FRisgas y matracas. (No-velas). Entrega XIX. Capítulo XVIII.

-XVIII-

                                                                       IL y a un peu de folie

dans la manière de voir

de toute cette famille…

 

(Stendhal. Le Rouge et le Noir),

 

                                                                       Cuando mi abuelo organizó aquella partida yo apenas me afeitaba, y eso por presumir de hombre. Se reunían en la parte trasera de su gabinete, que formaba un acogedor saloncito decorado con divanes y cortinajes al estilo árabe. Mi abuelo había construido en el jardín un pequeño monumento al autor de “Las Mil y Una Noches”, y decía que si era un solo hombre, merecía gozar tanto como si fuera mujer, y si eran muchos, se merecían igualmente el monumento por haber narrado sin más cortedades que las impuestas por la ablución oral al Profeta y las invocaciones piadosas -y rituales, como el carraqueo búdico o el paso de las cuentas- hasta Alá, las aventuras de hombres y mujeres en el más noble ejercicio de su naturaleza. Mi abuelo odiaba intensamente la hipocresía, aunque tal vez podía permitirse ese lujo, ya que sólo a los ricos se les permite ser groseros, y sus impertinencias se califican como humoradas e incluso como muestras de vivo ingenio. Se reunían periódicamente a jugar, y lo hacían con tanto ahínco que a veces estaba sobre el tapete verde una finca, una casa e incluso una mujer. Mi abuelo se había jugado -y perdido- media docena de herencias, recibidas a lo largo de cincuenta años. “Hijo -me decía- no lo olvides: un hombre inteligente de verdad, jamás podrá ganar en el juego”. Yo no lo entendía muy bien -aún ahora no sé si me lo comentaba por simple ironía, o tal vez trasladando la clave de que no suele ganar -ni perder- quien no juega, signo de inteligencia-. “No se trata de apalear millones, que bienvenidos sean, sino de apalear azares, y combatir destinos, a ver si nos convencemos de una puñetera vez de que todo está escrito”. Les servían copas, dulces y comida, a veces varias mujeres jóvenes que traían desde los pueblos próximos, o eso decían. Una tarde, sin embargo, cuando bajaban del coche, oí a mi abuela decir, recriminando a las chicas con su mirada: “Ya está aquí el carretón de putas”. Y el tronco estaba formado no por vacas, sino por mulos, así que el calificativo sólo podía dirigirse a las escanciadoras del vino de mi abuelo y sus amigos. Cuando algún miembro de la familia le caía simpático, mi abuelo le invitaba a una partida y luego, si es que terminaba, durante dos horas le contaba historias de miedo, o le censuraba acremente su frialdad con la heráldica. Como mi abuelo tenía un aspecto físico sumamente atractivo, se le achacaban más aventuras amorosas que las reales -lo contrario de lo que sucedía conmigo, merced a mi pinta desastrosa- pero fue un experto en otros juegos, y éstos pasaron casi desapercibidos, porque la gente sólo ve lo que desea, y aplica los juicios según gusta y no conforme es de verdad. De aquella partida saqué yo buenas enseñanzas, es decir, que para el jugador hay un punto débil en el que todo se consigue si se intenta a su costa. Y que jugar es perder. Llevo perdiendo desde entonces -salvo ráfagas inesperadas- y de todo me han sacado en el momento de debilidad al que me he referido. Como Cristo dijo de los levitas, “haced lo que ellos digan, pero no lo que hagan”. Soy un pésimo seguidor de mis propias normas, y de las miradas esquivas, que me producen mareos y picores, como las salas atestadas y las pechugas de las pelirrojas, claveteadas de setas pecosas. Es una de las características de mi personalidad, atenta al detalle y olvidada de las esencias. A aquella partida, con mi abuelo y mi hermano, asistían dos aristócratas amigos de la familia, y algunos residuos sanos de la política -creo que otro par de diputados- además del inevitable ricachón, carnada para los demás, muy a su gusto. Mi hermano mayor puso en el tapete sus rentas, y el abuelo me hizo entrar en el juego. Saqué mejor carta, y así gané, contra nada, el mayorazgo. Ignoro cómo se lo explicó después a mi padre -se encargó el abuelo de ello- pero nadie me dijo una sola palabra al respecto. Noté un cambio, al principio suave y paulatinamente superior, de la conducta de todos hacia mí: yo había pasado a ser el futuro marqués de la Pineda. La primera vez que me di cuenta de la verdad de tal situación tenía en mis brazos a Raquel, o tal vez lo soñaba, pero sus manos me parecían las manos de una paloma cuando acariciaban mis mejillas ardientes, y sentía la fuerza de una estirpe en los miembros. Si llego a creer de verdad en los genes y en las familias, y en los títulos, hubiera satisfecho a cualquier virgen frígida. De ese talante deben sentirse los garañones de saco lleno o espalda cubierta cuando acometen a las busconas simuladas, y las criaditas apetitosas. Yo desde luego, me encontraba en un estado de autocomplacencia inexpresable. Canturreaba en los paseos, respiraba hondo, y hasta adelgacé un poco. Creo incluso, que, estaba más guapo. Un día me descubrí dibujando en las servilletas garabatos parecidos a la corona del título, con mis iniciales a su alrededor. Sólo entonces comprendí, y no lo sentí en absoluto, que mi precio era pequeño, y mis ambiciones escasas. “Soy un cerdo de la piara de Epicuro -me dije-, pero ahora además tengo bellotas propias”. Y me quedé tan satisfecho.

 

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