FE

Estamos hartos de oírlo. ‘Yo tengo fe’. ‘Mi fe en Dios es inquebrantable’. Lo dicen así o quieren manifestarlo en los rituales y las celebraciones místicas.

Pero todo es una componenda, un simulacro.

La fe no existe.

O sólo la tienen los fanáticos, que, por definición, poseen una fe fanática, que no es fe.

Es enfermedad.

¿Por qué no existe la fe auténtica? Porque de existir no se tendría miedo a la muerte. Es más, se acogería como una bendición.

¿No es acaso éste un mundo transitorio y la fe nos dice que espera un más allá de felicidad? ¿No es el cielo de Dios, en quien dices creer, infinitamente mejor que este mundo lleno de injusticias, dolor y tristeza? ¿Por qué entonces sólo buscamos permanecer en él a toda costa, incluso sometiéndonos a los vejámenes de una ancianidad lastimosa?

Porque no existe la auténtica fe. Sólo las ganas de que, después de la muerte, haya algo mejor, y rezando para que se tengan en cuenta las plegarias, como el haber de los fariseos en las oraciones del Templo.

Los místicos sí tienen fe, claro.

Tanta que enloquecen.

La fe es posible, claro. Pero resulta un fenómeno teológico, no una forma de vida auténtica.

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