FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). Entrega XXV, capítulo XXIV

 

 

 

-XXIV-

                                                                       Non iam illud quaero, contra ut me

diligut illa,

aut, quod non potis est, esse pudica                                                                            velit;

 

Para algunas personas constituye una necesidad vital la observación maliciosa, la crispación y el desencanto; para otros el centro de la vida radica en el odio hacia la libertad ajena, suprema dicha que no pueden soportar sus almas mezquinas y taradas, y el rechazo a cualquier forma de alegría. La envidia es la tristeza hacia el bien ajeno. Pero ésta a que me refiero es aún más que envidia, porque su tristeza es hacia el supuesto bien, ajeno, creado por la imagen del esperpento, y de la deformación. Esas personas dedican con insistencia sus días a machacar a quien le rodea, especialmente si es allegado, ignorando lo bueno e inventando lo malo. Se da mucho en la institución matrimonial, de suerte que algunos consideran este mal originario del matrimonio, como un sarpullido, una urticaria, un sarampión. Yo, libre por mi circunstancia -basada en la sabiduría de siglos de la Iglesia- de tanto atavismo rutinario y agreste, desconocía también algunos corolarios enfermizos de las relaciones llamadas afectivas, como los celos, la angustia, e incluso el amor, cogollo del inmenso pecado. Había por decirlo así, dedicado todos mis esfuerzos intelectuales a otros menesteres igualmente mezquinos y torturantes, pero ajenos al tinglado de lo irracional -porque la especie, cuando interviene en los roles amatorios mentales, se comporta con mucha mayor irracionalidad que incluso en los físicos- como la conspiración, la conjura por el poder, al ambición, la gloria. En ese entorno, la mujer sólo era un elemento exógeno, un accesorio sustituible, sin entidad individualizada: no existía la compenetración… -”Lo mío es grande y lo tuyo es pequeño”-. Y sobre todo una fórmula de cumplir con el rito de la generación. Sí había sentido la complaciente vanidad de ser el primero, aunque en más de una ocasión -a decir verdad en casi todas- creo que la cosa se quedaba en palabritas, y yo era el primero de una serie de afortunados primeros. La hembra sabe cómo apretar los muslos para reducir el huequito, y eso excita aún más, como me sucedió con una moza aldeana de la finca de mi tío Roque. Yo me preguntaba qué encantos misteriosos para apalear virginidad ya de veinte y algún año, sólo a la segunda jornada de encuentro con ella, pero abstrayendo la gaita, a pesar de que tenía pelos en las tetas -largos como cerdas, que cosquilleaban la nariz al pellizcar los pezoncitos- me pegué una buena corrida sin apenas intentar la penetración, en parte obstaculizado por la supuesta -que puede ser real- virginidad, en parte excitado por la posibilidad de que así fuera, ya que quebrantar doncellas me atrajo siempre sobremanera, loado sea Dios, tal vez por contribuir a remediar tal disparate entre muslos recios y nalgas bravas. En algún caso, la prisa también venía por lo bueno del egoísmo en el amor de quien no se ama, donde reposar huelga y demorarse enfría, al contrario de la acción sobre quien se ama o se venera de suerte que cada poro de piel e instante de mirada y caricia de tacto o lengua, es un paso hacia el cielo. ¡Gloriosa muerte la de quien la encuentra en el coito y glorioso destino el suyo! En este orden -o desorden- de cosas, la adscripción posesiva, el engendro de la felicidad emanada del rito social, y no de la voluntad del individuo, carece de todo sentido, que bien podría hallarse en dimensiones o perspectivas diferentes. (No es que existan gustos para todo, sino que las situaciones crean, por ser distintas, puntos de sabor desiguales. E incluso ignorancia de su existir mismo). Por eso me resultó especialmente inesperado aquel sentimiento de celos, como si mi orgullo estuviera en juego y hubiese sido profanado. En primer lugar me sorprendió aquella inusitada develación de lo que se denomina “orgullo”, artificio que hasta entonces había imputado a situaciones -más que a personas- poco evolucionadas o poco satisfactorias, a modo de mecanismo defensivo con que el débil, el torpe o el pobre simulan fuerza, habilidad o riqueza; en segundo término me asombré de mi desconocimiento acerca de la naturaleza del hombre, pues achacaba tal reacción más que a una escasa personalidad a una deficiencia de la especie. Yo no era, simplemente, una excepción en la regla de la vulgaridad. ¡Lástima!. Pero esa distinción -que la naturaleza no hace, sino que es un fruto del artificio- resulta inevitable (tal vez por eso, por masiva y generalizada, se llama vulgar). Y califica, una vez más, la torpeza de la especie, que se busca para yacer y reniega acto seguido de la procreación; que gime en el segundo del goce, y apenas resiste su aliento tras la quietud del desahogo. Una especie que refleja en sus espejos la turbación de sueños imposibles, que persigue tan sólo cuando conoce lo inútil del esfuerzo. Una especie sublime si alguien, uno solo de entre las generaciones de la Tierra, es, ha sido, o será sublime, y cuya dignidad radica en su locura, a pesar de sí misma. Una especie a la que muchos, en ocasiones, dudan si pertenecen, o no, y otros, cada vez más, observan como ajena definitivamente a sí mismos. A esa especie, como insigne paradigma de la contradicción, huída hacia el vacío, complaciente siembra de despropósitos, pertenece, claro es, la hembra que llaman mujer. Y toda esa reflexión, diletante, incluso huera, como son las mías en general -no presumo de aquello que no poseo, y carezco de habilidad dialéctica y de solidez filosófica- viene a cuento de dos descubrimientos que hice casi simultáneamente: uno, el de la innata tendencia de la mujer al revoloteo amoroso; otro, el de su habilidad para manipular al hombre. Educado en el error, que supe matizar en parte  merced a la simple observación de que la mujer obedece y respeta al hombre superior a ella, cerré mi pensamiento y mi razón durante mucho tiempo a lo que era obvio, a saber: que respeto, a veces; obediencia, sólo aparente; sólo en fuerza física, y no siempre. Yo descubrí la fiereza de alma de los gatos y la prestancia íntima de las damas el mismo día, y fue a base de recibir arañazos de ambos. Mi primo Nanno siempre contestaba que a él la cosa le sudaba, porque es de tontos tomar en serio a las mujeres y de idiotas perdidos enamorarse, y de cretinos sin remedio confiar en ellas. Todo el rollo se desvaneció aquella tarde nefasta -lo digo por vanidad, aunque bien me vino, y mucho me enseñó para el futuro- en que pillé a Eva morreándose con un guarrillo del pueblo, vago, gitano, feo y zambón. Yo le conocía tiempo ha, y en una ocasión, tendríamos unos diez años o quizás menos, le había sacudido un buen soplamocos, que le hizo sangrar narices abajo, porque estaba fastidiando con un jueguecito estúpido que ya ni recuerdo, bofetón que mereció un escupitajo, una cruz de pulgares, y un aojamiento contra mí, que me tuvo impresionado un tiempo. Y ahora mi suave conquista, con los pechos florecidos entre aquellas manazas turbias, las uñas crespas, negras de grasa y porquería; los labios jugosos mordidos por aquellos morros rasposos, y el pubis y los muslos atizados a un restriegue rítmico por las patas y los desasosiegos del bellaco… me sacaron el hígado del cuerpo, y dejaron en su lugar una espina que aún pincha. Comprendí que había pasado a engrosar la nutrida falange de los cornudos -gremio que para nada tiene que ver con la condición o cualidad de casado, pues basta y sobra la relación personal de la pareja como tal- y aunque algo me decía que la inclusión en dicha cohorte  venía escrita por el destino desde la cuna en la frente de cada hombre, pendiente sólo del señalamiento concreto, lamenté mucho que me hubiera llegado tan pronto hora semejante, y que fuera precisamente con aquella mujer… y aquel asno.

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