La civilización de la majadería.

Mi padre llamaba ‘majaderos’, con su cortesía habitual, a los imbéciles de pleno derecho, con estupidez acrisolada y esa habilidad imprescindible para atraer la admiración -o al menos la atención, que ya es mucho- de una mayoría inerte a todo lo que no sea lúdico. ¿Lúdico? Homo ludens, sí, pero aquí es otra la acepción: divertimento, salir de la odiosa rutina, envidia, espejos deformes en los que mirarse. Si no compramos lo que nos enseña sino lo que nos entretiene, mal voy, de nuevo, a vender esta obrilla -yo no soy Vargas Llosa, como sabe casi todo el mundo- pero…

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