Fisgas y Matracas. (No-vela). Entrega XXVII, capítulo XXVI.

 

 

 

-XXVI-

 

 

 

 

 

 

 

Omnesque Astrologi, Blenni, Barbari

procul sunto.

 

La maga me ponía los cuernos por simple despecho, aunque ella lo denominaba soledad emocional. Me hacía versos, que leíamos juntos en su cama, o, mejor dicho leía yo para complacerla, aunque no eran malos ciertamente. Tenía un cuerpo algo extravagante, y contrario parcialmente a mis modelos estéticos, pese a lo cual yo la trabajaba con deleite. La maga no era un ideal erótico pero estaba llena de pasión y de sorpresas, y también eso me fascinaba. Llegué a apreciarla más que a otras que me gustaban físicamente en mayor grado que ella. Como estaba enamorada de mí y tenía la clase suficiente como para demostrarlo sin rodeos y sin aspavientos, casi sin palabras, yo la consideraba cosa mía, al alcance de la mano, pero cosa de valor, ya que estimaba su elegancia y sobre todo el que no me diese la lata. Es decir, que respetaba mis jaquecas y mis manías, hasta un punto que me hacía añorar su presencia en ocasiones, y, siempre, provocaba en mí las maldiciones rituales porque no tuviera el cuerpo deseado. Por supuesto que la felicidad consiste en desear lo que no se tiene, pero yo quería algo más: transformarlo. Yo quería, pero no siempre deseaba, precisamente porque el objeto del deseo escapaba a mi esfuerzo por desearlo; el deseo de verdad es espontáneo, frágil, inesperado dueño de su propio camino. Trazar, como es habitual, la senda artificial de la excitación y el magreo, conduce al orgasmo, pero no al puerto de la dicha. Yo conozco ese puerto, y sus ataduras, y sus naves, y sus corrientes, y sus prostíbulos marineros, y sus paisajes lunares. Baudelaire dice que la luna es el sol de los muertos. Baudelaire dice la verdad poética, es decir, creadora, y su verso es estremecedor, pero falso de contenido, o, cuando menos parcial: romántico, crispado, turbador. La luna es la antorcha de los amantes, el faro del pecado, el cirio que vela sobre el ara de los sueños. Lo puro no es lo permitido, sino al contrario, aquello que nos prohíben. El blanco es la mezcla de todos los colores, aunque ellos no lo sepan. La maga me excitaba especialmente porque yo veía en ella el blanco: mezcla de todos los colores, es decir, ninguno en concreto. Al no sentir la menor fascinación, ni por algún rasgo especialmente hermoso de su cuerpo, ni por alguna cualidad excepcional de su espíritu -lo que no significaba que no las tuviese- me sentía, digo yo, fascinado por su vulgaridad, y, paradójicamente, esta vez también por su amor, que me ofreció la carne jugosa y completa sin más trabas que las consabidas para guardar unas apariencias de las que sólo se preocupan quienes van a entablar relaciones temporalmente reiteradas, a fin de evitar la ausencia del encanto, o la destrucción del interés. Cosa vana, ya que uno y otro se renuevan cada día, como las hojas de los árboles que decía Homero, o fenecen sin más, al nacer, como flor de un día… Como los sueños, a los que hay que darles interpretación adecuada. Hace unos días, me comentó “el suyo”: lo llama así porque se repite desde hace años. Sueña con una imagen sin rostro, en la que existe un solo movimiento: su mano derecha se alza hacia la cara, y aparecen, una tras otra, infinidad de máscaras, máscaras que ocultan siempre el rostro. La maga dice que eso revela traición de amigos, falsos amores, hipocresía. Ella sueña con una fatigosa carrera hacia ¿ninguna parte?, en la que triunfaba apenas de la inmensa fatiga. Eso por lo visto quiere decir que superará las dificultades, que serán muchas y serias, con fuerza de voluntad y ánimo firme. Yo sueño casi todas las noches, y eso, dicen, es bueno. A veces recuerdo mis sueños, y en ocasiones pregunto con interés su significado. Últimamente parece indicar el comienzo de una racha de suerte, porque todos revelan éxito, vida placentera, fortuna… Por ejemplo, sueño que me deslizo sobre el agua, o que emprendo extraños viajes, o que subo a un edificio. De pequeño soñé que asistía a mi propio entierro; yo iba en un féretro, a hombros de parientes, creo; un ataúd descubierto, que dejaba ver mi rostro sereno, y un clavo enorme en mi nuca. “Ese soy yo”, decía a los del cortejo. “¿Ah, sí?”. Nadie parecía extrañarse, y yo estaba muy satisfecho. Este sueño se interpreta como de buen augurio, vida larga y llena de felicidad. A mí me mosquea realmente tanta coincidente satisfacción, de modo que recelo aunque espero con gratificante paciencia que se cumpla el oráculo. Otro sueño, es decir, su interpretación, me vaticina el nacimiento de hijos -herético oráculo en este momento de celibato- y suerte con el número nueve. Pero seguro que todo pasa, cuando pasa, por casualidad; coincidencias que sólo vale la pena analizar cuando se repiten de un modo significativo, cosa que no sucede nunca a las mujeres, a las que nada ocurre por casualidad, y para quienes el azar es una variable más o menos osada.

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