GIGNOL

GUIGNOL

 

Los franceses han encontrado una nueva forma de combatir a los mejores: mofarse de ellos. Francia es un gran país repleto de gilipollas. Los franceses ganaron la II Guerra Mundial escapándose a Londres, mientras los odiados norteamericanos caían como héroes en las playas de Normandía. El general De Gaulle, símbolo del valor francés, hacía proclamas en la radio, resguardado y calentito, mientras los aliados le ganaban la guerra y le preparaban el desfile en los Campos Elíseos, que es lo único que quedaba del Olympo. Los franceses son dioses cojos, como Hefaistos, tan cornudos que ayudan a sus mujeres a montárselo con otros, para no tener que trabajárselas. Ahora se ríen, pobres, de Gasol, de Nadal, de Casillas y de Contador, por ejemplo. Los franceses tienen ñ pero no la usan, prefieren la gn, como en Cognac, para no decir que la toman prestada de España. A su rey Francisco I lo trajimos al palacio de Benavente, y luego el conde quemó su palacio, porque hedía a cochon. En Breda Spinola paró la reverencia porque era un caballero, y eso los franceses no lo perdonan. Los franceses pegan a las mujeres y luego les regalan parfums y make up para que se tapen las vergüenzas, y se ponen calzas para llegar al beso, y se lo tienen tan creído que su ombligo es el redondel más visitado del mundo. Más que la Tour Eiffel, que de fea chirría, y que parece un montón de material de desecho debidamente ordenado. Francia tiene unos bellísimos paisajes llenos de gente que grita por la nariz. Tienen grandes cineastas y otros, con premio, bodrios como estanques. Las pelis francesas modernas se conocen aunque les quites el sonido, porque son malas de cólico, y lentas como sus ciclistas en el Tour detrás de Contador. Si la envidia fuese tiña Francia estaría cubierta por un espesa capa añil. Nadal les ha dado tanto en su torneo emblemático de la Roland Garros que se está pensando volver, porque le da cosilla ser tan superior a los gabachos. Los franceses robaron las recetas de la cocina extremeña, cuando invadieron España y empezaron su gran declive histórico, aunque hay snobs como Dragó que quiere ser francés. Los grandes hallazgos de la cocina francesa son los caracoles de huerta, gordos como puños, y algunas salsas. Sus quesos no llegan ni al tobillo a los españoles, pero los venden mejor, porque engañan hasta al diablo, y porque a nosotros, en Europa, nos recuerdan como al bueno de Alba colgando herejes. Comen lentejas crudas y les cambian el nombre, para que suene a moco, que eso mola mucho. Con los mejores, en este caso nuestros grandes deportistas, siempre compensa la infamia, para los tragaderos de la tele mierda, que es modélica en Francia. Voltaire mentía como un cosaco, pero era vitriólico e inteligente. Los de ahora se ciscan en la verdad con menos gracia que el lobo de Caperucita. Me encanta que hagan estas cosas, porque estimula la creatividad. Van a tener más comentarios que la Biblia, su momento de gloria, como la chavala que le atizó al príncipe Felipe, el consorte de Leti, seis minutos republicanos. Y es que los Borbones siguen teniendo un ramalazo francés.

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