La enciclopedia. (I).

.

LA ENCICLOPEDIA

 

 

Me regalaron la enciclopedia por mi cumpleaños. Había leído que a algunos escritores importantes, como a Borges, les fascinaban las enciclopedias. No vais a creerlo pero no teníamos ninguna en casa. Hubo, hace años, sí, pero fue desguazada en una quita de papel junto con mi colección de comics y los álbumes de cromos. Ideas de mi tía Federica, tan amante del zen que habría tirado un incunable por el retrete si su presencia, o el polvillo del pergamino avejentado, estorbase el perfecto discurrir del Feng Sui.

 

La enciclopedia era gruesa, ancha, grandota, de papel brillante y fotos a todo color, con unas tapas de cartón piedra, un libro de esos que tienes que manejar en un sitio y con un propósito determinado. Era yo lo que yo buscaba. Nada de esos libros de bolsillo que acaban tarados en las estaciones del Metro, hartos de navegar por el mundo sin un momento de placidez.

 

El día de mi cumpleaños, ya anochecido, cuando me quedé solo en mi habitación, busqué el lugar. Lo encontré enseguida, justo ocupando el cuadrante exterior derecho de mi mesa de estudio –que también era de trabajo y ocasionalmente de comedor, una tabla multiusos- que es mi sitio preferido. El atril, con un texto de Browne, le hacía guardia, más al interior de la plataforma, y una cuña alargada que situé como almohadón lo elevaba a mi comodidad, porque soy un maniático de los ángulos de lectura, que me parecen tan fundamentales como los ángulos de ataque en el golf. Una de las razones –no la única, pero olvido rápidamente las otras- por las que no escribo en los teclados es precisamente la posición horizontal de las teclas, ya que como no soy mecanógrafo, me veo obligado a mirar las letrillas mientras las pulso, o sea, que leo hacia abajo, cuando sólo disfruto leyendo hacia arriba.
De todas formas, pensé que con la enciclopedia iba a ser diferente. Mi entusiasmo contenido, porque ya algunos en la familia y entre los allegados me tildaban de excéntrico, se iba desatando simplemente al contemplarla, rendida a mis ojos como una presa conquistada –si bien no sé exactamente qué sea eso- y me iba poniendo el pijama sin quitarle el ojo de encima. Desde mi baño, cepillándome los dientes, unía las abluciones rituales con una ojeada al libro, que también parecía observarme, ansioso, quizás, de tal forma que así se me antojaba el encuentro de una pareja en su primera noche de amores.

 

Y así, descalzo sobre la moqueta, me acerqué. Acariciando la tapa, cerré los ojos, y como un ciego experto en Braille, recorría con mis dedos la superficie tatuada, identificando letras y dibujos. Al fin me detuve, porque detectaba una figura escotada, cuyo seno turgente escapaba apenas del escote, y casi puedo decir que percibí un ligero temblor, sin duda el mío, que tontamente achacaba, en ese momento de cansancio y pasión torpemente unidos, a una materia inerte.

 

Suspiré, siguiendo mi costumbre –antes lo hacía mejor, una respiración abdominal, relajante- para tranquilizar, instintivamente, el ánimo, que comenzaba a sentir la conciencia de culpa de cada noche, por arrebatar horas al sueño y quebrantar con ello mi salud, según parece. No me fijé demasiado en los arabescos de la guarda, si bien me pareció que allí no había nada semejante a alguna moza descocada, y abrí la enciclopedia. Me pareció que así debía ser la primera vez: sortem legere, leer a la suerte, como en los exámenes de los doctorandos en Salamanca, allá por las épocas en que los universitarios sabían leer en latín yen griego. Hinqué el pulpejo de mi índice en una de las entradas, al azar. En negrita, nítidamente, se destacaba el artículo CIELO. Juraría que había abierto el libro en su tercio final. Esperaba algo de la letra S, como SUEÑO o de la R como ROMA. Por cierto, aquello parecía más bien un diccionario. Me reí de mí mismo. Estaba anticipando mis propias frustraciones, una vez más, a la realidad desconocida. CIELO es una entrada típica de enciclopedia, aun cuando resulte indispensable en un diccionario. SUEÑO puede que no, pero aún ignoraba si mi libro la contenía.

 

Cuando empecé a leer me di cuenta de que estaba de pie, en contra de mi hábito de años. Tampoco comía de pie. Néstor Luján, con quien visité de noche el auténtico cuadro de Las Meninas que guardaba en su masía, me lo prohibió. Por cierto, a su muerte, y con él, desapareció también el cuadro. Lástima. Pues bien, si yo ni leía ni comía jamás de pie, a qué venía esta singularidad, tan espacial y tan exótica como las teorías de Stephen Hawking…

 

No me dio tiempo a meditarlo, ni a razonarlo, ni a nada, porque me quedé dormido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: