Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XIV. Capítulo XIII

 

-XIII-

                                                                       Toda definición es peligrosa.

 

                                                                       La precisión fue una manía siempre, aunque desde el siglo XVII se constituyó en canon científico, debido al cúmulo de errores atesorados hasta esa fecha -luego siguieron cometiéndose, pero ya convencidos todos, o al menos los inteligentes, de que errar era casi tan funesto como nacer e igualmente inevitable- y con el fin de que, al menos en las cuestiones fundamentales, no se equivoquen tanto, cosa harto desagradable en determinadas circunstancias. Imagino que embarrancar en una playa que figura como mar de doce metros en los planos, o sajar un estómago sano, o dibujar pequeños planetas en la corona solar, son, cada uno en su contexto, extremados y poco venturosos aconteceres, hoy, dicen, impropios del científico, olvidando, sin embargo, que los ejecutores no son otra cosa. Bueno, yo creo que al margen de las inevitables precisiones de las máquinas y de todo lo relacionado con ellas -incluso de modo simbólico o analógico, y a pesar de ciertos lenguajes, como los de ábaco- lo que define la esencia de la autenticidad científica es la flexible y la cambiante adaptación, el temperamento abierto, y no la rigidez y el dogmatismo. De mí siempre dijeron que era un dilettante y esa palabra se conjuntó de tal modo con mi personalidad que jamás aprendí nada a fondo aunque sí me deleité con ello. Sabía hacer muchas cosas medianamente bien; algunas de forma casi aceptable entre los puntillosos y expertos. Pocas hacía rematadamente mal. Así yo pasaba por ser un individuo anodino y mediocre… en casi todo, cuando lo cierto es que, de haberse enjuiciado el conjunto, mis cualidades, sopesadas y armonizadas, hubieran recibido mejor calificativo. Como yo era así, poco se me daba la cuestión, excepto en dos asuntos de trama honda: lo amoroso de un lado, y la obra pública de otro. En lo primero, porque sin ser yo fardón de pito y faroleador de cabalgaduras, sí mantuve los orgullos, a mi juicio sanos, del buen quehacer íntimo. Lo otro, porque, si algo decían ser mío, o yo lo mostraba cual, tal quería que fuese, y no menguado, o bizco o roto, sin fácil remedio ni excusa: que lo publicado queda, y sólo lo borra el tiempo largo, o un opus nuevo, pero éste corto e inmediato, para posarse sobre las aún calientes huellas del entuerto. A decir verdad, yo siempre quedé con la maledicencia a cuestas, y poco hurgué en el esfuerzo para escapar de ella. Tampoco me lució el esmero en atornillar buenos socios, de aquéllos que te cubren de fortuna con su hacer, complemento del propio, y en la alianza apacible con el tiempo y el ánimo. Siempre dije que los ineptos hunden al esforzado y, si se descuida, también al dichoso; quiero decir a quien espera que se cumpla el destino, y sabe que la suerte no es amiga del esfuerzo. Aunque sí de la inteligencia, que sopesa y mide, acompañada o no de reflexión -que es atributo diferente, conexo a veces a la inteligencia pero más aún a la justeza- y que abarca latitudes superiores a la violencia y al destino. Yo soy más bien un irreflexivo razonador, lo uno y lo otro cercanos como enemigos en batalla, tan próximos como el café y la leche mezclados, que están ahí pero ya son una tercera cosa sin ceder sus atributos específicos. Por eso perdía los estribos al menor galope y también por eso pocas veces era derribado por la montura, que no sabía conducir. Sí; un auténtico jeroglífico. Lo explicaría sin embargo diciendo que lo inteligente de mis actos era patrimonio del instinto, y lo necio de la vanidad; la cordura, aliada del silencio y de la espera, no siempre inactiva pero sí algo lasa y muy discreta; la estolidez, vínculo del carácter artificioso, más unido a los trasiegos acomplejados de los burdos e ignaros. Lamentablemente, yo era más sensato en sueños que en vigilia, pues, vivo, mis adscripciones familiares, mis ejemplos próximos y mis modelos de hábito social y conducta urgían a la crispación, al desencanto y al cinismo. Privilegio de los rapaces, de poco importaba otra cosa que excluyera un ápice a la soberbia. Todo esto lo deduzco, aunque no lo confirmo ni lo defiendo, tal vez porque estoy demasiado seguro de su certeza.

 

 

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