Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XV, capítulo XIV

-XIV-

 

 

 

 

 

 

 

He frequented the plays

all his younger time.

 

                                                                       A las pocas semanas de mi blanda estancia con las titas andaluzas me encontraba tan sano y prieto como las cabras del polvoriento corralón. Las guarnecían -a las de leche espumosa y tempranera- cada tarde, y ramoneaban misteriosos tallos entre las rendijas de los portones y las piedras limadas a picotazos por las gallinas desperdigadas, numerosas bajo el yugo de una pareja de crestados gallitos, procaces y chulos, hartos de cópula y grano. Tenía tantas cosas a mi alcance, de aquellas que siempre añoré en el exilio y otras nuevas, más apetitosas por ello, que me causaba inmenso placer este ejercicio vulgar del encierro de las cabras, al que acudía cada tarde, y que guiaba un pastor menudo, de facciones angulosas que era, según deduje, uno de los hijos naturales de mi tío; había sembrado algunos retoños por la zona, en particular desde la ruptura de cama y mesa con su mujer, una pueblerina saturada de sacristía y sermones, meapilas, beatona y hostil. Mi tío se arremangó un día los calzones, le dio una buena somanta de palos, arregló un par de bultos, y salió arreando al jaco tordo hacia un cortijo de la familia. Montaba a caballo como un centauro, y acompañó los alanceos de toros en varias ocasiones, por puro gusto. Esta afición la heredó al parecer otro de los hijos espurios, uno de mis primos hijos de puta que yo veía con frecuencia a lomos de un alazán tostado. Se quedaba mirando con sus ojos glaucos, y si no hubiera sido yo un fajador nato, me hubiera obligado a desviar la mirada. Nunca lo consiguió; jamás cruzamos palabra, pero nos estimábamos. Yo siento que en aquella ocasión fuera vencido por los condicionamientos sociales, que me forzaban a ignorarle, pese a que le juzgaba un tipo interesante, más que a la mayoría de mis primos legítimos, panda de bobos, salvo excepciones. Se lo conté a Micaela, la doncella más antigua de mi madre, porque la observé mirándole con simpatía. “Es tu primo”, dijo. Pero en su tono se traslucía mucho más que aquella manifestación aséptica, y ya conocida. “Sí, es mi primo -pensé- pero lo tratamos como si no lo fuera”. Creo que excepto a mí aquello no preocupaba a nadie. Salvo como tema secundario de comadreo, cuando se trataba de comparar fisonomías y reseñar facciones, indicando rasgos, gestos o atributos heredados. “Mirad cómo arruga la frente. Es el vivo retrato de su padre”.- A mí me daba la impresión de que los espurios salían más guapos que los legítimos, -distingo por otro lado, abominable, pese al inflexible anatema social y clerical hacia el adulterio o la barraganía, tan cultivada al socaire de las buenas formas, como pecados con guante y encajes, que ya parecen menos graves- y de que las mujeres malas, las señaladas con gesto mohíno y ceño fruncido por las virtuosas matronas, estaban más lozanas y apetitosas que las recatadas. Claro que entre las preservadas en paño había ración de sorpresas, para bien de la especie y regalo de la siempre avisada providencia, que vela por sus pequeños. Una tarde apareció por el paseo de la glorieta, acompañando a mi hermana mayor, Elena. Mi perspicacia en la observación de los adornos, y en especial los vestidos, de las damas, sólo hace pareja con mi nula retentiva en su descripción general; los detalles puedo recordarlos mejor: se mordía una uña, recogió el pelo con la horquilla, arrugó la frente, guiñó el ojo, se veía un trozo de enagua, le florecía el busto, no llevaba sostén… Pero en el caso de Elena aún recuerdo su sombrero blanco, la sombrilla azul, el vestido rosa, los calcetines y zapatos a juego, un anillo de oro, dientes blanquísimos, ojos perfumados que se abrían camino hasta mis entrañas, y unos pajaritos que me alegraban el inquieto pájaro burlón. Era pequeña y bien formada, de una edad que podía juzgarse indefinida, es decir, perfecta, y tenía un padre cegato y cornudo cuyo dinero sólo se contaba en millones. Pensé que tocada de cofia monjil, con las mejillas destacando junto a los hábitos y siempre bien lavada, sin bragas naturalmente, podría ser la delicia de mi exilio. Mi familia está llena de alcahuetes y celestinas, razón por la que intuí que me era presentada con ánimos determinados. Pero desapareció por encanto, es decir, por desencanto, antes de que pudiera gustarla. Fue un hecho determinante de mi futuro, ya siempre presto a gozar de la ocasión cuando se presentara, sin más encomiendas que las precisas para un éxito nunca enturbiado por el escrúpulo y menos tocado por la pusilanimidad. Arrepentirse de las oportunidades desperdiciadas sólo sirve como argumento de satisfacción de la estolidez. Más vale pecar y luego arrepentirse, que es propio de santos apasionados. Aquella mujercita hacía bullir la sangre, y aún la recuerdo con tristeza, ya que sus encantos se extraviaron en el camino hacia la juventud. Unos días más tarde, con ocasión de un festejo de los que el pueblo inventa y mantiene para lucir sus glorias, alguien me emborrachó con anís. Estaba rico, dulce y picante, de suerte que trinqué media botella de escarchado. Por la noche, entre delirios y lamentos, fui trasladado a la cama grande, residencia nocturna de mi tía Laly, para ser mejor atendido. Veló mi calentura dos días completos, y al tercero, rendida y gozosa al vislumbrar mi mejoría, se durmió profundamente junto a mí. Yo adivinaba en la penumbra sus formas plenas abultando las sábanas, y contemplé largo rato los brazos que le servían de almohada mientras sus mofletes vibraban merced a la respiración cansada. Me creí en el deber de mostrar el agradecimiento que los cuidados entrañables que me prodigó despertaban en mi amoroso natural, así que comencé a pasar mis manos por sus muslos. ¡Dios, y qué suaves y redondos eran! Frescos como un mármol pero vivos como tórtola en celo. La respiración cambió ligeramente de ritmo, pareció detenerse un punto, y luego siguió su curso.  Como yo actuaba de incógnito, llevado de un cierto respeto, tenía un poco de miedo, pero no el suficiente para interrumpir mi pacífica ruta indagadora, entre alevosa y paladina. Llegué a la división de las espaldas, divinos lomos hendidos por un trazo húmedo, que palmé extremoso: mi tía no llevaba bragas. Aquello me trastornó, hendí un instante el proceloso hueco, sentí el matoso brío del bosque, algo áspero, siempre gozoso, y entonces, guiado por el insensato furor de la consumación, pegué mis piernas a las suyas. Mis manos apretaron no recuerdo dónde; ignoro si se despertó entonces o simplemente decidió aparentarlo en aquel momento. Lo cierto es que, con brusca suavidad, retiró mis partes de las suyas, descolgó los brazos que le servían de almohada, arropó con ellos la desnuda parte de su cuerpo, bajó las sábanas, apeando la camisola hacia las rodillas y tornando con la suya mi osada mano hacia las fronteras de mi lugar, ordenó con imperativo silencio un armisticio; yo presentí que era eso, y no el fin de la guerra, iniciada en solitario, mediando una provocación al menos previsible, y que, a diferencia de las restantes, tanto mayor paz abarca cuando más alcanza su fragor. Delicias del clandestino amor, tributo del cazador furtivo que sólo de este modo puede conseguir su velada presa.

 

 

 

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