Gracias, Quintín.

Muy bien. Era lo justo. Homenaje tiene un sonido áspero, esa jota doméstica con la que chirría el anglosajón. Para él, señor de las palabras, la graciosa ‘gracias’ conviene, llega suave y electrizante como la ráfaga de las miradas entre los jóvenes. Gracias, Quintín. Nos vimos, en una de tus sedes, el salón de actos de la UNED. También con gracia, se dijo que bizqueabas, cita del gran Ortega que como mentor quisiste en tu ‘Instituto de humanidades’, mirando a una y a otra Universidad, las dos tuyas. El otro ojo, en la Complutense. Muchos y buenos de ambas universidades, que contigo fueron una, conversaron contigo, ayer, nuevamente, otro día más. El saber sabe  mejor debatiendo, contradiciéndose a veces, riqueza del verbo. Pero la unanimidad en el elogio y el recuerdo no nos privó del placer de tu retórica.  Hablaban contigo, con nosotros. Lo mejor: te reconocimos. Eras tú. No un ser apócrifo. Dejaste el sello. Estás.

No digo más. No soy protagonista. Ni siquiera es esto una breve crónica. Espero y deseo que se publique lo que en el acto del día 29 de noviembre se habló de y con Quintín Racionero Carmona.

Es una forma de resumirlo: Gracias, Quintín.

P.S. Y sigue llegando tarde a las citas. Nos encanta que te sientas obligado a disculparte. Creo que lo haces para tener ocasión de ello, para explicarnos por qué -dices- eres un neurótico de la impuntualidad. Escápate por los pasillos saludando, requiriendo, recordando. Al final regresas. Ya te echábamos de menos. ¡Ah! ¡Estás ahí!

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