Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XXI. Capítulo XX.

 

-XX-

 

 

 

 

 

 

 

Nec quae fugit sectare nec miser vive;

sed, obstinata mente, perfer, obdura.

 

                                                                       Hoy he conocido ese aliento inevitable, la soledad. Lástima que mi naturaleza no sea tan generosa como para extraer de esa presencia conclusiones atrayentes, pues todas las he reducido al enfrentamiento con mi vanidad de hombre. Todas menos una, en la porción de verdad que pueda existir en el amor. Si es que se puede hablar de este sentimiento. Yo había reducido mis horizontes al sexo, y siendo éste tan elemental y primario, daba por suficientes los escasos argumentos, que utilizaba -esa es la palabra- para la conquista: arrebato, regalo, verbo, ilusión… Pero al mostrarme silencioso y rutinario, el encanto que pudo existir desapareció, y con ello el atractivo. He sido rechazado. Y me siento herido menos en mi amor propio de hombre que en mi convicción de la propia torpeza; desatino groseramente, pretendiendo ser encantador. Mi fascinación es una sombra de la autocomplacencia o de la ilusión. Aunque tal vez esto forme parte del otro rito, el elegido por ciertas mujeres, que se rodean de barreras para justificarse. No seré yo quien se desnuque para saltarlas, pues no pienso esforzarme más allá de lo habitual: galanteo, farsa, requiebro, y alguna prenda. Es la servidumbre del garañón. Pero me resta la amargura de este pensamiento, e incluso la duda, acerca de la naturaleza residual o trascendente, y es que he vislumbrado el gesto de amor, ante el que no existen trabas. Solo que también este dios ciego y azaroso es parte del destino. Y caprichoso como inmaduro y como feliz. Su mayor encanto es tal vez su inestable y grácil versatilidad, su pasajera sombra. Por eso, no alcanzo a comprender mi tristeza, que además carece de sentido en el ámbito de la asunción del destino en que creo, y que excluye la melancolía, arrojándola en brazos de los insensatos y de los ateos. En suma, carezco de respuestas adecuadas para todas las situaciones, pero ese no es motivo de encono contra mí mismo, ni de repulsa frente a la situación; eso es una consecuencia de la naturaleza del hombre y las cosas, y parte de la vida escrita en las estrellas. Como el dolor, difícil de describir pero necesaria e inevitablemente reconocible. Nada existe tan directamente  en su totalidad como el dolor físico; nada excepto la angustia, que es aún más dolorosa porque anula la fuerza misma del cuerpo, y con ella también sus debilidades, de tal suerte que poco importa

-es secundario al menos- sufrir en la piel, ya que el dolor del alma invade los íntimos recodos de la mismidad, sin resquicio para la conmiseración o la autocompasión. No es que haya nubes grises, ni depresión del ánimo: es que no hay ánimo y todo es gris humedad. De ahí se deduce el error en la perspectiva, pues nada puede justificar la tristeza salvo alcanzar la conciencia de la miseria ajena y la permisión de su estable permanecer, como propio de la vida. Por eso cuando he intentado abrazarte y te has apartado de mí diciendo “no me toques”, he sentido escalofríos, y una íntima sensación de miseria, no por mí, sino por tu pobreza de espíritu, que no alcanza más allá de la estupidez. Apenas durante un segundo me he visto pequeño y avergonzado, por tu hipócrita “posse”, tan artificiosa como un batallón de húsares. Se me ocurre que el mejor tratamiento a semejante artificio será no la ficción de la conquista, sino la indiferencia, el desdén, que surtirá efectos al estilo homeopático, por la simpatía de los afines, y más que por ti, lo digo por la enseñanza, para el futuro, ya que en esto de los juegos de galanura hay que ser avispado y veloz, pues la oportunidad se agosta en el punto de un santiamén, y sólo retorna en trasuntos de nuevos afanes, como los rayos, distintos, aunque tan parecidos, del sol filtrándose a través de los ramajes tendidos en el techo de los bosques. Quiero decir que ya he aprendido, sé qué hacer, y no vale la pena perder ahora tiempo contigo, sólo en mérito a la vanidad -incluida en retozo previsto- así que te folle un pez, que tiene frío y húmedo el miembro, a ver si consigue, también por magia homeopática, acabar con tu frigidez, y por paradoja, con tu sequedad, que pareces la higuera maldita, estéril, maltrecha, huera… Sólo bien provista -y a conciencia, vive Dios- en lomos y caderas, pues tienes un par de nalgas que valen sus curvas en azafrán y platino… Pero la más profunda impresión sobre el lienzo en el que están perfilándose los rasgos de mis paisajes íntimos, ha surgido de lo inesperado. Yo había salido del cuarto caliente -lo llamábamos así por su proximidad a las calderas, que lo mantenían siempre tibio- y después de caminar unos metros, escuché a través de la puerta de un dormitorio, un rumor apagado. Me detuve, escudriñé la penumbra, y os vi allí, frotándoos los sexos, chupándoos con pasión animal -la misma que yo empleaba- hartos de desnudeces y de sobos, ajenos a mi presencia; atónito, a punto de marearme, comprendí que te quería, o, tal vez que el amor total, visto desde fuera, como espectador, es terrible como un ejército en desbandada: al menos en combate cabría esperar una ordenada lucha. Sí, me parecía irreal, lleno de brutalidades, sentí asco y un desgarrón inmenso en mi ser; creía que la metamorfosis se adueñaba de mí cuando miraba aquellos cuerpos enlazados, para quienes yo no existía, e intuí, una vez más, la decadencia de las ideas que se constituyen sobre el convencimiento de la verdad, sobre la firmeza de lo estable… Nada, ni la creencia misma de la duda, permanece sin que pueda alterarlo la vida, y menos aún si lo roza una mujer. Toda la insignia mitológica me asaltó, y ,entendí el por qué de las traiciones, las infidelidades, los quebrantos, las torturas, y sobre todo, la razón de los históricos eslabones que constituyen la cadena de la hembra. Comprendí, sí, que la única segura y fiel es la difunta, y que ni el cinturón de castidad ni el refranero pueden dominar la violenta voluptuosidad de Juno, de Mesalina, de Cleopatra… Lo curioso es que tenía la impresión de estar contándome argumentos que ya conocía, pero me resultaban nuevos porque, ahora, me sucedían a mí; yo era el protagonista, y, quisiera o no aceptarlo, un miembro más de la cofradía de los cornudos. Porque cornudo se es con independencia de la edad, o del estado civil; basta que tu hembra te la pegue, en una u otra forma, y eso es lo que estaba sucediendo. Además de aquella repugnancia -que me provocaba náuseas físicas- sentía un hondo vacío espiritual, como si el horizonte se hubiera esfumado dejando una nota al borde de un charco maloliente: “No volveré”. Y no volvió. Al menos como antes de despertar a la realidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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