Archive for 23 agosto 2012

La maldición de Adán.

23 agosto 2012

Lo de ganar el pan con el sudor de tu frente etc., es una traducción libérrima. El original adánico (lengua divina) es: “Serás ya estúpido el resto de tu vida y transmitirás ese don a todas las generaciones”.

-¿Don?

-Sí: el segundo que te hago, para que no sufras demasiado por haber perdido el Paraíso.

A Samia Yusuf Omar, que compitió en los Juegos de Pekín 2008, muerta intentando llegar a Italia por mar. La atleta que negó serlo por miedo a Al Qaeda.

23 agosto 2012

Mientras otros estamos de vacaciones, tú, delgada mujer somalí, que buscas la libertad, el regreso a una Ítaca inventada; mientras nos debatimos entre las ideas y las mentiras, hablando de juegos políticos y falsas hambres, tú, atleta que huyes de la sombra negra, nos dejas, con la mirada ausente.

 

No busques el vacío, siéntelo,

y entonces, con la lengua en el paladar,

la boca cerrada, sabrás que has muerto.

No importa la muerte. La soledad lo es.

Y estar muerto o solo es lo mismo,

de modo que no sufras

ni por una cosa ni por otra.

Negarse es negarlo todo.

Triste está mi alma, dijo el Nazareno,

y por eso no es completa su redención.

La vida que transcurre, mientras miramos

pasar los días, mientras miramos

cómo viven los otros, es propia de esclavos;

hemos firmado con la primera célula

un destino- Y cada día ese demonio, el tiempo,

nos pasa su contrato por la cara.

 

Un beso de despedida.

Hasta pronto. Siempre es pronto para estas cosas tan lejanas.

Principio entrópico fuerte.

20 agosto 2012

“El Universo debe tener las propiedades necesarias que permitan la aparición de vida inteligente”.

 

Pero no dice cuándo…

DIOSES

20 agosto 2012

-¿Qué te parece?

 

Encogió los hombros.

 

-No está mal. Como argumento, claro. -Le devolvió el manuscrito-. Pero hay que desarrollarlo.

-Veremos. Creo que se conformarán.

 

Y dio la orden para el Primer Día.

Genocidio americano.

20 agosto 2012

Según algunos “historiadores” -anglosajones, desde luego- a cada español que se estableció en América le corresponde un muerto indígena por minuto durante toda su vida, suponiendo que todos los españoles vivieran sesenta años, edad avanzada para la época.

¡Vaya trasiego! Venga a matar y matar, sin descanso, los pobres.

Los registros de salida de personas de España a América están documentados y al alcance de todo el mundo.

En este blog se editó un estudio: América esa España lejana. Por lo menos que alguien vea el título.

Del genocidio de los indios de Norteamérica se habla menos. Como del exterminio de búfalos. Toca otro Imperio.

El túnel.

20 agosto 2012

EL TÚNEL

 

 

Yo había leído la obra que lleva ese título, de Ernesto Sábato, y reconozco que me sentía sobrecogido, tiempo después, sin que a ciencia cierta supiera el motivo, porque el caso es que pocos detalles conservo de esa lectura; imagino que es tan buena que se queda dentro de uno, impregnando sus células, y por eso en nada se precisa memorizar algún parrafito para lucirse en las tertulias.

 

Por eso tal vez, y por lo que vino a pasar unos años más tarde, debo ahora ser sincero, y transmitir con toda la honestidad que es lícita a un escritor –o sea, más bien poca, porque su objetivo primordial es engañar o al menos engatusar al prójimo- que, a mi juicio, es poco el cuidado que hemos de tener con ciertas lecturas y extremado el que hemos de poner ante ciertas circunstancias, porque la realidad –y esos recuerdos que no se tienen pero se sienten- es muy diferente a lo que nos muestra como tal.

 

Aquella tarde había comenzado con un hecho turbador: la fiesta de cumpleaños de unos gemelos, niño y niña, en el chalet de su padre, mi jefe, cuya hija mayor me tiraba los tejos, aunque yo hubiera preferido que fuera su madre la interesada. Mi jefe me había confesado su absoluto desprecio por esa familia, que mantenía económica y legalmente por razones que sólo él debía comprender, y que se mezclaban con la iglesia, los votos de una orden poderosa y la sociedad de la alta burguesía catalana, en la que se había incrustado como un fósil de molusco en un estrato residual del paleolítico.

 

La madre de las criaturas, una belleza del lugar, rica heredera y previsible amante del visorrey, como llamaban por tapadillo al número uno de la administración, había contratado un ejército de payasos, divertidores y papanatas, que le costaban uno de sus bellos ojos de la cara. En un rincón del jardín instalaron un laberinto de bolas, entre las que los niños se deslizaban, ocultándose hasta que eran descubiertos, momento en el que unos y otros recibían premios y aplausos, que también habían sido contratados.

 

Yo había deglutido la falsa limonada de la casa, una especie de cóctel de más o menos cincuenta grados, y aunque aguanto bien, si no me muevo demasiado, ya comenzaba a sentirme contento. Por eso no presté demasiada atención al guirigay que se estaba montando a veinte metros de mi puesto de observación, una butaca de respaldo reclinable junto a una mesa acogedora y bajo el espeso toldo de un sauce cuyas ramas más bajas a veces llegaba a cosquillearme la coronilla, mecidas por el suave vientecillo del sur. Todo el escenario, ideal para una siesta de ojos abiertos, se vino abajo con el grito.

 

-¡El niño! ¿Dónde está el niño?

 

Supuse, inmediatamente, que se referían a uno de los gemelos, concretamente al varón. Aún tenía la mente lúcida, y llegaba rápidamente a conclusiones lógicas. También supuse que no lo encontraban, y que mi jefe iría a buscarme de un momento a otro para que ayudara en la pesquisa.

 

No he dicho aún que soy el jefe de seguridad de la empresa. Detective, por más señas. Y dipsómano, de los que se asesinan muy, muy lentamente, sin prisa alguna. Me había dedicado a eso tras mis persistentes fracasos con mi auténtica vocación, la de escritor. Los editores son como las mujeres: sólo les gustan los malos.

 

Mi experiencia en esto de mantener corto el paso y larga la mirada es, por tanto, muy reciente, pero efectiva. Yo he sido, como todos los jóvenes sanos, excesivo en todo, y particularmente rápido, y no me preguntéis cómo empecé a corregirme. El caso es que acudí a la fuente del grito, que ya estaba rodeada de un variopinto conjunto humano y humanoide, amén de los varios mamíferos de la casa, que husmeaban inquietos. Era el laberinto de bolas, que parecía de lo más inofensivo, excepto por un motivo que varias voces histéricas se empeñaban en explicar a la vez: el niño se había metido por el túnel –ya llega la asociación de ideas- y había desaparecido.

 

No es habitual que una criatura desaparezca en un recinto cerrado, cubierto de bolas de colores de ese material sutil que ni pesa ni huele y que se dispersa cuando nos metemos en él, haciéndonos hueco como en el teorema de Arquímedes. ¿O era el principio? Yo lo hice, entré en el habitáculo, me senté –más bien me resbalé, pero despacio, y pude guardar las formas- y miré a través del tubo. Era un conducto de tres metros que daba a un codo, tras el cual se abría otro pasillo de dos metros, y luego desembocaba en una torrecita con puertas.  Tenía una derivación hacia la entrada, que pretendía darle la gracia, o sea el despiste de los perseguidores.

 

Ni que decir tiene que en ningún momento pensé que el chico estaría allí. Los gemelos eran especialmente traviesos, y además habían recibido clases avanzadas de sus hermanos mayores. Recorrí a gatas todos los conductos, salí primero por la caseta y luego por la puerta falsa de la entrada, y me incorporé abriendo los brazos, con ese gesto de entrenador de fútbol cuando su crack ha fallado en la puerta de gol.

 

-Aquí no hay nadie.

 

Una risita cantarina surgió del entarimado que hasta pocos minutos antes sirvió de escenario para la representación de Peter Pan en Disney World, un musical del curso de los gemelos, dirigido por la directora del colegio, aficionada al teatro de masas.

 

La risita era de Cristina, la niña mayor de mi jefe. Tardé unos segundos en percatarme de que se reía de mí.

 

-¡Vaya descubrimiento!

 

Era el jardinero, oficiando de clown, cosa que le encantaba, porque tenía algo de travesti. Me odiaba desde que arranqué distraídamente un esqueje del rosal oloroso que había traído de Sevilla.

 

-Pues habrá que buscar en otro sitio. ¡No veo dónde está el problema!

 

-El problema está en que no ha salido del túnel. Estaba con otros dos niños, y de repente ha desaparecido.

 

No negaré que por un momento creí haber descubierto el truco. Es decir, que había truco en todo aquello, y que, como en el escapismo de Houdini, nos esperaba una respuesta final. El gemelo aparecería entre nubes de azúcar glaseada y pífanos al estilo Hollywood, sonriendo como un pitufo. Por eso me dirigí a mi jefe, y le dí un somero codazo, entre confiado e inquieto.

 

-Buen trabajo, boss… Pero no me dé estos sustos, hombre, que me lo tomo muy a pecho.

 

Mi amo me miró con la papada en descenso, y eso resultaba mosqueante  a tope. Porque nada odiaba tanto en su fisonomía como esa papada, que pretendía ocultar con severas contorsiones de cervicales y estirando la mandíbula hasta la desarticulación. En esto se acercó la señora, con el rimel corrido. Esa era una señal inequívoca de que algo grave, muy grave, sucedía.

 

-Le han raptado, Felipe. Seguro. Por el rescate. Ya te dije que no debíamos hacer tanto fiestorro, que atrae a los cacos. ¡Y qué hacemos ahora! –Me miró; yo temblaba ante ella en casos normales, pero en esta ocasión sus ojos lacrimosos me estaban humedeciendo la pituitaria. Me veía a punto de estornudar, deshaciendo el encanto del momento. Entonces pronunció la frase.

 

-¡Estamos en tus manos, Cosmito!

 

¡Cosmito! Estuve a punto de derretirme, y eso que la temperatura ambiente empezaba a ser fresquita. Aquel apelativo cariñoso despertó mi adrenalina, y en un pis pás puse todo patas arriba; llamé a los servicios especiales y a mi ayudante, un becario aragonés que se pasaba el día masticando pimientos de Padrón.

 

-Me aclaran el cerebro, jefe –yo era su jefe, claro- y no puedo evitarlo. Sólo cuando pican, pero me echo un trago de tintorro al coleto y se me pasa.

 

Mi método solía ser el caos, que es lo más lógico sobre la corteza terrestre y allende los mares que uno puede manejar. Lo demás, las estructuras, superestructuras, objetividades, evidencias, y cosas así me sonaban a verborreas marxistoides, nada eficaces. También acudía al método de la meditación, y en ocasiones, hasta que me quedaba frito, se me ocurrían posibles soluciones a los enigmas. Los sábados practicaba jeroglíficos, con escaso acierto, por cierto. Y jugaba al retruécano, a ver si aprendía de una vez qué era eso.

 

En esta ocasión opté por la diligencia aparente. Empezaba por repetir. Repetir, repetir, una y otra y otra vez, hasta encontrar lo que fuere, que, naturalmente, ignoraba de qué podía tratarse. Los servicios especiales y la brigada de secuestros, además de un montón de vecinos, atraídos por el morbo, deambulaban por el jardín, algunos engullendo canapés y fortaleciendo su ego con alguna copita. Dije a Pedro, mi ayudante, que hiciera unas fotos y esperase mis órdenes sin moverse, justo en la entrada del jardín de bolas. Yo entré de nuevo, me puse a gatas –ya no recordaba dónde había dejado mi chaqueta con el boli de plata regalo de la promoción del 12 de grafólogos por correspondencia- y comencé de nuevo el itinerario a lo largo de los tunelillos. Lo repetí de nuevo, y a la tercera, cuando iba a salir para indicar a Pedrito que no usara tanto el flash porque iba a quedarse sin batería, vi que estaba despistado. No encontraba la salida.

 

Me entró una risa tonta. De esas que te dan cuando te pillan in fraganti con algo que te da mucha vergüenza, y que a mí me pasaba en los exámenes de estadística –no entendía ni el enunciado de las preguntas- y con las chicas –tampoco las entendía- y en ocasiones especiales, como una forma de nervios o algo parecido. Mi ex decía que era un tic, pero es que ella veía tics en todos mis movimientos, porque me miraba con muy malos ojos. Eso me hizo recordar los ojazos de Patrocinio, la mujer del boss, suplicándome: ¡Cosmito! y me sentí lleno de valor, como el Capitán Trueno.

 

Miré con atención el recinto estrecho donde me encontraba, y percibí inmediatamente que parecía más amplio; casi podía ponerme de pie, y no llegaba a tocar las paredes estirando los brazos. “Esto es una alucinación”, pensé. Efectos de los nervios, suponía. Y eso que había tomado mi dosis de benzodiacepina, sin la que no soy nadie, y me cabreo hasta con el espejo.

 

No se oían los ruidos de la casa, ni llegaban los de la calle, tampoco se filtraban las luces de la parcela, aunque el túnel estaba iluminado, como si tuviera un doble fondo de bombillas empotradas o algo así. En la piscina de la casa las luces estaban protegidas, y hacían un efecto fantasmagórico cuando las encendían por la noche. Me resultaba algo similar, incluso pensé que estaba yendo por el subsuelo, y había llegado al muro del vaso de la piscina.

 

-¡Pero qué bobada! –me dije a mí mismo, hablando en alto, como hacía tantas veces, para alejar los malos espíritus, o sea los malos humores o los malos pensamientos.

 

O sea, la bobada era que aquello estaba pasando de verdad. Alicia se había caído por un agujero y llegó a otro mundo, así que había antecedentes. Y no digamos nada de Julio Verne y compañía. De repente me pareció normalísimo estar viviendo o tal vez soñando, como Hamlet, así que me enderecé para estar más cómodo, y el recinto se alargó a mi medida, tan campante. Dí unas voces, y el eco me respondió con otras palabras que no comprendí.

 

-¡No es el eco. –Volví a decirme a mí mismo. ¡Será Goyito!

 

Goyito, el gemelo, tiene la voz algo ronca, a sus once años. A mí me cae bien. Me recuerda a Guillermo, el personaje de Richmal Crompton, que es una mujer. El autor, no Guillermo. Quizás yo debería haberlo intentado, digo lo de escribir, con seudónimo. No sé. A lo mejor, a la vuelta.

 

-¡Goyito! –grité.

 

-¡Idiota! –me contestó el eco.

 

Bueno, no estoy seguro. No lo oí bien; a lo mejor la palabra rebotó deformada, pero me hizo desistir de intentarlo de nuevo, porque uno tiene su corazoncito y por mucho jefe de seguridad que sea y mucho detective y mucho grafólogo por correspondencia, promoción del 12, pues también es un escritor, sensible y con el ramalazo poético de todos los creadores.

 

Yo no uso reloj; me los robaban todos, así que desistí. Nunca alcancé a comprender cómo pueden robarle a uno el reloj, puesto en la muñeca. Una vez, en el Rastro, vi cómo un raterilla metía un gancho en el bolsillo de un gachó para birlarle los billetes. Le avisé, pero a punto estuve de dejarle que hiciera su tarea, en la que desplegaba una pericia envidiable. El caso es que miro la hora en el móvil, y calculé que llevaba ya una hora caminando cuando sucedió algo extraordinario.

 

Lo primero es que cambiaron las luces. Comenzó un parpadeo, y se oían unas sirenas apagadas e intermitentes que me pusieron nervioso. –Tanteé en los bolsillos del pantalón, comprobando para mi tranquilidad que llevaba mis pildoritas placebo. Todo menos un panick attack; me gusta así, con todas esas letras; se le ponen a uno los pelos de punta sólo con leerlo. Luego el túnel giró, y comencé a deslizarme como por una pista mecánica, muy rápidamente. No había barandilla ni nada parecido, y al fondo, muy lejos, iba tomando forma algo así como una salida.

 

Todo aquello era tan extraño que no me daba tiempo a pensar. Hice la prueba del pellizco, y comprobé que estaba despierto. Una vez hice la prueba de roncar y estaba dormido, según me dijeron. Así que esas pruebas no son tan fiables. Si Goyito había seguido aquel camino, le encontraría, y cómo regresar, eso ya podría pensarlo más adelante. En los cuentos pasa mucho, y por eso los personajes andan siempre echando miguitas o piedrecillas por el suelo, para reconocer por dónde han pasado y poder regresar a casa.

 

¡A casa! Nunca he sido muy casero. Pero en ese momento apreciaría, de poder acceder a ello, un buen sillón frente a la tele, esa cosa vulgar que hace feliz a casi todo el mundo. Claro que en casa también estaba solo, porque Pedro vivía con su novia, la chica del puesto de helados, y yo no tenía ganas de pareja, que luego te echan el lazo y ya la lías otra vez.

 

La salida no era tal, sino una enorme sala, donde paseaban, con cara de despistados, niños y adultos, algún perro, varios gatos y un par de cabras. Junto a las cabras reconocí a Dani, el pastor de mi pueblo.

 

-¡Pero Dani! ¿Qué haces por aquí?

 

El chaval me miró con la boca abierta. Le tomaban el pelo por esa manía. “Se te van a colar las moscas” –le soplaban los paletos, que se creen muy graciosos los pobres.

 

-Pues aquí, don Cosme; con estas dos bobas, que se despistaron, y ya ve.

 

Ya ve. Sí, yo veía, pero no sabía qué. ¿Acaso tenía que dar crédito a mis ojos, o debía cerrarlos para despertar de aquel extraño sueño? Parpadeé. Es un truquillo de los lamas para saber qué edad tiene el universo. En el bullicio de la sala reconocí gestos y personas familiares, aunque todas ellas parecían buscar o esperar algo, sin relacionarse con las otras. Ni siquiera Dani, después de nuestra breve conversación, mostraba interés en seguir hablando conmigo. Decidí buscar a Goyito, porque estaba convencido, claro, de que se encontraba por allí.

 

-Es otra dimensión.

 

La voz me sonreía, apoyada en su garrota, como un rey de bastos. El anciano tenía ese aspecto saludable de los viejos de pueblo, atareados en cualquier cosa improductiva, muy convencidos de su utilidad. Me acordé de mi ex y de las manos muertas. Así se llamaba en la Edad Media a los monjes y gentes que no hacían trabajos físicos. Mi ex pensaba que yo era una mano muerta, o en realidad un muerto total, porque no me dedicaba a ganarme la vida con el sudor de mi cuerpo, un sudor muy apreciado por ella, que no usaba desodorante. Quizás para recordar que lo único que vale en la vida es sufrir.

 

Bueno, la voz me sonreía, y yo a la voz. El idilio se encontraba en un punto inestable, agotado en sí mismo, cuando, al girar la cabeza para liberar mis doloridas cervicales, le vi: Goyito estaba en un rincón, absorto ante una tele en 3D, y con una DS XL entre las rodillas. Sin despedirme del rey de bastos, corrí hacia él, gritando.

 

-¡Goyito!

 

Claro. ¿Qué otra cosa podía gritar? El niño no me oía, pero eso era habitual. Los niños alcanzan tal grado de concentración con sus artilugios que el entorno huye de ellos y ellos del entorno. Es su nirvana. Yo corría, y corría, pero la distancia que nos separaba continuaba siendo la misma, y me pareció que adquiría vida y que nos observaba, estirándose como un chicle al mismo ritmo que mis zancadas.

 

De joven yo había corrido en esas carreras populares que ponen a prueba la estupidez de la gente. Un hervidero de camisetas sudadas en colorines por el asfalto. Lo dejé para dedicarle algo más de tiempo al aire libre, y durante unos años fui feliz haciendo mi sprint, sorprendiendo a los otros corredores en el tramo de los ochenta últimos metros. Por eso tenía un cierto sentido de la distancia y de la medida de las fuerzas en la carrera, algo que no había conseguido aplicar en mi vida, siempre demasiado atento a las influencias ajenas. Yo había conseguido, con gran esfuerzo, tener poca tripa y menos personalidad. Ya no se usa esa palabreja, que define tan bien cómo es cada cual. El caso es que, como en esas pesadillas agotadoras, yo corría ya con todas mis fuerzas, y casi extenuado –más allá de mi sprint no era nada, un bulto renqueante- miraba a Goyito, que seguía en el rincón, tan cerca y tan lejos de mi como esas nubes que parecen saludarnos, inalcanzables. Me detuve, para respirar. Apoyé mi barbilla en el pecho y sentí un tirón en los pantalones. Ese gesto me resultaba familiar.

 

-¿Qué haces aquí?

 

Era Goyito. Acostumbraba a molestarme sacudiendo las perneras de mi pantalón, a modo de saludo ritual. Y me miraba, justo al lado. La distancia antes imposible de recorrer había desaparecido.

 

-He venido a buscarte. Anda, vamos.

 

-Yo estoy bien aquí.

 

-Pero los demás, no. Tu familia, todos te esperan. No saben dónde estás.

-Nunca lo saben.

 

Goyito hablaba como un viejo. Esa es la expresión que se utiliza cuando un niño se comporta de forma inteligente. Se supone que los niños son idiotas, además de pequeños. Pero me preocupó, no era nada frecuente en él, tan alocado, tan preadolescente, tan…

 

-¿Y tu hermana? –Creí haber dado en el clavo. Suspiró.

 

-Sí, la echo de menos. Ya vendrá. Espero. Mira –me lanzó un reto con sus manos- yo estoy aquí porque quiero. Y tú porque debes. Las razones de los demás no me importan.

 

En realidad, las personas –y los animales- que deambulaban por el recinto no parecían tristes, ni preocupados. El rey de bastos, quien me informó de que estábamos en otra dimensión, tenía el aspecto de un triunfador, con su cachaba a guisa de cetro, de vara de Moisés o de varita de Harry Potter. No hay edad para sentirse bien. Tampoco para sentirse mal. Fue en ese momento cuando recordé las teorías de las dimensiones y todo eso. Atrapados. Ese era el concepto. Atrapados en el tiempo, o en el espacio, o en ambas cosas, o en otras cuyo nombre desconocemos.

 

-Puedes irte, todos pueden marcharse cuando quieran. Nadie está atrapado de verdad. Con nada. Sólo hace falta la voluntad de salir, o de cambiar. O de quedarse.

 

Miré a Goyito, y era yo quien estaba ahora boquiabierto, como Dani el pastor, porque aquellas sí que eran palabras de viejo. Quiero decir, de mayor. Casi de libro, de uno de esos libros de autoayuda que salen más baratos que el coaching y sirven lo mismo, si uno se lo cree.

 

Y entonces comprendí. El túnel era una oportunidad, un viaje iniciático, o quizás su principio. Para eso hay que dejar atrás muchas cosas, tal vez el resto de tu vida. Aquel recinto era algo así como la sala de reposo, previa a la gran decisión final, la que nos abocaría a continuar o a regresar. Miré alrededor. Ahora todos me miraban, incluso –eso me pareció- las cabras de Dani. Y todos sonreían.

 

 

 

 

 

 

La urraca que no tenía amigos.

19 agosto 2012

LA URRACA QUE NO TENÍA AMIGOS

 

 

 

No sé si tener amigos es importante, pero el caso es que casi todo el mundo lo tiene en muy alta estima. Uno, inflándose como los globos de las fiestas infantiles, que se explotan nada más soplarle un poquito, dice: “Yo tengo muchos amigos”. Y mira alrededor, atento a recibir la admiración del auditorio, dándose la paradoja de que no encuentra ninguno de esos muchos amigos entre quienes le rodean.

 

Pero da igual. Lo importante es llevarse bien, y la gente, sobre todo la que vive junta, se empeña en hacer lo contrario, como si les fuera la vida en fastidiar a los demás, y no en vivir en armonía.

 

Para la historia que voy a contaros valen esos ejemplillos, porque veréis, en un minibosque de esos que quedan como avergonzados en España, vivía una urraca no del todo fea, para ser urraca, pues sus plumas, negrísimas, brillaban como el azabache de los ojos de Platero, y presumía de ellas porque le encantaba ser un poco cursi, repolluda, y se acicalaba todas las mañanas en un charco limpio que guardaba el rocío debajo de su árbol, un chopo o un álamo, según lo mires, que había crecido justo al borde de la carretera. De modo que se acostumbró pronto a los coches que pasaban, aunque era un lugar poco transitado, con el único atractivo de la soledad, que no es poco, y encima la cercana fuente de la salud, que es como se llaman todas las fuentes que no tienen nombre propio. Bueno, pues después del aseo matinal se esforzaba, volando hasta las ramas más altas, haciendo cabriolas en el aire, hasta donde alcanzaba su cola de timón, ancha como un remo. Como le habían dicho que tenía una voz algo ronca, y además gangosita, no cantaba, ni piaba, ni hacía otro ruido distinto del que salía del roce de su alas con el aire, un sonido de abanico con algún toque de color, parecido al que hace cuando una dama lo cierra y recoge el material sobre su pecho, como si fuera un relicario.

 

Con todo ese esfuerzo, la urraquita –aún era muy joven y tenía poca malicia- esperaba hacerse con amigos, e incluso admiradores, otros habitantes de los árboles, en especial las aves, pero también pequeños mamíferos, las inquietas ardillas, los roedores sin nombre que pululaban por el tronco hueco, incluso los zorros y las comadrejas que acudían a beber al charco, y desde luego los ciervos y la pareja de corzos, airosos y huidizos, sobre los que ejercitaba números arriesgados de vuelo acrobático, y que la miraban sin pestañear, algo extrañados.

 

No quería cuentas con la familia de jabalíes, aunque los rayones y los jabatos le caían bien, y sus ronroneos, que contrastaban con el gruñido tosco de los adultos, la hacían sonreír. Cuando un pájaro sonríe no lo hace igual que los humanos o los homínidos, que abren la boca y muestran los dientes. Los pájaros de ahora carecen de dientes, y sus antecesores, algunos dinosaurios carnívoros voladores, se parecían muy poco a éstos, y además no se reían nunca, porque se consideraban gente muy importante.

 

Pues nada. No le hacían caso. Todo ese esfuerzo era en vano. Antes bien, pasados los primeros días de curiosidad, todos sus compañeros, advenedizos o permanentes, se iban cuando ella llegaba, la dejaban sola, y se quedaba mirando con aparente indiferencia el paisaje, triste, triste, porque no sabía qué podía haberles hecho de malo. Porque –pensaba la urraquita- si no querían ser sus amigos, al menos podían estarse quietos, cerca de ella, e incluso darle algo de conversación, como había visto hacer con otros habitantes del bosquecillo, y con las charlatanas golondrinas –que parecían caer bien a todo el mundo- o avisarla de algún peligro: los niños del pueblo con sus escopetillas matapájaros, las rapaces, los carnívoros trepadores… No faltaban ocasiones para evitar que alguien se sintiera solo, sin necesidad de mostrarle afecto o cariño.

 

La urraquita, una tarde de verano, calurosa como todas, pero aún más, porque no muy lejos se había originado un incendio, sintió, paradójicamente, como un escalofrío. Y se dio cuenta de una cosa muy importante, algo que explicaba todo, lo que le pasaba y lo que no le sucedía: La vida es así. No es necesario haber hecho nada malo para que no te quieran. Incluso, en ocasiones, es al revés. Se admira, incluso se quiere más al malo que al bueno. Tampoco hace falta hacer cosas buenas para que te aprecien. Al revés: si no las haces, tendrás más aceptación que si eres un buenazo, al que se menosprecia. Y a ella le pasaba eso: que se esforzaba por agradar, y por ser amable, y esa era la razón de que la consideraran tan poca cosa, nada digna de aprecio.

 

La urraquita suspiró. De modo que así era la vida… Le faltaba sólo comprender por qué, de todas formas, los demás sí se entendían entre ellos. Había visto a los jugadores en las mesas del bar, abstraídos con sus cartas o sus fichas, y a los comensales gritando ante las viandas, y a los niños persiguiéndose por los patios del cole, y a otros ante el televisor, atentos y silenciosos, como en misa. Eso era entenderse, supuso.

 

Oyó las voces de los voluntarios y las brigadas antiincendios, cada vez más cerca. Tenía frío. Aquella gente estaba arriesgándose por salvar el bosque, que otros, seguramente, habían quemado antes. No todos somos iguales, pensó. Ni entre los hombres ni entre los demás seres del mundo. Alzó el vuelo, sacudió sus alas con fuerza, y voló hasta la extenuación sobre quienes intentaban combatir el fuego, haciendo sus mejores cabriolas, batiendo con toda su fuerza las alas, que poco a poco iban perdiendo su brillo y su prestancia entre las nubes de humo y los rescoldos que llevaba el viento. Era su homenaje. Había comprendido que la mediocridad siempre tiene compañía, falsos amigos, quizás, y que la excelencia suele vivir en soledad, y se junta en ocasiones para mostrar al mundo, en efecto, que no todos somos iguales.

 

Cuando cayó, desfallecida, antes de cerrar los ojos, sintió el calor de una mano que la acogía. Un muchacho le acariciaba las plumas, le limpiaba el pico, y con una pequeña cantimplora vertió en su boca unas gotitas de agua. La urraquita sonrió, con todas sus fuerzas. Supo que ya tenía amigos y entonces se quedó dormida.

 

¿Qué ha pasado con la democracia?

19 agosto 2012

Cuando el sabio dijo -no recuerdo al autor de la frase, pero lo cita Ángel Maestro en uno de sus libros- que la democracia consiste en que una mayoría bien organizada maneja a una mayoría desorganizada, estaba hablando -quisiera o no- de la partitocracia. Políticamente, en eso se ha convertido la democracia. Carente de representatividad y participación, todo se escuda y excusa en el mandato del pueblo. Y de este modo los gobernantes hacen y deshacen con el exclusivo fin de perpetuarse y perpetuar en el poder a los suyos.

En el orden del pensamiento, la democracia es una sombra. A la vera del privilegio, las prebendas y los cargos, casi ningún intelectual es libre de manifestarse libremente, y se limita a cumplir los encargos del mecenas, que, lamentablemente, tampoco es el mejor, sino el más poderoso. De ahí la comprensión a los desmanes e incluso la aceptación de los disparates que emanan de los suyos.

Y para mi media docena de lectores habituales, ya hay bastante. Que lo pasen al twitter o al facebook, que a mí me da vergüenza.

Naturalmente, va de suyo que todo es esclavo del dinero, eso que nos ha hecho enloquecer.

Cipreses y paños de altar contra el fuego.

19 agosto 2012

Está documentado que en la Edad Media, cuando un incendio llegaba al interior de las catedrales, se colocaban paños del ara contra las llamas para detener el fuego. Ridícula creencia de fámulas e ignaros, se dirá. Pero ahí está. Hace poco unos cipreses detuvieron un incendio, que rodeó su bosquecillo. Tal vez aquellos paños estaban hechos de ciprés.
Tantas cosas incomprensibles hay bajo el cielo y sobre la tierra que ni el mismo Hamlet, con todas sus dudas, podría enumerarlas. Y eso sólo en este granito de arena perdido en el cosmos.

Mientras tanto, los matrimonios se pelean, la prima de riesgo va y viene y a primeros de mes sube el IVA.

¿Azul de Chartres? Culo de vaso.

 

ENCUESTAS

8 agosto 2012

Cuando yo estudiaba ciencias políticas y sociología -antes de que el geógrafo precaricador apellidado oya, con errata poya, me jurase odio eterno, obligándome a dejar la carrera, porque hice una boutade sobre su pedante comentario acerca de la excelencia de la asignatura que profesaba- había una  que se llamaba estadística, y que tenía como finalidad enredar con fórmulas las evidencias. Las encuestas suelen falsear la realidad, pero sirven para entretener y por fortuna quizás den algún trabajo a alguien: licenciados yendo por las casas para entregar y recoger formularios. Una de las encuestas más chocantes y que recuerdo de memorieta haber escuchado a Amando de Miguel -si me equivoco pido perdón- es que la llamada clase socialista se nutría mayormente de antiguos falangistas. Resultado que ocultó celosamente el entonces mandamás Alfonso Guerra, no fuera a joderse la marrana. Hoy no sirven las encuestas, y si no que se lo pregunten a Griñán, que se encontró, como en su momento Zapatero, tras el funesto 11M manipulado por Rubalcaba, con la vara de mando cuando ya hacía las maletas. Un ejemplo típico es que la gente encuestada suele manifestar su disgusto porque el delincuente juez Garzón haya sido expulsado de la carrera. Prebendas le quedan para complacer aún a muchos. Este hombre está en todo, incluso ahora resulta que estuvo en lo de Interligare, una empresita que me recuerda, por el nombrecito, a lo de las putas, ese club de contactos para casadas, que por lo visto tiene mucho éxito. Un porrón de millones -sólo para una estadística que encargó y no se hizo o no usó, o se hizo a voleo acerca de las víctimas del franquismo, fueron cien mil euros del ala- se dieron para estudios de instituciones penitenciarias, cuando Rubalcaba era ministro del interior, y se creía que lo del interior consistía en pagar espías y forrar a sus fieles, polis corruptos. Pero al PP parece darle igual, porque están igualmente de estadísticas hasta el pelo, y a lo mejor han pactado taparse los respectivos culos llenos de mierda. Las estadísticas que nos comentaba la ínclita Soraya del poder -la otra estará en su momento, a poco tardar- acerca de las empresas o cosas públicas que sobraban unas cinco mil, han quedado en agua de borrajas: informes en el cajón, porque no se ha tocado ni una. Las Autonomías no han reducido ni un euro de gastos en sus prebendas, adláteres y paniaguamientos, y el gobierno sólo piensa -y poco- en dar leña al mono. ¡Pero cómo no van a irse a tomar vientos sus porcentajes de aceptación! Rajoy ha superado en torpeza al insuperable Zapatero, y encima combina mal los colores, desde la coronilla a los zapatos. Yo creo que a Vicky le gusta más la vida sencilla, y como es muy inteligente se lo está preparando a modo, que dice el clásico, para llevárselo al cuarto de estar.