Fisgas y Matracas. (No-vela). Entrega XXVI, capítulo XXV.

 

 

-XXV-

                                                                       Los asnos prefieren la paja al oro.

 

“Las peores son las propias, no lo olvides; y tanto más cuanto más reciben. Y de entre ellas, aún menos soportables las que presumen de santas y buenas. Putas, lo que se dice putas, lo son todas. Pero algunas, además, tienen una maldita hostia las cabronas… como tu abuela, por ejemplo, que es un ave rapaz, siempre pendiente de la carroña; sí, se alimenta de los despojos. Y en todo caso quiere más, y más, y más… No te aburras ni te irrites, porque durum est contra stimulum calcitrare, ya sabes, y opta por el silencio. O sea, que no le dirijas la palabra. Eso, si alguna vez cometes el error de considerar una relación con mujer tan estable que sea ya inevitable, como algunos matrimonios piensan erróneamente. No, nada de divorcios. Eso son paparruchas y cachondeos de letrados, que buscan argucias mil para apuñalar los bolsillos de los incautos y los ignorantes; mala gente, hijo, como dice el refrán: Que San Roque nos libre de los abogados, de los médicos y los boticarios. Amén. Esas profesiones debió inventarlas -con todo su bagaje de ritos y puñetas- el mismo Satanás para tener clientela segura en sus infiernos: los ejercientes, porque es imposible ser eso y no ser un pillo o un sinvergüenza, y los pacientes porque no hay hombre de bien que, pese a tal condición, no reniegue de semejantes acólitos del diablo. El mejor es el muerto. Te digo que de divorcio nada; a vivir que son dos días, y deja que los demás palidezcan de envidia o deseo. Y no cometas el otro error, el de recluirte a rumiar soledades o decepciones, ni el corolario de meditar sobre el número de veces y las circunstancias que quien sea te pone los cuernos, porque cuanto más lo pienses menos lo sabrás. Vive tu propia vida, sin más condicionantes que la inteligencia, el dinero y el placer. La primera, porque no es sólo incompatible sino inexcusable, incluso con el “vivere periculosamente” de los aventureros, y porque, como demostró Aristóteles, la inteligencia es bella -al menos en igual sentido que la verdad; Keats dijo: “La belleza es la verdad; la verdad es belleza. No hay nada más”.- y amar lo feo, o feamente, complacerá sin duda menos. El segundo, porque, una vez constituida la Ciudad de los Hombres sobre cimientos en los que el brillo del oro refleja la solidez de las estructuras y la capacidad de elevar el edificio muy alto, muy alto, de nada sirve ni siquiera especular -en su sentido de reflexión, y no en el pecuniario; hasta en el inconsciente brota la necesidad y la ubicuidad del dinero- con la autosuficiencia y la fecundidad al margen del mismo. Y el placer, porque ni la inteligencia, ni el dinero, sirven para casi nada si no desemboca en el goce, y éste vendrá, en definitiva, coronado según hayan venido a su vez siendo utilizados aquéllos, hecho éste que determinará, salvo accidentes, una buena salud -evitados los excesos y sorteadas las trampas, de entre las que cabe citar como ejemplos la glotonería, el alcohol y las putas- fundamento asimismo imprescindible para otear, asumir y permanecer en la beatitud de la holganza, la jocosidad y el erotismo”. Así se explicaba, agarrado a la botella de fino cristal de Bohemia, mi abuelito, un ángel. A mí eso no me lo enseñó ningún maestro gurú, ningún santón, ni tampoco algún anciano revestido de digna experiencia. A mí eso me lo han enseñado las mujeres con las que tuve la desgracia de toparme y a las que presté alguna atención, porque las otras, aquellas que significaron, para los dos, una simple relación sexual, no me han producido mayores trastornos que esporádicas pústulas, cosa que en sueños simboliza la prosperidad. Como lector de Balzac, yo creí en principio sus clasificaciones literarias de la mujer, aunque no comprendiera demasiado bien cómo una arpía descocada podía ser un ángel de ingenua bondad… Hasta que me percaté de la esquizofrenia del francés, sublimador e idealizador de lo real en este punto, pese a que mantuviera un criterio rigurosamente razonador en todo lo demás. A Balzac se le empinaba el mochuelo y todo eran beldades rubicundas o deidades morenas, y el Paraíso yacía entre las sábanas y los divanes. Un blando en definitiva, un cerdo de la piara de Epicuro. Fue la maga quien más me enseñó del tema. Yo la llamaba así porque lo de bruja me parecía arriesgado -ya que lo era- y menos cariñoso. La maga era fea, tenía unos rasgos extraños, parecidos a los de un monito, pero sus carnes eran apetitosas; en especial dos nalgas gemelas, exuberantes, que yo machacaba a tous mes mains con auténtica saña, y a la que atravesé el primero, según me dijo. Me enseñó a echar las cartas, para lo cual empleaba dos barajas, el Tarot de Marsella y la Española. Nunca entendí bien el tinglado de Tarot, y algo mejor los símbolos, sensuales y espirituales, de la baraja, sobre todo porque a los pocos minutos de iniciada la sesión privada, comenzaba a meterle mano entre los muslos, cosa que le producía mucha risa y me recriminaba -después- en aras de su dignidad y no sé que más. Creo que la maga estaba deseando mis estrujones más aún que yo estrujarla, y eso es lo  sano de la cuestión, y no tanta puñeta y perifollo que agosta las poco fértiles mentes del personal dedicado a la conquista de lo conquistado. Le contaba mis sueños: cada vez que subía una montaña, me vaticinaba triunfos; si abría una puerta, era la de la fortuna. Si veía un monstruo cercano, se trataba de la felicidad y el éxito. La chica, sin duda me quería bien. Siempre sucede así: cuanto más empeño pones, menos caso te hacen, y viceversa, y es que el sino del hombre y la naturaleza de la mujer van unidos, o desunidos si se quiere, como el agua fría y caliente por el conducto del baño. Por eso los escoceses dicen que a las mujeres hay que aplicarles su ducha particular, en la que agua fría y caliente se alternan. Tal vez. A mí desde luego nunca me fueron útiles ni consejos ni técnicas, y si algo bueno hice copiando a los mentores del paradigma, ello fue por casualidad o por instinto, incluido en éste la porción de aprendizaje que conserva el inconsciente. Como los niños, yo no iba aprendiendo sino olvidando lo que sabía de siempre, desde antes de nacer.

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