El Cambio. ¿El Fin?

Es evidente que el mundo se acaba. Entre las profecías y las hipotecas, los políticos y los económicos -que salen muy caros- nos vamos a paseo. Por fin. Ha llegado la Apocalipsis, que es griega y femenina, como Artemisa, al contrario que el KGB,  masculino y soviético, como Putin, pero el caso es cambiar los géneros, ahora que están en guerra y es políticamente correcto.

-¿Y qué pasa con el derecho?

-Que está torcido.

Antes se ironizaba con el revés… del derecho. Lo facilón, con guasa. Luego se confundieron los términos, y pasamos a decir que la Justicia es un cachondeo.

-¡Ojalá!

Es como los principios de Thomas Jefferson, el antiesclavista que no daba libertad a sus esclavos, por el qué dirán. O como el hijo mentiroso del Evangelio, que no acude a la viña, aunque dice que sí a todo.

-¿Y de qué va esto?

-Ya llegamos. El cambio y el fin, el poder y la gloria, siempre dos cosas, Jano, el culo y las témporas, la dilogía. La Trinidad.

-No me líes. ¿Son dos cosas o tres?

Dos son compañía, tres son multitud. Paco el ingeniero descubrió la Trinidad y la trinidad en el trino de unas líneas, que se unen y separan como los esquemas de Escher, en planos imposibles pero ciertos. O sea como la lógica femenina y el pensamiento vasco.

El derecho es el esclavo, por eso me acuerdo de los últimos modelos en la nueva América, tan antigua. Los sureños eran mucho más civilizados, entendían de clases, y plantaban café, arroz y… tabaco. Ahora en las pelis dicen eso de que no maltratan animalitos, no se financian de las empresas tabaqueras y sólo hacen pornografía intelectual sana y democrática.

A Patacero, que se va con sus carguitos y sus euritos esto le da igual. Sus gobiernos han sido prototipos de la esclavitud del derecho a los amos económicos y políticos, entendiendo por éstos, claro, los intereses. No los generales, que son los buenos, sino los otros. Los de bando y bandazo. ¡Pobre Rajoy y su mayoría absoluta! Esta culebra tiene las escamas a la contra, y pases por donde pases la mano, te raspas.

-Pero siempre es así: ya lo han dicho muchas veces. Las normas pueden ser injustas. Pero deben cumplirse.

-Por eso me acuerdo de Paco el ingeniero, humanista y tenor. Mi otro amigo, el de Chinchón, es churrero, talabardero y músico particular. No sé si sería buen novio para la condesa, ahora que los aristócratas ligan de la plebe.

-Estoy hecho un lío.

-Pues desenrosca: como abogado, tengo que perseguir la aplicación de la ley, en la forma más ventajosa para mi cliente. Sin considerar que sea o no justo. Como jurista debo analizar las normas para denunciar su desviación de la justicia, en ese contexto de los principios del bien y de la correcta distribución. Y como humanista debo rechazar las leyes injustas, de manera terminante, denunciando tanto a los emisores de las mismas como a sus inductores y a quienes las aplican. Remember nazis, y tantísimo ejemplo, desde el bueno de Hammurabi.

-¿Y puede darse en una misma persona esa confusión?

-Ahí está. Debería. Siempre que no sea magistrado con pretensiones de ascenso o prebenda. O torticero.

Es la trinifrenia, porque nos parte en tres. Un poco de lo de Zubiri: la parte psíquica, la somática y la espiritual.

-A mandar. Oiga, ¿y eso del fin, con mayúscula?

-Vaya usted a saber, a estas horas…

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