ABOGADOS DESAHUCIADOS.

Con esto de los desahucios y el espanto que genera, los abogados que firman las demandas frente a quienes impagan las hipotecas van de incógnito por la calle, como instrumentos de un poder maléfico al que se someten por unas perras, como el bueno de Werter ante Mefistófeles. O sea, que venden su alma al diablo. Mi profe de coaching dice que hay que amar el instante aunque sea un cólico nefrítico o una emoción negativa. Así que en vez de tomar pastillas contra la ansiedad tenemos que releer las declaraciones de los políticos y de los jueces -que últimamente son todos estrella, y no como en los tiempos de Don Gaspar- y en vez de adoptar el complejo de arpía, alegrarse del curso de falsa ética en que están empeñados. Con los desahucios se ha parado el país, la crisis, y hasta la confrontación constitucional. Ya no se habla de otra cosa. No sabíamos que los dramas sociales que aquejan nuestra sociedad hubieran desaparecido, excepto éste, del que son otros -no los políticos, ni los jueces, al parecer- los culpables y ellos especialmente inocentes. Pero mi profe de coaching dice que no tiene que haber culpa ni miedo, ni miedo, así que todos ‘palante’. A Rubi y a Raji les ha salido el niño interior muy oportunamente, y se han puesto a jugar con otros que pasaban por allí con ganas de darle a la ‘pilota’ como fuera. Le digo a mi profe de coaching -antes tenía psiquiatra, pero está ‘demodé’ desde que a Woody le dieron el Asturias- que los abogados deberíamos cabrearnos, porque también estamos en eso que llaman el ejercicio del derecho, ya que las leyes españolas, antes tan sólidas y bien construidas, son ahora tan malas que hasta Kokotte las critica, en una tertulia con otro juez mercantil. El juez a quien se le expulsó de la carrera por aplicar la equidad -en su opinión- y no el literal de la ley debería volver volver con honores, y Garzón ser nombrado presi del Constitucional, al que se le augura menos futuro con este cisco que al rescate a la gallega, ahora sí, ahora no, de esta procelosa vieja Europa.  Le digo a mi profe de coaching -antes era psiquiatra pero con la PNL gana más- si debe aceptarse sonriendo la lección de falsa ética y las resoluciones pilladas al biés, y las miraditas de recoña cuando defiendes a un maldito banco, y los espiches mitinescos en las antes llamadas salas de audiencia, y me dice que sí, que todo es parte de la alegría de vivir. Y es que nuestro cerebro reptiliano, que huye del cambio y ama la seguridad, debe ser sustituido por el emocional. Y eso es lo mío, un neocortex abollado y sufridor, de modo que estoy de acuerdo en todo. Faltaría más. El único sentido de la vida es estar en ella. El comediante genial de los 40, Sturges, opinaba que es fácil vivir. Lo difícil es escribir comedias. Al menos, digo yo, tan bien como lo hacía él. Nuestros comediantes de ahora, los del teatro institucional, juegan con los dramas sociales fabricando comedietas, para cubrirse las vergüenzas. Lo que dicen lo dicen para que todo el mundo asienta, para que todos comprendan lo buenos que son, incluso los chóferes de sus coches oficiales. Sanar las heridas del pasado exige llorar sobre ellas con valor. No alentar el desorden. Resolver y no enredar. Ir a la causa, y no al síntoma. Y no dejar a los profesionales que trabajan con la ley como cerdos en la cochiquera, como buitres en la carroña. Que uno tiene también su corazoncito.

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