JUECES y PREPOTENCIA

Viene a ser lo mismo. La justicia -su administración- es lenta como un caracol, y así mismo babosa. Pero los jueces exigen contundencia y rapidez. No agilidad y precisión, no, sino que te embales, porque a ellos lo que digas les da igual. Se les da una higa, que apunta El Brocense en su juicio inquisitorial. O sea, te marcan los tiempos a pito, como los árbitros, que al menos si fueran eso tendrían alguna coherencia. La única equidad que entienden es la del tiempo: Si uno habla diez minutos, el otro no más, que hay que tomar el cafelito, o empolvarse la peluca, digo pintarse las uñas o llamar al chorbo. O sea, justicia distributiva. Los jueces, casi más las juezas, te miran torvamente, porque les haces trabajar y los dueños de misiones sagradas no trabajan, tienen acólitos. Las vistas de los juicios son mírame y no me toques, y prepararlas mucho puede ser de gansos, o sea, de hígado al vapor. La solución es respirar hondo y pensar en algo agradable. Lejos de la toga. Para eso, mejor el Cadí.

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