FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). Entrega XXIV, capítulo XXIII.

 

 

-XXIII-

                                                                       Ni ya tengo otro oficio

que ya sólo amar es mi ejercicio.

                                                                       Nadie podrá desvelar la intimidad del corazón, y es precisamente su misterio lo que convierte la fuerza de los sentimientos y la incognoscible naturaleza de los impulsos del espíritu en cualidades divinas. Es lo que nos asemeja a los dioses, más que los sueños de la técnica o los actos mágicos que superan a la misma fantasía. Es inútil explicar o explicarse por qué suceden algunas cosas, o por qué hacemos o dejamos de hacer otras, precisamente cuando el curso normal de los acontecimientos o la voluntad concreta determinarían su contraria… La única explicación es lo inexplicable. Yo lo sé bien. Era ya invierno. Los campos de mi abuelo, donde habíamos paseado hasta el atardecer, comenzaron desde la puesta del sol a cubrirse de un manto escarchado -no nevaba- que una luna casi llena, en la decimotercera noche de su ciclo, hacía fosforecer intensamente. Me había quedado dormido sobre el enorme diván, en el saloncito que había junto a las habitaciones, apenas utilizadas, de los invitados en el segundo piso. Como aquel cuarto estaba situado en un lugar estratégico de la casa, y no tenía acceso desde los pasillos, pues había que penetrar en las habitaciones para, desde un vestíbulo interior, llegar hasta él, lo considerábamos zona segura. Allí conspirábamos a media voz, repartíamos las ganancias de las pequeñas incursiones en los bolsillos de todo incauto que colgaba de los percheros su gabán, y, a veces, refocilábamos juguetones escarceos que terminaban casi siempre como el Rosario de la Aurora. Todo estaba en silencio, cuando llegó ella. Menuda, de ojos inmensos, de tez pálida, y algo tocada de carmín; vestía una camisa de seda azul y una falda, creo que beige, de pliegues, rematada por un cinturón. Ahora, cuando asaltan mi recuerdo estas imágenes, comprendo que yo debía tener algo de pequeño diablo, como sugiere aquel libro que nos hicieron conocer en el exilio. “De l’inconstance des mauvaises anges et demons”. Porque, sí, yo era versátil, quizás un diletante voluble, cualidad que, al contrario de lo que pudiera parecer, eliminaba o disminuía la serenidad -y la profundidad- de mi dedicación al amor. Esas mismas características, en otro orden de cosas, hubieran supuesto una falta de profesionalidad en quien las sufriera… Pero… E sará mia colpa se cosi é? Antes de que llegara mi catarsis y me dedicase tan sólo a Voltaire, en francés naturalmente, y las páginas del Quijote y la Celestina, antonomasia bicéfala del genio literario -que es, con el músico, el que serena a los dioses- había cometido el error de leer autores llamados famosos, con éxito entre las masas guiadas por la propaganda o la rutina. Las ideas que consideraban nuevas, geniales, solían ser pálidos trasuntos de otras antiguas, o desfiguradas imágenes -los espejos convexos de la historia, que es, casi siempre, esperpento- que ratificaban la bondad del ancestral dicho “nihil novum sub sole”; por eso algunos añadían “non nova sed nove”, a fin de simular en parte la catástrofe… Yo, muy al contrario, opté por seguir la certeza de Terencio, y me convencí a mí mismo de que no existía lema mejor: “Sic sum; si placeo, utere”. Soy así; si te gusta, dispón. Por el momento, daba un resultado excelente… en las situaciones más comprometidas. Incluso cuando, llevado de un ascetismo enfermizo -el eterno ridículo de los prudentes y los modélicos, cuyos actos se construyen a imagen y semejanza de lo socialmente bueno- sublimaba los sentimientos, elevándolos sobre la triste carne, para ofrendarlos, como un eunuco su frustración, en los altares de la solemne ceremonia. (El rito es parte inseparable de la religión, que precisa rodearse -y es casi lo mejor que tiene- del misterio; esa aceptación de lo incognoscible que ha abierto, y abrirá, los más fecundos caminos hacia el conocimiento, a pesar de la superstición y el fraude. He oído hablar de un joven filósofo, Sören Kieerkegaard se llama, creo, y lo recuerdo ahora porque a mí sólo se me quedan las frases menos trascendentes -que en ocasiones descubren las más profundas ideas- y éste dice que la felicidad es una puerta que se abre hacia afuera. En todo caso, para dar en las narices a quien husmee en sus proximidades, añado. Pero creo que la habitación de la felicidad no tiene puertas.

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