FISGAS Y MATRACAS. (NO-VELA). entrega XXII, capítulo XXI

 

 

-XXI-

                                                                       Prodest bonos esse,

cum sit satis abundeque si non nocet.

                                                                       La miseria de la vida se evidencia cuando nos toca en lo más estimado, y para mí aquella etapa significó el retorno a los orígenes del polvo. Quiero decir, al polvo de donde surgimos, porque el otro brillaba por su ausencia, y mi zib apenas respiraba, aturdido por una lasitud irritante. Yo estaba de un humor endiablado y dedicaba parte de mi tiempo a un concienzudo manipular que, en ocasiones anteriores, había producido espectaculares resultados. Como aquella noche en que, erguido a tope tras un persistente y rítmico abrazo, mi pene corrió por la vereda cálida del huerto persiguiendo las nalgas soberanas de mi prima Pepi. Lástima que, cuando al fin la alcancé, estaba tan próximo a la cúspide que apenas hube hincado no ya en la puerta de la oscura mansión de la misericordia, sino en los asombrados umbrales de sus jardines, mi bandera, de ésta emanó el líquido que un día engendró a los titanes, y pronto llegó la tristeza de la carne. (Aunque al poco se olvida el hastío y torna, con los instintos, el deseo, siempre renovado. Ese es el gran misterio, y la gran razón del sexo). Yo recordaba en estos tristes momentos al magno Ovidio, lloroso porque alguna hechicera de Estigia había envenenado su miembro, victorioso en mil envites, y récord, sólo en una noche de pasas y luciérnagas, con nueve conquistas. ¡Nueve!. Yo tres, y, a veces un tímido forcejeo con el cuarto, ya reseco hasta el alma… Pero, a decir verdad, el segundo, vencido el cansancio que con el primero arriba y sugiere, es el mejor. Más lento, y ordenado, y provechoso. Más completo y generoso. Observa el jadeo de la hembra, o sus gruñidos de coneja o el perceptible latir de sus miembros, o el nuboso iris, o la uña ligera sobre tu piel, o el beso prieto y gustoso, y habrás visto, si además de ello tocas con suavidad la flor erecta, regada ya de savia y abriéndose sin turbación a la noche para ser empapada por el rocío -ese que emana de tu fuente- lo que nunca verás en otro instante de la vida, ni tampoco antes ni después. Consérvalo -ese recuerdo, esa experiencia, esa imagen- en tu corazón y grábalo en tu retina, y acude a su gratificante aroma cuando precises recordar cómo es la mujer en esos momentos, ella que tanto abusa de su capricho y tanto utiliza sus armas para manejarte. Y también cuando estés solo, alejado del tacto y el perfume, ajeno a la crencha y al almizcle, hurtado al goce de la posesión. Porque quien ha tenido una vez, podrá tener ciento; y si hay una mujer virtuosa, habrá mil ligeras, que son, en definitiva, las normales. Y ya que voy de consejas, te advierto y enseño que huyas de la hipócrita que presuma de virtud y aleja tus manos y tu boca, no sólo con gestos, sino con palabras; pues los gestos, si son suaves, nada importan, y sólo destacan la breve lucha de la hembra para justificar la conquista que desea -y goza- más que tú; pero si son palabras las que acompañan a los gestos, ten cautela, pues quizá te encuentres ante un espécimen letal, ya que en la mujer, próxima al amor, la palabra de rechazo es indicio o de que es puta y quiere negociar su precio, o de que es frígida y aborrece tu contacto, o de que es beata, y teme al escrúpulo o al cirio, o de que es pseudo virtuosa, y con ello hemos topado, pues la falsa virtud, como la falsa moneda, corre como buena hasta que a alguno le toca perder por aceptarla. Por eso deja tu inquietud, abandona toda perplejidad, cede a la conciencia de lo inevitable, relájate, y dedica tu atención a otra. Lo que te digo, hazlo; no así lo que yo hago, pues soy mal ejecutor de mis propios principios. Aturdido ante la disparatada hipocresía de esta sociedad que mezcla agua y vino y ofrece su calicatron como puro, engañándose sólo a sí misma y a sus corifeos, me alejo entre el sueño y la fantasía hacia los paraísos desnudos. Y en el centro del lecho te presiento, incitante, con tu brillante desnudez, que es un presagio de tactos inagotables, y ahora te abrazo, siento los roces extensos de la piel turgente, el leve musgo, un calor absorbente que rodea mi cuello, tus brazos suaves y la curva espalda, que mis dedos recorren con lentitud del tiempo detenido, hasta que todo nuestro ser se compenetra e invaden hasta la médula, hasta el espíritu, las claridades sin argumento, la respuesta a los misterios, el sentido único de la vida. En este momento desaparecen las dudas acerca de las disformes naturalezas y los quebrados hálitos que conmueven a los filósofos, y las referencias teóricas a la estructura del intelecto, y todo se sumerge en la plenitud, hasta tal punto que el infinito se asimila durante los alados segundos del coito, al profundo sentir de la carne. Luego, inevitable, llega la tristeza: pero sólo por haberse terminado, aunque lo adorne el complejo sistema del hombre, la urdimbre de la especie, con floridos tafetanes, con solipsismos gloriosos, con versos de oca, con rubores giróvagos, con oasis de seda, con ascesis de aldea. Sólo por no ser, de verdad, eterno.

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