Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XII, capítulo XI.

 

 

-XI-

 

 

 

 

… Ese fin sin gloria y sin desastres

que la vida procura a quienes no

rehúsan su dulce embotamiento…

 

En algunas ocasiones seguía, fiel al adiestramiento de los clérigos, la norma masoquista de considerar los hechos pasados, sobre todo los inmediatos, con el fin no ya de reformar posibles errores en mi vida sino de analizar aquella que me rodeaba e influenciaba, cosa, persona o híbrido, aunque siempre llegaba a la misma conclusión descorazonadora: ni yo mismo, ni las persona que conocía -sobre todo las que decían quererme- valíamos la pena. Un solo minuto de reflexión sobre las circunstancias emanadas de tales sujetos era demasiado. A pesar de todo, y como hombre meticuloso y constante, perseveré en el error -durum est contra stimulum calcitrare- y con ello ahondé mi escepticismo. No era para menos. A lo largo de mi vida, las personas que por naturaleza o por relación deberían amarme, se han dedicado a entorpecer mis aficiones y deseos -cuando no eran compartidos por ellos- de manera sistemática. Mis padres, cada cual en su papel, así lo hicieron; él nunca se detuvo  a pensar si a mí me agradaría el exilio o mejor dicho, si con ello no iba a hacerme un infeliz. Le bastaba que su decisión fuera satisfactoria para él; yo no contaba. Recuerdo cómo dirigía mi vida por los caminos trazados de antemano, sin desviar un ápice de la ruta, como si yo fuera un borrego que encierran en el furgón y conducen al matadero. Los estudios, un suplicio en el que aprender no importaba, de nada servía entender, y en ningún caso se procuraba formar y educar. Sólo recitar al estilo del gramófono y y obtener brillantes calificaciones que exhibir en las tertulias de cacatúas y postrados. Ella, abominando cualquier afición que yo pretendiera ejercitar, y, vive Dios, que mi espíritu siempre gustó gozar del arte y nunca pudo por su culpa. La música, la pintura… -decía- no eran para mí. Como carecía de otros argumentos, nunca sabré si su juicio respondía al conocimiento infuso de la verdad, o era un disparate y una grosería. Porque me humillaba el desinterés mostrado hacia mi invisible talento. Lo malo es que con el tiempo me fui habituando a prescindir de mis propios gustos, y en parte por ello y también por esa diabólica intuición que nos hace adivinar las debilidades de próximos, me fueron arrebatando física y anímicamente hasta el más pequeño resto de ilusión. Los míos sólo parecían satisfechos si me arrebataban algo querido, sin importarles el desgarro que ello me produjera; tenían su propio criterio acerca de la verdad y el bien, de la idoneidad de las cosas, y del grosor de mi pellejo. Me calificaban de extravagante si deseaba escuchar un concierto; de loco si salía a contemplar las estrellas en la madrugada; de infiel, si hacía un poema de amor; de egoísta si leía reposadamente un libro; de avaro si administraba los bienes con diligencia; de irresponsable si jugaba con los niños. Mi abuela materna, tan diferente al resto de la familia, suavizó lo que pudo en aquellos años de repulsiva deformación; me compró un piano, que alguien se apresuró a devolver sin que el dulce carácter de ella fuera capaz de imponer su criterio ante tamaña arbitrariedad. Cuando yo planteaba mi “vocación” de escritor se mofaban o se asustaban, para enseguida desengañarme con buenos consejos. Claro que yo entonces no era sino el segundón, y, aunque lo ignoraba, poca iba a ser la renta de mi porción de herencia, y tal vez lo hicieran sin malicia. Pero si la ignorancia no excusa el cumplimiento de la ley, tampoco justifica el daño irreparable a la vida ajena, sobre todo si es la de uno… Me procuraban trabajos odiosos repletos de burocratización y rutina, que yo atendía con eficaz amargura. Y si me pregunto ahora por qué lo soporté, y si ahora me digo que no tengo derecho alguno a la queja, respondo y reflexiono con las mismas palabras que, imagino, utilicé entonces: porque siempre me han faltado agallas para cumplir la máxima de Terencio que ya he dejado tendida en mi memoria: “sic sum, si placeo utere”. Porque he tenido miedo al fracaso, a la derrota, al ridículo. Porque no me he atrevido a ser yo mismo. Y no pongas esa cara de asombro; es cierto. Lo demás, fachada y rebote, remites semiborrados en un sobre perdido de una carta nunca terminada. Pero ahí están ellos: en sus tumbas, o en sus lechos, o en sus sillones, o donde quiera, confiados en su acierto, el que se construye sobre lo que yo odio y excluye lo que yo amo… Esos son mis seres queridos.

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