ESPECTÁCULO.

Ayer, en mi sesión de zaping nocturno, recalé -palabrita del Niño Jesús que fue por casualidad- en Tele quinqui donde un andrógino decorado como un ofidio de Blade runner lanzaba gañidos mientras su pareja de espectáculo cantaba como los ángeles en el Coro celestial. Luego dos jóvenes ataviados al estilo 70 fabricaron unos preciosos duettos con coreografía, sobre todo del extinto Mecano. A los dos primeros les juzgó un estibador que por lo visto canta, y que elogió profusamente su actuación. A la otra pareja la enjuició Ana Torroja que pasaba por allí y les puso a parir, en especial porque habían cambiado alguna sílaba de sus intocables letrillas. Al extremo del tribunal, Bosé, estirado como el culo de un tambor, digo la tapa, también lanzó un alarido de satisfacción a los dos primeros -la chica, desde luego, lo merecía- y demolió las ya quebradas defensas de la segunda pareja.

Ese ratillo me hizo, lamentablemente, pensar. Y se me ocurrieron varias cosas a la vez, como siempre, de modo que mi cabeza sigue embarullada y sin un orden al uso. La primera es que cualquier pelanas con curriculum puede ir a una tertulia y destrozar el mundo. El mundo privado, que es el único, de alguien con talento y con ganas de mostrarlo, que es lo difícil. O de encumbrar la necedad, en este caso disfrazada de ultraguay, como el cajero de mi tienda de CD, que lleva más pendientes encima que la Liz en sus recogidas de Óscares y las uñas de los pies -sólo usa zapatillas de dedo, el muy cochino- con pelotillas.

La segunda, al hilo del ensayo del maestro Vargas Llosa: ‘La civilización del espectáculo’ -que le regalaron a mi mujer en su cumple, así que me ahorré comprarlo y soy yo quien lo lee- me dio por dudar si los desfasados somos los equivocados, y hay que aceptar esa transformación -el travestismo de la cultura- como una realidad fascinante. ¿Con todo lo que conlleva? Hombre, no es para tanto: ya se maquillaban en tiempos de Herodes, y mucho antes, los hititas, y el pueblo precursor de Súmer, e incluso Adán, para engañar a Dios y que le echase la culpa de todo a Eva, la pobrecita. Lo sabemos por las pelis, que enseñan mucho, sobre todo las antiguas, no las de las W.B. sino la M.G.M. y su león rugiente, que copiaron luego los de Generali para engullir directivos. Por cierto, no estaría de más recuperar la costumbre, e ir echando ineptos consejeros delegados, presidentes y equipos directivos al león de la Metro.

Octavio Paz -que ya anticipó ese título de civilización del espectáculo- no estaría de acuerdo con Julian Barnes, y su personaje de ‘Inglaterra, Inglaterra’ -la novela donde al fin se reconoce que sir Francis Drake era un pirata- que, precisamente, opina como mi alter ego. Hace un par de días, en mis conversaciones de ascensor, una vecina inteligente con perrita contestó a mi advocación señera: ‘Estamos rodeados de mierda’, con su despedida: ‘Pero hay de muchas clases, no como antes’. Y es verdad. Ahora puedes elegir.

En el año 2009 Difusión Jurídica se atrevió a publicar un libro que lleva por título: ‘Claves para entender y transformar el derecho’ y por extensión, ‘la cultura de los derechos’. De manera muy diferente al lúcido ensayo del maestro Vargas -a quien siempre se agradece su claridad de exposición y la llana inteligencia que le acredita- pero convergiendo en líneas básicas, el autor quería convencernos inútilmente de que la cultura es lo único que salva de la estupidez.

Pero ni eso.

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