FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). Entrega XXIII, capítulo XXII.

 

 

 

-XXII-

 

 

 

 

 

 

 

Quanta invidia io ti porto, avara terra

ch’abbacci quella, cui veder m’e tolto.

 

 

(Petrarca, Cancionero, CCC)

 

Me presentaron -es una manera de hablar, porque a mí nunca me presentaron a nadie- a la muda una tarde en que a través de los techados se percibía el rumor del sol, ardiendo el aire y calladas las mismas cigarras. Era una moza impresionante, cuyo cuerpo me abrumó literalmente. -”Demasiado para mí”-, pensé. Rebasaba mi estatura en ocho dedos al menos, y sus medidas eran tan proporcionadas que sólo mirándola podía uno darse cuenta de la enorme dificultad de la naturaleza para haber conservado la más delicada estética en tan amplios volúmenes. Yo no terminaba nunca de observarla, si bien es cierto que no tenía prisa alguna por acabar la inspección ocular. Aún hoy la recuerdo perfectamente tal y como estaba entonces: una especie de camiseta a rayas azul y blanca, con tirantes livianos que dejaban al aire sus brazos espléndidos y sus torneados hombros. Los pechos, erguidos, bravos, punzantes, como masa de pan tostado y reciente, destacaban modelando el suéter, sin sujetador, en un milagroso equilibrio entre el volumen y la gravedad. Como la camisa era corta, dejaba ver parte de la cintura, lisa, con un ombligo perfecto, la piel ambarina, y unos centímetros más allá, una faldita blanca con bolsillos, hasta la rodilla… pero cortada desde arriba y en el costado, de tal suerte que en determinados movimientos revelaba un perfil esculpido por Praxíteles, un muslo rozagante, una nalga privilegiada, y un secreto que gritaba al viento su contenido. Me excité más aún -ya lo estaba sólo con el remiso vistazo- cuando la muda -lo era de nacimiento; su familia había servido tiempo atrás en la casa de mis abuelos- me abrazó, es decir, me estrujó literalmente contra sus pechos, hundiendo en el canal glotón mi nariz, y mi boca cercana, en los vaivenes, a sus pezones, para, sin solución de continuidad, en uso legítimo de sus poderes, restregar mi complacido cuerpo contra el suyo, y todo eso como prueba de cariñoso afecto que aumentaba con sonidos guturales ininteligibles, muy agudos, que me sonaban a gritos de gata en celo. Yo creo que no hubo en aquel momento nada provocador en su actitud, digo de forma voluntaria. Tal vez su condición física la había alejado de la conciencia de sus encantos, si bien ello era harto difícil. Yo me aferraba discretamente a éstos, y, como pude, dejé escapar un chorro que sacudió mi vientre con violencia. Ella debió notar algo, pues cesó un segundo, en su envite, luego llevó con sus manos hacia atrás mi cabeza. Me miró con ojos inmensos negrísimos, vivos, preciosos, sonrió como sólo pueden hacerlo las diosas del amor, luciendo dos hileras de dientes blancos y perfectos -no exagero: era un portento la criatura- y a continuación estampó en cada una de mis mejillas ruborosas una docenita de sonoros ósculos. ¡Qué momento, Señor! Creí que iba a correrme de nuevo, y ya me preparaba para la fiesta, cuando llegó mi abuela, regañó cariñosamente a la muda, quien se separó de mí, pero sin soltarme la mano que había capturado entre las suyas y musitó extrañas frases de contenido sin duda alegre mientras me miraba. Creo que su satisfacción se debía al tiempo que llevaba sin verme, ya que sólo me había conocido al poco de nacer. Debía tener veinte años, quizás más, y yo unos doce. Aquella noche y además de censurar con acritud el pudor cretino de mi abuela, le dije a María, su criada de confianza -quien me había visto nacer, y tenía, aunque no se había casado, una hija de mi edad- que cuando fuera mayor me casaría con la muda. “Me gusta un montón”, añadí. -”Qué guapa es y qué cuerpo tan lindo tiene”-. María, dijo algo así como -”Menuda puta está hecha, cualquier día va a tener un disgusto”-, y yo no comprendí qué significaban sus palabras. Sí entendí lo que añadió. -”Nunca te dejarán casarte con ella. ¿No ves que tus hijos serían mudos? Además los curas no se casan, y tu padre quiere que seas cura”-. -”Pues me da igual, y sí se casan”-. Yo creía que así era en efecto; hasta más adelante no llegué a conocer el formidable grado de inteligente organización del celibato católico, uno de cuyos posibles pilares, si no el más sólido, y el que mayor peso soporta del edificio de su brillantez y prosperidad, es este de alejar de sí como a la peste no a la mujer

-que se lo pregunte al Borgia, sexto de los Papas Alejandros, que se llevaba al Vaticano las fulanas desde Valencia- sino a la corrupta destemplada institución del matrimonio, trampa, no la más sutil pero sí la mejor urdida, de la mujer a su esclavo y supuesto señor, el pobre marido… Pero al fin se plantea la urgencia de la felicidad, aunque se ignoren fórmulas y parezca siempre confundirse el destino -ese collar que cada uno lleva en el gaznate- con el fastidio, es decir, que sólo para unos pocos está alejado el letargo y ausente la convulsión. Cosas de Voltaire. El diablo perdió sus alas a fuerza de bilis crispada, ajena a la serenidad, pero así debe ser: ni siquiera los ángeles con albedrío pueden soportar la perfección del otro, y saberse tan próximos como alejados de ella. Y nadie puede arrojar la piedra de la crítica sobre quien siente en su carne y en su alma la duda y la desesperanza. Como decía, todo eso se olvida en el instante de la magia, de tal suerte, que, cuantos más disfrutes, mejor vivirás, más lento será el curso de los años en lo que afecta al envejecimiento, y más corto, por intenso, en lo relativo a la experiencia. El caso es que para hacerme olvidar a la muda -cosa que nunca consiguieron- urdiendo al tiempo un maquiavélico plan, me echaron entre los brazos el cuerpito de Marga, la hija de la doncella de mi abuela. Fue algo curioso, tal vez chocante, por lo elemental. Yo estaba sentado en el patio interior de la casa grande dormitando en una mecedora de rejilla, solo. El patio, amplísimo, se prestaba, como un jardín árabe, al reposo sensual, pues tenía una pequeña fuente, grandes macetas con plantas, celosías y todo tipo de recovecos y artilugios, amén de cortinas que daban paso, sin descubrirlos, a aposentos y cuartos cuya penumbra se mantenía eterna, merced al contraste con la luminosa claridad del patio, centrado para todos ellos, ya que el techo era de cristal, protegido a cada lado por rejilla metálica. En mi postura de relajación prandial, soñaba con las tiernas huríes, cuando la sentí. Reía, con menos atrevimiento que donaire, y su aliento fresco contrastaba con el calor de su piel. Marga había salido, desnuda, de una de las habitaciones, de la que emergía en el instante en que yo abrí los ojos, su madre, arremangada y con una esponja en la mano. En esta parte de la casa se utilizaba para baños el agua caliente que salía de las tuberías de la tahona y a veces empleábamos unas enormes tinas o barreños para asearnos el cuerpo entero. Era más emocionante y por supuesto más acorde con el espíritu de la casa centenaria. Estábamos, pues, los tres allí: yo aturdido, Marga divertida, y su madre complacida. Ésta en su papel de celestina sin tapujos; la otra adiestrada en el lance; yo, cada segundo, más deseoso de prosperar en la certeza del tacto. Y la toqué. Y era suave y golosa, tenía apenas un velo de lanillas gráciles en el pubis -no toqué la rosa, que se adivinaba entre la sonrisa vertical- y una piel adolescente que me turbó intensamente. Se sentó en mis rodillas, y en ese instante me corrí. No sé si la madre lo percibió; pero yo no comprendía -pues adivinaba su juego- cómo iban a aceptar a la hija de una criada, que, además, ella misma, daba por imposible el amor con la muda. Tal vez María olvidara el sentido de la astucia -aunque no es probable- y se dejara guiar tan solo por su instinto de alcahueta, profesión que se adaptaba singularmente a su naturaleza y cualidades. En cualquier caso respeté a Marga -mal día en que se me ocurrió semejante tontuna- pero disfruté con ella, o con la parte de ella que tuve. Cuando años más tarde quise reparar mi yerro -dejar que la fortuna escapase de entre mis manos- el destino, una vez más, mostró su rigidez, eso que algunos ilusos llaman albedrío y que otros persiguen, ignorando que la fortuna no se acerca a quienes la buscan, aunque sí ayuda a los audaces, pues Marga había perdido su gracia, estaba gorda como una foca, carecía de brillo en la mirada, sus dientes eran de color amarillento, hasta el pelo parecía ralo y turbio, como si la hubieran metamorfoseado en bruja de asustar -hay otras de gozar, claro-, de tal suerte que sólo sentí hacia ella una repulsiva lástima, que la hubiera humillado profundamente. El tiempo no conserva sus dones para quienes lo malgastan, pero tampoco para quienes lo disfrutan. El secreto de la felicidad reside en la convicción de que lo único bueno es lo mejor, al margen de la esperanza y de las promesas. Y lo curioso es que con esa certeza no se desdeña la prudencia -aunque sí la pusilanimidad- ni se olvida el esfuerzo -aunque sí la obsesión- ni se cercena la justicia -aunque sí el dirigismo- ya que esos y otros elementos, característicos de las naturalezas nobles cooperan al encuentro con la dicha… Si está escrito en tu destino que sea así…

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