FISGAS Y MATRACAS. (No-vela). Entrega IX, capítulo VIII.

-VIII-

                                                                       Sic sum: si placeo, utere.

Soy así. Si te gusta, dispón.

 

                                                                       El final del verano se llenaba siempre de nostalgia. Pero, en esta ocasión, fui sacudido por una extraña fiebre de lucidez que colmó mis ojos de sueños imposibles. Cualquier situación era considerada de forma exactamente contraria a la que hubiera sido previsible atendiendo a las fuerzas soberanas de la vulgaridad; curiosamente, sin embargo, imaginaba escenas en las que cada protagonista quedaba revestido de su propia desnudez, de un vacío que lo transformaba en un ser grotesco y deforme. El espectáculo que entonces se ofrecía a mis secretas perspectivas me aturdía con una jocosidad perenne, único premio que con semejante desvarío obtuvo mi soledad. Me reía solo y en silencio, imaginando en paños menores al Obispo, o al General haciendo baños de asiento, o al Gobernador acicalándose con parsimonia las quebradas uñas de los pies. El Magistrado, penetrando en el dormitorio donde las sábanas aún conservaban el calor del amante de su esposa, o las dentaduras postizas y los retocados pellejos de las actrices; las jóvenes tersas menstruando, y los apolíneos presuntuosos castrados como gatos domésticos. Y no se trataba de una forma de misantropía o de furor contra las personas individualizadas, antes al contrario, consistía mi maniática y obsesiva entelequia en un desprecio hacia lo que sus imágenes representaban: el poder, la gloria, el dinero, la fuerza, la conquista, herramienta de las masas para ser utilizada en contra del genio individual. La renuncia a gratificar con gestos condescendientes el criterio de las masas ignorantes significaba la única salida auténtica hacia la luz y la vida. Mantenerse en la línea de la propia estimación, aquello que nada ni nadie fuera de uno mismo puede darse, era el sentido que aquel onírico paisaje de olimpos sin fronteras concedía a la existencia. Más allá del tiempo persistiría la obra que emulara la creación, aquello que en realidad significaba la imagen y semejanza con los dioses.

 

Con las hojas muertas, caía también bajo la lluvia y el creciente viento el frágil edificio de los mil tornasoles nacarados, el oropel y las alas resecas de la crisálida. Todo lo que pudo ser bello, y a su pesar, permanecería aún en el solo pensamiento de algún ángel melancólico. Las ventanas del futuro estaban entreabiertas, y el tiempo se transformaba en aliado. Lamentablemente, esta firmeza del concepto no quedaba reflejada en mi conducta. Como en el consejo de Jesús, yo debía hacer lo que me decía, pero mis palabras no eran iguales a mis actos. Cada noche durante treinta, las primeras del otoño, cerraba los ojos con una sola plegaria: “Sic sum; si placeo, utere”. Deseaba comunicarlo al mundo, como Terencio, en cada instante, reflejarlo a través de mis poros, irradiar mi propio ser hacia el infinito, atravesando los millones de átomos que forman los marchitos cerebros, los corpúsculos voraces que confirman el vacío de los espíritus. Deseaba ser un hombre auténtico, un hombre nuevo, a costa de los ritos y los símbolos, al margen del contexto y de la falsa historia, derramar mi yo sobre los manteles rígidos de la colectividad que bala y muge y sonríe y sigue. Pero no quería ser líder; nada de eso. Abominaba el dirigismo, cuando no lo consideraba tan ridículo que ni siquiera merecía la repulsa sino el desdén. Sólo pretendía ser mi propio amo, el autor de mis errores, prescindiendo de las opiniones ajenas y del convencionalismo. Sabía que únicamente de este modo llegaría a alcanzar esa meta invisible en la que el individuo se encuentra con su propia imagen, y, estrecha con satisfacción cósmica la mano de sí mismo. Comprendí que ese egoísmo en nada se parece al vicio reprobable del ser mezquino, pues las miserias constantes, la mezquindad, rabiosa, estéril, crispada, diabólica, de cada día, es la malicia. Y esa basta. Mi egoísmo era creador, generoso, antiformal, comprensivo, amplio, cooperador. Simplemente, no era codicioso, contemporizador, vulgar, repulsivo, frío. Llegué al convencimiento de que la armonía de la naturaleza reflejaba esa egoísta dádiva tan contradictoria como el día y la noche, Orión y la Cruz del Sur, partes todas del mismo firmamento, en perspectivas divergentes, que se unen más allá de la vista, sobre los límites del mundo. Durante aquellas semanas, conservé la esperanza de una resurrección, cuyo recuerdo a veces me persigue como una conciencia amordazada. Tras esta huída hacia adelante, llegó, inexorable, la frontera. Vi al hombre reducido a escombros, y a mí mismo paseando por las ruinas del universo con mi aterida alma bajo el brazo. Me introduje en el afán y la turba, discutí los agrios conceptos de las esferas que nunca se detienen, me envolvió la forma, sentí la opresión de las cadenas herrumbrosas con que la sociedad adoctrina a sus esclavos, giré en el torbellino infame de la masa, y la vulgaridad se adueñó de todo mi ser, parte y carroña de la magna zorra astuta, no sé si engendro de Satanás o parida de la especie, que, con excepción de los héroes -casi todos anónimos- de los locos -todos sabios- y de los ascetas -todos héroes y locos- nubla las mentes, arrastra las voluntades y tuerce los destinos hasta el límite que El Grande consiente, y que por lo visto, alcanza muchas y anchas praderas recién segadas; me instalé en la “Cosa”. Los Romanos llamaban a la Cosa “RES PUBLICA”; es igual: Sociedad, “POLIS”, lo mismo da. Es una máquina que funciona con sangre y carne, un ídolo antropófago y sanguinario, al servicio de todos, utilizado por todos y disfrutado por unos, los de siempre, los mismos amos que van renovándose y transfiriendo privilegios no importa cómo. Cuando una “COSA” es destruida, no lo es tan rápidamente. Por eso dicen que la historia se repite. “Esa” historia se repite, claro es; como la muerte, porque esa historia es la historia de los muertos.

 

 

 

 

 

 

 

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