Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XVI, capítulo XV

-XV-

                                                                       Mon dieu! Donnez moi la médiocrité!

 

                                                                       Las situaciones breves pocas veces son ridículas; es la permanencia -incluida la disculpa- lo que las hace así. Yo me adaptaba con agilidad al aire que mejor soplaba, como buen pájaro. Y lo digo sin que ello represente mi autoelogio, pues creo pese a todo que el cinismo jamás enaltece. Hubiera preferido nacer poeta, y ser un austero y digno comparsa de la mejor sociedad inevitable. Elegí, sin albedrío tal vez, la peor sociedad, también inevitable, y contemplé la destrucción de los mejores a manos de los mediocres, como la ruptura de los cendales delicados de la verdad a manos del artificio y el fraude. Debí revestirme, sin duda por instinto, de una fría coraza de fría y dura agnosis por alejarme del gran peligro que para la propia pervivencia suponía el asumir la defensa del honor y del bien. La fortuna quiso, a pesar de mis sevicias, que no perdiera todo lo estimable o que lo sustituyera en mi selección de prioridades por la vulgaridad del falso triunfo, el conseguido con chapucerías y malas artes, aceptado sólo por los ignorantes -ni siquiera por los malvados- y cuyo final hiede como sepulcro en comandita. Cierto que abdiqué de mucho bueno, pero también que ello en muchos casos fue sólo apariencia o necesidad, pues las circunstancias, que son también uno mismo, fuerzan a lo que las esencias no llegan: la más silente hora del hastío, cuando la rosa se marchita en pesadumbre. ¿Por qué ser uno mismo es tan difícil de aceptar y tan censurado? Es falso que el “alius” convenga en tu dicha y se alegre con tu éxito; más bien será su carga, pues el bien ajeno produce tristeza en las almas poco generosas. Vivir con el esfuerzo de la dignidad, pero sin pugna por mostrarla, quebrando al viento los envites de los falsos amigos, cubiertos de oropel y vacíos como fuelles sonoros, cuyos productos son parto de montes, ruidosos ratones. El cansancio brota y se asienta en el coraje del mismo modo que inunda los párpados y tañe las pieles de la entraña. Entonces regresa el duende que bailó toda la noche, ebrio de huríes, restañando con verde musgo sus heridas recientes -son livianas y frágiles las alas grises y mínimas- y tocado de gorro frigio con cascabel real. El gato solemne se agiganta, destroza las cubiertas, se aterra de su sombra oblicua, y cae redondo, apresado en el terror de su metamorfosis. Vuelve a la cama junto con el silencio la densa noche, y el aire olvida los jazmines para amar el salobre ritmo de la nube marina. Es la ceremonia versátil del encuentro con la esperanza. Pronto alguien dirá: -”No tengo dinero, ni amigos, ni esperanza, soy el hombre más feliz del mundo”-; olvida añadir a sus motivos de felicidad que tampoco tiene talento. Por tanto, sí tenía esperanza (y con ella dinero, y con éste amigos). Por todo lo cual, más le valía haber callado, y así jamás esa frase cáustica -llena de poder e impureza- hubiera roto el ritmo de las alas invisibles con que cruzan por mi espalda, junto al oído derecho, rozando el ojo, los pájaros azules de la noche.

 

 

 

 

 

 

 

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