Fisgas y matracas. (No-vela). Entrega X, capítulo IX.

-IX-

                                                                       – Pues ¿quién diablos os ha traído aquí -Dijo Don Quijote-, siendo  hombre de Iglesia ?

                                                                       – ¿Quién, señor? -Replicó el caído- Mi desventura.

                                                                     Durante las primeras semanas del otoño, antes de reanudar las clases, y, por lo que a mí respecta, antes de reincorporarme al jubiloso exilio -que siempre me recibía con frialdad, para después acogerme con el mismo calor humano, el de la piel, recíprocamente concedido- pasaba varias horas, desde el temprano atardecer hasta la hora de la cena, leyendo e imaginando escenas vivas, superpuestas a la letra de mis libros robados. Porque me dedicaba a descubrir los secretos galantes de Las Mil y Una Noches, en una edición profusamente ilustrada con imágenes rotundas que me excitaban. Los senos redondos, los muslos prietos, las estrechas vulvas… El terciopelo de los ojos, las mejillas de cristal, el rubor temeroso de las doncellas… Me atraía el ritmo desenfrenado de los galopadores de amplios lomos, y sus ataques en número imposible. No comprendía, claro es, el sentido que podía darse a la aparente sumisión de la hembra, quien escucha y obedece, promete ser “la cosa” del hombre, y, a sabiendas de éste -que le exige por desconfianza obvia de su sexo y su talante y su condición de cabra- le traiciona, para recibir de inmediato cruel castigo. Pero eso también formaba parte del misterio. Yo me encerraba a cada página en el “hamman”, tomaba dulces baños de aguas perfumadas, recibía masajes que relajaban unos miembros, no todos desde luego, y yacía enlazado con las trasuntadas huríes, recordando a Virgilio cuando hablaba acerca del destierro que Eneas, héroe que, como todos, se las ingeniaba para hallar en el amor contentamiento sin límite. Luego aplicaba, en la medida de lo posible, mis inciertos saberes a la práctica un tanto iniciática de mis amores tempranos. Y en ocasiones solemnes -la captura de un lagarto, el tiroteo cruzado contra el gatazo devorador de conejos, o la muerte previo tortuoso y silente asedio de las grises ratas de las zarzas- asombraba a mis primos con sentencias aprendidas ex profeso. Me sonrío recordando su ojos cuando oyen que la fortuna no acompaña al hombre que no considera el fin y las circunstancias, o no podrá ser dichoso quien deja que su amor descanse en otro pecho. En las despedidas recordaba una máxima acerca del único y simple modo de amar: la separación y la ausencia, que evita el hastío y la tortura. Pero sobre todo ello me impresionó un verso, menos torturado y más directo, como dirigido al centro del mundo: “Podrás encontrar países que no sean el tuyo, y paisajes que no sean los tuyos, pero nunca encontrarás más almas que la tuya”. Sí; hay cosas insustituibles y únicas. Para mí, entonces, el deseo admirado de emular aquella fantasía y construir páginas de fascinantes aventuras aunque por sus líneas no corriera la tinta de la poesía y aunque en sus letras no estuviesen dibujados los signos que traza el cálamo de la inspiración. Yo quería ser escritor de historias interminables enlazadas unas con otras, llenas de interés, capaces de absorber la atención del lector, aun sin presumir de esa cualidad tan dolorosa que las grava en el ángulo interior del ojo para emulación y enseñanza y como prueba de calidad y asombro del creyente y del infiel. A este propósito, tendría, pocas semanas más tarde, el inevitable choque con los preceptores religiosos, pues, de un lado, yo no podía aceptar un Dios tan vengativo, tan despiadado y tan voluble, y, de otro, me daban cada vez más risa los fanatismos excluyentes de quienes llevan en la solapa la insignia de la única verdad otorgada por el único Dios. Cada día me hallaba más sinceramente feliz con mi convicción relajante: el tema de Dios, que lo traten los que sean más vanidosos o más insensatos. A mí me basta saber que, de la misma forma que sucede con la historia, mi Dios no es, en modo alguno, el oficial. Es como un testimonio tácito de rebeldía, frente al corsé que los idiotas y engreídos vicarios han puesto sobre unos inabarcables miembros, cuyo dueño, en un soplido, hace transcurrir tantos miles de millones de años como revela desde su origen el universo. Un día y una noche de Brahma, y se acabó. De estas cosas sólo hablábamos los pequeños. Para los mayores era un tema absurdo, o blasfemo, o ridículo; no lo entendieron nunca. Por mi parte, fui comprendiendo algo más acerca de la naturaleza humana, es decir, de su inefable comprensión, y, sobre todo, de dos cuestiones que serían siempre decisivas: la mutabilidad de lo reputado bueno y sabio -sobre todo en las versiones del conocimiento y la bondad que son común y masivamente aceptados- y la clave del éxito, a saber, esa misma mediocridad. Claro que hay excepciones solemnes, en las que el genio no ha podido encubrirse, a pesar de todo. Creo que mi buena estrella se apoya en ese punto más allá de lo anodino que todo mi ser era: físicamente, ni alto ni bajo, más bien menos gordo que más delgado, los ojos cambiantes, pero desde luego poco llamativos, un cabello que tira a negro sin serlo, limpio pero no brillante, la nariz entre pequeña y algo gruesa, despejada la frente, como acontece, y el cuerpo sin ser de atleta ni alfeñique, dientes en parte buenos, en parte torcidos, salud en ocasiones quebrantada, algo mohíno cuando no alegre, pies del montón, manos con cinco dedos y uñas, diría yo que de huesos algo elongados, no feas sino arrugadas; lo mismo me hubiera dado no describirme. Pasaban como sombras junto a mí otros mejor dotados de cabeza a suelo, y sólo en mí se fijaban. Creí averiguar que ello se debía al miedo que inspiran los mejores, cuya superioridad abruma, indigna y provoca. Por eso, digo yo, las masas han terminado siempre en una forma u otra, con los grandes: Jesús, Zoroastro, y toda la caterva de profetas iluminados, por ejemplo. No sé con quién he hablado hace poco de esto, o tal vez deba hacerlo en el futuro; de repente me asalta la idea de escribir, en forma de aventura, la historia de aquellos seres excepcionales aniquilados por la envidia y el cretinismo, los intereses mezquinos y el odio al bien. Tal vez lo haga. Podría denominarlo -al libro- “Los grandes destruidos”, o algo así. Se trataría de la historia de los muertos, claro, y no de sus vidas, y ahí reside la originalidad. También me gustaría narrar las aventuras de ciertos animales, cuyas reacciones pueden interesar tanto o más -y se prestan a mayor fantasía- que la de las personas, sobre cuya esencia todo se ha dicho ya, incluso con fórmulas para vivir mejor, ser felices, ser buenos. Los filósofos no cejan en su empeño, aunque de vez en cuando olviden sus propios e inevitables prejuicios; Schopenhauer y Cervantes  hablan de Astrología y de la fuerza del destino, citando incluso al gran Goethe el primero, como puntos de referencia de lo auténtico y lo preciso y lo admirable, por idóneo. Kepler, el astrónomo, hacía horóscopos. Pero recientemente la Academia de Ciencias ha elevado su anatema respecto de la ciencia del destino… ¿Tal vez porque los matemáticos de hoy ni saben hacer horóscopos ni tienen la capacidad poética de la creación que supone imaginar con justeza? Las antiguas brujas devoradas por las llamas -y hasta hace bien poco encarceladas- tendrán mucho que decir en el futuro, si es que existe el futuro y no es todo una inmensa rueda de perspectivas temporales que encubren dimensiones sin alternativa. Si es que la realidad es algo distinto a la oscilante rueda de la fortuna, al oscilante oráculo del faquir. Un dolor reservado a los incautos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: