ESTRATEGAS.

En las viejas escuelas de guerra y de negocios, los estrategas se ocupaban de estudiar las fórmulas idóneas para alcanzar la victoria, al menor coste y con la salvaguarda de los bienes conquistados. Matar al enemigo podía no ser lo mejor, y destruir sus riquezas tampoco. Aquello de ‘Troia solo equata est’, o destruir hasta los cimientos no es cosa de estrategas sino de mentecatos. El siglo XX, por ejemplo, ha sido cosa de este tipo de gente, ocupada en machacar a los llamados enemigos, y viceversa. No se escapa nadie. La historia del mundo es la historia de las guerras, y eso sitúa a los estrategas en una posición complicada. O sea, que ya no existen. Ahora nadie puede planificar el futuro, aunque el gran Valery ya lo tenía dicho, en esa frase que se atribuye a media docena de genios: “El futuro ya no es lo que era”. Sin embargo entre los líderes hispanos de los partidos políticos este rol persiste. Guerra el ocurrente dice que el no pertenece a la cofradía del perdón. Viene a cuento de no sé qué propuesta del PSOE para pedir perdón al ‘pueblo’ -ellos son el herrenvolk, al parecer, y los demás somos el volk a secas- que anda por ahí en video. La estrategia del valido de González -que si hubiera pedido perdón por los del GAL aún estaría en La Moncloa- ha sido siempre la misma. Se aleja del mogollón para hacer sombras chinescas. Ándese con cuidado con sus ironías, porque en Sevilla aún se le tiene por fetén en ciertos ambientes, y los costaleros pueden enojarse con su dicharachería. Pedir perdón es cosa de fascistas. Guerra no será cofrade, pero sí acólito, y su estrategia ya surtió un demoledor efecto provocando el hundimiento de Bono y la exaltación de Zapatero. Con la UE y el gobierno pasa lo mismo. Rajoy pone cara de estratega en los pasillos de todos los edificios oficiales del sistema, y no llega siquiera a táctico de furriel, cabo con dos reclutas, Guindos y otro a elegir. El último estratega fue Napoleón, y le envenenaron por agonías, que todo le parecía poco. Los rusos carecen de estrategia, se limitan a esperar el invierno y que los enemigos se congelen. Rajoy espera y espera, y ya llegará el verano. Mas planteó una estrategia a corto plazo, o sea una táctica, y, claro, se resbaló en su propia baba, porque a Pujol se le acabaron los kleenex con el lío de las cuentas y lo cara que está la celulosa. El paso corto y la mirada larga, decía el marqués de Santillana, pero es que escribía en castellano. A Cela le gustaba más lo del idioma español, y a mí también, sólo que hay que escribir para todo el mundo, hasta para los ministros, que dicen o decían onceavo piso y latinoamérica, refiriéndose al undécimo y a hispanoamérica o iberoamérica. Felipe II planteó bien su estrategia con Portugal, y trasladó allí la capital de los reinos, a Lisboa, ciudad ilustre, pero no hubo suerte con la historia. ¿Y si trasladáramos la capital a Barcelona? Al fin y al cabo, el centro del reino es del equipo que gane la liga de fútbol. Los bancos -algunos- plantearon en los medios 2000 una estrategia suicida: la del crecimiento sin límites. Todo iba a seguir subiendo, y dejar el dinero en manos de insolventes no era peligroso, ya que no precisaban administrar bienes, sino conservarlos. Ahora tienen los bienes, que no valen nada, y ya no tienen el dinero. La estrategia de recuperación del país subiendo los impuestos a troche y moche y recortando en actividades básicas, sin activar el crédito ni crear riqueza es una estrategia demoledora. Tendría sentido si los estrategas políticos no se hubieran olvidado de ellos mismos. Ellos mantienen sus prebendas del herrenvolk aparentemente democrático, y la administración y los ayuntamientos siguen con sus locuras de juventud. El botellón de los grandotes lo contituyen las asesorías -¿cuál de los comités de asesores del Ayuntamiento de Madrid se encarga de prevenir catástrofes previsibles, como la del Madrid Arena?- las consejerías, las empresas municipales y estatales vacuas, el clientelismo, la ineficacia. El Ayuntamiento de Madrid ideó estrategias de recaudación, y las tácticas de situar miles de subcontratados vigilando que los vehículos no se pasen veinte minutos en el horario del SER, para multarles -con una autoridad aceptada por el poder judicial, que se queja de que el ejecutivo se carga a Montesquieu- y como el resto de municipios cobra por ibis, basuras, y demás tasas, cada vez más, sin que las prestaciones de servicios aumenten en igual grado. Ya no hay estrategias ni en el ajedrez. Ahora son las máquinas quienes preparan a los campeones, que mueven las piezas como si estuvieran en una cadena de montaje coreana.

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