El túnel.

EL TÚNEL

 

 

Yo había leído la obra que lleva ese título, de Ernesto Sábato, y reconozco que me sentía sobrecogido, tiempo después, sin que a ciencia cierta supiera el motivo, porque el caso es que pocos detalles conservo de esa lectura; imagino que es tan buena que se queda dentro de uno, impregnando sus células, y por eso en nada se precisa memorizar algún parrafito para lucirse en las tertulias.

 

Por eso tal vez, y por lo que vino a pasar unos años más tarde, debo ahora ser sincero, y transmitir con toda la honestidad que es lícita a un escritor –o sea, más bien poca, porque su objetivo primordial es engañar o al menos engatusar al prójimo- que, a mi juicio, es poco el cuidado que hemos de tener con ciertas lecturas y extremado el que hemos de poner ante ciertas circunstancias, porque la realidad –y esos recuerdos que no se tienen pero se sienten- es muy diferente a lo que nos muestra como tal.

 

Aquella tarde había comenzado con un hecho turbador: la fiesta de cumpleaños de unos gemelos, niño y niña, en el chalet de su padre, mi jefe, cuya hija mayor me tiraba los tejos, aunque yo hubiera preferido que fuera su madre la interesada. Mi jefe me había confesado su absoluto desprecio por esa familia, que mantenía económica y legalmente por razones que sólo él debía comprender, y que se mezclaban con la iglesia, los votos de una orden poderosa y la sociedad de la alta burguesía catalana, en la que se había incrustado como un fósil de molusco en un estrato residual del paleolítico.

 

La madre de las criaturas, una belleza del lugar, rica heredera y previsible amante del visorrey, como llamaban por tapadillo al número uno de la administración, había contratado un ejército de payasos, divertidores y papanatas, que le costaban uno de sus bellos ojos de la cara. En un rincón del jardín instalaron un laberinto de bolas, entre las que los niños se deslizaban, ocultándose hasta que eran descubiertos, momento en el que unos y otros recibían premios y aplausos, que también habían sido contratados.

 

Yo había deglutido la falsa limonada de la casa, una especie de cóctel de más o menos cincuenta grados, y aunque aguanto bien, si no me muevo demasiado, ya comenzaba a sentirme contento. Por eso no presté demasiada atención al guirigay que se estaba montando a veinte metros de mi puesto de observación, una butaca de respaldo reclinable junto a una mesa acogedora y bajo el espeso toldo de un sauce cuyas ramas más bajas a veces llegaba a cosquillearme la coronilla, mecidas por el suave vientecillo del sur. Todo el escenario, ideal para una siesta de ojos abiertos, se vino abajo con el grito.

 

-¡El niño! ¿Dónde está el niño?

 

Supuse, inmediatamente, que se referían a uno de los gemelos, concretamente al varón. Aún tenía la mente lúcida, y llegaba rápidamente a conclusiones lógicas. También supuse que no lo encontraban, y que mi jefe iría a buscarme de un momento a otro para que ayudara en la pesquisa.

 

No he dicho aún que soy el jefe de seguridad de la empresa. Detective, por más señas. Y dipsómano, de los que se asesinan muy, muy lentamente, sin prisa alguna. Me había dedicado a eso tras mis persistentes fracasos con mi auténtica vocación, la de escritor. Los editores son como las mujeres: sólo les gustan los malos.

 

Mi experiencia en esto de mantener corto el paso y larga la mirada es, por tanto, muy reciente, pero efectiva. Yo he sido, como todos los jóvenes sanos, excesivo en todo, y particularmente rápido, y no me preguntéis cómo empecé a corregirme. El caso es que acudí a la fuente del grito, que ya estaba rodeada de un variopinto conjunto humano y humanoide, amén de los varios mamíferos de la casa, que husmeaban inquietos. Era el laberinto de bolas, que parecía de lo más inofensivo, excepto por un motivo que varias voces histéricas se empeñaban en explicar a la vez: el niño se había metido por el túnel –ya llega la asociación de ideas- y había desaparecido.

 

No es habitual que una criatura desaparezca en un recinto cerrado, cubierto de bolas de colores de ese material sutil que ni pesa ni huele y que se dispersa cuando nos metemos en él, haciéndonos hueco como en el teorema de Arquímedes. ¿O era el principio? Yo lo hice, entré en el habitáculo, me senté –más bien me resbalé, pero despacio, y pude guardar las formas- y miré a través del tubo. Era un conducto de tres metros que daba a un codo, tras el cual se abría otro pasillo de dos metros, y luego desembocaba en una torrecita con puertas.  Tenía una derivación hacia la entrada, que pretendía darle la gracia, o sea el despiste de los perseguidores.

 

Ni que decir tiene que en ningún momento pensé que el chico estaría allí. Los gemelos eran especialmente traviesos, y además habían recibido clases avanzadas de sus hermanos mayores. Recorrí a gatas todos los conductos, salí primero por la caseta y luego por la puerta falsa de la entrada, y me incorporé abriendo los brazos, con ese gesto de entrenador de fútbol cuando su crack ha fallado en la puerta de gol.

 

-Aquí no hay nadie.

 

Una risita cantarina surgió del entarimado que hasta pocos minutos antes sirvió de escenario para la representación de Peter Pan en Disney World, un musical del curso de los gemelos, dirigido por la directora del colegio, aficionada al teatro de masas.

 

La risita era de Cristina, la niña mayor de mi jefe. Tardé unos segundos en percatarme de que se reía de mí.

 

-¡Vaya descubrimiento!

 

Era el jardinero, oficiando de clown, cosa que le encantaba, porque tenía algo de travesti. Me odiaba desde que arranqué distraídamente un esqueje del rosal oloroso que había traído de Sevilla.

 

-Pues habrá que buscar en otro sitio. ¡No veo dónde está el problema!

 

-El problema está en que no ha salido del túnel. Estaba con otros dos niños, y de repente ha desaparecido.

 

No negaré que por un momento creí haber descubierto el truco. Es decir, que había truco en todo aquello, y que, como en el escapismo de Houdini, nos esperaba una respuesta final. El gemelo aparecería entre nubes de azúcar glaseada y pífanos al estilo Hollywood, sonriendo como un pitufo. Por eso me dirigí a mi jefe, y le dí un somero codazo, entre confiado e inquieto.

 

-Buen trabajo, boss… Pero no me dé estos sustos, hombre, que me lo tomo muy a pecho.

 

Mi amo me miró con la papada en descenso, y eso resultaba mosqueante  a tope. Porque nada odiaba tanto en su fisonomía como esa papada, que pretendía ocultar con severas contorsiones de cervicales y estirando la mandíbula hasta la desarticulación. En esto se acercó la señora, con el rimel corrido. Esa era una señal inequívoca de que algo grave, muy grave, sucedía.

 

-Le han raptado, Felipe. Seguro. Por el rescate. Ya te dije que no debíamos hacer tanto fiestorro, que atrae a los cacos. ¡Y qué hacemos ahora! –Me miró; yo temblaba ante ella en casos normales, pero en esta ocasión sus ojos lacrimosos me estaban humedeciendo la pituitaria. Me veía a punto de estornudar, deshaciendo el encanto del momento. Entonces pronunció la frase.

 

-¡Estamos en tus manos, Cosmito!

 

¡Cosmito! Estuve a punto de derretirme, y eso que la temperatura ambiente empezaba a ser fresquita. Aquel apelativo cariñoso despertó mi adrenalina, y en un pis pás puse todo patas arriba; llamé a los servicios especiales y a mi ayudante, un becario aragonés que se pasaba el día masticando pimientos de Padrón.

 

-Me aclaran el cerebro, jefe –yo era su jefe, claro- y no puedo evitarlo. Sólo cuando pican, pero me echo un trago de tintorro al coleto y se me pasa.

 

Mi método solía ser el caos, que es lo más lógico sobre la corteza terrestre y allende los mares que uno puede manejar. Lo demás, las estructuras, superestructuras, objetividades, evidencias, y cosas así me sonaban a verborreas marxistoides, nada eficaces. También acudía al método de la meditación, y en ocasiones, hasta que me quedaba frito, se me ocurrían posibles soluciones a los enigmas. Los sábados practicaba jeroglíficos, con escaso acierto, por cierto. Y jugaba al retruécano, a ver si aprendía de una vez qué era eso.

 

En esta ocasión opté por la diligencia aparente. Empezaba por repetir. Repetir, repetir, una y otra y otra vez, hasta encontrar lo que fuere, que, naturalmente, ignoraba de qué podía tratarse. Los servicios especiales y la brigada de secuestros, además de un montón de vecinos, atraídos por el morbo, deambulaban por el jardín, algunos engullendo canapés y fortaleciendo su ego con alguna copita. Dije a Pedro, mi ayudante, que hiciera unas fotos y esperase mis órdenes sin moverse, justo en la entrada del jardín de bolas. Yo entré de nuevo, me puse a gatas –ya no recordaba dónde había dejado mi chaqueta con el boli de plata regalo de la promoción del 12 de grafólogos por correspondencia- y comencé de nuevo el itinerario a lo largo de los tunelillos. Lo repetí de nuevo, y a la tercera, cuando iba a salir para indicar a Pedrito que no usara tanto el flash porque iba a quedarse sin batería, vi que estaba despistado. No encontraba la salida.

 

Me entró una risa tonta. De esas que te dan cuando te pillan in fraganti con algo que te da mucha vergüenza, y que a mí me pasaba en los exámenes de estadística –no entendía ni el enunciado de las preguntas- y con las chicas –tampoco las entendía- y en ocasiones especiales, como una forma de nervios o algo parecido. Mi ex decía que era un tic, pero es que ella veía tics en todos mis movimientos, porque me miraba con muy malos ojos. Eso me hizo recordar los ojazos de Patrocinio, la mujer del boss, suplicándome: ¡Cosmito! y me sentí lleno de valor, como el Capitán Trueno.

 

Miré con atención el recinto estrecho donde me encontraba, y percibí inmediatamente que parecía más amplio; casi podía ponerme de pie, y no llegaba a tocar las paredes estirando los brazos. “Esto es una alucinación”, pensé. Efectos de los nervios, suponía. Y eso que había tomado mi dosis de benzodiacepina, sin la que no soy nadie, y me cabreo hasta con el espejo.

 

No se oían los ruidos de la casa, ni llegaban los de la calle, tampoco se filtraban las luces de la parcela, aunque el túnel estaba iluminado, como si tuviera un doble fondo de bombillas empotradas o algo así. En la piscina de la casa las luces estaban protegidas, y hacían un efecto fantasmagórico cuando las encendían por la noche. Me resultaba algo similar, incluso pensé que estaba yendo por el subsuelo, y había llegado al muro del vaso de la piscina.

 

-¡Pero qué bobada! –me dije a mí mismo, hablando en alto, como hacía tantas veces, para alejar los malos espíritus, o sea los malos humores o los malos pensamientos.

 

O sea, la bobada era que aquello estaba pasando de verdad. Alicia se había caído por un agujero y llegó a otro mundo, así que había antecedentes. Y no digamos nada de Julio Verne y compañía. De repente me pareció normalísimo estar viviendo o tal vez soñando, como Hamlet, así que me enderecé para estar más cómodo, y el recinto se alargó a mi medida, tan campante. Dí unas voces, y el eco me respondió con otras palabras que no comprendí.

 

-¡No es el eco. –Volví a decirme a mí mismo. ¡Será Goyito!

 

Goyito, el gemelo, tiene la voz algo ronca, a sus once años. A mí me cae bien. Me recuerda a Guillermo, el personaje de Richmal Crompton, que es una mujer. El autor, no Guillermo. Quizás yo debería haberlo intentado, digo lo de escribir, con seudónimo. No sé. A lo mejor, a la vuelta.

 

-¡Goyito! –grité.

 

-¡Idiota! –me contestó el eco.

 

Bueno, no estoy seguro. No lo oí bien; a lo mejor la palabra rebotó deformada, pero me hizo desistir de intentarlo de nuevo, porque uno tiene su corazoncito y por mucho jefe de seguridad que sea y mucho detective y mucho grafólogo por correspondencia, promoción del 12, pues también es un escritor, sensible y con el ramalazo poético de todos los creadores.

 

Yo no uso reloj; me los robaban todos, así que desistí. Nunca alcancé a comprender cómo pueden robarle a uno el reloj, puesto en la muñeca. Una vez, en el Rastro, vi cómo un raterilla metía un gancho en el bolsillo de un gachó para birlarle los billetes. Le avisé, pero a punto estuve de dejarle que hiciera su tarea, en la que desplegaba una pericia envidiable. El caso es que miro la hora en el móvil, y calculé que llevaba ya una hora caminando cuando sucedió algo extraordinario.

 

Lo primero es que cambiaron las luces. Comenzó un parpadeo, y se oían unas sirenas apagadas e intermitentes que me pusieron nervioso. –Tanteé en los bolsillos del pantalón, comprobando para mi tranquilidad que llevaba mis pildoritas placebo. Todo menos un panick attack; me gusta así, con todas esas letras; se le ponen a uno los pelos de punta sólo con leerlo. Luego el túnel giró, y comencé a deslizarme como por una pista mecánica, muy rápidamente. No había barandilla ni nada parecido, y al fondo, muy lejos, iba tomando forma algo así como una salida.

 

Todo aquello era tan extraño que no me daba tiempo a pensar. Hice la prueba del pellizco, y comprobé que estaba despierto. Una vez hice la prueba de roncar y estaba dormido, según me dijeron. Así que esas pruebas no son tan fiables. Si Goyito había seguido aquel camino, le encontraría, y cómo regresar, eso ya podría pensarlo más adelante. En los cuentos pasa mucho, y por eso los personajes andan siempre echando miguitas o piedrecillas por el suelo, para reconocer por dónde han pasado y poder regresar a casa.

 

¡A casa! Nunca he sido muy casero. Pero en ese momento apreciaría, de poder acceder a ello, un buen sillón frente a la tele, esa cosa vulgar que hace feliz a casi todo el mundo. Claro que en casa también estaba solo, porque Pedro vivía con su novia, la chica del puesto de helados, y yo no tenía ganas de pareja, que luego te echan el lazo y ya la lías otra vez.

 

La salida no era tal, sino una enorme sala, donde paseaban, con cara de despistados, niños y adultos, algún perro, varios gatos y un par de cabras. Junto a las cabras reconocí a Dani, el pastor de mi pueblo.

 

-¡Pero Dani! ¿Qué haces por aquí?

 

El chaval me miró con la boca abierta. Le tomaban el pelo por esa manía. “Se te van a colar las moscas” –le soplaban los paletos, que se creen muy graciosos los pobres.

 

-Pues aquí, don Cosme; con estas dos bobas, que se despistaron, y ya ve.

 

Ya ve. Sí, yo veía, pero no sabía qué. ¿Acaso tenía que dar crédito a mis ojos, o debía cerrarlos para despertar de aquel extraño sueño? Parpadeé. Es un truquillo de los lamas para saber qué edad tiene el universo. En el bullicio de la sala reconocí gestos y personas familiares, aunque todas ellas parecían buscar o esperar algo, sin relacionarse con las otras. Ni siquiera Dani, después de nuestra breve conversación, mostraba interés en seguir hablando conmigo. Decidí buscar a Goyito, porque estaba convencido, claro, de que se encontraba por allí.

 

-Es otra dimensión.

 

La voz me sonreía, apoyada en su garrota, como un rey de bastos. El anciano tenía ese aspecto saludable de los viejos de pueblo, atareados en cualquier cosa improductiva, muy convencidos de su utilidad. Me acordé de mi ex y de las manos muertas. Así se llamaba en la Edad Media a los monjes y gentes que no hacían trabajos físicos. Mi ex pensaba que yo era una mano muerta, o en realidad un muerto total, porque no me dedicaba a ganarme la vida con el sudor de mi cuerpo, un sudor muy apreciado por ella, que no usaba desodorante. Quizás para recordar que lo único que vale en la vida es sufrir.

 

Bueno, la voz me sonreía, y yo a la voz. El idilio se encontraba en un punto inestable, agotado en sí mismo, cuando, al girar la cabeza para liberar mis doloridas cervicales, le vi: Goyito estaba en un rincón, absorto ante una tele en 3D, y con una DS XL entre las rodillas. Sin despedirme del rey de bastos, corrí hacia él, gritando.

 

-¡Goyito!

 

Claro. ¿Qué otra cosa podía gritar? El niño no me oía, pero eso era habitual. Los niños alcanzan tal grado de concentración con sus artilugios que el entorno huye de ellos y ellos del entorno. Es su nirvana. Yo corría, y corría, pero la distancia que nos separaba continuaba siendo la misma, y me pareció que adquiría vida y que nos observaba, estirándose como un chicle al mismo ritmo que mis zancadas.

 

De joven yo había corrido en esas carreras populares que ponen a prueba la estupidez de la gente. Un hervidero de camisetas sudadas en colorines por el asfalto. Lo dejé para dedicarle algo más de tiempo al aire libre, y durante unos años fui feliz haciendo mi sprint, sorprendiendo a los otros corredores en el tramo de los ochenta últimos metros. Por eso tenía un cierto sentido de la distancia y de la medida de las fuerzas en la carrera, algo que no había conseguido aplicar en mi vida, siempre demasiado atento a las influencias ajenas. Yo había conseguido, con gran esfuerzo, tener poca tripa y menos personalidad. Ya no se usa esa palabreja, que define tan bien cómo es cada cual. El caso es que, como en esas pesadillas agotadoras, yo corría ya con todas mis fuerzas, y casi extenuado –más allá de mi sprint no era nada, un bulto renqueante- miraba a Goyito, que seguía en el rincón, tan cerca y tan lejos de mi como esas nubes que parecen saludarnos, inalcanzables. Me detuve, para respirar. Apoyé mi barbilla en el pecho y sentí un tirón en los pantalones. Ese gesto me resultaba familiar.

 

-¿Qué haces aquí?

 

Era Goyito. Acostumbraba a molestarme sacudiendo las perneras de mi pantalón, a modo de saludo ritual. Y me miraba, justo al lado. La distancia antes imposible de recorrer había desaparecido.

 

-He venido a buscarte. Anda, vamos.

 

-Yo estoy bien aquí.

 

-Pero los demás, no. Tu familia, todos te esperan. No saben dónde estás.

-Nunca lo saben.

 

Goyito hablaba como un viejo. Esa es la expresión que se utiliza cuando un niño se comporta de forma inteligente. Se supone que los niños son idiotas, además de pequeños. Pero me preocupó, no era nada frecuente en él, tan alocado, tan preadolescente, tan…

 

-¿Y tu hermana? –Creí haber dado en el clavo. Suspiró.

 

-Sí, la echo de menos. Ya vendrá. Espero. Mira –me lanzó un reto con sus manos- yo estoy aquí porque quiero. Y tú porque debes. Las razones de los demás no me importan.

 

En realidad, las personas –y los animales- que deambulaban por el recinto no parecían tristes, ni preocupados. El rey de bastos, quien me informó de que estábamos en otra dimensión, tenía el aspecto de un triunfador, con su cachaba a guisa de cetro, de vara de Moisés o de varita de Harry Potter. No hay edad para sentirse bien. Tampoco para sentirse mal. Fue en ese momento cuando recordé las teorías de las dimensiones y todo eso. Atrapados. Ese era el concepto. Atrapados en el tiempo, o en el espacio, o en ambas cosas, o en otras cuyo nombre desconocemos.

 

-Puedes irte, todos pueden marcharse cuando quieran. Nadie está atrapado de verdad. Con nada. Sólo hace falta la voluntad de salir, o de cambiar. O de quedarse.

 

Miré a Goyito, y era yo quien estaba ahora boquiabierto, como Dani el pastor, porque aquellas sí que eran palabras de viejo. Quiero decir, de mayor. Casi de libro, de uno de esos libros de autoayuda que salen más baratos que el coaching y sirven lo mismo, si uno se lo cree.

 

Y entonces comprendí. El túnel era una oportunidad, un viaje iniciático, o quizás su principio. Para eso hay que dejar atrás muchas cosas, tal vez el resto de tu vida. Aquel recinto era algo así como la sala de reposo, previa a la gran decisión final, la que nos abocaría a continuar o a regresar. Miré alrededor. Ahora todos me miraban, incluso –eso me pareció- las cabras de Dani. Y todos sonreían.

 

 

 

 

 

 

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