Fisgas y matracas. (No-vela). Entega XVII, capítulo XVI

 

-XVI-

                                                                       La vita fugge, e non

s’arresta una ora.

 

                                                                       Volvió, pues, la vida cenobial, y con ella distintos paisajes, que era el nombre clave de la compañía. Yo estaba cada vez más sorprendido de mi versátil personalidad, confusa y diáfana, respetuosa y osada temeraria y pacata. Deduje finalmente que lo que sucedía es que carecía de personalidad definida, que viene a ser como no tener ninguna. Así, pues, me constituí en ser -en ente- para la causa del instante, sin más objetivos y horizontes que pudieran obstaculizar la única plenitud, la que carece tanto de prejuicios como de escrúpulos, y que rechaza del mismo modo la selección y el sincretismo. Fue una de aquellas tardes, lentas y grises, al filo de la oscuridad rosada por las velas -candelabros de brazos y hachas de estopa, vuelta a la moda preindustrial, acogida con auténtico entusiasmo- silencioso y reprimido para evitar su fin, como represalia- por los amantes de la novedad, entre los que yo sobresalía sin duda. Conocí a Raquel. Sus ojos mudaban la expresión y el color, y tenía un rostro juvenil -bueno, era muy joven- algo delicado, que enmarcaba un espeso cabello, también de color mutante. Se encargaba de una sección de los telares, y era hija del jardinero. Este pájaro, un hombretón de casi dos metros, más de cien kilos en canal, dientes como tabas, manos como raquetas, y enormes orejas, pies menudos y ágiles, sonrisa estúpida, y torpe lengua, había engendrado más de veinte hijos, de los que vivían siete u ocho. Su mujer permanecía oculta -yo imagino que en pelota y dispuesta al cabalgador- en su casita del rincón, allá en el último y más frondoso huerto, y pocas veces veíamos al resto de la familia. Curioseábamos, no obstante, a la busca del pecado, por supuesto, como corresponde en quienes de desea crear el artificio de su importancia, e incluso de su existencia misma: todo excepto sufrir es pecado. Yo ahora pienso exactamente lo contrario: sufrir es pecaminoso y lo aceptado es impuro. La verdad es la belleza, y lo puro es bello. La verdad es pura. La sociedad miente: es impura, incluso -aún más, sobre todo- en sus instituciones inalterables. Frecuentemente tropezábamos con la mirada hostil de algunos mastines que defendían los contornos de la casita, y que el jardinero debía de procrear también, porque recordaban claramente su expresión y sus facciones. Sea como fuere, la perra -o las perras- siempre estaba preñada. Yo vi en una ocasión partir en dos a un gato rubio, de una potente dentellada, tras apresarlo en el aire cuando saltaba de un tronco a media altura, escena que me impresionó vivamente, no sólo por su crudeza sino por su inesperada precisión: el perrazo parecía reposar al pie del árbol, observando sin aparente interés los cautos movimientos del felino, que avanza, retrocede, se detiene… salta al fin, y, en ese instante los cien kilos del mastín giran en pos del enemigo, abren las fauces, aprisionan al pobre bicho, lo zarandean y lo destrozan: es decir, lo hacen literalmente trozos. Pues bien, Raquel era hija del dueño, o al menos cuidador de aquellas fieras, el jardinero. Confieso que yo desde el primer momento me dije que intentaría conquistar su plaza fuerte, y así fue cómo, urdiendo manejos hábiles al caso, me enteré de su adscripción a ciertas labores de hilado, que aprendía o perfeccionaba con una monja redondita y afable, que me lanzaba tiernas miradas constantemente. No sé si le recordaba yo al hijo que nunca tuvo, o al hijo que le gustaría tener con un amante más o menos similar. Pero es lo cierto que me manoseaba con sus insinuantes ojeos, que no eran lascivos, sino generosos, oferentes… El caso es que pedí a un criado -aprovechando la visita del domingo- que me trajera una carga de arpillera y lino, para confeccionar alfombras y roquetes, obsequio al patronazgo del buen San Judas, de mi pía familia. En este caso sí fue de caridad la obra, pues si por un lado ni se enteraron del affaire, de otro me hicieron un favor colosal y desinteresado. Y di gracias a Dios por ello, elevando mis plegarias para que los sacara del infierno no mucho más tarde de lo debido. Me encargué de llevar el paquete a la zona semiclaustral -sinónimo de total apertura- donde se refugiaban para las tareas de costura las novicias y niñas aprendizas, veladas por el magisterio de mi enamorada silente, la monja de las tiernas miradas. Como siempre me sucedía en casos similares, sentí al ascender la escalera interminable que llevaba al recinto, situado en una ala del Palacio -la sede física del lugar de exilio- en el último piso, el galope estridente de mi corazón, enfrentado sordamente a la emotividad, y esa especie de rumor o golpe seco en el hígado, punto donde reside mi sensibilidad emocional según creo. Mi alma debe de estar por esa zona, la primera que recibe los envites del azar y la que más se altera con el infortunio o la fortuna. Ya habíamos cambiado Raquel y yo con anterioridad esas miradas necesariamente furtivas en que la malicia sólo existe por la fuerza de lo vedado, cuyo origen reside en la perversión de la sociedad y no en nuestra naturaleza e inclinaciones. Yo sigo a este respecto sumido en la perplejidad de lo recíproco: comprendo que las mujeres, desde luego las bonitas, gusten y se complazcan en asumir el galanteo como símbolo de su coquetería, pero no alcanzo a comprender cómo un hombre feo, gordo y poco alto como yo, de rostro más bien vulgar, y aspecto de lacayo, provoque sentimientos de atracción o simple cosquilleos en las vulvas, salvo que el destino me haya situado en las encrucijadas de las mozas y damas más necesitadas de achuchón y requiebro. Lo cierto es que, a diferencia de los efebos, mi sola presencia no incita al placer, ni mis maneras y figura ponen en ebullición el sexo. Eso creo yo, al menos, a pesar de los aparentes estragos que una mirada medianamente templada parece causar en la mujer dispuesta a recibirla. Cuando eso sucedió por primera vez, los dos supimos que, con la mínima ayuda de la suerte, íbamos a encontrarnos pronto. Y a ese encuentro iba yo ahora, cargado de pliegues y manteos hasta la boca, pensando en las palabras oportunas y en el modo de eludir al ama claustral de mi doncella. No sé qué extraña perversión cruzó los nombres en quiasmo diabólico, de suerte que olvidando el cierto, se me antojó como único el de Sor Celestina. Por eso mismo quizás, después que llegué a la silla donde Raquel se hallaba sentada y nuestras miradas se cruzaron, nuestros ojos se dirigieron, como guiados por un solo pensamiento, hacia la monja. Ésta nos observaba, y en el transcurso de aquellos breves instantes, algo inequívoco debió interpretar en la silenciosa comunicación que nos había unido, pues adoptaba una actitud severa, casi crispada, que se tradujo casi de inmediato en una reconvención llena de acritud hacia ella, aunque no recuerdo las palabras. Lo cierto es que sus celos intempestivos fueron el instrumento más adecuado para nuestros propósitos, ya que al levantarse Raquel y salir de la sala, yo la seguí y poco después hablábamos a solas en un recodo del pasillo. Las características del edificio en general, y del ala en que nos encontrábamos en particular, incrementaba la sonoridad de los pasos y las voces, por lo que podíamos escuchar si alguien se acercaba. Por la misma razón hablábamos bajito, y muy próximos. En la penumbra, su cara resplandecía. Y toda ella, no sólo sus ojos, cambiaba de expresión, incluso de facciones, manteniendo, no obstante este ritmo mágico, una constante en sus labios, jugosos, bien perfilados, y en sus dientes que parecían transparentarse. Llevaba el pelo suelto y un vestido de color impreciso y paño fuerte, descubierto sólo el cuello y las manos. Me miraba tan fijamente, como deseando captar todo el sentido de mis palabras -yo no recuerdo qué le decía- que debió fascinarme, pues, sin más preámbulo, suavemente, sin dejar de hablar me aproximé y besé sus labios. Entreví una cierta sonrisa; la abracé, llevándola hacia la parte más recogida del suelo, donde formaban ángulo las paredes, y atrayéndola hacia mí, reanudé cada vez con mayor ahínco y extensión mi rociada de besos, salpicando el ritual con pequeños mordiscos en las orejas, menudas y blancas, en el cuello, en todo lo que permanecía descubierto. Mis manos, algo temblorosas, recorrieron sus pequeños senos demorándose en las sedes donde el botón de rosa ya respondía erguido a los requiebros, y, paulatinamente alcanzaron las regiones más cálidas del precioso cuerpo juvenil. No me atreví a desnudarla, y no por la incomodidad del lugar y lo intemperante del momento, con riesgo incluso de ser sorprendidos, sino sobre todo por una sensación de calor afectuoso, un delicado homenaje al tiempo que pensaba, o al menos deseaba, dedicarle, ofrendado al amor. Sí, amor; creo que esa extraña idiotez me invadía, y aunque mi instinto navegaba como casi siempre, velas desplegadas y rumbo seguro, esta vez iba acompañado de ternura. No escatimé caricias ni privé de retozos y osadías a mis dispuestos miembros, cansé mi lengua, hendí mis manos, holgué los muslos, ceñí, calcé y corrí, a veces sujeto por templanzas o miedos de ella, que al sentir la seguridad de su seguridad, se abandonó sin más trabas, mostrando la cadencia y el secreto que Juno entregó a sus congéneres cálidas, y cuyo goce es sólo comparable a la visión beatífica, según pienso. Cuando, cerca del supremo instante, presioné su íntimo vientre, y aunque ello sucedía, como digo, por encima de la ropa, percibí la vibración de su vulva, regalo del deseo. Poco después escuchamos los pasos. Rápidamente nos levantamos separándonos en silencio. Ella, ahora lo recuerdo, me preguntó: -”Por qué”-. -”Tú, lo sabes”-, le dije. No contestó. Yo no sé si lo sabía, ni qué debería saber. Lo que sé es que la respuesta a esa pregunta la estaba contestando ella. Así que se la hice yo también. -”Yo no”-. Y sonreía. Tal vez estaba urdiendo una justificación o preparando una salida, como las de quienes temen ser defraudados o sorprendidos. -”Es como un sueño estar aquí contigo”-, añadí. -”¿Sueñas mucho?”- me contestó, -”Ni siquiera te he dicho que te quiero”-, dije, en este disparatado coloquio, por otra parte maravilloso. -”No puede ser aún”-, respondió. -”Las palabras mienten y yo no quiero mentir. Júpiter se ríe de los perjurios de los amantes”.- -”Claro”.- Enlazados, felices, sobre el suelo -las maderas resultaban hasta acogedoras- sin  más luz que la reflectada por la luna, muy juntos, encontramos el mutuo silvo alegre del amor. Era inevitable, así que, resignado y sin comprender el por qué de mi tristeza, me confié al destino, jurando que haría todo lo posible porque éste fuera más o menos exactamente como a mí me complaciera más. E integré en mis planes de futuro a aquella muchacha de rostro cambiante que me fascinaba. Decidí incluso prestar una atención especial a los estudios, ahondar en ellos, concentrarme en los deberes que implicasen un avance en mi formación y en mis conocimientos -y a estas alturas sabía que eso era lo que me interesaba aprovechar, y no las enseñanzas de sermones y spiritualia – y, en definitiva, poner más reflexión, serenidad y constancia, algo de mí mismo, en las acciones y personas que lo precisaran, olvidando en lo posible mi vanidad enfermiza y ese orgullo que impedía aceptar un desdén, un reproche o una ofensa. De todo lo cual se infiere -si del bien se engendra el bien, y nunca del mal, salvo para aprovechar su enseñanza, razón por la que se dice “no hay mal que por bien no venga”- que aquello era bueno, y que Raquel, con cuerpo y todo, era un ángel, enviado del cielo. Y mi inmediato sueño fue el de Eneas y Dido hallando muto contentamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: