Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XX. Capítulo XIX

 

 

-XIX-

                                                                       O dei, reddite mi hoc pro pietate mea.

 

                                                                       Este hombre me dice que le cuente y yo le cuento. Sucede sin embargo que algo debe ir mal, pues su rostro refleja asombro, y más aún perplejidad y todavía más estupor y escándalo… Está asustado, de tal suerte que el miedo le posee, como si estuviera en presencia del diablo. Pero en este lance, eso a mí no me importaba nada; incluso puedo estar imaginándolo. Debo estar fatal, pues me han ungido los óleos y escucho a las plañideras. Recoño con la costumbrita. Mi anillo… Tal vez me corten el dedo, pues no creo que salga solo. Estoy muy gordo. El rubí debe valer una fortuna. Tal vez ponga esa cara porque yo nunca he sabido contar bien las cosas. Pensarlas, sí, y con detalles, que recuerdo o imagino minuciosamente, pero transcribirlas, no. Parece que cambia todo según voy narrándolo, y que incluso yo me trasmuto y vengo a ser distinto, dejo de ser yo mismo, no sé… Creo que es falta de capacidad expresiva, o desorden en la comunicación, como si la realidad se escapara a su propio albedrío, ingrediente de la perspectiva que ofrece un segundo antes de traducirla en palabras. Además, me duele la cabeza; los ojos exactamente. No sé si veo o imagino, aunque si sé que me molesta la luz. A ver… sí, aún me la noto. Algo fláccida, pero no, responde como siempre, ya está engordando. ¡Qué pillastre de pito! Tendría que hacerle un homenaje, ofrendarle, por ejemplo, una docena de capullos, claro,  asar un par de huevos en loor de Príapo. Ya sé que no es un dios, pero, estaba siempre empalmado, como corresponde, y eso ya basta para justificar el sacrificio. Yo confundía a Príamo, el de Troya, pobre, con Príapo, el de falo antonomástico. Priápico, priapismo… Una vez me aticé con cierto mejunje, y estuve dos horas tieso, acabé escocido hasta el rabo. Ya no me quedaba ni sudor. Cogí tal manía a la elementa de turno, que al verla en días posteriores, me entraban náuseas. Para espantarla -porque, claro es, me tenía ganas- la trataba como a puta rastrojada, pero quiá, ya se sabe, la mujer como la mula recula, y si peor la tratas, mejor te paga; mímala, y te hincará el aguijón, pínchala tú y lo esconderá para otro más suave. Le dije a Raquel que sus pestañas eran como alas de palomo, y se reía moviendo los ojos y formando un dibujito similar al de las tetillas cuando dejan las axilas, pero en las comisuras de los labios. Le brillaban los pómulos como el cristal, o como nieve reciente, como la luz que va surgiendo o cediendo al día -la de la noche, que es de gris plateado, ese gris con más color que el arco iris-. Aunque he follado a lo bestia, tenderse, palpar y arremeter, sólo he podido amar cuando también amaba el rostro. No sé si es espejo del alma, pero para me significa el comienzo de un camino feliz. Raquel gruñía cuando le mordisqueaba la nariz, le chupaba la oreja, le sorbía la barbilla… Y yo disfrutaba aún más estimulado por sus grititos sofocados. Este hombre palidece aún más. Le contaré, pues, algo que revele mi auténtico interior, ya que no debo parecerle bastante sincero. En casa del herrero cuchillo de palo; los clérigos no sabemos confesarnos, un sacramento que es como una lavativa, y el confesionario, receptáculo de la mugre, como el excusado. Ahí se vomita y evacua, para dejar en paz la conciencia. Aunque yo nunca lo he comprendido en su globalidad, sino como simple medida de higiene…

Dos noches después de mi llegada de viaje -había ido a visitar a mi abuela, gravemente enferma; al acercarme a besarla, deslizó en mi mano un papelito, con nada menos que quinientas pesetas, y me miró con cierta picardía. Le hice un soneto que comenzaba: “Manos finas surcadas dulcemente, por mil sendas de otoños apagados, sereno el rostro, los ojos bien alzados, el alma grande y el corazón caliente- nos citamos, con harta temeridad, y yo penetré a las cuatro de la madrugada en su habitación, tras recorrer pasillos y abrir puertas, llevado sin ruido por ángeles del mal. A pocos metros, casi al alcance de la mano, dormían monjas y otras chicas. Yo estaba seguro de que en el universo sólo importaba aquello, y en aquel instante, así que sin negar que tenía el lógico temor a ser descubierto -y a que se acabase el festín para siempre- actuaba con seguridad y aplomo. Me deslicé a su lado; la cama chirriaba como carretón astillado, y era tan pequeña que no cabíamos uno junto al otro. Me coloqué en determinada posición, y comprobé que olía a lavanda y jazmín, y que sus ingles estaban frescas. Me decidí a probar aquello que vi en su momento, y que el aroma rezumón de los papos resudados me había vedado hasta entonces. Mi lengua tropezó con el clítoris, y lo excité con ansia. Raquel dio un respingo, abrió sus muslos, deslizó hasta más arriba de sus pechos su camisón de noche, que era más bien un trapo ligero, sin encajes ni perifollos. No pude evitar el pensamiento de traerle uno de mi casa, ya que ni mi madre ni mis hermanas lo notarían. -”Así lo haré”, me dije-. Aquel gesto suyo me enamoró completamente: la diosa se rendía sin lucha, ofreciéndose en inmolación al sacerdote de Cupido. Y con el nervio se disparó la verga, acertando justo en su boca entreabierta. Y allí fue el delirio. Todo ardía. Mi semen deseaba inundar aquella garganta que le llamaba con fervor, pero mi sensibilidad, o mi intuición, se resistían a dejarlo ir. Los dulces pliegues rosados temblaban, al contacto de mis labios, y el ojal de seda se hizo eréctil y vibrador con mi lengua próxima, succionadora como pico de oso hormiguero en faena. Pronto y a mi pesar, saqué de sus cunas a los niños perversos, y puse el mío en su lugar de natura, ya tan preparado que sobraba espacio y las paredes apenas presionaban el cilindro. Froté pubis con pubis rabioso y ausente ya de ternura, para derramarme al tiempo que las naves de Raquel, cargadas de especias orientales, arribaban al mismo puerto. ¡Y luego dicen que no hay palabras que expresen el agradecimiento! Para descubrir la pasión, para eso, sólo existe el verbo iluminado.

 

 

 

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