La verdad.

Estamos un pelín mosqueados con el ataque de moralidad que asalta a nuestros tribunos, los políticos y los justicieros, no digamos los económicos. Los líderes de otros poderes, prensa y demás medios de anticomunicación, iglesias o religiones, se abstienen, porque su carácter modélico va de lui meme, como algunas secuelas de las doctrinas. El caso es que con tanto ejemplo de verdades nos vamos al carajo. O sea, que decía Umbral. Se justifican las torpezas porque, claro, hay que decir la verdad. En alguno de las tao, supongo, se dice aquello de que la verdad más amarga es mejor que la mentira más dulce. Chorradas. Decir la verdad, a veces, es tan peligroso como dar una curva cerrada a doscientos por hora y frenar en medio. Trastazo seguro. Estamos de las verdades de Bankia hasta el gorro, y eso que aún no sabemos cuál es la verdad, como le pasaba a Poncio. Desde una bancada en el Congreso -el Senado podría reajustarse, junto con las diecisiete Autonomías y desaparecer- se acusa a la otra de mentir, y se esgrime, como una espada, la bandera de la verdad. Cortante. Afilada. Puñetera. Es como Jaimito cuando, por ser auténtico -decir la verdad- se encarga públicamente de atribuirse el pedo de la condesa. Con tanta verdad  y tanta impericia, lo dicho, nos la vamos a pegar. Los líderes se justifican con la verdad, como la gran puta del reino, que todos usan a placer. El baile de millones de miles de millones, de primas de riesgo, de euribor, nos tiene atocinados. Los demagogos alientan, con la verdad a cuestas, las rebeliones sociales, las huelgas y el odio al Estado. Lo pongo con mayúscula no vaya ser que se confunda con el estado de buena esperanza, ahora que en los coles se lían con los campos semánticos y las palabras polisémicas. El gobierno se llena la boca con la verdad, y cuando la suelta parece escupir sapos y culebras. Al menos eso es lo que entienden los llamados ‘europeos’ -al frente la cuadrada Merkel- que nos castigan como a niños malos de siempre, a quienes ya no se les cree. Habría que invitarla a esos realities de telequinqui para que esas tertulianas la despellejen con la verdad. La auténtica verdad es la del esfuerzo de cada día, no ir por las autopistas quemando neumáticos. La auténtica verdad es la de la honradez, que se enseña con el ejemplo. La auténtica verdad es la que se siente, y no la que te imponen, señores gobernantes, señores eclesiásticos, señores maestros, señores empresarios, señores obreros. La verdad no son las demagogias sindicales, que ocultan profundos problemas y los intereses de clase al viejo estilo. Tampoco las patrañas financieras, tan artificiosas como los discursos de esos premios señeros con apellidos. La verdad sería ayudar al desprotegido, rechazando tanto glamour y exceso, a través de auténticos controles del despilfarro, y distribuyendo los impuestos y los beneficios de una manera digna. Digna para la verdad.

Y mientras, por favor, un poquito de picardía, habilidad, inteligencia… cosas que nos enseñan los clásicos para decir la verdad, de tal manera que no nos perjudique, y sin esa manía de acusar de mentiroso al otro.

Por ejemplo.

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