Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega XI, capítulo X.

 

 

– X –

                                                                       Quae tu volebas

nec puella nolebat.

Lo que tú querías, ella lo quería también.

(Cátulo)

 

                                                                       Reconozco que no debí hacerlo, pero sólo en los límites que encubren la noción personal del deber, casi siempre en pugna con el criterio de lo que llaman sociedad, y que se reduce a censurar todo lo que a uno como individuo le gusta. Y no me refería, al disculparme calladamente por mi vanidad, a ese individualismo ignorante que es el reflejo de la masa, sin forma y sin horizontes, sino a la llamada de la vida a nuestra puerta, receptora de luces y dimensiones que ciertos ojos no verán nunca. El caso es que sucumbí, en aras de la palabra, al encanto del amor. Digo que la palabra, que fue lo primero, también aquí engendró su propia culpa, pues me harté de manifestar a Eva que la quería. La verdad es que sus mejillas transparentes, sus ojos vivaces, los labios dibujando colibríes, el cuello azulado, los redondos pechos tocados de carmín, el liso vientre, los prietos muslos, la sonrosada nave que vuela sobre el oleaje oscuro, el silencio de sus besos, el tacto inmarchitable de sus caderas, la abertura suave de sus nalgas, me volvían loco. Y aunque nunca se sabe, creí ser el primero de los poseedores de su cuerpo, y no sé si el único. Descubrí que con mis palabras de amor transmitía mi sentir auténtico, que era sincero, aunque so sólo por aquel deseo irrefrenable que trasmutaba mis sentidos, sino también por el odio a que otro la recibiera como suya. Los celos se adueñaron de mi mente, y la tristeza de la carne se unió a la angustia de la temida ocasión. Yo había madurado con rapidez, y le comuniqué mis razonamientos, resumidos en la imposibilidad de constituir, en el plazo que hubiera sido previsible, una unión estable y aceptada socialmente; siempre he odiado el dolor ajeno, y, en un rasgo de generosidad que puede confundirse con la estupidez, le dije que, si ella mantenía su cariño hacia mí de suerte que siempre que quisiéramos nos encontráramos en el amor, podía hacer lo que le conviniera, incluso casarse. La institución significaba entonces una salvaguarda, pues de ese modo yo tenía al menos la certeza de que quien la poseyera en mi lugar lo haría con la servidumbre del matrimonio por medio. Antes de separarnos le encarecí procurara no acostarse con nadie, salvo que le amara tanto como a mí; eso me parecía imposible, claro. Y tomé lleno de melancolía el camino hacia mi nueva etapa en el exilio dispuesto a loar las excelencias del celibato. Mantenía ráfagas de cinismo, que me alegraban luciferinamente, pensando que mi estado podría ser ideal, lejos de responsabilidades, y próximo al placer. Sin embargo, en mi naturaleza aún pura, sí, pese a todo, esa conducta chocaba con el muro invisible de la nobleza del espíritu. Y me sentía mísero y sucio, aturdido, repleto de inmundicia, condenado. -”Si quiero ser yo mismo, y soy así, nada impide ni estorba que mis acciones se parezcan a las del diablo, el más osado e inteligente de los ángeles. Pero, ¿soy realmente así?”-. Y esta pregunta constituyó la preocupación intelectual de los años siguientes, -más valiera no haberla nunca formulado- pues mantuve mi estupor, y aún lo mantengo, en la duda quebrada de su desconocimiento. Yo no sé cómo soy realmente, y no siempre sé exactamente lo que quiero. El hombre se ha rodeado de tal cúmulo de complejidades, cuya urdimbre le enferma, que ha perdido la orientación, si alguna vez la tuvo, hacia el fin que le haría inmortal, destino que sólo alcanzan algunos despistados. Sea como fuere, yo era incapaz de abandonar mis afectos y mis adscripciones ajenas al amor que sentía hacia la criada, quien, por otra parte, para mí, y así se lo decía, era una princesa a la que adoraba por ella misma, y me importaba un bledo su circunstancia social. Al fin y a la postre, nada hay más ridículo que juzgar a las personas no por lo que son o te inspiran, sino por el papel que ocupan en el mercado del mundo, y eso es precisamente lo que hacen los hipócritas y falaces miembros de la digna sociedad de clases. Los parásitos y los feos, los dignos y los bellos, los gratos y los despreciables, lo son con independencia y a pesar de su cuna o de sus circunstancias. No faltaría más. Y yo siempre lo prediqué con el ejemplo, para escándalo del pusilánime y regocijo del templado. Lo que sucede es que entre el vulgo se halla con más frecuencia lo soez y lo ignaro, lo procaz, deslenguado, trasguero y provocador, que en lo selecto, dicho en términos de clase social, mientras que en éste se encuentra más lo presuntuoso, lo atrabiliario, lo codicioso y lo vacuo. Yo mismo percibía los vaivenes de la negra cólera, casi siempre contenida por la fuerza del autojuicio, ante un presunto despecho del inferior, o una atención poco diestra hacia mi persona, que deseaba fuera mimada sin límites y elogiada sin mesura, por mucho que callara estos deseos o expresara los contrarios. De la misma forma, llegué a considerar normal que las mujeres se enamoraran de mí, sin atribuirlo a mi posición sino a mis cualidades. Un error que mantengo a ultranza, y sobre cuyo contenido -si es, en verdad, error- no deseo profundizar, ni pensar siquiera. Me complace, en esta ocasión, el beneficio de la duda. A estas alturas sólo puedo oponerme al tibio roce del enamoramiento que limita y ofusca para gozar plenamente de la vida, situando a su presa en un estado de idiotez no siempre bien disimulada. Por fortuna, suele ser transitorio, y la capacidad normal regresa, sin privar, sino aumentando, los matices del tacto y del verso. Pero alejad la sombra de los celos y huid del egoísmo posesivo, pues esta lacra corrompe como la carcoma, sin retorno y sin límite. Preferid a esto la soledad e incluso la desesperanza, de tan insólita naturaleza que puede llevar en su vacío seno los gérmenes de la felicidad. La dicha no se programa, si bien, al vislumbrarla, más vale acudir a su captura y prever su acomodo. Y tal vez lo más importante es que con la ilusión del amor resurge el individuo, se esmera, osa, corre, rejuvenece, vive. Es el estímulo creador -junto con el vacío y la angustia- que mueve el universo y divierte a los mismos dioses.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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