasco sobre las 15 horas del 12 del 12. (El día del fin del mundo, o el del conteo: one, two, one, two…).

Coches limpios, negros, con choferes y guardias a tuti plen, o sea, gente del oficio, oficial. No me importa si del sacrosanto Ayuntamiento que ayunta asesores y empresas inútiles, montones de concejales que no aconcejan, y cientos de subcontratas a saber -como la del SER, el estacionamiento no la emisora fallida,  que debe ser (el estacionamiento) una mina de monedas- o de la oposición o de tal o cual ministerio, institución o sinecura.

De un capitalino cualquiera, más o menos normalito, seguro que no. ¿Sigue habiendo Cámaras, Consejos, etc. oficiales?

El caso es que, como siempre, los servidores del pueblo se sirven de él: cortan un carril, disponen de cancerberos uniformados, retardan el tránsito, acojonan al personal. No vayan a molestarse. Sufren en demasía, con el peso de la púrpura sobre sus gastados hombros de hombres y señoras de Estado. Por ello, los mimitos.

Los guardias se ponen muy frenéticos cuando cumplen su función de dejar bien claro quien manda aquí: el tosco pueblo o los liderillos políticos.

¿Sabéis quién?

 

 

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