Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XIII, capítulo XII.

 

-XII-

 

 

 

 

 

 

 

¡Oh fortuna!, Sé inconstante

esta vez, te lo ruego.

 

                                                                       Aquellos fríos intensos y la natural tendencia a despojarme de la ropa provocaron una lesión de espalda que me atormentaba con asiduidad, pero venía a ser insoportable durante los inviernos. Había logrado que tejieran para mí una camiseta de doble grosor, enormemente larga, que me protegía de cuello a rodillas, y siempre llevaba un pañuelo de seda bajo las camisas. En más de una ocasión aquella prenda fue causa de gran divertimento para mis compañeras de soledad. -”Estás muy elegante con eso” o -”Resultas muy divertido así”-, además de las risitas ahogadas de las menos locuaces, o la carcajada limpia de las espontáneas, mostraban a las claras cuál sería mi aspecto abrigado. Pero yo hice de aquello un galardón, un trofeo y una característica de mi persona, así que lo mantenía con seguridad e incluso con aplomo, como una calva, o un grano en la nariz, o una cojera. Estaba, por cierto, convencido de que la camiseta inmensa resaltaba mis atributos masculinos y me hacía parecer más alto. Además de la lesión permanente en la espalda, aquella esclavitud me ocasionó un trastorno digestivo crónico, merced a las comidas, tan espaciadas y austeras como era menester en un cenobio, pero salpicadas de excesos y picardías de gula, constituyendo un desequilibrio que alongaba el estómago y recogía los intestinos, que se hacían enemigos y plañideros. Junto con éstas había otras más ocultas sevicias que me incordiaban cíclicas y osadas, ahora en el espíritu. Hasta que, a fuerza de razonar, y en base al principio de que Dios habla a través de la recta de la razón, pude concluir que lo que provocaba en mí torturas intelectuales era mi natural magnánimo y generoso. Yo colocaba entre nubes y oscuridad la luz, no siempre apreciada, y la abdicación, aparente, a mi dignidad no era sino un reflejo de orgullo estéril, pues se trataba en realidad de conmiseración hacia quienes no tenían la prestancia o el talento o la disposición suficientes. Quiero decir que mis obras, esas pequeñas realizaciones que pueden justificar si no el legítimo orgullo de lo bien hecho, al menos el tiempo y el esfuerzo, e incluso el interés o más aún el amor a ellas dedicado, jamás fueron agradecidos por “los míos”; para ellos yo era, en contra del tiempo y de la razón, un jovenzuelo intransigente, destinado a ocupar esferas que sólo engañarían a los ajenos al secreto del nepotismo o la simonía. Como a esta conclusión -la de mi ánimo generoso y mi magnanimidad- había llegado a través de la lógica, excluyendo argumentos y datos ajenos a la verdad objetiva, y no pensaba utilizarla ni siquiera para enorgullecerme ante mí mismo, sólo sirvió en definitiva para que al menos no me sintiera humillado por determinadas conductas, incluso propias, consistentes en pagar con atención y elegancia el desdén o la envidia. Pagar con la misma moneda, si la moneda está mugrienta y oxidada, no impide que el pagador se manche las manos, ni convierte sus actos en buenos. Ese es un argumento vulgar y mezquino, adecuado entre lacayos y arrieros, y no siempre. Claro que también se puede responder de este modo por simple inteligencia, haciendo caso omiso del desaire, pues el mejor desprecio para el envidioso o el falso es no hacerle ningún aprecio, aunque éste consista, si se trata de parientes, en seguir rozando con los labios las mejillas, al modo de Judas pero a la inversa: el traidor es el besado por el traicionado. Sea como fuere, yo debía estar tocado de sensibilidad aquel año, pues, apenas comenzado el curso, enfermé de un mal insólito -según los doctores, siempre sabios que atinan a ojo- para cuyo remedio por fortuna no recetaron sino cambio de aires a clima más tibio. Aquello supuso un contratiempo inesperado en los planes de mis padres, ya que, de una parte, se veían obligados a gastar un dinero no previsto -ellos que todo lo prevenían, y que en cuestión de cuartos sólo entendían de cobrar y guardar- y de otra porque sin duda aquello iba a retrasar mis estudios. El caso es que urdieron una solución intermedia, y me enviaron a casa de unos parientes, en Andalucía. Siempre hemos tenido más hembras que varones en la familia, pero en esta rama del sur las mujeres doblaban en número a los hombres. Por eso, es decir, por simple azar estadístico, fui aposentando en compañía de varias hermanas, medio primas de mi padre, en una espaciosa alcoba soleada, dentro de una finca llena de pollos, conejos, cabras y demás animalejos domésticos. Un pozo, varios corrales, parras en los vestíbulos encalados, amplios colchones, agua fresquísima y miles de pájaros acompañaban el trasiego laborador sin fin ni aparente orden, pero eficaz y limpio siempre, de mis tías. Eran tres, y una más no sé si también de la familia. Me recibieron con auténtico alborozo, y fui pasando de mano en mano, besuqueado y estrujado, pese a mi talla un poco desmedida para tal sobeo, y sentí un calor plácido que nunca traspasaba las paredes del caserón de mis padres. La primera noche, mullido entre lanas dobles, soñé, tal vez por la asociación de ideas que me era más grata en la intimidad, con mis recuerdos de las colonias del Valle Hondo.

 

 

 

 

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